Hace ahora un año y medio la editorial Quid Agis se puso en contacto conmigo para que les escribiese un relato. Hacía tiempo que nadie me encargaba un trabajo escrito remunerado y era la primera vez que me pedían un cuento, algo de ficción, pero había condiciones. El relato tenía que estar ambientado en una sociedad que recordase a la edad del bronce. Tenía que tener un rito de iniciación y un desafío a un jefe de clan. Además, al final, tenía que hacerse referencia a un personaje en concreto. Importante en otra publicación de la misma colección. En definitiva me pedían algo parecido a una precuela.
Hoy, por fin, han podido publicar el cuento en internet.
He de dar las gracias a Juan Milano, responsable de la editorial, por permitirme publicar en mi blog el texto el mismo día que ellos lo han hecho en redes. No obstante lo publico en crudo por lo que si queréis leerlo corregido, maquetado e ilustrado, os recomiendo que pinchéis en el enlace que os pongo a continuación. Sobre todo aquellxs de mis lectorxs a quienes os gusta el rol y la fantasía porque ahí vais a poder ver un material muy interesante, con sabor clásico, y elaborado con mucho cariño. No me enrollo más. Además ¿No querréis quedaros sin saber que le pasa al tipo ese de la secuela de mi precuela? ¡Que lo disfrutéis!
https://www.drivethrufiction.com/es/product/551406/olvido-su-nombre?src=newest_recent
I
La hoguera encendida en el centro de la sala era toda la iluminación que había en la cabaña. Un corto y estrecho pasillo conducía al exterior, mientras que una vieja y raída jarapa de diversos colores separaba el hogar principal de la sala individual del fondo que la vieja Fioled usaba como dormitorio.
De rodillas frente a la hoguera, ataviada tan sólo con un pequeño taparrabos, y con el cuerpo perlado de sudor por la cercanía del fuego se encontraba la joven Unini que hacía menos de dos noches había adquirido su nuevo nombre, junto a su mayoría de edad, al lograr pasar el rito que le había sido impuesto.
A su alrededor, entre las sombras móviles producidas por la danza de las llamas, ya fuese colgando del techo en distintos haces o apiladas en distintos y precarios estantes, se podían ver hojas, raíces y tubérculos que la vieja Fioled guardaba para cuando era requerida como partera. Tanto entre mujeres cómo con el ganado de la aldea.
La comadrona era una mujer enjuta pero muy vigorosa. El pelo blanco, recogido en una coleta, contrastaba con su piel curtida por casi cincuenta años bajo el sol y el viento. Solía vestir ropas de color pardo y magenta oscura salvo en los ritos y ocasiones especiales en que usaba una especie de casulla blanca con flores bordadas que le habían regalado al llegar a la edad adulta y que, ahora, empezaba a quedarle demasiado grande. Tenía una inusual cantidad de dientes para su avanzada edad, sólo superada por el viejo chaman del valle, aunque, a cambio, estaba casi totalmente sorda.
Su mirada era inteligente, su mente rápida y su lengua tremendamente afilada. Había sido así desde su juventud y, quizá por eso, por aquella combinación de fragilidad física con fortaleza mental, las diosas de la fertilidad la habían privado del don de dar la vida a cambio, eso si, de poseer sobradas sabiduría y entereza para acompañar a aquellas personas que sí engendraban y necesitaban alguien fuerte y sensato a su lado.
Había ayudado a nacer a todas las personas y bestias del pueblo y nadie, nunca, pudo decir una sola palabra mala sobre sus artes. Incluso cuando la muerte se cernía sobre la madre, o sobre las criaturas en camino, sabía verlo con tiempo suficiente para que ese volver a la tierra fuese con el mínimo dolor posible.
Una de las mujeres a la que Fioled hizo más sencillo el tránsito al otro mundo fue a Galar, la madre de Unini. Hacía casi dieciséis años, una tarde de finales de invierno, fue llamada a la casa de Galar. La criatura se había adelantado.
Nada más entrar al hogar intuyó la muerte. Examinó a la joven madre soltera, apenas un año mayor que la mujer que ahora se preparaba en su cabaña, y tras palpar su tripa y oler las aguas que salían de su cuerpo supo que no sobreviviría pero aún podría salvar a la niña. Pidió un cuenco con leche de cabra y mezclo su contenido con orégano, canela y amapola.
