viernes, 15 de mayo de 2020

Cine, chavalas y subvenciones

Despertar el interés de una parte de la chavalería adolescente por cuestiones que estén fuera de lo que está de moda en el momento es francamente difícil. Si además es por algo relacionado con los estudios es casi imposible. Si hablamos ya del sector de la adolescencia como el que temenos mayoritariamente en Alacrán la tarea empieza a estar al nivel de una epopeya clásica.

Una de nuestras actividades son clases de apoyo, tanto dentro como fuera de colegios e institutos públicos de nuestro distrito. Durante cinco años forme parte de los grupos de la asociación que impartía estas clases.

El tema de las clases de apoyo, la verdad, daría para horas de charla y decenas de entradas en blogs, así que voy a tratar de no dispersarme demasiado, que ya me ha dicho gente que sabe de esto más que yo que hago entradas muy largas.

        El primer gran desafío que yo me encontré, una vez asumido que las clases de apoyo que dábamos como asociación a chavales de mi barrio no me iban a permitir emular  a Robín Williams en El club de los poetas muertos, fue el de llamar la atención y lograr despertar interés en grupos de chavales y chavalas que no solo están haciendo horas extras no remuneradas, sino que la mayoría de ell@s sienten con mayor o menor grado de  realismo que su futuro es bastante oscuro y van a esas clases con la misma ilusión con la que cualquiera va a pagar una multa de tráfico.

Con esta coyuntura, hace ya cuatro cursos, se me dio una oportunidad fruto de la casualidad. Una de las chicas de mi grupo asignado, muy maja, de buen corazón pero muy perdida y desatendida en casa, resulto apellidarse como un histórico poco conocido del anarquismo español. En la clase de al lado, una de sus mejores amigas en aquél momento, que se pasaba el día escaqueándose para acoplarse a mi grupo y poder estar juntas se apellidaba como otro sujeto del mismo movimiento y del mismo periodo. Ambos también unos piezas de cuidado. Descartado el parentesco directo se me ocurrió un juego.

Un día que no estaban haciendo ni el huevo más allá de hablar de chicos, programas basura de TV y actividades poco recomendables para mujeres de su edad, es decir un día como cualquier otro en nuestra vida de absurdos prolongadores de jornada, les lancé un desafío.

Era miércoles. Si para la siguiente clase, el lunes, eran capaces de averiguar y explicarnos en el aula, que dos personajes de la historia de España poco conocidos pero a mi juicio importantes, se apellidaban como ellas dos las invitaba al cine y a merendar. Se podían sumar al reto quienes quisieran en clase. No era fácil y reconozco que no daba un duro por que lo buscaran.


El lunes llegaron excitadísimas. Eran cuatro en total las que se habían puesto a la faena. Era evidente que alguien las había ayudado y lo llevaban todo mal apuntado en un papel. Atropelladamente explicaron  de manera correcta quien era el albañil madrileño que llegó a coronel durante la guerra civil. Ese era el fácil. Del segundo apellido solo supieron darme el título de un libro que hablaba sobre el sujeto en cuestión. Me pareció suficiente.
El no abuelo de una de ellas

Un par de semanas después cumplí la promesa y nos fuimos las cinco a un centro comercial del barrio. Eligieron Alicia a través del espejo y no me aceptaron la merienda. He de decir que nunca más he logrado que ninguno de los chavales ni chavales me ganen en un reto de estos, y lo he intentado varias veces.

De aquella sesión de cine salí con varias lecciones aprendidas. No conseguí que apagasen los móviles, solo que los silenciaran. A una de ellas hubo que dejarle al entrada en la taquilla a su nombre porque llegó tarde quince minutos. No pararon de hablar en casi ningún momento y a ratos miraban el aparato de Satanás porque les entraban mensajes y mierdas.  El siguiente día en clase me contaban que ven las series en el móvil y, con suerte, en una tablet. Dos no recordaban haber ido nunca al cine. Carecían por completo de cultura cinematográfica.

Reflexioné mucho en su momento y estas ultimas semanas me he acordado de esta vivencia. Sobre todo a raíz de las peticiones de ayuda legítimas de colectivos de trabajadores del espectáculo.

El problema de la “cultura” en éste país es un problema de raíces profundas, muchas de las cuales desconozco, aunque le veo paralelismos con otros ámbitos de la vida y la política cotidiana. 
El problema enorme que tenemos en España con la caída libre de las artes, de todas, no se va a solucionar con un plan de subvenciones para el cine y la música que para colmo, como bien señalan algunos interesados, se quedará corto y solo llegará a los grandes nombres dejando a la mayoría en el paro por tiempo indefinido.

El problema en nuestra sociedad no es que los museos, los cines y los conciertos sean caros, que lo son.

El verdadero problema con mayúsculas en este país es que la cultura no interesa a las élites que la perciben, en el mejor de los casos, desde un snobismo interesado y patrimonialista o, en el peor, como una perdida de tiempo de rojos y bohemios. Y lo que no interesa cuidar a las élites, en una sociedad alienada, apenas le interesa a nadie más.

Pienso que no se puede cuidar lo que no se ama. Y no se puede amar lo que no se conoce. No se conocen el teatro, la pintura, el cine, la música, la escultura, la arquitectura, la poesía, la gastronomía, la literatura, el deporte, la costura, ni nada en la vida con visitas formales y rutinarias, anuales, a estos espacios.

Son excepciones los muchachos y muchachas,como decía una amiga con la que compartí esta reflexión, que se puedan de verdad interesar en la opera porque una vez en su vida el instituto les lleve al Teatro Real a ver Turandot o Carmen.  Servirá, no lo dudo, para llenar las sesiones, pagar nominas y justificar algunos proyectos, pero no deja de ser pan para hoy hambre para mañana.


Cuando yo estudié imagen (sin sonido) nos hicieron pasar por todas las ramas de la profesión. Cámara (en grúa, hombro, fija...), realización, dirección, guión, luz, montaje en mesa y montaje digital. Así descubrí lo fascinante, para mi, de ésta última disciplina. A ningún médico se le pide que elija especialización sin haber rotado antes por todas.  Con la cultura pasa lo mismo.


Si queremos salvar, quienes apostamos por un mundo mejor, por una sociedad socialista de base, las artes y a quienes las hacen posible tenemos que salvar la educación.  Quitar horas lectivas de inglés, matemáticas y otras asignaturas “útiles”. Dejar de concebir los centros educativos públicos como fabricas que forman trabajadores sumisos para el futuro y pelear que la salud y el arte formen parte permanente de la curricula.

Solo cuando escriban, pinten, esculpan, realicen, compongan, graben.... sentirán y valoraran todo eso como suyo. Hace tiempo que llegó el momento de dejar a mirar a los de arriba, instalados y satisfechos pidiendo migajas y ayudas para volver a mirar a los lados y hacía atrás para transmitir enseñanzas.

