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lunes, 5 de enero de 2026

Olvidó su nombre

        Hace ahora un año y medio la editorial Quid Agis se puso en contacto conmigo para que les escribiese un relato. Hacía tiempo que nadie me encargaba un trabajo escrito remunerado y era la primera vez que me pedían un cuento, algo de ficción, pero había condiciones. El relato tenía que estar ambientado en una sociedad que recordase a la edad del bronce. Tenía que tener un rito de iniciación y un desafío a un jefe de clan. Además, al final, tenía que hacerse referencia a un personaje en concreto. Importante en otra publicación de la misma colección. En definitiva me pedían algo parecido a una precuela.

    Hoy, por fin, han podido publicar el cuento en internet.

    He de dar las gracias a Juan Milano, responsable de la editorial, por permitirme publicar en mi blog el texto el mismo día que ellos lo han hecho en redes. No obstante lo publico en crudo por lo que si queréis leerlo corregido, maquetado e ilustrado, os recomiendo que pinchéis en el enlace que os pongo a continuación. Sobre todo aquellxs de mis lectorxs a quienes os gusta el rol y la fantasía porque ahí vais a poder ver un material muy interesante, con sabor clásico, y elaborado con mucho cariño. No me enrollo más. Además ¿No querréis quedaros sin saber que le pasa al tipo ese de la secuela de mi precuela? ¡Que lo disfrutéis! 

https://www.drivethrufiction.com/es/product/551406/olvido-su-nombre?src=newest_recent

       

 

                                                                         

        La hoguera encendida en el centro de la sala era toda la iluminación que había en la cabaña. Un corto y estrecho pasillo conducía al exterior, mientras que una vieja y raída jarapa de diversos colores separaba el hogar principal de la sala individual del fondo que la vieja Fioled usaba como dormitorio. 

         De rodillas frente a la hoguera, ataviada tan sólo con un pequeño taparrabos, y con el cuerpo perlado de sudor por la cercanía del fuego se encontraba la joven Unini que hacía menos de dos noches había adquirido su nuevo nombre, junto a su mayoría de edad, al lograr pasar el rito que le había sido impuesto.

         A su alrededor, entre las sombras móviles producidas por la danza de las llamas, ya fuese colgando del techo en distintos haces o apiladas en distintos y precarios estantes, se podían ver hojas, raíces y tubérculos que la vieja Fioled guardaba para cuando era requerida como partera. Tanto entre mujeres cómo con el ganado de la aldea. 

        La comadrona era una mujer enjuta pero muy vigorosa. El pelo blanco, recogido en una coleta, contrastaba con su piel curtida por casi cincuenta años bajo el sol y el viento. Solía vestir ropas de color pardo y magenta oscura salvo en los ritos y ocasiones especiales en que usaba una especie de casulla blanca con flores bordadas que le habían regalado al llegar a la edad adulta y que, ahora, empezaba a quedarle demasiado grande. Tenía una inusual cantidad de dientes para su avanzada edad, sólo superada por el viejo chaman del valle, aunque, a cambio, estaba casi totalmente sorda. 

         Su mirada era inteligente, su mente rápida y su lengua tremendamente afilada. Había sido así desde su juventud y, quizá por eso, por aquella combinación de fragilidad física con fortaleza mental, las diosas de la fertilidad la habían privado del don de dar la vida a cambio, eso si, de poseer sobradas sabiduría y entereza para acompañar a aquellas personas que sí engendraban y necesitaban alguien fuerte y sensato a su lado. 

         Había ayudado a nacer a todas las personas y bestias del pueblo y nadie, nunca, pudo decir una sola palabra mala sobre sus artes. Incluso cuando la muerte se cernía sobre la madre, o sobre las criaturas en camino, sabía verlo con tiempo suficiente para que ese volver a la tierra fuese con el mínimo dolor posible. 

        Una de las mujeres a la que Fioled hizo más sencillo el tránsito al otro mundo fue a Galar, la madre de Unini. Hacía casi dieciséis años, una tarde de finales de invierno, fue llamada a la casa de Galar. La criatura se había adelantado. 

         Nada más entrar al hogar intuyó la muerte. Examinó a la joven madre soltera, apenas un año mayor que la mujer que ahora se preparaba en su cabaña, y tras palpar su tripa y oler las aguas que salían de su cuerpo supo que no sobreviviría pero aún podría salvar a la niña. Pidió un cuenco con leche de cabra y mezclo su contenido con orégano, canela y amapola

        Mientras daba sorbos al brebaje, Galar, agarró de la manga a la comadrona y le dijo “No me arrepiento”. Dos horas después, la orgullosa madre, yacía sin vida en el suelo de tierra de su cabaña y su pequeña hija lloraba hambrienta envuelta entre pieles de oveja.

 

 

                                                                             II 

        Parecía cómo si la vida en esa zona del bosque se hubiese quedado suspendida por un instante. No se oían ni pájaros, ni el zumbido de los insectos, ni el más leve asomo del viento que la había acompañado hasta el robledal. O, quizás, fuesen lo nervios de la propia muchacha que, ante el desafío que tenía por delante, se encontraba con esa sensación de embotamiento que hace que el sonido parezca amortiguado y lejano. Que las imágenes vayan más despacio de lo normal. 

         Recorrió el lugar con la mirada, despacio, fijándose en cada detalle. Era increíble. Había estado cientos de veces allí durante los últimos años en sus escapadas al bosque para entrenar y alejarse de aquella aldea donde muchos la despreciaban y, sin embargo, hoy le parecía todo diferente. El pequeño estanque, el roble gemelo, y la cueva del tritón tuerto. Olfateo el ambiente en busca de olores conocidos y palpo el suelo en busca huellas sin ningún éxito. No había duda, había sido la primera en llegar. 

