domingo, 3 de mayo de 2026

Planes de futuro tras ir a ver Kill Bill al cine

 

            No es un secreto para nadie que me conozca, aunque sea sólo a través de éste humilde y ortograficamente doloroso para la vista blog, que amo el cine. 

            El séptimo arte es, junto a los juegos de rol y tocarle las narices al personal, una de mis mayores aficiones. Las más de ocho mil ochocientas películas y series votadas en Filmaffinity dan prueba de ello. También de mi mentalidad obsesiva compulsiva pero ese no es el tema de hoy. 

            Puedo ver hasta tres o cuatro películas en un día cuando estoy en el pueblo y aunque mis géneros favoritos son el cine negro, el bélico y “el del oeste” no le hago ascos a nada que caiga en mis manos y le doy oportunidades hasta a las obras del enfermo de Lars Von Trier si entran en mi casa ya sea vía plataforma, pincho o DVD. 

            Tuve la suerte, a estas alturas puede que desgracia, de que mi niñez tuviese lugar antes del éxito de los vídeos domésticos y aunque en mi casa hubo uno desde el mismo instante en que estuvieron a la venta en España la pantalla grande fue algo a lo que mi padre no renunció nunca. 

         Aún hoy cuando escucho la sintonía de algunos de los antiguos estudios me da un pequeño escalofrío y, si es el de la 20 Century Fox, cual perro de Pavlov, espero ver unas letras amarillas anunciando el comienzo de una historia que ocurrió hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana. 

            Es tal mi pasión que he ido al cine en casi todos los países que he estado. Hasta en una escala de 12 horas que hice en Copenhague saqué hueco para una película después de haber sobrevivido a la violencia ciclofascista del danés medio. La palma se la llevó Cuba. 

            En La Habana, dado que no estaba interesado en tostarme al sol, bailar salsa en sitios para guiris, ni en acostarme con mujeres que no podía saber si les interesaba yo o un pasaporte europeo con el que poder intentar salir de una utopía que para ellas se había convertido en pesadilla, dediqué mi tiempo a visitar librerías de viejo, charlar con la fauna local, jugar al dominó con los ancianos de mi cuadra en El Vedado e ir al cine. 

             Fui al menos tres veces. Dos al cine Yara, frente al Copelia, a ver Pan y Rosas de Ken Loach y otra película que ahora no recuerdo. La tercera al cine Chaplin. Exactamente a la par de donde me había dado el gusto fetichista de asistir un mitin de Fidel Castro. 

            Había quedado con Agustín, un psiquiatra paraguayo con el que hice migas y al que me pegué durante ese mes extraño que pasé en la ya decadente perla del caribe, lugar dónde viví, desde el mismo instante en que pisé tierra, unas cuantas historias de realismo mágico que sólo han sido superadas por mis vivencias en Centroamérica. 

            Una de ellas fue con motivo de la tercera visita al cine. 

            Soy un hombre puntual. Incluso para los parámetros de un artillero prusiano. Si he quedado a una hora estoy allí cinco minutos antes. Incluso ahora, devorados por el posmodernismo digital, es raro que llegue tarde. 

             Había quedado con mi cicerone en la Cinemateca de Cuba para ver Europa, del tarado danés antes mencionado, a las 16 horas. Y llegué a las 16:01. Un minuto tarde. Puede que dos. Pero juro que no más. 

            No podía yo imaginar que en el país dónde los autobuses y los camellos (ese era el nombre que recibían otros vehículos de transporte urbano más grandes, más baratos y menos seguros aún que las guaguas) no llegaban nunca, las colas para el pan eran eternas y en los desfiles militares había visto a soldados besándose y oficiales comiendo helados de fresa, eso fuese a ser un problema pero me equivocaba. 

             Cuando llegué a la taquilla el amable funcionario me informó de que ya no se podía pasar. Yo, perplejo, contesté que sólo pasaba un minuto de la hora y que no era para tanto. Nos enzarzamos entonces durante un instante en una discusión sobre las normas, la puntualidad y otras cuestiones de gran importancia para la revolución y el disfrute del cine que terminó cuando él, intuyendo en mi erróneamente una terquedad propia de maoista adolescente, me dijo que vale, que pasase. Pero se negó a cobrarme con el argumento de que él sólo podía cobrar ANTES del comienzo de la película, nunca después. Supongo que en su estricto código moral eso sería validar mi disoluta conducta. 

            Subí corriendo las escaleras que llevaban a la sala pequeña de la planta de arriba y, tal cómo yo sospechaba, en ese país de socialismo pachorro, aún no había empezado el filme. No negaré que, cómo casi siempre que intento ver una obra del enfermo mental ese nacido en Lundtofte, me arrepentí y llegué a valorar que el buen cubano había tratado de salvar mi psique pero aguanté la película hasta el final. 

             Por suerte, después de ese muermo, y avisado por el mismo funcionario pude colarme en la sala principal del cine donde estaba empezando Río Bravo. Con John Wayne y Dean Martín dando una lección de amistad, integridad y valentía bajo la batuta de Howard Hawks. Eso me hizo remontar la tarde. 

             Desde entonces ese Stajanov cinematográfico caribeño me ha venido muchas veces a la mente en estos veinticinco años de decadencia posmoderna en la que las gentes de bien hemos tenido que ver como la turba en el cine empezaba a hablar por teléfono, comer hamburguesas, y hasta jugar o grabar la película con el móvil. 

            La última vez que he recordado esta anécdota fue el jueves pasado. 

             Era treinta de abril, noche de las brujas y del sabotaje. Yo acudí al cine Paz a ver el nuevo montaje de Kill Bill y, desde poco después de empezar, no pude menos que acordarme con cariño y admiración de aquél taquillero socialista y caribeño que sabía que la revolución empieza por el respeto sagrado al silencio y las formas cuando se apagan las luces en las salas de proyección. 

           Pero ni estamos en los albores del siglo XXI ni quedan burócratas abnegados al servicio de la cultura y la cosa se torció desde el principio. 

              La sala estaba casi llena y me tocó butaca de pasillo. Una butaca de pasillo que parecía un asiento de Iberia en clase turista. Mis cartucheras estaban oprimidas a ambos lados por unos reposa brazos diseñados para extremidades propias de un niño o un hobbitt, y mis rodillas chocaban con la butaca que había delante de mi. 

             A partir de ahí tuve que sufrir un muestrario de comportamientos incivicos merecedores de una paliza con exposición en cepo y plaza pública posterior, pero para no hacer esta entrada eterna me centraré en lo más grave. 

             Pese a que yo había ocupado mi asiento tres minutos exactos antes de empezar la sesión toda la fila a mi izquierda estaba vacía. TODA. Menos las dos butacas de pasillo al otro extremo. Así que supe, exactamente igual que supe que después del éxito electoral de Podemos y Ahora Madrid vendrían la decepción y el fascismo, que las doce o catorce personas que faltaban llegarían con la película empezada. 

            Cómo buen anarquista con formación de historiador y pinceladas de determinismo histórico vi cumplirse mis pronósticos una vez más y el goteo de infames empezó en el mismo instante en que se apagaron las luces, momento en el cual me vi haciendo una parodia del tai chi de silla que me propone últimamente el youtube para recuperara una ex mujer que no tengo. 

             Los últimos llegaron a los quince minutos de haber empezado la película. Quince jodidos minutos. Cuatro jóvenes altos cómo castillos armados con toneladas de palomitas, bolsas de chuches pagadas a precio de caviar Beluga y con las linternas de sus móviles encendidas apuntando no al lugar dónde estaba el número de la fila si no a las caras de los que estábamos sentados, recordándome el comienzo de Arde Mississipi cuando los tres pobre infelices que van a ser asesinados son interceptados por policías y miembros del Ku Kux Klan. 

          También pensé por un instante en cual de los abogados penalistas que conozco sería más fácil de localizar a esas horas... 

           Cuando llegaron a mi lado no me moví. Actué con ellos exactamente igual que como ellos habían actuado con la hora de comienzo de la sesión. Hice cómo que no existían. Ni les miré. 

           Descubrí entonces que, probablemente, además de no tener cultura cinematográfica tampoco tenían sus capacidades comunicativas muy desarrolladas. 

         Me miraban desconcertados, sin entender. Pero no hablaban. Si hubiesen tenido ruedas dentadas dentro de su cabeza las hubiese escuchado chirriar el cine entero, pero sus cráneos estaban huecos. Eran como los lemins cuando se encontraban un obstáculo. 

           Finalmente uno dijo algo ininteligible mientras señalaba su asiento. Ahora si giré la cara hacia él. 

             - ¿Qué quieres?, le dije en tono seco.

             - Pasar. 

             - Pues pasa, contesté. Pero no me levanté. 

            Tuvieron que pasar por encima de mis rodillas y tropezando con mi mochila. Ganas me daban de irles dando collejas en sus impuntuales cogotes pero me contuve. Mi ira, no es broma, estaba muy a tono con la de la protagonista de la película que en esos momentos se empeñaba en descuartizar a una ex compañera de trabajo. 