Entiendo y respeto las demandas de los colectivos afectados en el mundo de la cultura en su lucha por la supervivencia inmediata, solo planteo que o ampliamos la profundidad de nuestras exigencias, de nuestras luchas, y las engarzamos con las demás luchas y los objetivos de una nueva sociedad o estamos perdidos.

Puede que no hoy, ni mañana, pero si un día próximo y para siempre.


lunes, 20 de abril de 2020

20 de Abril

Hace unos años escribí esta chorradita en un muro de fb. Ahora la rescato para quienes o no la leisteis entonces, no sois amigos de mi alter ego en  el invento de satanás de Zuckerberg o simplemente lo habéis olvidado.

Espero arrancaros una sonrisa al menos:


Hoy, aún a riesgo de que nadie me crea como le pasó a Ángel Berriatúa y/o aparecer mañana flotando boca abajo, muerto, en la piscina del jardín como Joe Gillis, me he decidido (probablemente debido a un brote de locura causado por mi aislamiento montañes al más puro estilo Jack Torrance) a revelaros una verdad que llevo callando demasiado tiempo. Se trata del mensaje oculto y fascista que esconde la letra de una canción. Una canción escrita e interpretada por unos supuestos "rojillos" pucelanos que se trata, en realidad, de un homenaje secreto a Adolf H.
Si amigos, uno de los temas más conocidos de la banda "Celtas Cortos", 20 de Abril, escrita,¡JA!, dicen, un año después, en 1992.
El 20 de Abril del 90 fue el 101 aniversario del nacimiento del Fuhrer y, en esta canción, no solo se le homenajea veladamente si no que además se nos revela que no murió en 1945 ya que se trata de una carta que éste, no se sabe desde donde ni cuando, le envió a Eva Braun.
Pero analicemos la canción:
1º- En la primera estrofa se dice: 20 de abril del 90 ..... ¿te sorprende que te escriba?- Evidente, en su condición de líder clandestino, Adolf, no podía arriesgarse a escribir a sus seres queridos y delatar su paradero. Pero, el día de su cumpleaños, solo y melancólico, tras lústros en el altiplano paraguayo con una repugnante y nada aria llama como mascota, rompe el silencio y se decide a escribir. Es humano.
2º El estribillo- Esta parte es fundamental, por que es donde se explican el porqué verdadero de la carta. La añoranza y el sentimiento contrariado ante la traición.
"¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo, ...?
Hoy no queda casi nadie de los de antes,
y los que hay
han cambiado...
No puede haber duda alguna, se refiere al Berghof en el Berchtesgaden, su castillo en las montañas de Bavaria, y a todos aquellos jerarcas que, pasados los años, acabaron en la CDU, la patronal o la banca olvidando el ideal nacional socialista.
3º- Interés disimulado del cornudo-
"Pero bueno, ¿tú qué tal? Di.
Lo mismo hasta tienes crios.
¿Qué tal te va con el tío ese?"
Por fuerza tiene que tratarse de Otto Gunsche, guarda espaldas de Hitler con el que Eva se marchó tras la caída de Berlin. Derrotado,vegetariano, y sin imperio, el bajito y estridente cabo austriaco no podía competir con un pedazo de ario de 1´99 de altura, atlético (no colchonero) y puro musculo.
El desdén hacía él, fingiendo no conocer al tipo que le paseo el perro desde 1943 lloviese, nevase o callesen obuses de punta, es típico de un romántico que soñó un imperio y se quedó sin novia. Puede que se lo esperase del livinidoso Goebbles, pero jamás del bueno de Otto.
El bulo de la boda final en el bunker, creado para dar credibilidad mediática y dramática a la farsa, no deja de expresar el secreto anhelo de un Adolf más chapado a la antigua de lo que le gustaba reconocer y que, probablemente, se las dio de liberal con Eva para ligarsela. Típico de cualquier pagafantas.
La última parte de la canción, la despedida y tal, o bien es paja que metió el fuhrer para despistar a los fisgones, trucos de vieja escuela clandestina, o lo metieron los pucelanos para despistar. Ésto no haría más que demostrar hasta que punto esos mequetrefes seguidores de Duguin llevarían años riéndose de su público en los conciertos. Tocando mientras piensan "mira estos guarros como bailan, si supieran de verdad lo que dice la canción".
Esta es la cruda realidad amigas y está ahí fuera. Ahora haced lo que debáis...
Os enlazo la canción para que veáis que, por muy loco que yo esté, no miento. Escuchad, escuchad...

https://www.youtube.com/watch?v=Z9mH0rPunmg

martes, 14 de abril de 2020

San Isidro labrador (Capitulo 2, parte 2)

Deambule un poco entre el gentío antes de regresar a la barraca. Desde fuera parecía verse mucho más grande y el contraste de la luz interior con la oscuridad del parque en que se encontraba, la caseta del partiducho estaba en la periferia de la zona delimitada para las fiestas, hacía que todos los que estaban dentro pareciesen actores de una enorme, difusa y a pesar de ello coordinada obra coral.  Dedique unos instantes, después de localizar a mis amigos, a observar detenidamente el cuadro.

La barra estaba insuficientemente atendida por dos mujeres y un adolescente, poco duchos en bandearse con tanta clientela y, por la razón que fuese, no tenían tickets por lo que sería un milagro que al final de las fiestas no palmasen pasta. Mientras, en la plancha, un barbudo  sudoroso y con mandil se afanaba por atender interminables pedidos de bocadillos de panceta y de morcilla. De ninguna otra cosa. Todo parecía un poco chapucero y casi me daban lástima. ¿Cómo iban a organizar un ejército de obreros y campesinos si ni siquiera sabían organizar un chiringuito para borrachos durante una semana?.

Continué mi escrutinio por la zona. La clientela era muy variada y, saltaba a la vista, que la mayoría habían acabado aquí más por casualidad y sed que por un afán sincero de aportar su granito de arena a la construcción de la república popular española .

Había, alrededor de una de las mesas, dos matrimonios. Ellos discutían acalorados acerca de algo que no podía escuchar por el ruido y la distancia. Unas calvas comenzaban a asomar desvergonzadas en sus coronillas, vestían pantalones vaqueros y sendas camisas de cuadros claros sobre fondo blanco, eran lo más parecido a unos genuinos miembros de la clase obrera que se veía en el lugar.Uno iba rasurado. El otro lucía bigote. Sus mujeres perfectamente podrían ser hermanas. Llevaban vaqueros azules de campana, jerseys de cuello vuelto, una color crema y la otra blanco. Una tenía una niña dormida en brazos y la que estaba frente a ella, que tenía las cejas depiladas y pintadas, entretenía a un par de niños de unos seis años con chapas y palillos rotos sobre la mesa de madera  mientras intentaba infructuosamente hablar con su acompañante femenina.

