El espejo del cuarto de baño le devolvía a Tomás la viva imagen de la derrota y los años en balde. Su media melena, color castaño y ondulada, que le había hecho ser el terror de las progres durante la transición había sucumbido para convertirse en una calva irregular con pequeñas manchas de pelo desperdigadas aquí y allá, que se negaban a rendirse, que le obligaban a afeitarse la cabeza cada tres días para no parecer un tiñoso o un enfermo de cáncer en la primera fase de la quimioterapia.
Sus ojos azules, cristalinos como una cala griega en el Egeo le había dicho una amante tan hippy cómo pija que había tenido en los tiempos de la perdida melena, estaban totalmente opacados por unas bolsas grandes como papadas, a juego con unos parpados hinchados, pesados, a los que parecía que hubiesen inyectado bótox en algún tipo de experimento fallido. Al menos las ojeras habían desaparecido. Le había costado dos años de baja por depresión y tres de terapia, pero finalmente el color purpura, casi negro, bajo sus ojos le había abandonado lentamente. Cómo lo habían hecho, lentamente también, los temblores, los sudores, la boca pastosa y la necesidad de alcohol que por poco no le habían llevado al paro y, por menos, a la tumba.
Se había afeitado para la entrevista y, al hacerlo, habían quedado a la vista unos mofletes rechonchos, generosos, que encerraban aún más su minúscula boca bajo una nariz acostumbrada a sufrir por dentro y por fuera. Años de broncas y farlopa la habían dejado terriblemente maltrecha y, de hecho, era lo primero en lo que se fijaba la gente al conocerle.
Su rostro, en lineas generales, había acabado siendo una especie de híbrido grotesco entre un ángel de Murillo y un sapo común. Había llegado un momento, meses atrás, que parecía que el era el retrato viviente de algún Dorian Grey suelto por el mundo que se estaba pegando la vida padre a cuenta de su cuerpo y su sufrido rostro.
De cuello para abajo había tenido más suerte, si es que eso podía definirse así. Lejos de engordar como la cara, su torso y sus extremidades se habían mantenido en forma. Y no por que el hubiese hecho nada para ello, habían sido años de sedentarismo e indolencia, si no porque su metabolismo parecía hecho a prueba de bombas. O, más bien, a prueba de toneladas de alcohol, pésimas comidas y hábitos aún peores.
Paradójicamente lo más difícil de dejar había sido el tabaco. El alcohol, tras el infarto, uno leve, un simple amago, no lo había vuelto a tocar después de salir del hospital. Aún antes de pillarse la baja por depresión. Los porros los había reducido a uno por las noches, antes de dormir. Con la aquiescencia de su psicóloga que le había permitido esa concesión, al menos por un tiempo.
Dejar la cocaína tampoco le había supuesto un infierno aunque, a decir verdad, aún pecaba de vez en cuando, si se veía obligado a sostener una exposición pública para la que no se sentía preparado o cuando llegaba de nuevas a algún grupo nuevo. Era cómo un espaldarazo de seguridad en si mismo. Se sentía más locuaz, más presentable. Pero el consumo compulsivo, el social, se lo había quitado de un plumazo al mudarse a Madrid y dejar de lado sus compañías de parranda en Albacete.
La heroína la había catado un par de veces de joven. Por exigencias del guion como quien dice ,pero le dejaba atontado, totalmente indefenso. Físicamente derrotado durante largos ratos y eso el no lo soportaba. No tragaba nada que le hiciese sentir totalmente desvalido lo que sin duda fue una suerte tremenda. De no haber sido así fácilmente podría haber acabado cómo tantos otros chavales de su generación sidoso perdido y mal muerto en cualquier pútrido rincón del país.
Pero el tabaco no. Eso no era fácil. Era peor que difícil. Quitarse esa droga le había costado más que todas las demás juntas y había tenido varias recaídas. Había pasado meses dando largos paseos en parajes alejados del estanco más cercano, con ataques de ansiedad y cambios de humor. Mordiendo bolis y cigarrillos falsos, poniéndose parches, yendo a médicos chinos, tomando chicles especiales... Sólo le faltó ir a Lourdes a que se obrase el milagro.
Lo peor era cuando soñaba que que se compraba una cajetilla y fumaba. Sueños tan realistas que hasta saboreaba el cigarro y sentía el humo bajar por su garganta e inundar sus pulmones.