            Y ¿qué pensáis que pasó entonces? A los diez minutos de llegar. Diez minutos nada más, cuando los dedos de Uma Thurman aún no se movían del todo, el imbécil que había sido incapaz de pedir por favor que me levantase para dejarles pasar se levantó de nuevo. Esta vez para salir. El angelito se fue a por una botellita de agua. Era de suponer por tanto que su retraso no se debía a una tardía pero necesaria hidratación y si, muy probablemente, a que se habían quedado en la puerta haciéndose fotos con el móvil y subiéndolas a sus anodinas y clonicas redes sociales . 

            No se que cara me vería después, cuando regresaba con su botín de la tienda, porque se quedó parado un instante y tras observarme un rato se sentó en una butaca al otro lado del pasillo. Sólo. 

            Cómo no hay dos sin tres, después del descanso de diez minutos para ir al baño que se hizo a mitad de la proyección, y confirmando mis sospechas, los cuatro fulanos que habían llegado quince minutos tarde al principio de la película, el de la botellita y los tres lumbreras que le acompañaban llegaron, otra vez, diez minutos tarde. Una vez más mi cara iluminada por la luz de la pantalla debía ser un poema porque al llegar a la fila nueve, la nuestra, se miraron y dispersaron por otras filas. 

            No os exagero si afirmo que si no fuese porque soy padre soltero de un can anciano, y se que sería un marrón logístico para varios amigos hacerse cargo de él durante un par de días, esta entrada del blog se hubiese empezado a rumiar en la oscuridad de una celda y no durante la del fundido a negro del entierro de Paula Schultz. 

             Es una jodida vergüenza que con lo que cuesta el cine haya salas así de mal cuidadas. Que dejen entrar a la peña con las películas empezadas y que después la gente se comporte cómo si estuviese en su casa sola y no en un espacio compartido. 

            Que tengamos que renunciar a ver obras maestras, a mi Kill Bill me lo sigue pareciendo, en los espacios para las que fueron pensadas porque el analfabetismo funcional de la mayoría convierte esa experiencia potencialmente maravillosa en una suerte de preparación colectiva a la colonoscopia en la que todo el mundo se siente con el derecho de hacer la primera mierda que se le pasa por la cabeza es frustrante. 

            Es algo que cada vez más me saca de mis casillas. 

          Al principio era educado y pedía silencio por las buenas. Más adelante tiré de sarcasmo, como aquella vez que en un estreno para el que fue casi imposible encontrar entradas, tuve que aguantar una hora de charla de dos tipas detrás de mi sobre lo que habían hecho durante la semana. Me dí la vuelta y le dije a aquellas dos chicas, literalmente, “No os cortéis, que si queréis también podéis tocar la pandereta”, provocando la risa de la gente de alrededor y el silencio de las susodichas las tres horas restantes. 

            Pero se me está agotando la paciencia. 

            Llamadme señoro, hater y viejuno si queréis pero como esto siga así me veo comprando una porra extensible no para defenderme de los fascistas sino para reeducar a los ignorantes que profanan las salas de cine y hacerlo con una performance al más puro estilo de El club de la lucha. 

             Que tengáis buen domingo.

sábado, 28 de marzo de 2026

La inspectora Millán (Continuación de las entradas "El fortín" y "El primer día en el nuevo curro").

 

Días cómo ese lunes de julio me resultaba imposible no acordarme de Julián Tolosa, uno de los compañeros con los que coincidí en mi primer destino. Cuando aún era una inspectora alumna en prácticas.


Julián afirmaba que los problemas tenían voluntad propia y mente estratégica y que por eso nos sorprendían llegando todos a la vez o, a lo sumo, en cuestión de poco tiempo. Para ser más efectivos y que no podamos ventilarlos de uno en uno.


La otra verdad axiomática de Julián era que con luna llena y en verano la violencia aumentaba. Defendía, desconozco cuanto se había documentado para hacer semejante afirmación, que de hecho, salvo la revolución rusa, todos los estallidos violentos de furia popular y las revoluciones habían sido en verano o en países cálidos y que eso se debía a la mala leche derivada de la falta de sueño.


En cuanto a lo de la luna estaba convencido de que si nuestro satélite era capaz de desplazar océanos con su atracción gravitatoria que no podría hacer con nuestros cerebros, pequeñas masas esponjosas acomodadas en un recipiente cerrado duro y con algo de líquido, cuando se encontraba en su fase plena.


Para confirmar las palabras de Julián el mes había comenzado mal. Mi madre se había caído en la casa del pueblo, cerca de Ponferrada, y se había roto la cadera. La habían operado y todo había salido bien pero tenía que irme los viernes a casa de mis padres para ayudar y volver al trabajo los lunes. Eso si no estaba, cómo el fin de semana pasado, nuestro grupo de guardia. En ese caso me ahorraba el viaje pero se doblaban los reproches.


Por que mi padre, desde que había aprobado las oposiciones y ya era evidente que no sería ni juez, ni fiscal, ni simple abogada en un bufete de abogados, había comenzado a machacarme con ataques sutiles pero constantes acerca de lo desagradecida que era, el poco caso que les hacía, y de lo lejos que vivía.


Desde la operación este soniquete estaba llegando al grado de tortura china, con su goteo constante, y a las quejas por mi condición de pésima descendiente se añadieron acusaciones de falta de cariño y comparaciones con mis dos hermanos menores.

Dos hermanos que vivían uno aún en la casa familiar y el otro a diez minutos andando de su casa y que yo sabía de muy buena tinta que aportaban a los cuidados de nuestros padres menos de lo que gastaban en guionistas los productores de películas de Spiderman pero, para evitar males mayores, prefería no entrar al trapo.



Me reprochaba mis decisiones a la hora de elegir carrera profesional. Cómo si el hecho de ser fiscal o jueza le hubiese garantizado que yo me fuese a quedar en un destino cerca de ellos y fuese a ir a pasar los fines de semana a su casa de Santo Tomás de las Ollas para que ellos pudiesen interpretar el papel de familia feliz y normal.


Cómo si por vivir yo también en León mi hermano Alfonso, el pequeño, fuese a dejar de jugar al ordenador catorce horas diarias de forma compulsiva y afrontar su miedo a la vida o el mediano, Antonio, fuese a dejar de fingir una heterosexualidad inexistente yendo de novia en novia, reconocer su homosexualidad y dejar de machacarse a si mismo poniéndose hasta las trancas todos los fines de semana.


Al problema familiar había que sumar la situación de mi unidad.


De los siete policías que tenía oficialmente en plantilla dos estaban de baja. Almudena, por maternidad, y José por una hernia que le acababan de operar. Otro estaba de vacaciones. Lo que me dejaba con cuatro subordinados.


Pero la cosa no quedaba ahí. Uno de mis hombres más eficientes había pedido el traslado a su ciudad natal y para sustituirlo me mandaban a un perro viejo, más cerca de la jubilación que de la vida y con un expediente que daba pena verlo.


Era un auténtico pata negra. Hijo del cuerpo, como yo, pero me daba la sensación de que para su padre, un policía curtido de la brigada político social, el que su hijo siguiese la tradición familiar no debía haber sido motivo de disgusto. Su hermano mayor era un subcomiario de reconocido prestigio en Valencia.


Se reincorporaba al servicio después de dos años de baja por depresión Y, aunque varios de sus jefes hablaban bien de él en los informes, no había aguantado más de dos años en ninguna unidad durante los últimos veintitrés, desde que había dejado la brigada de información de Madrid con una mención especial para ser ascendido y trasladado a Canarias, allá por el año mil novecientos ochenta y dos. De hecho no había conseguido ningún ascenso, ni ninguna mención, desde entonces.


Ese estancamiento profesional en un país dónde a los inútiles y a los corruptos la gente se los quita de encima por el método del patadón hacia arriba unido a este regreso a Madrid sin motivo aparente ni merito que lo justificase habían hecho que mi curiosidad fuese tan grande como mi inquietud.


Me recordaba a esos animales que van a morir al lugar al que nacieron y, el departamento, actuaba como el resto de la manada acompañándole en el camino.


La guinda del pastel, la que haría las delicias de mi viejo compañero y mentor, era que el sábado por la mañana en una excavación arqueológica en la Casa de Campo de Madrid, mientras trabajaban en un bunker de la guerra civil, un grupo de profesores de la complutense y miembros de una asociación de memoria, se habían encontrado un cadáver dentro. Evidentemente, para terminar de confirmar las palabras del bueno de Julián, el tipo ni por asomo había muerto durante la guerra y estábamos de guardia los del grupo IV con lo que nos tocó comernos el marrón.


Es cierto que digan lo que digan las noticias y los programas de tertulianos alarmistas y asusta viejos de las mañanas en televisión España en general y Madrid en particular son lugares con muy pocos asesinatos. La mayoría de ellos fáciles de resolver porque se trata de casos de violencia machista que se resuelven en menos de una semana, de mendigos que se matan entre si o de aprendices de psicópatas que a base de ver películas de policías cometen una cantidad ingente de errores que nos lo ponen en bandeja.