Lo demás eran pasotas, hippies trasnochados, grupos de jóvenes del barrio y alguna pareja haciéndose arrumacos como si el mundo no existiese a su alrededor.

Por más que me esforcé en uno de mis juegos favoritos fuí incapaz de ver a nadie que pareciese un secreta. Así de peligrosos eran estos pringados a ojos de la paranoica Dirección General de Seguridad.

Fue entonces, cuando mi mirada llegaba al otro extremo del chiringuito donde estaban mis amigos, cuando algo llamó mi atención.

Había una panda de jóvenes quinquis en corro. Vestidos todos de manera casi igual, hasta tal punto, que uno no sabe si los han hecho en molde o les hacen descuento en SEPU por comprar la ropa al por mayor. Era evidente que se habían flipado con las películas de José Antonio de la Loma e iban vestidos así por si se lo cruzaban por la calle y les contrataba para su próxima entrega de Perros Callejeros. Olían a macarras de pastel con sus vaqueros ajustados, sus deportivas blancas, sus camisetas de colores marcando cuerpo y sus chupas. Estas eran la única concesión a la ruptura de la uniformidad. Mientras que unos lucían chaquetas del mismo estilo que sus pantalones, otros fardaban de sus cazadoras de cuero.

Dentro del cerco masculino había dos mujeres. Algo oscuras de piel y con pelo negro. Una, la más bajita, tenía el pelo encrespado y recogido, en algo que parecía un moño pero en realiad era una coleta. La otra, más alta, lo llevaba cortado rozando los hombros y ligeramente ondulado. Ambas vestían vaqueros y zapatillas deportivas, como los chicos, pero de un estilo diferente. La bajita llevaba una camiseta azul celeste ajustada que resaltaba su figura. La más alta, en cambio, llevaba una camisa totalmente blanca con el último botón desabrochado, a través del cual se alcanzaba a ver lo que parecía una letra t mayúscula o una cruz de Tau hecha de madera. Compartían cara de agobio mientras todos los miembros de la jauría de aspirantes a Torete de tercera competían por ver quién hablaba más, como si atontandolas a base de verborrea pudieran hacerlas caer en sus brazos o entre sus piernas.

La belleza de la más alta me cautivó al instante. En otras ocasiones  me hubiese conformado en deleitarme con su encanto desde la distancia pero la escena, lejos de ser cómica o sugerente, rezumaba malestar y agobio. Como cuando en los documentales de Rodríguez de la Fuente los depredadores acosan a sus víctimas hasta que logran separar a una del grupo para darle caza y devorarla. Decidí intervenir.

Como ellos, por muy niñatos disfrazados de makokis que fueran, eran cinco y yo estaba solo, no quise arriesgarme a una entrada que provocase una pelea. Opté por una estratégia frontal y decidida a la par que imaginativa y elegante.  Caminando con paso firme aparté a los chuletillas que se interponían entre la  muchacha de la cruz al cuello y mi persona. Lo hice estirando los brazos, con una sonrisa de oreja a oreja, como si nos conociésemos de toda la vida y me estuviese esperando. Si los macarruzos no se hubiesen despistado de su presa con mi teatral intervención hubiesen podido ver en los rostros de sus objetivos la misma cara de sorpresa que ellos lucían mientras yo decía en un tono forzadamente alto:

     -    ¿Pero dónde os habíais metido? LLevo dos horas buscandos.

    Acto seguido mientras abrazaba a la del pelo suelto como si la conociese de toda la vida le dije al oído.

      -      Si quieres os saco de aquí ya.

      -       Sabe que no conocemos Madrid -contestó con una sonrisa que le cruzaba el rostro de lado a lado cuando me separé de ella esperando su veredicto.


   
    Le agarré la mano  izquierda con mi mano derecha y ella hizo lo mismo con su amiga. Así salimos de ese círculo de miradas a mitad de camino entre la incredulidad y la ira propias del cazador burlado. Hoy las gacelas habían escapado de las hienas y no había nada que lamentar por ello.

                   


      - Muchas gracias por su ayuda. -me dijo, una vez alejados del grupo de carroñeros de feria- A mi amiga le dicen Katya. Y yo me llamo Magdalena

miércoles, 8 de abril de 2020

San Isidro labrador (capitulo 2, parte 1)

La discusión entre Juan Carlos y Esteban parecía no tener fin. Mi paciencia, en cambio, se había agotado hacía rato. Me habían sacado de casa, en teoría, para que olvidase mis penas amorosas y me lo pasara bien. Se suponía que iba a ser diferente. Y en cambio, ahí estábamos de nuevo. Discutiendo sobre elecciones sindicales, deserciones masivas, escisiones, pactos de gobierno y expectativas de voto.

 Para colmo, pese a mis súplicas en sentido contrario, y en un alarde de innovación propio de un tecnócrata de la UCD, habíamos acabado esta noche del catorce de mayo enfilando en dirección a la pradera de San Isidro.

Mis máximas preocupaciones, por tanto, distaban de ser tan nobles como las de mis  barbudos acompañantes y se resumian en dos. La primera, conseguir un buen chocolate. La segunda, que no nos encontrásemos con Irene. O ni metiendome una tortilla de anfetas superaría el golpe.

Mire a mi alrededor. En algún lugar entre los puestos de variantes, tómbolas, casetas de partidos políticos, el humo de las fritangas y el olor a gallinejas y entresijos debían de estar los macarrillas de la zona a los que solía comprar el material cuando venía a éste barrio por cosas del ateneo. No me parecía un derroche de optimismo pensar que no todos podían haber muerto de sobredosis en los últimos seis meses.

Ya fuese por exceso de demanda, ya fuese por que mi suerte seguía siendo desfavorable, no encontré a nadie conocido que me pasara costo. Decidí no tentar más al destino pillando a un vendedor desconocido que me vendiese jena o que acabada la transacción me marcase para que sus colegas pudieran darme el palo después.

Comenzamos la romería. Recorrimos varias casetas de asociaciones de vecinos, la del Ateneo Libertario del Puente de Toledo y la de la asociación colombófila de Urgel. Fulminé con la mirada a Esteban cuando insinuó que nos pasasemos por la caseta del Partido Comunista y el no insistió más. A cambio tuve que aceptar ir a la caseta de no sé qué grupillo  maoísta de medio pelo.

Todos sabíamos que mi negativa no tenía nada que ver ni con los marinos de Kronstadt, ni con la disolución de las colectividades aragonesas. En otras circunstancias no  me hubiera importado visitarlos. Y eso pese a su cerril manía de sentirse obligados a colaborar con la policía en las manifestaciones desde que su empelucado líder había decidido convertir al PC en un partido de orden y ellos, obedientes como estalinistas, habían asumido esas directrices.