Mientras daba sorbos al brebaje, Galar, agarró de la manga a la comadrona y le dijo “No me arrepiento”. Dos horas después, la orgullosa madre, yacía sin vida en el suelo de tierra de su cabaña y su pequeña hija lloraba hambrienta envuelta entre pieles de oveja.
II
Parecía cómo si la vida en esa zona del bosque se hubiese quedado suspendida por un instante. No se oían ni pájaros, ni el zumbido de los insectos, ni el más leve asomo del viento que la había acompañado hasta el robledal. O, quizás, fuesen lo nervios de la propia muchacha que, ante el desafío que tenía por delante, se encontraba con esa sensación de embotamiento que hace que el sonido parezca amortiguado y lejano. Que las imágenes vayan más despacio de lo normal.
Recorrió el lugar con la mirada, despacio, fijándose en cada detalle. Era increíble. Había estado cientos de veces allí durante los últimos años en sus escapadas al bosque para entrenar y alejarse de aquella aldea donde muchos la despreciaban y, sin embargo, hoy le parecía todo diferente. El pequeño estanque, el roble gemelo, y la cueva del tritón tuerto. Olfateo el ambiente en busca de olores conocidos y palpo el suelo en busca huellas sin ningún éxito. No había duda, había sido la primera en llegar.
Cogió pedernal y una de las tres antorchas que alguien había dejado junto a la puerta de la cueva y, pese a que estaba ligeramente húmeda, la encendió sin mucho esfuerzo. Después envolvió con su puño izquierdo la bolsita de cuero que colgaba de su cuello y, tras respirar profundamente durante un instante que le pareció eterno, se la arrancó y la arrojó a sus pies. Allí quedaban para siempre los conjuros y amuletos que habían protegido a la pequeña Weasel desde sus primeros gritos hasta su final el día de hoy. Para la mujer que saliese de aquella cueva, tras haber derrotado el desafío que había sido elegido para ella, ya no serían útiles.
Ascendió lentamente por la galería principal de la cueva hasta que el olor a leña quemada la guió por un pasillo lateral que no conocía. Resistió la tentación de detenerse a mirar una pinturas en las paredes que representaban a una suerte de hombres lagarto en distintas escenas de caza y que, según las leyendas que había escuchado desde niña, habían sido hechas por unos hombres tritón que las habían habitado cientos de años atrás, antes del gran invierno que había asolado la tierra. Pronto vio el fulgor de la hoguera donde les esperaba Urdigar, el viejo druida del valle, encargado de acompañar a todos quienes pedían atravesar el rito de Sandar, la diosa de los cazadores.
La cueva en la que se encontraban no era demasiado grande pero, a cambio, tenía un suelo llano y casi regular. Sobre la hoguera había una olla de cobre llena de un caldo oscuro y burbujeante que Urdigar movía con parsimonia mientras recitaba unas palabras que la joven aspirante no había oído jamás pero que, suponía, eran el idioma de los espíritus del bosque. Dejó la antorcha a un lado y esperó a que el taimado anciano fingiese haber reparado en ella.
El viejo ignoró deliberadamente su presencia y también la del segundo joven hasta que Cúntulo, el último de los tres aspirantes, se reunió en la sala con los demás, jadeante y algo nervioso. Entonces arqueó una ceja y, sin decir palabra, les señaló los puestos que debían ocupar. Todos ellos se encontraban frente a una protuberancia en la roca sobre la que se podían ver una calavera de oso, varias pieles de reno y dientes de jabalíes y de otras criaturas menores. Las ofrendas a la señora de los bosques.
Uno a uno se les acerco, empezando por Cúntulo y terminando con ella. Mirándoles a los ojos les pregunto:
-¿Estás listo para recorrer el sendero?
Tras cada respuesta afirmativa les daba a beber varios sorbos de la infusión que había preparado para la ocasión. Una de las muchas infusiones y pociones que había que preparar para las pruebas de madurez de los jóvenes aspirantes. Las pruebas variaban en función de quienes las hacían y de a que querían dedicar su vida adulta en la aldea, pero todos debían beber si querían ver más allá del mundo material y recibir la sabiduría de los dioses a través de sus espíritus.
III
La joven se tumbó de lado mirando la pared donde se encontraban las ofrendas a la espera de que los espíritus se pusiesen en contacto con ella.
Mientras eso ocurría, y con algo más de calor de lo que cabía esperar en esa húmeda cueva en esa época del año, se entretuvo observando la sala, hasta reparar en el altar. Le llamó la atención que entre los huesos, la calavera de oso y las grandes pieles le parecía distinguir la diminuta calavera de una comadreja común.