Pero hay otros muchos casos que resolver que no son asesinatos y que no se ven en las noticias y un caso de novela de quiosco cómo este, quieras que no, es un quebradero de cabeza para cualquier unidad. Más aún para una en cuadro y con algunos efectivos de dudosa calidad.



Eso y la sospecha de que las sabias palabras de Tolosa podían ser aún más acertadas de lo que ya habían sido es lo que hizo que a primera hora de la mañana me pasase por el despacho del comisario para pedirle que me hiciese el favor de asignar el caso a otro grupo.


La respuesta de mi superior, elegantemente vestido con un traje de verano de color azul marino oscuro, y cómodamente sentado en su sillón de cuero fue un no absoluto. Parecía divertirse con la situación y casi que le faltó darme el peine que guardaba en el primer cajón de su escritorio a modo de escenificación definitiva.


Sus últimas palabras, antes de despedirme con una paternal palmadita en la espalda mientras me acompañaba a la puerta fueron:



    • Ande, ande, Millán, no se preocupe. Por lo que usted cuenta ese cadáver lleva ahí más veinte años así que sin duda el delito habrá prescrito. Ya verá cómo en una semana habrá podido archivar el caso y nos reiremos de esto tomando unas cañas en “El Caballito”.

Ahora, sentada al ordenador terminando de revisar los informes de un par de casos anteriores redactados por mis chicos, para asegurarme de que no tenían ninguna falta de ortografía y mirando a ratos por encima del monitor al sub inspector Molina sentado en un sofá junto a la puerta de mi despacho, sólo me venían dos cosas a la mente.


La primera era la posibilidad, casi la corazonada, de que ese caso no se cerraría en una semana. Era un verano caluroso, el fin de semana habíamos tenido luna llena, la unidad estaba en cuadro, tenía un miembro nuevo que parecía sacado de un saldo de Internet y por cuestiones familiares necesitaba cogerme unos días libres. Todo apuntaba a un giro trágico de los acontecimientos. A una broma del destino.


La segunda era una duda que cada vez me atenazaba más cuando veía a mis compañeros de cuerpo vestidos de etiqueta. ¿Porque demonios, independientemente del corte, la calidad y la tela elegida, sólo compraban trajes azules?


Tratando de centrarme de nuevo en lo que tenía por delante salí del despacho y me presenté al hombre que sudoroso y distraído parecía pelearse con una botella de agua vacía:

-- ¿Subinspector Molina? - dije, utilizando ese tono que había aprendido con los años que tranquilizaba a los hombres con los que, antes o después, me veía obligada a ejercer de madre – Pase a mi despacho por favor, quiero comentar con usted algunas cosas. Después le presentaré al resto de sus compañeros.

domingo, 15 de marzo de 2026

El primer día en el nuevo curro (Continuación de "El fortín")

 

    

    


El espejo del cuarto de baño le devolvía a Tomás la viva imagen de la derrota y los años en balde. Su media melena, color castaño y ondulada, que le había hecho ser el terror de las progres durante la transición había sucumbido para convertirse en una calva irregular con pequeñas manchas de pelo desperdigadas aquí y allá, que se negaban a rendirse, que le obligaban a afeitarse la cabeza cada tres días para no parecer un tiñoso o un enfermo de cáncer en la primera fase de la quimioterapia.


Sus ojos azules, cristalinos como una cala griega en el Egeo le había dicho una amante tan hippy cómo pija que había tenido en los tiempos de la perdida melena, estaban totalmente opacados por unas bolsas grandes como papadas, a juego con unos parpados hinchados, pesados, a los que parecía que hubiesen inyectado bótox en algún tipo de experimento fallido. Al menos las ojeras habían desaparecido. Le había costado dos años de baja por depresión y tres de terapia, pero finalmente el color purpura, casi negro, bajo sus ojos le había abandonado lentamente. Cómo lo habían hecho, lentamente también, los temblores, los sudores, la boca pastosa y la necesidad de alcohol que por poco no le habían llevado al paro y, por menos, a la tumba.


Se había afeitado para la entrevista y, al hacerlo, habían quedado a la vista unos mofletes rechonchos, generosos, que encerraban aún más su minúscula boca bajo una nariz acostumbrada a sufrir por dentro y por fuera. Años de broncas y farlopa la habían dejado terriblemente maltrecha y, de hecho, era lo primero en lo que se fijaba la gente al conocerle.


Su rostro, en lineas generales, había acabado siendo una especie de híbrido grotesco entre un ángel de Murillo y un sapo común. Había llegado un momento, meses atrás, que parecía que el era el retrato viviente de algún Dorian Grey suelto por el mundo que se estaba pegando la vida padre a cuenta de su cuerpo y su sufrido rostro.


De cuello para abajo había tenido más suerte, si es que eso podía definirse así. Lejos de engordar como la cara, su torso y sus extremidades se habían mantenido en forma. Y no por que el hubiese hecho nada para ello, habían sido años de sedentarismo e indolencia, si no porque su metabolismo parecía hecho a prueba de bombas. O, más bien, a prueba de toneladas de alcohol, pésimas comidas y hábitos aún peores.


Paradójicamente lo más difícil de dejar había sido el tabaco. El alcohol, tras el infarto, uno leve, un simple amago, no lo había vuelto a tocar después de salir del hospital. Aún antes de pillarse la baja por depresión. Los porros los había reducido a uno por las noches, antes de dormir. Con la aquiescencia de su psicóloga que le había permitido esa concesión, al menos por un tiempo.


Dejar la cocaína tampoco le había supuesto un infierno aunque, a decir verdad, aún pecaba de vez en cuando, si se veía obligado a sostener una exposición pública para la que no se sentía preparado o cuando llegaba de nuevas a algún grupo nuevo. Era cómo un espaldarazo de seguridad en si mismo. Se sentía más locuaz, más presentable. Pero el consumo compulsivo, el social, se lo había quitado de un plumazo al mudarse a Madrid y dejar de lado sus compañías de parranda en Albacete.


La heroína la había catado un par de veces de joven. Por exigencias del guion como quien dice ,pero le dejaba atontado, totalmente indefenso. Físicamente derrotado durante largos ratos y eso el no lo soportaba. No tragaba nada que le hiciese sentir totalmente desvalido lo que sin duda fue una suerte tremenda. De no haber sido así fácilmente podría haber acabado cómo tantos otros chavales de su generación sidoso perdido y mal muerto en cualquier pútrido rincón del país.


Pero el tabaco no. Eso no era fácil. Era peor que difícil. Quitarse esa droga le había costado más que todas las demás juntas y había tenido varias recaídas. Había pasado meses dando largos paseos en parajes alejados del estanco más cercano, con ataques de ansiedad y cambios de humor. Mordiendo bolis y cigarrillos falsos, poniéndose parches, yendo a médicos chinos, tomando chicles especiales... Sólo le faltó ir a Lourdes a que se obrase el milagro.


Lo peor era cuando soñaba que que se compraba una cajetilla y fumaba. Sueños tan realistas que hasta saboreaba el cigarro y sentía el humo bajar por su garganta e inundar sus pulmones.


Se despertaba sudoroso y culpable. Culpa que se disolvía en un instante por unas ganas renovadas de fumar que le dejaban derrotado y con el llanto a flor de piel cómo un niño que sale de una pesadilla o de una visita al dentista. De hecho los únicos adictos por los que sentía cierta compasión y empatía eran los del tabaco. El resto le parecían basura pusilánime que si estaban en un pozo era más cosa de ellos que de nadie.


Al final lo había conseguido dejar, al menos de momento, y llevaba limpio más de un año. Aunque la verdadera prueba de fuego sería a partir de hoy.

Le habían dado el alta la semana anterior y tenía que incorporarse de nuevo al trabajo. Un trabajo que se le daba bien pero en el que estaba cuestionado, en la cuerda floja. De hecho por poco no le habían prejubilado después del infarto y de la que se había liado en las oficinas de Albacete.


Un trabajo del que no le habían echado porque, en realidad, casi nunca echaban a nadie. Porque se debían favores, porque casi todos allí tenían algo que ocultar, aunque solo fuese la cobardía congénita que les impedía denunciar la mierda que flotaba entre todos ellos y vivir mirando a otro lado cómo si ese nivel de inmundicia moral fuese lo normal.


Aunque le habían advertido. Esta vez si era la última vez. Si volvía a liarla, si recaía de de nuevo en algunos de sus antiguos vicios, si aparecía de nuevo su nombre en alguna pendencia, en alguna bronca o en una nota de prensa, aunque fuese en un periódico de barrio, ni todos sus amigos de los viejos tiempos le iban a librar de un expediente y una jubilación forzosa.


Y una jubilación era lo peor que le podía pasar. No a el. A cualquier ex yonki amargado sin familia, ni amigos, ni hobbies conocidos más allá de las drogas que había dejado atrás. Nada peor que tener todo el tiempo del mundo y una nómina fija cada mes para volver a caer en depresiones y pozos sin fondo. No. Defraudar de nuevo a sus benefactores no era una opción.