No. Mi motivo para no visitar la caseta de los discípulos de Carrillo era menos dogmática y mucho más personal. Temía encontrarme a la innombrable. Hacía casi un año que lo habíamos dejado y yo seguía hecho mierda.

La había conocido en la facultad de periodismo. Durante el curso 73-74. Ambos estudiabamos allí. Ella, originaria de Santander, vivía en un colegio mayor y militaba en la Juventud Obrera Cristiana. Yo, por mi parte, ya estaba en un grupo de afinidad anarquista. De los pocos que había en Madrid. No es que nos lo contábamos el primer día, claro. Era cierto que la dictadura agonizaba, pero lo hacía a golpe de garrote y torturas y había que mantener ciertas medidas de seguridad. Pero en un par de conversaciones era fácil intuir de qué pie cojeabamos cada uno.

Estuvimos tonteando un par de años sin atrevernos a dar el paso. Su militancia católica, pese a su sincero interés por el bienestar del proletariado, dificultaba en mucho posiciones revolucionarias más hedonistas. Hubo que esperar un par de años y varias docenas de duchas de agua fría para que, ya muerto el caudillo, ella se decidiese a que le pasase lo mismo a nuestro celibato.

Los siguientes tres años fueron fantásticos. Al principio todo parecía posible y vivíamos embriagados de adrenalina. Aún en los peores momentos me sentía con la seguridad de quien tiene el más firme de los baluartes para protegerlo. Soy un romántico, sin duda, pero ¿acaso se puede apostar de verdad por la justicia social sin estar, aunque se niegue, preso del más despiadado y primitivo romanticismo? Yo pienso que no.

No eran solo esta ciudad y esta país los que parecían querer recuperar de golpe todo el tiempo perdido en cuarenta años de oscurantismo en blanco y negro con olor a inciensario. Nosotros también. No parabamos  de reir, de bailar, de beber y de follar. Hasta nos salíamos de las asambleas para entregarnos a la pasión más furibunda. No se como no sucumbimos de puro agotamiento.

En abril del año 79, de repente y sin previo aviso, justo después de las elecciones municipales, el mismo día que me dijo que la habían contratado para el gabinete de prensa del nuevo ayuntamiento de Madrid me dijo que me dejaba. Dejó el sindicato y no volvió a pasar por el ateneo. Poco después supe que estaba liada con un concejal del PCE.

Desde entonces casi todo habían sido alegrías.

El nueve de noviembre, había muerto mi padre de manera repentina e inesperada. Un derrame cerebral, en la oficina. Nuestra relación, aunque ya no pasaba su peor momento, distaba de ser buena. Seguía viviendo con amargura una militancia, la mía, totalmente contraría a sus ideas. Ya no me consideraba un traidor y un injusto castigo de Dios, pero no era el hijo que quería. 

El movimiento libertario había escenificado el pasado mes de diciembre, en la Casa de Campo de Madrid, en el VI congreso de la CNT el que parecía ser el tiro de gracia de un suicidio anunciado. Antiguos compañeros se insultaban y hasta agredían en distintos lugares de España en un espectáculo bochornoso que nos dejaba a la mayoría de la militancia con sabor a orín en la boca y sin ganas de continuar.

En febrero, para colmo también el día nueve, había tenido lugar un atentado en la librería Albores. Situada a dos calles de mi casa, en el barrio de Malasaña. Una bomba oculta entre cartones  estalló junto a la puerta el día que se presentaba un libro sobre los maquis. Hubo una veintena de víctimas, dos de ellas mortales. Entre los heridos estaba un compañero del periódico que me había sustituido ese día. No podía dejar de pensar que si yo no me hubiese quedado en casa llorando mi corazón roto Guillermo no habría sufrido daño alguno.



Todo mi mundo se hundía. Y lo que menos necesitaba era encontrarme a la mujer a la que tanto había amado, a la que recordaba lanzando cócteles Molotov y de salto en salto por Chueca la noche del asesinato de Agustín Rueda, del brazo de un aprendiz de Zinoviev en versión alcarreña y convertida ella  misma en una burócrata alpinista entregada al eurocomunismo. No ahora que estaba empezando a salir del pozo.

Camino del chiringuito de los chinos nos encontramos con tres compañeros del sindicato. Manuel, Carolina y Teresa. Lo que yo aproveché para quedarme en segundo plano. Lo mismo soy un poco autista o lo mismo, tres años de clandestinidad aderezados con mi deformación profesional como periodista han pasado factura. El caso es que en los espacios bulliciosos me encanta salirme del epicentro de la fiesta y quedarme a media distancia. Observar, con un pie dentro y otro fuera, que se mueve, quien entra y quién sale. Quien puede ser el madero de paisano, quien el camello y quienes están echando la instancia para no irse solos a casa o al descampado. Estar listo por si aparece un grupo de fachas tener tiempo, al menos, de no llevarme la peor parte. Más allá de las precauciones puedo afirmar que soy una especie de mirón de la vida y de la alegría ajena.

Aquella noche no fue una excepción. Temía sinceramente ver aparecer, entre el bullicio, la larga melena castaña clara, casi rubia, de mi antigua compañera y quería poder huir discretamente si esa contingencia llegaba a darse. Sin tener que saludarla, sin tener que despedirme y con licencia para volver a hundirme en el cieno sin preocupar a nadie. La única parte débil del plan era que tendría que comerme la amargura a palo seco por una paradójica escasez de polen en las fiestas primaverales por antonomasia.

Mi oído, en modo piloto automático, seguía vagamente la conversación que mantenía el grupo al que yo supuestamente pertenecía, ahora enfrascado en un análisis de tres al cuarto sobre la potencialidad  que tenían, para reactivar la lucha de clases a medio plazo, las recientes huelgas de metro mientras, al otro lado del grupo, Teresa casi tan callada como yo no me quitaba el ojo de encima.

Vestía unas botas camperas, unos pantalones vaqueros, y una especie de camisa verde estilo hippie, con flores rojas y azules bordadas. Llevaba un bolso de cuero sobre el que reposaba un jersey de lana del mismo color que la camisa. Su cabello negro, largo y lacio, caía por debajo de sus hombros y ocultaba la montura de sus enormes gafas que la hacían parecer vagamente una azafata del Un, dos,tres.

Afiliada al sindicato de químicas, trabajaba en una gran empresa farmacéutica, nos habíamos conocido tiempo atrás en los locales de la CNT de la calle Barquillo. Durante la preparación de unas jornadas libertarias.

Siempre nos habíamos llevado bastante bien aunque a Irene le caía como una patada en los ovarios y mis conversaciones con ella solían ser motivo de discusión. Aseguraba que era una buscona que solo quería echarme un polvo y que no respetaba nada. A lo que yo solía contestarle, básicamente porque ciegamente enamorado no veía ese riesgo por ninguna parte, con bromas sobre su moral católica y su necesidad de profundizar en el amor libre y los textos de Emile Armand. Al final me había hecho jurarle que no me liaría nunca con ella, algo que cumplí con férrea disciplina militante.