Le hizo gracia que entre tan importantes ofrendas a Sendar, señora de los cazadores y las recolectoras, hubiese lugar para algo tan pequeño y tan humilde, tan poco valorado y, a la vez, tan engañoso. Las comadrejas eran pequeñas, si, pero muy ágiles e inteligentes. Feroces si era necesario y, pese a su entrañable apariencia, unas cazadoras implacables.
Empezó a recordar que ella no sabía todo eso cuando, diez años atrás, la llamaron así por primera vez. Había sido en la cocina de la casa de la vieja partera.
Tras la muerte de sus abuelos el destino de Unini, como huérfana de madre soltera, era bastante oscuro. Lo normal, ya que el padre ni siquiera ahora había dado la cara, era que se hiciese cargo de ella una de las familias más pudientes del pueblo. Esto no era garantía de nada. Si la muchacha no servía como era esperado podrían venderla, o cambiarla, ya fuese a los mercaderes nómadas, ya fuese en cualquier otra aldea del valle. Y, aunque trabajase duro y satisfactoriamente, su vida sería poco mejor que la de una esclava.
Fue entonces cuando Fioled la reclamó para si cómo aprendiz.
Los dos primeros días la niña los paso en completo silencio. Moviéndose discreta de una sombra a otra de la casa sin dejarse ver y durmiendo debajo de una enorme banca de madera. Si comió o bebió consiguió hacerlo sin que la viese la partera ya que en su presencia se negaba a hacerlo. Se limitaba a observarlo todo con sus enormes ojos color obsidiana y a obedecer cuanta orden recibía.
La tercera mañana, después de un desayuno en el que había tomado salchichas, morcilla, tocino, miel, leche y tres huevos fritos con media hogaza de pan de centeno aún tuvo sitio para un enorme taco de panceta en salazón. A mordiscos y con hambre que bien podría estar acumulándose desde seis años atrás.
La vieja, con ojos de asombro y ternura sólo acertó a decirle.
- Madre santa, comadreja, si que tenías hambre.
Ella, que sentada al otro lado de la mesa sobre sus cuartos traseros, se estaba lamiendo sus pelirrojas patas delanteras, se lo tomó cómo un insulto y saltó al suelo. Después corrió esquivando los muebles y enseres tirados por el suelo hacía el dormitorio del fondo que se encontraba a oscuras. Una vez allí escapó al huerto trasero por un pequeño agujero que había entre dos ladrillos de adobe. De fondo escuchaba la voz de su mentora diciendo su nombre con cariño.
Culebreó entre algunas plantas, corriendo en zig zag, y después subió al murete de piedra que rodeaba la tierra de Fioled. Entonces, por fin, se dio cuenta de que ya no era una niña sino una pequeña comadreja pelirroja con las patas moteadas. Una voz en su interior le urgió a buscar su camino.
Olfateó la madrugada, descartó darse un banquete con uno de los gazapos que la miraban atemorizados desde un prado cercano y saltó a la calle de la aldea siguiendo su instinto.
Al doblar una esquina, camino del salón comunal, se encontró de frente con Gundar el perro pastor que era propiedad de Búntalos, el jefe de la aldea.
Instintivamente comenzó a correr. Gundar la perseguía. Logró esquivar dos mal intencionadas dentelladas que por poco no acaban con ella y, tras un tiempo que no pudo determinar, estaba corriendo entre los túmulos del cementerio. Cuando pensaba que no podría correr más vio el tejo retorcido, ahora en flor, que daba sombra a la tumba de su madre. Trepo agilmente a una rama alta. Desde ahí observo al enorme perro que no paraba de ladrar, correr alrededor del tronco del tejo y de saltar intentando alcanzar su rama, cayendo una y otra vez sobre las flores del mismo. Esbozando una sonrisa pensó, este perro es más tonto que su dueño.
Una voz femenina a su lado le contestó:
- Búntalos no es tonto, jovencita. Es impulsivo, fuerte y soberbio pero no es tonto.
- A mi, dijo la chiquilla mirando al cuervo que había hablado a su lado, nunca me ayudo. Ni a los más necesitados del pueblo. No me parece muy inteligente en un jefe. No merece gobernarnos si no piensa en protegernos.
- En realidad si lo hizo, a su manera. Por eso fue elegido jefe y casi nunca cuestionado. Aunque es cierto que fue hace años, en otra época, y que su tiempo cómo líder se acaba. Quizá deberías retarle y ocupar su puesto.