Pero ahora no quería pensar en eso. Tenía la entrevista con su nueva jefa en menos de cinco minutos y recordar eso solo le pondría más nervioso. Y necesitaba dar buena impresión. Recordar que era un buen profesional. Que tenía un expediente que lo demostraba. Que las muestras de confianza depositadas en el eran fruto de la experiencia acumulada y no de la lastima de sus compañeros de promoción más afortunados.


Se miro al espejo una vez más. Se alisó el traje azul, ni muy caro ni muy barato, comprado en unos grandes almacenes hace apenas unos días cuando le confirmaron el traslado. Se ajustó el nudo de la corbata, se miró a si mismo a los ojos, y sin pensarlo más se agachó sobre el falso mármol del lavabo e inhaló la raya que tenía ahí preparada desde hacía más de diez minutos.


Acto seguido se refrescó la cara, se lavó la nariz, se secó las manos en el secador automático y mirándose al espejó de nuevo pensó


- Lo vas a hacer muy bien Tomás. Con un poco de suerte está será tu última entrevista y en unos años te pillará aquí la jubilación. Vamos a enseñarles a estos críos de que estamos hechos los veteranos.


Con fuerzas renovadas abandonó el cuarto de baño, avanzó por un pasillo aséptico, lleno de carteles de promoción interna y publicidad institucional sujetos con chinchetas a unas paredes amarillentas, cruzó una puerta acristalada sin esperar a que nadie contestase a los dos briosos golpes de nudillo que había dado en ella y sin más parsimonia se presentó con una energía y seguridad prestadas.

- Soy el subinspector Tomás Molina Abad, tengo una cita con la inspectora Millán.





La inspectora Millán estaba sentada en en su despacho. Llevaba el pelo castaño oscuro recogido en una coleta por la parte de atrás mientras que un cuidado flequillo le tapaba la frente. Vestía una camisa blanca impoluta y unos pantalones vaqueros claros. No llevaba ni anillos, ni pendientes, ni maquillaje de ningún tipo. La única concesión estética, pero eso no lo vería hasta más tarde, era una fina cadena de plata al cuello que llevaba colgada una medalla de la Virgen del Camino.


Tecleaba algo en el ordenador, concentrada en el monitor y sin necesidad de mirar el teclado. El escritorio le resultaba a Tomás inusualmente ordenado para ser el de un policía de homicidios. El lado que quedaba a la izquierda de la inspectora estaba totalmente despejado y, a su derecha, había tan solo un par de carpetas de cartulina de distintos colores. Una taza de cerámica blanca, cuyo dibujo no podía verse desde donde el esperaba, hacía las veces de recipiente para bolígrafos y en una placa de escritorio negra con el nombre podía leerse Inés Millán Redondo, Inspectora Jefe.


Aunque eso, Tomás, que rebuscaba en el bolsillo de su mochila buscando un paquete de chicles tampoco podía leerlo sin gafas a esa distancia. Lo sabía porque, igual que habría hecho ella, se había preocupado de averiguar quien iba a ser su superiora en este nuevo destino.


La inspectora Millán, como el propio Tomás, era hija del cuerpo. Aunque, al parecer, para disgusto de su padre que, como tantos policías de a pie habría deseado algo mejor para su hija favorita. De hecho le había insistido para que estudiase una profesión de mayor provecho y menos sacrificada. Concretamente, el oficial Millán, había soñado con que la mayor de sus hijos y niña de sus ojos estudiase derecho y, una vez licenciada, optase a la carrera fiscal o a la judicial. Algo que, aunque les supusiese un esfuerzo económico en casa, le daría mejor vida que esa profesión peligrosa, mal pagada y peor valorada que era la de oficial de policía.


Inés, siempre obediente y metódica, había cumplido la primera parte del sueño de su padre sin rechistar. Odiaba el derecho con todas sus fuerzas pese a lo cual había accedido con una única condición. Poder matricularse, también, en psicología, aunque fuese por la UNED.


Durante cuatro años la hija del oficial Millán sorprendió a propios y ajenos sacando ambas carreras con buenas notas. Su única concesión al disfrute durante los años de universidad fue su participación en el equipo de balonmano femenino del campus de León con el que, fines de semana alternos, se podía permitir salir de su ciudad natal y sentirse libre por un par de días. Respirar y ser ella misma en lugares dónde nadie la conocía ni la volverían a ver.


Terminadas las carreras en tiempo y forma, incluido un semestre de Erasmus en Ámsterdam, le regaló a su padre tanto la la orla como una copia del titulo de derecho y se inscribió para las oposiciones a policía, por la escala de inspectores. Eso supuso un enorme disgusto para él que no pensaba que la escala de inspectores fuese mucho mejor que ser un agente de calle. A fin de cuentas el poder estaba en los despachos y las decisiones se tomaban en los juzgados, en base a tecnicismos legales y cuestiones políticas, sin importar demasiado lo duro y peligroso que había resultado la captura de los criminales.


Su paso por la academia de Ávila no fue tan espectacular cómo su experiencia universitaria pero tuvo pocas dificultades para graduarse con éxito.


Menos de diez años años después la inspectora jefe Millán estaba a cargo del grupo cuarto de la brigada de crímenes violentos de Madrid


Según había podido averiguar el inspector Molina, quien se jugaba demasiado en este asunto como para llegar a ciegas a este puesto, y dónde estaba quemando su último cartucho de favores adeudados, la inspectora Molina tenía fama de honrada, meticulosa, inflexible y lesbiana.


Desde que estaba a cargo del grupo IV este había mejorado de manera asombrosa su tasa de resolución de delitos. Un dato interesante ya que le habían asignado un grupo muy flojo, el peor de la capital, y, cual entrenador salvador que asume un equipo de fútbol en zona de descenso a mitad de temporada, así se lo habían dicho literalmente uno de sus amigos e informantes, en cosa de un año los había convertido en una unidad operativa como Dios manda.


Cuando supo eso casi llegó a la conclusión de que más que un favor le habían hecho una encerrona. Ponerle a él, con su trayectoria personal y profesional, bajo el mando de una tortillera calvinista y resabiada era casi tanto cómo darle la patada en el culo, pero con un toque de sadismo.


Echó, nervioso, la mano a la botella de agua para dar un gran trago que aliviara su boca reseca y suavizase su lengua de trapo pero se dio cuenta en ese momento de que ya la había vaciado mientras andaba en estas cavilaciones. Iba a levantarse a rellenarla cuando la voz de la inspectora interrumpió sus pensamientos.


- ¿Subinspector Molina?, dijo con una voz firme pero cálida, pase a mi despacho por favor. Quiero comentar con usted algunas cosas. Después le presentaré al resto de sus compañeros.




lunes, 5 de enero de 2026

Olvidó su nombre

        Hace ahora un año y medio la editorial Quid Agis se puso en contacto conmigo para que les escribiese un relato. Hacía tiempo que nadie me encargaba un trabajo escrito remunerado y era la primera vez que me pedían un cuento, algo de ficción, pero había condiciones. El relato tenía que estar ambientado en una sociedad que recordase a la edad del bronce. Tenía que tener un rito de iniciación y un desafío a un jefe de clan. Además, al final, tenía que hacerse referencia a un personaje en concreto. Importante en otra publicación de la misma colección. En definitiva me pedían algo parecido a una precuela.

    Hoy, por fin, han podido publicar el cuento en internet.

    He de dar las gracias a Juan Milano, responsable de la editorial, por permitirme publicar en mi blog el texto el mismo día que ellos lo han hecho en redes. No obstante lo publico en crudo por lo que si queréis leerlo corregido, maquetado e ilustrado, os recomiendo que pinchéis en el enlace que os pongo a continuación. Sobre todo aquellxs de mis lectorxs a quienes os gusta el rol y la fantasía porque ahí vais a poder ver un material muy interesante, con sabor clásico, y elaborado con mucho cariño. No me enrollo más. Además ¿No querréis quedaros sin saber que le pasa al tipo ese de la secuela de mi precuela? ¡Que lo disfrutéis! 

https://www.drivethrufiction.com/es/product/551406/olvido-su-nombre?src=newest_recent

       

 

                                                                         

        La hoguera encendida en el centro de la sala era toda la iluminación que había en la cabaña. Un corto y estrecho pasillo conducía al exterior, mientras que una vieja y raída jarapa de diversos colores separaba el hogar principal de la sala individual del fondo que la vieja Fioled usaba como dormitorio. 

         De rodillas frente a la hoguera, ataviada tan sólo con un pequeño taparrabos, y con el cuerpo perlado de sudor por la cercanía del fuego se encontraba la joven Unini que hacía menos de dos noches había adquirido su nuevo nombre, junto a su mayoría de edad, al lograr pasar el rito que le había sido impuesto.

         A su alrededor, entre las sombras móviles producidas por la danza de las llamas, ya fuese colgando del techo en distintos haces o apiladas en distintos y precarios estantes, se podían ver hojas, raíces y tubérculos que la vieja Fioled guardaba para cuando era requerida como partera. Tanto entre mujeres cómo con el ganado de la aldea. 