La mirada de Teresa me había hecho recordar. Me sentí bastante incómodo y, por estúpido que parezca, desleal hacia mi ex compañera y mi palabra. Aunque ya no estuviésemos juntos.  Forcé mis  necesidades urinarias y me despegué del grupo justo en el instante que parecía que la química se disponía a romper la distancia que había entre nosotros.

miércoles, 22 de enero de 2020

Una champa en San Miguel (Capitulo 1)

Cualquiera diría que el zancudo me observa. Posado en la lona, ajada y sucia, con la que hemos tratado de evitar que el agua entre en la champa. Desdeñoso, con cierto aire de superioridad, y con la tranquilidad de quien sabe que no vivirá, con suerte, más de dos meses y de que no amará nunca. La seguridad de saberse en una vida cuyo único propósito es perpetuar su especie. Sin contemplar nunca las obras de El Bosco. Sin quedarse embobado, canuto en mano, escuchando una y otra vez Hijos del agobio. Sin llorar jamás con la ternura de Benedetti o reír con el estilo surrealista de la obra de Roque. Sin saborear una pupusa de las que tira doña Laura con su chicharrón y su delicioso curtido o una tortilla sin cuajar de las que prepara Carmen en su tasca gallega de la calle Espiritu Santo, hoy asediada por los yonkis.

Una vida dedicada, si nada lo trunca en esos escasos dos meses, si no es devorado por un sapo, aplastado por una vengativa mano humana o atrapado por la tela de una araña, a la tarea de reproducirse. Nada más y nada menos. Con la terquedad de un komsomol cuya única función en este mundo fuese la de conducir un camión, día y noche, sin descanso, por el Camino de la Vida, bajo la artillería y los Stukas, para que Leningrado no caiga en manos de los invasores nazis.

Aparto mi mirada del mosquito adormilado en esa precaria pared de tela por la que se forman pequeños ríos verticales de agua. Desde la esquina del gran chamizo en el que me encuentro miro a mi alrededor. Está acabando la madrugada y empiezan a asomar las primeras luces del alba más allá de los cerros que esconden el campamento.

Las sillas de madera están casi todas vacías y, tras la mesa del fondo, se puede ver todavía en la pizarra la lección del día anterior finalizada con unas torpes letras de aprendiz adulto, en mayúsculas, que repiten como siempre las manidas consignas. ¡Vivimos para luchar, luchamos para vencer! Esta frase si, sin faltas de ortografía.

Entre la mesa y el encerado, a los lados de esta, la escasa luz que comienza a entrar por las rendijas de las improvisadas paredes con hojas y telas permite intuir a las dos figuras que han montado guardia durante toda la noche.

Frente a mi, a la derecha de la mesa, está Obdulio. Lleva su inconfundible gorra de John Deere, una camisa verde oliva y unos pantalones militares del mismo color. Cruzado, frente a su abdomen, el M-16 negro mate apenas lanza algún destello reverberante por la mañana que se anuncia. Su rostro oscuro, de campesino migueleño, me impide atisbar sentimiento alguno. A su izquierda, Gladys. La cabeza descubierta y su pelo colocho recortado como un hombre, para que no moleste. Viste una camisa más clara y pantalones oscuros cubriendo las botas. Un pañuelo rojo protege su cuello. Sujeto por la mano derecha el cañón del FAL y junto a su pie la culata.

El calor y la humedad de la noche, pese a estar en invierno, hace que las ropas de ambos estén empapadas y puedo imaginar desde aquí las perlas de sudor en sus sienes y en la partes descubiertas de sus cuerpos. Pero no puedo dejar de pensar que ese sudor y el agua de la lluvia que cae fuera se quedarían en nada si dejaran gritar a sus ojos.

El sonido de la lluvia golpeando las tejas de barro, interrumpido de forma cada vez más esporádica por las ráfagas y los disparos de fusil en la distancia, hace más sofocante este ambiente de postal tétrica, onírica, de alucinación perversa.. Un espacio del que hasta los insectos, salvo este solitario zancudo, han huido parando de un solo el reloj con su gesto de abandono.

Armado con dos candelabros de bronce, solo Dios sabe sacados de donde, en pleno monte y en plena guerra, en este país de realismo mágico donde todo es posible, aparece silenciosamente la figura del padre Ian. Trae de la mano algo más que dos cirios. Con el regresa el tiempo.

      • Ya autorizó el compa Agustín que prendiéramos las candelas. Hay que preparar el velorio.
Es entonces, al entrar el cura, cuando reparo en que muy cerca de mi, en la esquina opuesta de este lienzo de pared, se encuentra erguida y silenciosa la figura de Jonás.

Su rostro, oculto por la falta de luz, es innecesario para reconocer a una de las personas más emblemáticas de la base. Con los brazos cruzados frente a el contemplo el inconfundible muñón al final de su ante brazo derecho. Viste unos pantalones vaqueros oscuros y del cinturón que los sujeta, a su izquierda, cuelga la cartuchera de su Colt 1911. En los correajes se distinguen dos objetos casi esféricos algo más grandes que un aguacate. Supongo que vestirá su clásica camiseta militar de algodón verde.
No me extraña no haberle oído entrar. Hasta que a un recluta al que instruía se le disparó torpemente un Garand que estaba limpiando, llevándose por delante la mano derecha de su tutor , Jonás era miembro de una de las unidades de élite de las FPL. Se negó a ser evacuado a Honduras, Nicaragua o Cuba y la comandante aceptó ubicarle como jefe de la seguridad del campamento.

Es, para mi, la figura más enigmática del lugar. A día de hoy, tras varios meses aquí, es el único habitual con el que no he logrado cruzar más de dos frases pero a veces le veo observándome silencioso en la distancia. Dudo si me odia, me desprecia, desconfía o, sencillamente, no le importo lo más mínimo. Me da miedo y cuando creo que sus ojos se giran levemente hacia mi un escalofrío recorre mi espalda y aparto los ojos esquivando su mirada.
Observo como el sacerdote, una vez colocados los candeleros, y sin reparar en mi presencia se queda parado, mirando la figura yaciente a la que tras un instante de observación besa en la frente de manera tierna. Se arrodilla y comienza a rezar. Imposible ahora recordarle orando, con ese acento gringo tan suyo, entre los niños, las campesinas y los combatientes que acuden al culto y las clases de alfabetización.

No puedo dejar de pensar en qué sentimientos atravesarán a este hombre, que cada día utiliza esta esta mesa como profesor, y cada domingo como altar, viendo ahora convertido este tablero en camilla mortuoria.
El movimiento y la luz atraen mi atención, por fin, al lugar que no he querido mirar desde que cayó el sol. Su letanía sin respuesta, emitida en apenas inaudibles susurros, hace que me invada una inmensa paz. O quizá es el cansancio, después de toda una noche de vigilia, sentado solo en esta silla de madera y mordiéndome los labios para contener el llanto, quien ha vencido mis últimas resistencias y he terminado por aceptar lo inevitable.