Se despertaba sudoroso y culpable. Culpa que se disolvía en un instante por unas ganas renovadas de fumar que le dejaban derrotado y con el llanto a flor de piel cómo un niño que sale de una pesadilla o de una visita al dentista. De hecho los únicos adictos por los que sentía cierta compasión y empatía eran los del tabaco. El resto le parecían basura pusilánime que si estaban en un pozo era más cosa de ellos que de nadie.
Al final lo había
conseguido dejar, al menos de momento, y llevaba limpio más de un
año. Aunque la verdadera prueba de fuego sería a partir de hoy.
Le habían dado el alta la semana anterior y tenía que incorporarse de nuevo al trabajo. Un trabajo que se le daba bien pero en el que estaba cuestionado, en la cuerda floja. De hecho por poco no le habían prejubilado después del infarto y de la que se había liado en las oficinas de Albacete.
Un trabajo del que no le habían echado porque, en realidad, casi nunca echaban a nadie. Porque se debían favores, porque casi todos allí tenían algo que ocultar, aunque solo fuese la cobardía congénita que les impedía denunciar la mierda que flotaba entre todos ellos y vivir mirando a otro lado cómo si ese nivel de inmundicia moral fuese lo normal.
Aunque le habían advertido. Esta vez si era la última vez. Si volvía a liarla, si recaía de de nuevo en algunos de sus antiguos vicios, si aparecía de nuevo su nombre en alguna pendencia, en alguna bronca o en una nota de prensa, aunque fuese en un periódico de barrio, ni todos sus amigos de los viejos tiempos le iban a librar de un expediente y una jubilación forzosa.
Y una jubilación era lo peor que le podía pasar. No a el. A cualquier ex yonki amargado sin familia, ni amigos, ni hobbies conocidos más allá de las drogas que había dejado atrás. Nada peor que tener todo el tiempo del mundo y una nómina fija cada mes para volver a caer en depresiones y pozos sin fondo. No. Defraudar de nuevo a sus benefactores no era una opción.
Pero ahora no quería pensar en eso. Tenía la entrevista con su nueva jefa en menos de cinco minutos y recordar eso solo le pondría más nervioso. Y necesitaba dar buena impresión. Recordar que era un buen profesional. Que tenía un expediente que lo demostraba. Que las muestras de confianza depositadas en el eran fruto de la experiencia acumulada y no de la lastima de sus compañeros de promoción más afortunados.
Se miro al espejo una vez más. Se alisó el traje azul, ni muy caro ni muy barato, comprado en unos grandes almacenes hace apenas unos días cuando le confirmaron el traslado. Se ajustó el nudo de la corbata, se miró a si mismo a los ojos, y sin pensarlo más se agachó sobre el falso mármol del lavabo e inhaló la raya que tenía ahí preparada desde hacía más de diez minutos.
Acto seguido se refrescó la cara, se lavó la nariz, se secó las manos en el secador automático y mirándose al espejó de nuevo pensó
- Lo vas a hacer muy bien
Tomás. Con un poco de suerte está será tu última entrevista y en
unos años te pillará aquí la jubilación. Vamos a enseñarles a
estos críos de que estamos hechos los veteranos.
Con
fuerzas renovadas abandonó el cuarto de baño, avanzó por un
pasillo aséptico, lleno de carteles de promoción interna y
publicidad institucional sujetos con chinchetas a unas paredes
amarillentas, cruzó una puerta acristalada sin esperar a que nadie
contestase a los dos briosos golpes de nudillo que había dado en
ella y sin más parsimonia se presentó con una energía y seguridad
prestadas.
- Soy el subinspector Tomás Molina Abad, tengo
una cita con la inspectora Millán.
La inspectora Millán estaba sentada en en su despacho. Llevaba el pelo castaño oscuro recogido en una coleta por la parte de atrás mientras que un cuidado flequillo le tapaba la frente. Vestía una camisa blanca impoluta y unos pantalones vaqueros claros. No llevaba ni anillos, ni pendientes, ni maquillaje de ningún tipo. La única concesión estética, pero eso no lo vería hasta más tarde, era una fina cadena de plata al cuello que llevaba colgada una medalla de la Virgen del Camino.