        La comadrona era una mujer enjuta pero muy vigorosa. El pelo blanco, recogido en una coleta, contrastaba con su piel curtida por casi cincuenta años bajo el sol y el viento. Solía vestir ropas de color pardo y magenta oscura salvo en los ritos y ocasiones especiales en que usaba una especie de casulla blanca con flores bordadas que le habían regalado al llegar a la edad adulta y que, ahora, empezaba a quedarle demasiado grande. Tenía una inusual cantidad de dientes para su avanzada edad, sólo superada por el viejo chaman del valle, aunque, a cambio, estaba casi totalmente sorda. 

         Su mirada era inteligente, su mente rápida y su lengua tremendamente afilada. Había sido así desde su juventud y, quizá por eso, por aquella combinación de fragilidad física con fortaleza mental, las diosas de la fertilidad la habían privado del don de dar la vida a cambio, eso si, de poseer sobradas sabiduría y entereza para acompañar a aquellas personas que sí engendraban y necesitaban alguien fuerte y sensato a su lado. 

         Había ayudado a nacer a todas las personas y bestias del pueblo y nadie, nunca, pudo decir una sola palabra mala sobre sus artes. Incluso cuando la muerte se cernía sobre la madre, o sobre las criaturas en camino, sabía verlo con tiempo suficiente para que ese volver a la tierra fuese con el mínimo dolor posible. 

        Una de las mujeres a la que Fioled hizo más sencillo el tránsito al otro mundo fue a Galar, la madre de Unini. Hacía casi dieciséis años, una tarde de finales de invierno, fue llamada a la casa de Galar. La criatura se había adelantado. 

         Nada más entrar al hogar intuyó la muerte. Examinó a la joven madre soltera, apenas un año mayor que la mujer que ahora se preparaba en su cabaña, y tras palpar su tripa y oler las aguas que salían de su cuerpo supo que no sobreviviría pero aún podría salvar a la niña. Pidió un cuenco con leche de cabra y mezclo su contenido con orégano, canela y amapola

        Mientras daba sorbos al brebaje, Galar, agarró de la manga a la comadrona y le dijo “No me arrepiento”. Dos horas después, la orgullosa madre, yacía sin vida en el suelo de tierra de su cabaña y su pequeña hija lloraba hambrienta envuelta entre pieles de oveja.

 

 

                                                                             II 

        Parecía cómo si la vida en esa zona del bosque se hubiese quedado suspendida por un instante. No se oían ni pájaros, ni el zumbido de los insectos, ni el más leve asomo del viento que la había acompañado hasta el robledal. O, quizás, fuesen lo nervios de la propia muchacha que, ante el desafío que tenía por delante, se encontraba con esa sensación de embotamiento que hace que el sonido parezca amortiguado y lejano. Que las imágenes vayan más despacio de lo normal. 

         Recorrió el lugar con la mirada, despacio, fijándose en cada detalle. Era increíble. Había estado cientos de veces allí durante los últimos años en sus escapadas al bosque para entrenar y alejarse de aquella aldea donde muchos la despreciaban y, sin embargo, hoy le parecía todo diferente. El pequeño estanque, el roble gemelo, y la cueva del tritón tuerto. Olfateo el ambiente en busca de olores conocidos y palpo el suelo en busca huellas sin ningún éxito. No había duda, había sido la primera en llegar. 

        Cogió pedernal y una de las tres antorchas que alguien había dejado junto a la puerta de la cueva y, pese a que estaba ligeramente húmeda, la encendió sin mucho esfuerzo. Después envolvió con su puño izquierdo la bolsita de cuero que colgaba de su cuello y, tras respirar profundamente durante un instante que le pareció eterno, se la arrancó y la arrojó a sus pies. Allí quedaban para siempre los conjuros y amuletos que habían protegido a la pequeña Weasel desde sus primeros gritos hasta su final el día de hoy. Para la mujer que saliese de aquella cueva, tras haber derrotado el desafío que había sido elegido para ella, ya no serían útiles. 

         Ascendió lentamente por la galería principal de la cueva hasta que el olor a leña quemada la guió por un pasillo lateral que no conocía. Resistió la tentación de detenerse a mirar una pinturas en las paredes que representaban a una suerte de hombres lagarto en distintas escenas de caza y que, según las leyendas que había escuchado desde niña, habían sido hechas por unos hombres tritón que las habían habitado cientos de años atrás, antes del gran invierno que había asolado la tierra. Pronto vio el fulgor de la hoguera donde les esperaba Urdigar, el viejo druida del valle, encargado de acompañar a todos quienes pedían atravesar el rito de Sandar, la diosa de los cazadores. 

 

        La cueva en la que se encontraban no era demasiado grande pero, a cambio, tenía un suelo llano y casi regular. Sobre la hoguera había una olla de cobre llena de un caldo oscuro y burbujeante que Urdigar movía con parsimonia mientras recitaba unas palabras que la joven aspirante no había oído jamás pero que, suponía, eran el idioma de los espíritus del bosque. Dejó la antorcha a un lado y esperó a que el taimado anciano fingiese haber reparado en ella. 

        El viejo ignoró deliberadamente su presencia y también la del segundo joven hasta que Cúntulo, el último de los tres aspirantes, se reunió en la sala con los demás, jadeante y algo nervioso. Entonces arqueó una ceja y, sin decir palabra, les señaló los puestos que debían ocupar. Todos ellos se encontraban frente a una protuberancia en la roca sobre la que se podían ver una calavera de oso, varias pieles de reno y dientes de jabalíes y de otras criaturas menores. Las ofrendas a la señora de los bosques. 

        Uno a uno se les acerco, empezando por Cúntulo y terminando con ella. Mirándoles a los ojos les pregunto: 

        -¿Estás listo para recorrer el sendero? 

         Tras cada respuesta afirmativa les daba a beber varios sorbos de la infusión que había preparado para la ocasión. Una de las muchas infusiones y pociones que había que preparar para las pruebas de madurez de los jóvenes aspirantes. Las pruebas variaban en función de quienes las hacían y de a que querían dedicar su vida adulta en la aldea, pero todos debían beber si querían ver más allá del mundo material y recibir la sabiduría de los dioses a través de sus espíritus.

                                                                                 III 

         La joven se tumbó de lado mirando la pared donde se encontraban las ofrendas a la espera de que los espíritus se pusiesen en contacto con ella. 

        Mientras eso ocurría, y con algo más de calor de lo que cabía esperar en esa húmeda cueva en esa época del año, se entretuvo observando la sala, hasta reparar en el altar. Le llamó la atención que entre los huesos, la calavera de oso y las grandes pieles le parecía distinguir la diminuta calavera de una comadreja común

        Le hizo gracia que entre tan importantes ofrendas a Sendar, señora de los cazadores y las recolectoras, hubiese lugar para algo tan pequeño y tan humilde, tan poco valorado y, a la vez, tan engañoso. Las comadrejas eran pequeñas, si, pero muy ágiles e inteligentes. Feroces si era necesario y, pese a su entrañable apariencia, unas cazadoras implacables. 

        Empezó a recordar que ella no sabía todo eso cuando, diez años atrás, la llamaron así por primera vez. Había sido en la cocina de la casa de la vieja partera. 

        Tras la muerte de sus abuelos el destino de Unini, como huérfana de madre soltera, era bastante oscuro. Lo normal, ya que el padre ni siquiera ahora había dado la cara, era que se hiciese cargo de ella una de las familias más pudientes del pueblo. Esto no era garantía de nada. Si la muchacha no servía como era esperado podrían venderla, o cambiarla, ya fuese a los mercaderes nómadas, ya fuese en cualquier otra aldea del valle. Y, aunque trabajase duro y satisfactoriamente, su vida sería poco mejor que la de una esclava. 

         Fue entonces cuando Fioled la reclamó para si cómo aprendiz. 

         Los dos primeros días la niña los paso en completo silencio. Moviéndose discreta de una sombra a otra de la casa sin dejarse ver y durmiendo debajo de una enorme banca de madera. Si comió o bebió consiguió hacerlo sin que la viese la partera ya que en su presencia se negaba a hacerlo. Se limitaba a observarlo todo con sus enormes ojos color obsidiana y a obedecer cuanta orden recibía. 

         La tercera mañana, después de un desayuno en el que había tomado salchichas, morcilla, tocino, miel, leche y tres huevos fritos con media hogaza de pan de centeno aún tuvo sitio para un enorme taco de panceta en salazón. A mordiscos y con hambre que bien podría estar acumulándose desde seis años atrás.

         La vieja, con ojos de asombro y ternura sólo acertó a decirle.

        - Madre santa, comadreja, si que tenías hambre. 

        Ella, que sentada al otro lado de la mesa sobre sus cuartos traseros, se estaba lamiendo sus pelirrojas patas delanteras, se lo tomó cómo un insulto y saltó al suelo. Después corrió esquivando los muebles y enseres tirados por el suelo hacía el dormitorio del fondo que se encontraba a oscuras. Una vez allí escapó al huerto trasero por un pequeño agujero que había entre dos ladrillos de adobe. De fondo escuchaba la voz de su mentora diciendo su nombre con cariño. 