Llevo mi vista más allá del doliente clérigo para observar la razón por la que estamos todos aquí. El motivo por el que en muy poco tiempo esta champa campesina en un rincón olvidado del mundo, a mitad de camino entre San Andrés y San Luis de la reina, en un cantón sin nombre cerca del río Torola, se va a convertir en un hervidero de mujeres y hombres en silenciosa y respetuosa peregrinación.

Siento la necesidad de acercarme más. Después de tanto tiempo en una postura fija, noto un dolor al levantarme y mover mi cuerpo, como de piezas rozándose al tratar de encajar de nuevo. Avanzo despacio, fantasmal, en este cuadro mortecino y móvil del que formo parte. Mientras recorto la distancia con el centro de lo que podría ser una estupenda fotografía, las fosas nasales se me inundan del olor a cera de los cirios y los oídos comienzan a captar mejor los dolientes murmullos del padre.

Ahora si, de pié, frente a ella y casi a la altura donde podríamos situar la mitad de su cuerpo, puedo apreciar toda la imagen que se me negaba desde mi anterior perspectiva.

Sobre la incomoda madera, como dormida, con los músculos relajados, las piernas ligeramente flexionadas, los pies abiertos, los brazos protegiendo los costados y la cara mirando al techo, aún en penumbra, serena, como quién estuviera sumida en un pensamiento profundo o escrutando un mundo lejano, se haya la solitaria e inerme figura.

Debido a lo menguante de la oscuridad se aprecian ya, en sus botas negras y en los bajos del pantalón verde oscuro, las pellas de barro marrón. Las últimas salpicaduras de agua sucia y tierra, adquiridas doce horas atrás saltando entre los charcos y las tumbas del cementerio de San Gerardo. Estas manchas se entremezclan, un poco más arriba, con otras, más oscuras y sin relieve.

Antes de llegar a la hebilla de su cinturón militar, aún abrochado, en el que están sujetas la cantimplora y la bolsa de los mapas, ahora vacía, hay un desgarro. Un corte intencionado, a la altura del muslo izquierdo. Me doy cuenta de la dimensión de la catástrofe al ver que la mancha y la textura acartonada, omnipresentes en la rasgada pernera izquierda, invaden parcialmente la pernera derecha.

Pienso que incluso en la muerte la suerte juega con nosotros repartiendo su particular misericordia de una forma aparentemente aleatoria e incomprensible. Tanto para los que se van como para los que nos quedamos. No es lo mismo morir de un balazo limpio en la arteria femoral o en el pecho que sufrir el mismo balazo en el estomago; o que te atraviese un trozo de metralla las tripas y estar horas o incluso días ,agonizando, sin posibilidad de auxilio, en el último recodo de este infierno esperando a que nos hagan hueco en el siguiente. Tampoco es lo mismo para los que permanecemos aquí, qué duda cabe, tener que recoger los pedazos desmembrados del hermano que pisó una mina o comparecer ante una cara desfigurada como un melón reventado contra el suelo que el contemplar, como ahora, una vida sesgada con elegancia. De un disparo limpio.

La muerte es la misma. El recuerdo no. Y a fin de cuentas en la memoria, ese tiempo de descuento que nos queda de vida en los demás una vez que ha dejado de latirnos el corazón, todos queremos estar presentables para la historia por muy poco que nos dure.

Continúo mi reflexión acompañando mi mirada hacia arriba donde la camisa verde oliva, bajo la casaca entre abierta, permite intuir sus firmes pechos, ahora sin vida. Un busto tras el que latía uno de los corazones, me atrevo a aventurar, más arrechos de toda esta justa pero maldita guerra. Sobre ellos y sujeta por un cordel destaca humilde la cruz de madera en forma de te que siempre llevaba consigo.

Al llegar a su cuello noto de nuevo el vacío de su ausencia en mi estomago y una presión asfixiante en mi pecho. La certeza de que sus ojos negros ya nunca más me escrutaran interrogantes, inteligentes, y llenos de vida mientras evalúan que clase de hombre se esconde realmente tras el disfraz y las palabras.
De manera automática, como si mi inconsciente no quisiese que su último recuerdo propio fuese el de ese rostro en manos de la Parca , como si el visor de mi Nikon pudiese romper el embrujo de su muerte y traerla a la vida de nuevo cual beso de un príncipe de cuento, como si de verdad quisiese ejercer de periodista en este instante y mantener mi obsoleta coartada, sitúo ante mi la cámara, manipulo el obturador y enfoco.

Las lagrimas surcan silenciosas mi rostro mientras le hago la que será mi última instantánea a la primera mujer que ha dirigido un frente de guerra con las FPL. A la muchacha que a base de valor y astucia expulsó junto a sus tropas, supuestamente de segunda linea, a la tercera brigada de San Miguel. A la persona que hacía latir de amor y valentía los corazones nobles de todo este territorio, incluido el mío.

Hoy ha muerto la comandante Ruth.

miércoles, 8 de enero de 2020

A falta de tele transporte

Caminaba con paso firme. Con las manos dentro de los bolsillos de la bomber, no porque hiciese frio. Era una costumbre que había adquirido en tiempos no muy lejanos cuando los nazis aún estabas a machete contra ellos. En el izquierdo llevaba el gas y, cuando preveía bronca, colocaba el puño americano en el derecho.  Habían sido años muy duros. De enfrentamientos constantes, ataques, contra ataques y de varios asesinatos a manos de fascistas. Solo un enorme esfuerzo de movilización y de respuesta había mandado a los fascistas de vuelta a sus guaridas temporalmente.

La chaqueta se la había regalado su madre que al verla en la “planta joven”  del Corte Ingles había pensado, inocente, que se trataría de una prenda inocua, pija y hasta presentable. Empezó a sospechar cuando el, lejos de refunfuñar o ignorar el regalo como hacía siempre con sus adquisiciones textiles en tiendas de moda, se lo agradeció efusivamente, le dio un beso y se la probó. Ahí mismo, en el restaurante chino en el que estaban comiendo. 

No era tonta así que cuando, comprobado que la talla era la suya, Manu se guardo la chupa vaquera llena de parches anti fascistas dentro de la mochila y dejó la  cazadora negra nueva en la silla para estrenarla  ese mismo día cuando se marchase con los amigos, supo que algo en su plan no había salido como ella esperaba. No dijo nada y apenas si se ofreció a guardar ella la chaqueta vieja para que su hijo no tuviera que cargarla toda la tarde y la noche.