Tecleaba algo en el ordenador, concentrada en el monitor y sin necesidad de mirar el teclado. El escritorio le resultaba a Tomás inusualmente ordenado para ser el de un policía de homicidios. El lado que quedaba a la izquierda de la inspectora estaba totalmente despejado y, a su derecha, había tan solo un par de carpetas de cartulina de distintos colores. Una taza de cerámica blanca, cuyo dibujo no podía verse desde donde el esperaba, hacía las veces de recipiente para bolígrafos y en una placa de escritorio negra con el nombre podía leerse Inés Millán Redondo, Inspectora Jefe.
Aunque eso, Tomás, que rebuscaba en el bolsillo de su mochila buscando un paquete de chicles tampoco podía leerlo sin gafas a esa distancia. Lo sabía porque, igual que habría hecho ella, se había preocupado de averiguar quien iba a ser su superiora en este nuevo destino.
La inspectora Millán, como el propio Tomás, era hija del cuerpo. Aunque, al parecer, para disgusto de su padre que, como tantos policías de a pie habría deseado algo mejor para su hija favorita. De hecho le había insistido para que estudiase una profesión de mayor provecho y menos sacrificada. Concretamente, el oficial Millán, había soñado con que la mayor de sus hijos y niña de sus ojos estudiase derecho y, una vez licenciada, optase a la carrera fiscal o a la judicial. Algo que, aunque les supusiese un esfuerzo económico en casa, le daría mejor vida que esa profesión peligrosa, mal pagada y peor valorada que era la de oficial de policía.
Inés, siempre obediente y metódica, había cumplido la primera parte del sueño de su padre sin rechistar. Odiaba el derecho con todas sus fuerzas pese a lo cual había accedido con una única condición. Poder matricularse, también, en psicología, aunque fuese por la UNED.
Durante cuatro años la hija del oficial Millán sorprendió a propios y ajenos sacando ambas carreras con buenas notas. Su única concesión al disfrute durante los años de universidad fue su participación en el equipo de balonmano femenino del campus de León con el que, fines de semana alternos, se podía permitir salir de su ciudad natal y sentirse libre por un par de días. Respirar y ser ella misma en lugares dónde nadie la conocía ni la volverían a ver.
Terminadas las carreras en tiempo y forma, incluido un semestre de Erasmus en Ámsterdam, le regaló a su padre tanto la la orla como una copia del titulo de derecho y se inscribió para las oposiciones a policía, por la escala de inspectores. Eso supuso un enorme disgusto para él que no pensaba que la escala de inspectores fuese mucho mejor que ser un agente de calle. A fin de cuentas el poder estaba en los despachos y las decisiones se tomaban en los juzgados, en base a tecnicismos legales y cuestiones políticas, sin importar demasiado lo duro y peligroso que había resultado la captura de los criminales.
Su paso por la academia de Ávila no fue tan espectacular cómo su experiencia universitaria pero tuvo pocas dificultades para graduarse con éxito.
Menos de diez años años después la inspectora jefe Millán estaba a cargo del grupo cuarto de la brigada de crímenes violentos de Madrid
Según había podido averiguar el inspector Molina, quien se jugaba demasiado en este asunto como para llegar a ciegas a este puesto, y dónde estaba quemando su último cartucho de favores adeudados, la inspectora Molina tenía fama de honrada, meticulosa, inflexible y lesbiana.
Desde que estaba a cargo del grupo IV este había mejorado de manera asombrosa su tasa de resolución de delitos. Un dato interesante ya que le habían asignado un grupo muy flojo, el peor de la capital, y, cual entrenador salvador que asume un equipo de fútbol en zona de descenso a mitad de temporada, así se lo habían dicho literalmente uno de sus amigos e informantes, en cosa de un año los había convertido en una unidad operativa como Dios manda.
Cuando supo eso casi llegó a la conclusión de que más que un favor le habían hecho una encerrona. Ponerle a él, con su trayectoria personal y profesional, bajo el mando de una tortillera calvinista y resabiada era casi tanto cómo darle la patada en el culo, pero con un toque de sadismo.
Echó, nervioso, la mano a la botella de agua para dar un gran trago que aliviara su boca reseca y suavizase su lengua de trapo pero se dio cuenta en ese momento de que ya la había vaciado mientras andaba en estas cavilaciones. Iba a levantarse a rellenarla cuando la voz de la inspectora interrumpió sus pensamientos.
- ¿Subinspector Molina?, dijo con una voz firme pero cálida, pase a mi despacho por favor. Quiero comentar con usted algunas cosas. Después le presentaré al resto de sus compañeros.