         Culebreó entre algunas plantas, corriendo en zig zag, y después subió al murete de piedra que rodeaba la tierra de Fioled. Entonces, por fin, se dio cuenta de que ya no era una niña sino una pequeña comadreja pelirroja con las patas moteadas. Una voz en su interior le urgió a buscar su camino. 

        Olfateó la madrugada, descartó darse un banquete con uno de los gazapos que la miraban atemorizados desde un prado cercano y saltó a la calle de la aldea siguiendo su instinto. 

        Al doblar una esquina, camino del salón comunal, se encontró de frente con Gundar el perro pastor que era propiedad de Búntalos, el jefe de la aldea.

         Instintivamente comenzó a correr. Gundar la perseguía. Logró esquivar dos mal intencionadas dentelladas que por poco no acaban con ella y, tras un tiempo que no pudo determinar, estaba corriendo entre los túmulos del cementerio. Cuando pensaba que no podría correr más vio el tejo retorcido, ahora en flor, que daba sombra a la tumba de su madre. Trepo agilmente a una rama alta. Desde ahí observo al enorme perro que no paraba de ladrar, correr alrededor del tronco del tejo y de saltar intentando alcanzar su rama, cayendo una y otra vez sobre las flores del mismo. Esbozando una sonrisa pensó, este perro es más tonto que su dueño. 

        Una voz femenina a su lado le contestó:

         - Búntalos no es tonto, jovencita. Es impulsivo, fuerte y soberbio pero no es tonto. 

         - A mi, dijo la chiquilla mirando al cuervo que había hablado a su lado, nunca me ayudo. Ni a los más necesitados del pueblo. No me parece muy inteligente en un jefe. No merece gobernarnos si no piensa en protegernos. 

         - En realidad si lo hizo, a su manera. Por eso fue elegido jefe y casi nunca cuestionado. Aunque es cierto que fue hace años, en otra época, y que su tiempo cómo líder se acaba. Quizá deberías retarle y ocupar su puesto. 

         - Solo soy una comadreja, dijo, luchando por ser aceptada en el mundo de los adultos. No sé cómo podría vencer a un enorme perro pastor, experto en ahuyentar lobos y otras alimañas. 

         - No pequeña, no, grazno el cuervo. La comadreja murió en la puerta de la cueva del tritón tuerto, sólo existe en tu memoria. Ya es tiempo de regresar allí y decirle a Urdigar lo que has visto. Antes de que despunte el alba. 

        Y, tras decir esto, echó a volar. 

        Mientras veía volar al cuervo se dio cuenta de que el cementerio se encontraba ahora casi en silencio. Gundar había dejado de saltar, correr y ladrar y se limitaba a rascarse de manera compulsiva contra el suelo y con los bordes de las tumba sin hacer el menor caso a la lechuza moteada que le observaba desde lo alto. De la comadreja se había olvidado por completo.

 

 

                                                                             IV 

         El despertar del sueño no fue agradable. Vomitó bilis y parte de la infusión. Si no hubiese llevado dos días en ayunas estaba convencida de que hubiese echado fuera hasta la última tira de cecina. Tras un rato con tiritona y escalofríos por fin pudo sentarse sobre las rodillas. Sus dos compañeros aún continuaban en trance. 

        Tal y como le dijo la cuervo, y antes de que sus compañeros regresaran, le contó al viejo chaman toda su experiencia, sin dejarse ningún detalle. Este la escucho con calma y, casi de inmediato, cómo inspirado por una fuerza superior le dijo cual sería su nombre a partir de ahora. Unini. La fiel y sabia compañera de la señora cazadora. Una variante de lechuza muy difícil de ver en aquellos días. 

         Al día siguiente, al regresar del viejo bosque de robles, pasó directamente por el gran salón de la aldea. Esquivó a Gundar que dormía a la puerta del mismo y se presentó, junto a sus dos compañeros, a la asamblea para hacerles saber como deberían llamarles a partir de ahora. Hecho esto y, ante el estupor de todos los presentes, se planto frente a Búntalos y, sin decir palabra puso a sus pies una flecha del desafío. En silencio, cara a cara, sin bravuconadas ni provocaciones. 

         El jefe de la aldea, al que hacía más de diez años no retaba nadie, que nunca había visto a un recién aceptado presentar un desafío y que sólo había oído hablar de mujeres gobernantes en las viejas historias junto al fuego estalló en carcajadas. 

         - Una de dos, dijo soltando cierto aliento a cerveza mientras hablaba, o ese viejo de Urdigar está chocho por la edad y no ha sabido entender tu nombre o es que la gran cazadora ahora quiere ser también la protectora de los bufones y tu eres su primera enviada. 

         Al comprobar que Unini seguía impertérrita y que, además, gran parte de los presentes no habían esbozado ni una leve sonrisa por su blasfemo comentario el jefe irrumpió en cólera. A esto le siguió un soliloquio cargado de provocaciones y comentarios acerca de lo absurdo del reto, de la falta de posibilidades de la aspirante y de lo inaudito de la situación. Pero cuanto más hablaba más quedaba en evidencia ante su pueblo y más parecía que temía a una mujer joven que apenas había vivido quince festivales de primavera. 

        Finalmente, y de muy mala gana, aceptó el reto. 

        - Mañana, al medio día. Con lanzas romas. Ganará quien antes logre impactar tres veces al contrincante en el torso. La aspirante había ganado el primer asalto. 

                                                                        

        Frente a ella se encontraba el hombre que había regido los destinos de la aldea desde que ella tenía dos años. Debía medir casi metro noventa de estatura, y era ancho de espaldas. Unini difícilmente le llegaría a los hombros si se situara junto a el. 

        Tenía el pelo negro y rizado, aunque ya se veían las primeras canas. Hoy lo llevaba recogido con una cinta de cuero para evitar que los rizos de la melena le impidiesen la visión en el peor momento. 

        Unini pudo observar entonces que el cuervo tenía razón. Cuando Búntalos tenía tiempo para reflexionar tomaba buenas decisiones. Lejos de vestir, como en desafíos anteriores, el disco de bronce para el pecho y sus grebas y brazales de cuero el veterano líder había decidido aparecer ataviado sólo con un calzón de paño y el resto del cuerpo untado en aceite. Mucho más apto para luchar contra una rival liviana y esquiva, a la par que servía para que su pueblo viese que su cuerpo aún estaba en forma. Unini estaba convencida de haber ganado el segundo asalto. 

         Por lo demás, como la aspirante, combatiría con un pequeño escudo redondo de madera y una lanza a la que se había tapado la punta con una bolsa de cuero rellenada con arena. 

         Los primeros compases del combate fueron como todo el mundo esperaba. Ambos contrincantes midieron a su rival en una danza hermosa y esquiva de estocadas temerosas y saltos apresurados. Nadie quería recibir el primer golpe. 

         Después de aquello Unini pasó al ataque. Búntalos esquivó dos lanzadas firmes pero mal apuntadas. Era muy bueno en esto, mejor de lo que la joven cazadora había imaginado. 

        El guerrero siguió esquivando y protegiendo el pecho con el escudo hasta que, en un decidido ataque de la aspirante, finto hacia un lado y con un hábil giro de muñeca logró meter su lanza entre el escudo y la lanza de ella para impactar en el pecho de la muchacha. El golpe de Unini, en cambio, quedo desviado al recibir el impacto y solo logro golpear en el muslo izquierdo del jefe. 

        A partir de este punto el combate dio un giro de ciento ochenta grados. El hombre pasó a un ataque total, intentando golpe tras golpe mientras la mujer parecía sólo interesada en esquivar y no recibir más golpes. Había dejado de atacar. 

         Búntalos, jaleado por sus seguidores, empezó a hacer comentarios insultantes y a humillar a su rival entre ataque y ataque. No paraba de llamarle cobarde, fraude y hasta comadreja, el mote que recibió en la infancia despectivamente, con clara intención de hacerla perder los nervios. Pero Unini parecía estar tan sorda como la partera y tener ojos y oídos solo para esquivar los golpes que le caían cada vez más cerca. 

        Esta situación se prolongo durante unos minutos que a la aspirante se le hicieron lustros. El público por su parte, salvo Fioled y Urdigar, pensaba que ésto terminaría cuando el jefe, que se estaba luciendo, se aburriese y zanjara el combate. Pero entonces empezó a ocurrir algo que llamó la atención de los más observadores. Cada vez que hablaba, Búntalos, se rascaba la pierna izquierda. 

        En una de estas ocasiones en que se demoró un poco mas en esa maniobra Unini lanzó una rápida estocada a su rival. El Guerrero, ágil y experimentado, desvió el golpe con su escudo sin tener tiempo de atacar el mismo. La punta de lanza de la cazadora, desviada, dio en el límite entre el hombro derecho y el pectoral pero el juez del desafío no lo dio por valido. Esto levanto alguna queja y murmullo entre el público pero ella no protestó y se limitó a esquivar la nueva ráfaga de ataques que hubo en respuesta al suyo. Se repetía el escenario anterior. 