- Solo soy una comadreja, dijo, luchando por ser aceptada en el mundo de los adultos. No sé cómo podría vencer a un enorme perro pastor, experto en ahuyentar lobos y otras alimañas.
- No pequeña, no, grazno el cuervo. La comadreja murió en la puerta de la cueva del tritón tuerto, sólo existe en tu memoria. Ya es tiempo de regresar allí y decirle a Urdigar lo que has visto. Antes de que despunte el alba.
Y, tras decir esto, echó a volar.
Mientras veía volar al cuervo se dio cuenta de que el cementerio se encontraba ahora casi en silencio. Gundar había dejado de saltar, correr y ladrar y se limitaba a rascarse de manera compulsiva contra el suelo y con los bordes de las tumba sin hacer el menor caso a la lechuza moteada que le observaba desde lo alto. De la comadreja se había olvidado por completo.
IV
El despertar del sueño no fue agradable. Vomitó bilis y parte de la infusión. Si no hubiese llevado dos días en ayunas estaba convencida de que hubiese echado fuera hasta la última tira de cecina. Tras un rato con tiritona y escalofríos por fin pudo sentarse sobre las rodillas. Sus dos compañeros aún continuaban en trance.
Tal y como le dijo la cuervo, y antes de que sus compañeros regresaran, le contó al viejo chaman toda su experiencia, sin dejarse ningún detalle. Este la escucho con calma y, casi de inmediato, cómo inspirado por una fuerza superior le dijo cual sería su nombre a partir de ahora. Unini. La fiel y sabia compañera de la señora cazadora. Una variante de lechuza muy difícil de ver en aquellos días.
Al día siguiente, al regresar del viejo bosque de robles, pasó directamente por el gran salón de la aldea. Esquivó a Gundar que dormía a la puerta del mismo y se presentó, junto a sus dos compañeros, a la asamblea para hacerles saber como deberían llamarles a partir de ahora. Hecho esto y, ante el estupor de todos los presentes, se planto frente a Búntalos y, sin decir palabra puso a sus pies una flecha del desafío. En silencio, cara a cara, sin bravuconadas ni provocaciones.
El jefe de la aldea, al que hacía más de diez años no retaba nadie, que nunca había visto a un recién aceptado presentar un desafío y que sólo había oído hablar de mujeres gobernantes en las viejas historias junto al fuego estalló en carcajadas.
- Una de dos, dijo soltando cierto aliento a cerveza mientras hablaba, o ese viejo de Urdigar está chocho por la edad y no ha sabido entender tu nombre o es que la gran cazadora ahora quiere ser también la protectora de los bufones y tu eres su primera enviada.
Al comprobar que Unini seguía impertérrita y que, además, gran parte de los presentes no habían esbozado ni una leve sonrisa por su blasfemo comentario el jefe irrumpió en cólera. A esto le siguió un soliloquio cargado de provocaciones y comentarios acerca de lo absurdo del reto, de la falta de posibilidades de la aspirante y de lo inaudito de la situación. Pero cuanto más hablaba más quedaba en evidencia ante su pueblo y más parecía que temía a una mujer joven que apenas había vivido quince festivales de primavera.
Finalmente, y de muy mala gana, aceptó el reto.
- Mañana, al medio día. Con lanzas romas. Ganará quien antes logre impactar tres veces al contrincante en el torso. La aspirante había ganado el primer asalto.
V
Frente a ella se encontraba el hombre que había regido los destinos de la aldea desde que ella tenía dos años. Debía medir casi metro noventa de estatura, y era ancho de espaldas. Unini difícilmente le llegaría a los hombros si se situara junto a el.
Tenía el pelo negro y rizado, aunque ya se veían las primeras canas. Hoy lo llevaba recogido con una cinta de cuero para evitar que los rizos de la melena le impidiesen la visión en el peor momento.
Unini pudo observar entonces que el cuervo tenía razón. Cuando Búntalos tenía tiempo para reflexionar tomaba buenas decisiones. Lejos de vestir, como en desafíos anteriores, el disco de bronce para el pecho y sus grebas y brazales de cuero el veterano líder había decidido aparecer ataviado sólo con un calzón de paño y el resto del cuerpo untado en aceite. Mucho más apto para luchar contra una rival liviana y esquiva, a la par que servía para que su pueblo viese que su cuerpo aún estaba en forma. Unini estaba convencida de haber ganado el segundo asalto.