De eso habían pasado ya más de dos años, recordó el, bajando los escalones del anden de la linea cuatro en dirección norte. Se había cortado el pelo y le había quitado los parches a la bomber, aunque para entonces su madre ya se había fijado en que muchos de sus amigos y amigas llevaban esas guerreras y apenas si se lo agradeció.

Volvía a casa ese jueves desde el Mesón Gallego. Al día siguiente empezaba un puente y a el le tocaba trabajarlo entero por lo que había decidido dejar de parranda a sus colegas más fiesteros y, aún era pronto, había optado por pillar el último metro. Quedarse aunque fuese solo diez minutos más, para un chico de arrabal como el, significaba asumir una de tres posibles opciones nada atractivas.

La primera era bajar, llegado el momento, hasta la plaza de Cibeles y esperar el autobús nocturno. Los fines de semana pasaban cada poco pero de domingo a jueves, a la que te descuidabas, te pasabas una hora sentado. Si bien tenía su punto de adrenalina bajar por Alcalá mirando si estaba, llegaba o te dejaba tirado con cara de imbécil, la experiencia de pasarte una hora sentado con el edificio de correros detrás, sobre todo cuando ibas solo y hacía frío, no era tan divertida desùés de varios años padeciendolo. Otra opción era dejarse talego y medio en un taxi, algo que solo se justificaba en situaciones extremas. Por último se podía regresar andando. En ocasiones lo había hecho, claro, pero las dos horas y media que separaban el centro de Madrid de su barrio en Hortaleza hacían que lo dejara para ocasiones especiales. Como las pocas veces que ciego como una cebolla necesitaba sintetizar el alcohol en el estomago para dormir un poco mejor o las ocasiones, algunas más, en las que padeciendo mal de amores y ansiedad esos paseos le ayudaban a dormir de puro cansancio. Esas caminatas nocturnas, además, le habían hecho descubrir los límites de su lealtad al anarquismo ya que había sido en esos largos pateos calzando botas militares con puntera de acero cuando se confesó a si mismo que estaría dispuesto a votar para presidente a cualquiera que inventase el tele transporte.

Andaba en esos pensamientos u otros igual de absurdos cuando enfiló el andén y descubrió que al final del mismo estaba Jorge sentado en un banco. Le acompañaban otros dos chavales. Dos pelados. Uno enorme, tan grande como el mismo Manu o puede que más, y el otro no muy alto. Iban totalmente maqueados.

Jorge, un compañero del barrio de Prosperidad, iba con su una sudadera gris y llevaba el “Molotov” debajo del brazo. Manu, ensimismado, empezó a pensar en la situación. Recordaba que Jorge se había marchado un rato antes que el del bar pero no recordaba que fuese acompañado. De todas formas, pensó, desde que se había enamorado perdidamente, sin ser correspondido, de una muchacha comunista a la que había conocido en la coordinadora anti fascista andaba muy despistado. Y si no se había vuelto andando a casa, como en otras ocasiones parecidas, no fue por haber metro, había sido por las cochinas botas militares compradas en el rastro que le iban acabar haciendo votar no ya a quien inventase el tele transporte sino a cualquiera que prometiese taxis gratis pasadas las tres de la mañana.

Según avanzaba recordó por fin que había oído, antes de irse del Mesón, hablar de un auto bus que había venido lleno de compañeros y compañeras de Manresa para un concierto y que se los habían repartido, en una de esas muestras tan madrileñas de hospitalidad, por casas de compas de distintos barrios. Jorge, que era un animal social, artista, viajero y algo golfo, sin duda había adoptado a dos sharperos catalanes.

Avanzando con las manos en los bolsillos por pura deformación profesional, y lamentando que no hubiese adoptado a dos feminas en lugar de a dos rapados tan feos como el,decidió gastarles una broma  haciéndose pasar por un macarra con ganas de bronca.

Llegó junto a ellos tres y, muy serio, con cara de mala leche, las manos en los bolsillos como si ocultaran algún arma, las piernas plantadas firmes en el suelo, luciendo su bomber negra, pantalones y botas militares negros y el pelo muy corto, le preguntó a Jorge en un tono seco y con mirada dura mientras les señalaba con ligero movimiento lateral de cabeza:

- Estos dos, qué, ¿vienen contigo?

-No
La forma de responder de su amigo, más que su monosílaba negación, dejaron fuera de juego a Manu. Sentado, con cierta palidez en la piel, y el lento mover de su cabeza a izquierda y derecha hicieron comprender al recién llegado que los acompañantes de su colega debían de vivir algo más cerca que los catalanes venidos para el puente. Se había colado del todo.

La situación estaba clara. Los cuatro hombres allí presentes, tres de ellos skinheads, estaban sorprendidos ante una serie de acontecimientos inesperados. Se paró el tiempo.

Aprovechando la inercia de su teatral entrada Manu se la jugó a doble o nada. Mirando con calma, de arriba a abajo, a ambos rivales, como midiéndoles y tratando de que no se le notasen ni el susto ni el miedo de lo que se les venía encima, sacó las manos de los bolsillos  cerrando el puño derecho y envolviendo lo con la mano izquierda frente a su pecho mientras con una mueca torcida, como de media sonrisa torva, dijo.

- Pues muy bien.

Los dos fachas, desconcertados por el giro de última hora, se alejaron de su presa y dando la espalda a su victima y al nuevo actor en escena empezaron a debatir que hacer.

El bajito, con más mala leche, se giraba mirando a su potencial rival y animaba a su colega. Este, en cambio, un mostrenco de casi metro noventa y bastante ancho miraba para atrás a su pareja para el baile, el que les había jodido la presa fácil y que con cara de psicópata interpretaba el mejor papel de su vida, y negaba con la cabeza al aprendiz de Joe Dalton que no se resignaba a aceptar una derrota.

Se oyó el metro llegar y Manu, consciente de la situación y venido arriba, empezó a burlarse de ellos y preguntarles hasta cuando iban a esperar para pasar a la acción.

Subieron entre carcajadas al vagón Jorge y Manu y nunca supieron si los apabullados defensores de la raza que se quedaron viendo partir el último metro regresaron a casa en búho, taxi o en el coche de San Fernando, reflexionando acerca de los beneficios del tele transporte, y de si votarían a Julio Anguita si este era capaz de ponerlo en práctica en una próxima legislatura.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

La emergencia de VOX


Hace menos de dos meses se publicó el último libro de Miguel Urbán que lleva por título, exactamente, el mismo que ésta entrada en el blog. Lo ha sacado Viento Sur, en la misma colección en la que años atrás publicó otro libro sobre el tema de los nuevos fascismos europeos, firmado por el mismo autor.

Es la primera vez que reseño un libro que no me he bebido del tirón, un libro que no me ha fascinado, que me ha costado un poco de esfuerzo. Y lo hago no tanto porque aprecie mucho a su autor, a quien considero uno de los pocos cargos electos de Podemos que merece cierto respeto, también quiero obligarme a hacer una reseña menos “grupi” de lo que acostumbro y, por último, porque me ha hecho reflexionar sin estar de acuerdo.