         Un par de minutos más tarde Búntalos sentía picores cada vez más intensos por la pierna y, ahora también, por el brazo y el hombro. Decidió quitarse el escudo para poderse rascar mejor. En este movimiento, al abrir la guardia, recibió el primer golpe en el pecho. Después, Unini, también se quitó el escudo. 

         Este gesto fue recibido con risas y gestos de asombro entre el público, lo que sacó aún más de sus casillas a su líder que, fuera de sí, lanzó un ataque frontal y salvaje a Unini. Fue el último. La antigua comadreja esquivo grácilmente, hincó la rodilla a un lado de su rival y, desde ahí, le golpeó una segunda vez en el pecho. Desde abajo y en diagonal le dio de lleno. 

        A los pocos segundos toda la piel de Búntalos lucía un color rojo y empezaban a salirle granos por todo el cuerpo. Él, tumbado en el suelo, frotaba su espalda con el suelo mientras con las manos trataba de rascarse sin éxito todo el cuerpo a la vez. En un último esfuerzo logró ponerse en pie y, entre las carcajadas de sus vecinos, correr hasta saltar al pilón de la plaza. 

         Unini había ganado el tercer y definitivo asalto. 

        Esa misma noche, la antigua comadreja que se había convertido en lechuza, celebró su primer banquete para todos los miembros de su clan como jefa de la aldea, inaugurando lo que fue un gobierno largo y sabio pese a todos los infortunios que tuvieron lugar en aquellos tiempos. 

        Sólo un hombre no estuvo presente. El guerrero Beles, segundo hijo de Búntalos, no pudo soportar la humillación y abandonó la aldea. Desde ese día olvido su antiguo nombre y dijo a todos a quienes encontró en su camino que se llamaba Donan.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Sección Especial

    Anoche, empujado por los tiempos de la plataforma que le gorroneo a mi amigo Ibai, me lancé a ver la película de Costa-Gavras que lleva por título el mismo que he elegido para esta entrada del blog. Así que quienes tengáis Filmin tenéis hasta el 25 de este mes para verla y deberiais de hacerlo. 

    La película, sexta del realizador y rodada en mil novecientos setenta y cinco, está inspirada en sucesos reales, cómo casi todas las de la primera etapa de este director, y aborda la creación de los tribunales especiales por el régimen de Vichy durante la segunda guerra mundial. De los tejemanejes judiciales de los fascistas galos que colaboraron de bastante buena gana con los ocupantes nazis de Francia. 

    El caso es que en determinados aspectos la película es de una actualidad aplastante, no sólo en nuestro país, si no en cualquiera de este esférico y achatado mundo. El primer aspecto de absoluta actualidad, sin lugar a dudas, es el de las interferencias de la política estatal en las decisiones judiciales. Y es que, se ponga cómo se ponga el espíritu de Montesquieu, los poderes por muy divididos que estén formalmente tienden a revolcarse entre ellos en una orgía incestuosa. Algo que no dejó de pasar con la caída del Antiguo Régimen y el advenimiento de las democracias burguesas. Simplemente se maquilló el asunto para dejar a la mona más elegante pero igual de mona. Y si no que se lo pregunten a Nicola Sacco, Bartolomeu Vanzetti, Assata Shakur o, menos terrible su castigo, las Seis de La Suiza por citar algunos de los casos más sonados de ayer y de hoy. 

    El segundo aspecto sobre el que nos hace reflexionar esta película, por desgracia demasiado poco ponderado entre la militancia actual, es cómo las cuestiones personales, los egos y las ansias de ascensos y reconocimiento público, esas pequeñas corruptelas cotidianas, son la argamasa para que las grandes corrupciones y las grandes tropelias lleguen a buen puerto. 

     A fin de cuentas las profesiones de fiscal y de juez, salvo honrosas excepciones de gente cegada por un idealismo que deposita en el estado de derecho unos valores que sólo existen sobre el papel, son desempeñadas por hombres y mujeres de ideología conservadora, satisfechas con la cuota de poder que el sistema deposita en ellas y con ninguna gana de escuchar cualquier argumento en contra de lo que realmente son, siervos de los que mandan a los que rara vez se atreven a incomodar pero implacables con aquellos a quien se ha designado para su sacrificio. Generalmente lxs hijxs de la clase obrera organizada y los deshechos sociales del lumpen. Jueces y fiscales son, en definitiva, gentes agradecidas con quien les da de comer y deseosos de caricias en el lomo en forma de ascensos y tribunales superiores. 

    Por último, y no por ello menos importante, esta película nos sirve como reflexión a la par que cómo munición ante uno de esos debates que la derecha cavernícola se empeña en desenterrar cada cierto tiempo cómo es el de las “Chekas” y la justicia en periodos revolucionarios. En su discurso contraponen una justicia burguesa, estatal y aséptica frente a las formas de actuación del pueblo a las que se acusa de vengativas, carentes de base procesal y excesivamente sangrientas. Un debate maniqueo y amañado desde ese poder que necesita legitimar su monopolio de la violencia y que se salta sus propias normas siempre que lo considere oportuno, como nos muestra Costa-Gavras de manera magistral. 

     La película, para ir cerrando el tema y no destriparla innecesariamente, nos plantea todo esto sin ningún tipo de morbo ni escenas desagradables. Casi exclusivamente desde la perspectiva del mundillo de la judicatura y sin el regusto excesivamente amargo que el cine social y político suele dejarnos. 

      Dadle una oportunidad. A las malas nos sirve como excusa para unas mirindas y una buena discusión.

     Ahí os dejo un enlace con la ficha técnica de la pelicula. https://www.filmaffinity.com/es/film880027.html

miércoles, 22 de octubre de 2025

El fortín

 Las vistas desde el Cerro Garabitas siempre me habían fascinado. Desde que, siendo niño, me escapaba hasta allí montando en bici con mis amigos para observar la capital de España escuchando a los pájaros y el sonido del bosque de fondo. Al llegar a lo alto, exhaustos de pedalear entre tierra y hierba, dejábamos las bicis tiradas hasta recobrar el aliento, y caminábamos entre las trincheras con la esperanza de encontrar algún resto de la guerra de la que casi nunca lográbamos sacarle nada a nuestros abuelos. 

    La tarde más feliz que recuerdo de las relacionadas con aquellas escapadas, fue una vez que el bombero de servicio en la torre de vigilancia forestal nos permitió subir a la torre para que echásemos un vistazo. Trepamos por la escalera de metal y nos agolpamos en la pequeña plataforma en la que había poco más que una silla, una mesa, una radio y unos prismáticos. No debimos de estar allí más de diez minutos pero nos sirvió para fanfarronear en el colegio durante toda una semana.

     Más tarde, en la adolescencia, cuando el resto de mis amigos empezó a interesarse por otras cosas yo seguí fascinado por aquella guerra y seguí viniendo por aquí. Especialmente los días de lluvia en los que la tierra, a veces generosa, escupía algún vestigio del pasado. Así fue como en la Ciudad Universitaria encontré un par de balas y algo de metralla que, está feo reconocerlo, aún guardo en casa de recuerdo. 

    Hoy volvía a mirar el paisaje desde lo alto del cerro. Pero no era la ciudad mi horizonte. Hoy los ojos los tenía puestos en la parte más opuesta a Madrid, en dirección a la sierra. Unos metros más abajo de dónde me encontraba unas telas verdes cubrían un área de unos veinte metros cuadrados delimitados por estacas. En el centro del mismo se podía ver una estructura de hormigón semi enterrada y cubierta de musgo. 

    Se trata de un fortín semicilíndrico doble que el bando sublevado había construido para reforzar las defensas del cerro y que estaba orientado en dirección al lago de la Casa de Campo. Al fortín, en su día, se accedía por una de las trincheras pero ese acceso estaba colmatado casi por completo. Ahora ni un niño, ni alguien muy delgado y escurridizo, podrían entrar en la fortificación abandonada.

    Lo cierto es que estaba teniendo que hacer un esfuerzo ímprobo por que no se me notasen los nervios. Era un momento muy especial para mi. Estábamos excavando e íbamos a restaurar el fortín que me había visto crecer y que, hasta un año antes, jamás hubiera soñado con ver rehabilitado.

    La idea, al principio parecía una locura. Surgió durante unas jornadas sobre la guerra civil en Madrid que había organizado el GEFREMA y a las que había acudido como representante del departamento de Arqueología Contemporánea de la Universidad. En las típicas cañas posteriores al evento, charlando sobre temas relacionados con la guerra, había salido el fortín de marras y todo el mundo coincidía en que era una pena que esos restos de nuestra historia reciente se echasen a perder.

    Una semana después tenía en mi correo electrónico una propuesta de trabajo para la recuperación del espacio con un proyecto completo. Lo firmaba Alicia Lozano, profesora de historia en un instituto público y miembro de la dirección del grupo de estudios. La colaboración entre ambos había funcionado a la perfección y desde el principio me pareció una magnífica profesional.