Por lo demás, como la aspirante, combatiría con un pequeño escudo redondo de madera y una lanza a la que se había tapado la punta con una bolsa de cuero rellenada con arena.
Los primeros compases del combate fueron como todo el mundo esperaba. Ambos contrincantes midieron a su rival en una danza hermosa y esquiva de estocadas temerosas y saltos apresurados. Nadie quería recibir el primer golpe.
Después de aquello Unini pasó al ataque. Búntalos esquivó dos lanzadas firmes pero mal apuntadas. Era muy bueno en esto, mejor de lo que la joven cazadora había imaginado.
El guerrero siguió esquivando y protegiendo el pecho con el escudo hasta que, en un decidido ataque de la aspirante, finto hacia un lado y con un hábil giro de muñeca logró meter su lanza entre el escudo y la lanza de ella para impactar en el pecho de la muchacha. El golpe de Unini, en cambio, quedo desviado al recibir el impacto y solo logro golpear en el muslo izquierdo del jefe.
A partir de este punto el combate dio un giro de ciento ochenta grados. El hombre pasó a un ataque total, intentando golpe tras golpe mientras la mujer parecía sólo interesada en esquivar y no recibir más golpes. Había dejado de atacar.
Búntalos, jaleado por sus seguidores, empezó a hacer comentarios insultantes y a humillar a su rival entre ataque y ataque. No paraba de llamarle cobarde, fraude y hasta comadreja, el mote que recibió en la infancia despectivamente, con clara intención de hacerla perder los nervios. Pero Unini parecía estar tan sorda como la partera y tener ojos y oídos solo para esquivar los golpes que le caían cada vez más cerca.
Esta situación se prolongo durante unos minutos que a la aspirante se le hicieron lustros. El público por su parte, salvo Fioled y Urdigar, pensaba que ésto terminaría cuando el jefe, que se estaba luciendo, se aburriese y zanjara el combate. Pero entonces empezó a ocurrir algo que llamó la atención de los más observadores. Cada vez que hablaba, Búntalos, se rascaba la pierna izquierda.
En una de estas ocasiones en que se demoró un poco mas en esa maniobra Unini lanzó una rápida estocada a su rival. El Guerrero, ágil y experimentado, desvió el golpe con su escudo sin tener tiempo de atacar el mismo. La punta de lanza de la cazadora, desviada, dio en el límite entre el hombro derecho y el pectoral pero el juez del desafío no lo dio por valido. Esto levanto alguna queja y murmullo entre el público pero ella no protestó y se limitó a esquivar la nueva ráfaga de ataques que hubo en respuesta al suyo. Se repetía el escenario anterior.
Un par de minutos más tarde Búntalos sentía picores cada vez más intensos por la pierna y, ahora también, por el brazo y el hombro. Decidió quitarse el escudo para poderse rascar mejor. En este movimiento, al abrir la guardia, recibió el primer golpe en el pecho. Después, Unini, también se quitó el escudo.
Este gesto fue recibido con risas y gestos de asombro entre el público, lo que sacó aún más de sus casillas a su líder que, fuera de sí, lanzó un ataque frontal y salvaje a Unini. Fue el último. La antigua comadreja esquivo grácilmente, hincó la rodilla a un lado de su rival y, desde ahí, le golpeó una segunda vez en el pecho. Desde abajo y en diagonal le dio de lleno.
A los pocos segundos toda la piel de Búntalos lucía un color rojo y empezaban a salirle granos por todo el cuerpo. Él, tumbado en el suelo, frotaba su espalda con el suelo mientras con las manos trataba de rascarse sin éxito todo el cuerpo a la vez. En un último esfuerzo logró ponerse en pie y, entre las carcajadas de sus vecinos, correr hasta saltar al pilón de la plaza.
Unini había ganado el tercer y definitivo asalto.
Esa misma noche, la antigua comadreja que se había convertido en lechuza, celebró su primer banquete para todos los miembros de su clan como jefa de la aldea, inaugurando lo que fue un gobierno largo y sabio pese a todos los infortunios que tuvieron lugar en aquellos tiempos.
Sólo un hombre no estuvo presente. El guerrero Beles, segundo hijo de Búntalos, no pudo soportar la humillación y abandonó la aldea. Desde ese día olvido su antiguo nombre y dijo a todos a quienes encontró en su camino que se llamaba Donan.
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