En el libro Miguel aborda el fenómeno de VOX partiendo de un análisis histórico de la derecha franquista desde la transición a nuestros días, tocando también algunos grupúsculos neo fascistas que surgieron a partir de finales de los años ochenta del siglo pasado y hasta nuestros días.  Una vez trazada a grandes rasgos la ruta de nuestra derecha más casposa pasa a diseccionar sus influencias, nacionales y extranjeras, su modus operandi y sus paralelismos y diferencias con las formaciones que a escala internacional ocupan el espacio político que VOX ocupa, de momento, en España.

Esta es la faceta más interesante del libro y sin duda la más recomendable. Sobre todo para aquellas personas que, por edad o circunstancias de la vida, se interesan por primera vez en la evolución de la extrema derecha de nuestro país. De manera didáctica y fácil de leer nos coloca, a grandes rasgos, a cada actor en sus sitio y en los trayectos recorridos antes de ser las caras visibles de la que ahora es la tercera fuerza política de éste país.

A partir de aquí comienzo a disentir con muchas de las cosas que plantea Miguel.

La primera vez que me chirriaron los dientes fue cuando de manera breve pero intensa pone un especial empeño en que quede claro que no considera a VOX una organización fascista, ni tampoco post fascista, si no más bien de extrema derecha. Algo que repite ya terminando el texto.

Según el, los verdecillos, no encajan en los estándares del fascismo tal y como los hemos conocido.

Diré que me sorprendió que plantease este asunto por dos cuestiones. Una de fondo y otra de forma.

La de forma es muy básica. En un libro de coyuntura, en mi opinión, de esos muy necesarios para formar y dotar de herramientas a nuestra gente, libros desagradecidamente condenados a quedarse obsoletos (como le pasa ya en el propio libro al capitulo dedicado a Ciudadanos), meterse a una especie de disquisición académica carece de sentido. No se si lo hace por miedo a que se le acuse de simplista y poco riguroso desde los sectores más leídos y redichos del izquierdismo o por estar contagiado de esa enfermedad consistente en renombrar una y otra vez las cosas. Lo que pasa es que si ya es bastante difícil hacer entender a la gente lo que es el fascismo, como para entrar en matices de diferenciación en post fascismo, fascismo, neo fascismo y extrema derecha. Es como si yo ahora plantease la necesidad de diferenciar entre socialismo libertario y comunismo libertario. Insisto, no hago apología la ignorancia, en un libro para el combate.

La cuestión de fondo es más preocupante. Éste empeño por hacer encajar los nuevos giros totalitarios en los esquemas de los totalitarismos de hace cien años nos lleva camino del desastre. Y sorprende aún más cuando viene de una persona que ha identificado perfectamente como los enemigos del pasado han sido renovados por dos nuevos enemigos. El judío por el musulmán y el comunismo por los feminismos.

El fascismo actual no va a sacar a decenas de miles de escuadristas a la calle a apalear obreros por la sencilla razón de que el movimiento obrero no existe. Nadie pone en solfa el modelo de producción capitalista hasta el punto de hacerlo peligrar por lo que el fascismo, cuya función el siglo pasado fue la de último bastión del capital, puede permitirse de momento un rostro más amable y hipster mientras se arma de cara a la que se nos viene encima, que pinta que va a ser gorda. Entretanto algunos de nosotros, estamos como el alto mando del ejercito francés en 1940, esperando una forma de hacer la guerra que tiene pinta no volverá.

En éste sentido es una pena que si bien lo menciona no ahonde más, aunque no sea el tema central del libro, en la judialización de la política española donde una magistratura y una fiscalía mayoritariamente ultra conservadoras, jamás purgadas tras la dictadura, se han dedicado en los últimos años a tratar de matar de asfixia a todo aquello que oliese a rojo.  Una estrategia priorizada por el PP y que hace tiempo parece que incluso a ellos se les ha ido de las manos.

Otra decepción que da libro, pese a que le dedica veinte páginas al asunto, es el de propuestas de como combatir en nuestra sociedad esta tendencia política que se nos ha plantado enfrente con millones de votos y actitud desafiante.  Leedlas, que no quiero hacer spoilers, y comentamos. Por mi parte me quedo con la sensación de que es el capitulo más flojo del libro y que no aporta casi nada. Lo cual es grave porque si los tribunos de la plebe están así de flojos de ideas y aportan poco más que unas palmadas en la espalda a lo que sabemos que venimos haciendo bien  desde hace diez años, ellos que se supone que tienen acceso a más información y más perspectiva,como que me dan ganas de irme a casa a llorar y de dejar de morderme la lengua.


Por último lo peor del libro es lo que no dice. Aquello a lo que Urbán no le ha dedicado más que uno o dos párrafos mezclados en un par de capítulos finales.

Este trabajo carece de auto crítica. Ni una sola reflexión seria y medianamente profunda a los últimos ocho años de trayectoria pre y electoralista. Ni una página dedicada en serio a analizar como se ha pasado en un lustro del  "No nos representan" en las plazas, pasando por el “Si se puede” en pleno reflujo, al “ A por ellos” crecido de quienes se creen herederos del tercio de Zamora en Empel. Una puya al nacionalismo español populista de izquierdas, una recomendación de lo negativo de que toda la izquierda entre en un eventual gobierno y poco más.

No es nuevo. La izquierda para estatal tiende a olvidar o edulcorar las consecuencias de sus cagadas en los resortes del estado. Y al hacerlo, por desgracia, nos condena a la tragedia del no aprendizaje. Hay una conexión directa entre la falta de respuesta a la extrema derecha, nuestra debilidad organizativa y nuestro abandono de la calle. Nuestra debilidad está estrechamentte relacionada con lo que perversamente se llamó “asalto institucional”. Un asalto que ha cristalizado en una decepción colectiva, tanto entre cuadros militantes como en los simpatizantes y potenciales bases y cuyas consecuencias están aún por calibrar. No sigo porque no es el objeto de ésta reseña. Pero duele ver que se desperdicia una buena oportunidad a la par que se deja un libro cojo, inconcluso. Como si el avance de la extrema derecha y del fascismo fuese cosa solo de ellos.

Dicho esto queda agradecer a Miguel Urbán que, una vez más, haya sacado tiempo para arremangarse y escribir un libro asequible y sin aspiraciones de trascendencia. Con la idea de que pueda servir de ayuda a quienes desconocen los entresijos pasados y presentes de estos fascistas a la española. A fin de cuentas no se puede derrotar a un enemigo tan poderoso sin conocerle en profundidad. Este libro nos abre la puerta de ese conocimiento y, espero, que aunque humilde e incompleto contribuya a nuestra victoria.