   Se trataría de una colaboración entre la universidad y la asociación cultural. Me dejé seducir y empecé a mover mi parte la propuesta. 

    Llegar hasta aquí no había sido nada fácil. La Comunidad de Madrid y el ayuntamiento se habían puesto de perfil en cuanto habían leído en el mismo pliego las palabras “Excavación” y “Guerra Civil”. No quisieron saber nada del tema y lo zanjaron con el silencio por respuesta. Lo único que logramos, todo un éxito dadas las circunstancias, fueron los permisos municipales para realizar nuestro trabajo.

    El gobierno central, pese a la Ley de Memoria Histórica, aprobada a bombo y platillo un año antes, no había puesto ni un duro. Una cosa es legislar y dar titulares para la afición y otra muy distinta liberar fondos para que esas leyes puedan aplicarse. 

    Lo único en lo que las tres administraciones estuvieron de acuerdo fue en solicitar que sus logos respectivos apareciesen en la documentación, los informes y el material que saliese de la excavación.

    En cuanto al departamento de la facultad la reacción había sido la esperada. Sonrisas, palmaditas en la espalda y comentarios de aprobación que ocultaban un deseo profundo de que fuese un fracaso.


    No sólo porque había osado colaborar con profanos de fuera de la Academia, intrusos en un jardín al que nunca deberían haber accedido con sus zarpas sucias y sin titulación, si no porque si al final la propuesta salía bien sería un punto más en mi curricúlum y destacar en un medio dónde tantos competíamos por tan pocas plazas siempre era motivo de preocupación ajena.

      La situación cambió ligeramente cuando el viejo Arizmendi, catedrático emérito, experto en la contienda y una auténtica vaca sagrada dentro del mundillo y reconocido a nivel internacional, señaló en la cena de navidad que era de las mejores ideas que había visto en mucho tiempo. Una iniciativa para romper la barrera entre institución y calle, fueron sus palabras, una forma magnifica de acercar la historia a la gente joven.

    Desde aquél día el decano de la facultad, un tipo orondo, calvo, y que se libraba de parecer la reencarnación de Indalecio Prieto gracias a su cara de ratón y sus gafas redondas con montura de metal, empezó a agasajarme con preguntas, propuestas que nunca desarrollaba y fingido interés.

    Que alguien así se fijase en uno era tan agradable como que lo hiciese el mismísimo Joseph Goebbles. Pertenecía a esa generación de progres que había medrado a costa de ser obedientes y pragmáticos  cuando gobernaba el PSOE y jugaban a ser radicales veteranos de la transición cuando gobernaba el Partido Popular. Momentos estos en los que  compadreaban con los alumnos más revoltosos de la facultad y sacaban a la luz sus carreras delante de los grises y su paso por la terrible Dirección General de Seguridad, obviando que sus papás les sacaban de allí después de algún bofetón más pedagógico que represivo. Un privilegio exclusivo para los hijos del régimen y del que no disfrutaban los obreros ni sus familias. 

    Tenía fama de tener las manos largas y la vergüenza corta. No le hacía ascos a ningún cuerpo mientras fuese joven y nadie que llevase dos días en la facultad acudía sólo a su despacho. A su alrededor siempre revoloteaba un coro de adláteres que le reía las gracias, le acompañaba a todas sus charlas y que acudían en grupo a su casa a unas cenas conocidas y de las que, se decía, era imprescindible participar si se quería optar a plaza definitiva en la facultad.

    Tampoco aportó ni un céntimo. Ni se pasó por una sola reunión. Se limitó a mandarme dos o tres de sus satélites para que formasen parte del grupo de la universidad que organizaba la excavación. Así, sin jugarse nada en la partida, podría salir en la foto si esta merecía finalmente la pena. Algo que sabría con tiempo suficiente gracias a sus epígonos.

    Estas son todas las cosas que evité decir a los dos tipos del GEFREMA que, cámara en mano, me estaban entrevistando cuando pidieron que explicase cómo había sido el proceso para montar el sarao que teníamos entre manos.

    Habíamos estado viendo el fortín y, después de que grabasen recursos de gente cargando capazos de arena y trabajando en los tamices, nos habíamos marchado a una zona más tranquila, junto a la mesa destinada a catalogar el material que fuésemos sacando, para poder grabar. 

    Me acababa de sentar cuando un enorme revuelo se formó juntó al fortín. Escuché entonces una voz llamándome a gritos para que bajara. Alicia quería verme dentro del fortín.

    No esperábamos encontrar nada de excesivo valor en aquel bunker pero las excavaciones arqueológicas, como todas las investigaciones científicas, podían dar las más inesperadas sorpresas. Y esa llamada urgente apuntaba a algo inesperado y suculento con lo que dar en las narices al decano y su cohorte de trepas.

    Bajé trotando los escasos metros que me separaban de la entrada del fortín. Me arrastré por el túnel de acceso recién despejado y entré en el espacio, un poco más amplio y con un pilón en medio, dónde antaño debía encontrarse una ametralladora. Allí me esperaban Alicia y Ceferino, uno de los pupilos del decano, embozados con mascarillas quirúrgicas.

    Entre ambos, sentado con la espalda apoyada en la pared del bunker, justo debajo de la tronera, había un cadáver humano. Vestía unas zapatillas Adidas, unos vaqueros y lo que parecía una camiseta promocional del mundial del ochenta y dos. Todo ello podrido por años de frio y humedad. En su frente se veía un orificio que bien podría ser de bala.

    Tras un instante en el que la duda y el estupor competían por hacerse con la situación la voz de Alicia rompió el silencio para retomar la iniciativa.

    - Vamos a salir con el máximo cuidado, sin tocar nada, e impedir que nadie entre. Luis, por favor, cuando estés fuera llama a la policía.

    Un rato después, sentado debajo de una torre de vigilancia nueva, más alta y ostentosa que la que había en mi niñez, mientras esperaba a que me tomasen declaración y veía al orondo decano hablando sudoroso y feliz con los periodistas que habían acudido a nuestra excavación, pensaba en que lo único que no esperaba encontrar allí, en un bunker de la guerra civil, era un fulano muerto con una camiseta de Naranjito.

martes, 5 de agosto de 2025

Cuando la mayoria de los judíos no querían ser colonos. Historia del Bund.

     La primera vez que escuché hablar del Bund fue hace más de diez años. Bueno, en realidad lo leí. Era mencionado con cierta asiduidad en un libro sobre la resistencia armada de los judíos en la Varsovia ocupada por los nazis, y quedé fascinado. 

     La segunda vez que vi una referencia, poco clara eso si, fue en la película “El pianista” del director Roman Polansky que, por cierto, también se mojaba contando algo que en el cine comercial no había sido muy habitual. La estrecha colaboración de los judíos de derechas con las fuerzas nazis a la hora de exterminar a su propio pueblo. La mayoría de ellos miembros o simpatizantes del Bund. 

     Cuando supe a través de Julián Vadillo, prologuista de la edición española, que acababa de salir este libro en castellano corrí a la librería Mar Negro de mi barrio para encargarlo. Este libro, en estos tiempos oscuros en que el sionismo está televisando el genocidio del pueblo palestino, sin que los países poderosos estén haciendo nada por evitarlo, es tan necesario como valiente. Mucho. 

     Necesario porque en la lucha por la libertad es clave no sólo conocer el pasado, si no tener claro que la visión binaria y simplista del mundo es el camino directo a los totalitarismos. En ese sentido este libro da a conocer una parte de la historia sepultada por el poder capitalista actual, por el derrotado bolchevismo en su día, y por el sionismo. La de millones de judíos que no querían abandonar sus países para irse a vivir a Palestina. La de decenas de miles o más, agrupados en torno al partido socialdemócrata ruso judío, que además luchaban por construir el socialismo en Rusia y Polonia con la misma determinación con la que rechazaban el sionismo, adelantándo ya en su visión crítica la tragedia que hoy vivimos. Que, a pesar de todo lo anterior, y su laicismo no renunciaban a su judaísmo. 

     Es valiente porque en esta izquierda del siglo XXI, en que la mayoría de la militancia se comporta como las ovejas de Rebelión en la Granja, algo que les saque de la tranquilidad de la consigna fácil no siempre cae bien. 

    Lo único que le falta a este libro, bastante bien editado, y con un aporte gráfico interesante, son documentos adjuntos que hubiesen permitido profundizar más en los argumentos y las broncas de los bundistas con los sionistas de su época. No obstante entiendo que eso hubiese hecho que el libro superase de largo las quinientas páginas, demasiada apuesta para una pequeña editorial.

    
 Os recomiendo que le deis una oportunidad a pesar de que, en estos tiempos, las tripas nos lleven a no querer leer sobre el sufrimiento pasado de un pueblo al que ahora apelan los genocidas para justificar su barbarie. 

 Leedlo, de verdad. Aunque al principio sólo sea para tener más argumentos os garantizo que os va a sorprender.