        Cogió pedernal y una de las tres antorchas que alguien había dejado junto a la puerta de la cueva y, pese a que estaba ligeramente húmeda, la encendió sin mucho esfuerzo. Después envolvió con su puño izquierdo la bolsita de cuero que colgaba de su cuello y, tras respirar profundamente durante un instante que le pareció eterno, se la arrancó y la arrojó a sus pies. Allí quedaban para siempre los conjuros y amuletos que habían protegido a la pequeña Weasel desde sus primeros gritos hasta su final el día de hoy. Para la mujer que saliese de aquella cueva, tras haber derrotado el desafío que había sido elegido para ella, ya no serían útiles. 

         Ascendió lentamente por la galería principal de la cueva hasta que el olor a leña quemada la guió por un pasillo lateral que no conocía. Resistió la tentación de detenerse a mirar una pinturas en las paredes que representaban a una suerte de hombres lagarto en distintas escenas de caza y que, según las leyendas que había escuchado desde niña, habían sido hechas por unos hombres tritón que las habían habitado cientos de años atrás, antes del gran invierno que había asolado la tierra. Pronto vio el fulgor de la hoguera donde les esperaba Urdigar, el viejo druida del valle, encargado de acompañar a todos quienes pedían atravesar el rito de Sandar, la diosa de los cazadores. 

 

        La cueva en la que se encontraban no era demasiado grande pero, a cambio, tenía un suelo llano y casi regular. Sobre la hoguera había una olla de cobre llena de un caldo oscuro y burbujeante que Urdigar movía con parsimonia mientras recitaba unas palabras que la joven aspirante no había oído jamás pero que, suponía, eran el idioma de los espíritus del bosque. Dejó la antorcha a un lado y esperó a que el taimado anciano fingiese haber reparado en ella. 

        El viejo ignoró deliberadamente su presencia y también la del segundo joven hasta que Cúntulo, el último de los tres aspirantes, se reunió en la sala con los demás, jadeante y algo nervioso. Entonces arqueó una ceja y, sin decir palabra, les señaló los puestos que debían ocupar. Todos ellos se encontraban frente a una protuberancia en la roca sobre la que se podían ver una calavera de oso, varias pieles de reno y dientes de jabalíes y de otras criaturas menores. Las ofrendas a la señora de los bosques. 

        Uno a uno se les acerco, empezando por Cúntulo y terminando con ella. Mirándoles a los ojos les pregunto: 

        -¿Estás listo para recorrer el sendero? 

         Tras cada respuesta afirmativa les daba a beber varios sorbos de la infusión que había preparado para la ocasión. Una de las muchas infusiones y pociones que había que preparar para las pruebas de madurez de los jóvenes aspirantes. Las pruebas variaban en función de quienes las hacían y de a que querían dedicar su vida adulta en la aldea, pero todos debían beber si querían ver más allá del mundo material y recibir la sabiduría de los dioses a través de sus espíritus.

                                                                                 III 

         La joven se tumbó de lado mirando la pared donde se encontraban las ofrendas a la espera de que los espíritus se pusiesen en contacto con ella. 

        Mientras eso ocurría, y con algo más de calor de lo que cabía esperar en esa húmeda cueva en esa época del año, se entretuvo observando la sala, hasta reparar en el altar. Le llamó la atención que entre los huesos, la calavera de oso y las grandes pieles le parecía distinguir la diminuta calavera de una comadreja común

        Le hizo gracia que entre tan importantes ofrendas a Sendar, señora de los cazadores y las recolectoras, hubiese lugar para algo tan pequeño y tan humilde, tan poco valorado y, a la vez, tan engañoso. Las comadrejas eran pequeñas, si, pero muy ágiles e inteligentes. Feroces si era necesario y, pese a su entrañable apariencia, unas cazadoras implacables. 

        Empezó a recordar que ella no sabía todo eso cuando, diez años atrás, la llamaron así por primera vez. Había sido en la cocina de la casa de la vieja partera. 

        Tras la muerte de sus abuelos el destino de Unini, como huérfana de madre soltera, era bastante oscuro. Lo normal, ya que el padre ni siquiera ahora había dado la cara, era que se hiciese cargo de ella una de las familias más pudientes del pueblo. Esto no era garantía de nada. Si la muchacha no servía como era esperado podrían venderla, o cambiarla, ya fuese a los mercaderes nómadas, ya fuese en cualquier otra aldea del valle. Y, aunque trabajase duro y satisfactoriamente, su vida sería poco mejor que la de una esclava. 

         Fue entonces cuando Fioled la reclamó para si cómo aprendiz. 

         Los dos primeros días la niña los paso en completo silencio. Moviéndose discreta de una sombra a otra de la casa sin dejarse ver y durmiendo debajo de una enorme banca de madera. Si comió o bebió consiguió hacerlo sin que la viese la partera ya que en su presencia se negaba a hacerlo. Se limitaba a observarlo todo con sus enormes ojos color obsidiana y a obedecer cuanta orden recibía. 

         La tercera mañana, después de un desayuno en el que había tomado salchichas, morcilla, tocino, miel, leche y tres huevos fritos con media hogaza de pan de centeno aún tuvo sitio para un enorme taco de panceta en salazón. A mordiscos y con hambre que bien podría estar acumulándose desde seis años atrás.

         La vieja, con ojos de asombro y ternura sólo acertó a decirle.

        - Madre santa, comadreja, si que tenías hambre. 

        Ella, que sentada al otro lado de la mesa sobre sus cuartos traseros, se estaba lamiendo sus pelirrojas patas delanteras, se lo tomó cómo un insulto y saltó al suelo. Después corrió esquivando los muebles y enseres tirados por el suelo hacía el dormitorio del fondo que se encontraba a oscuras. Una vez allí escapó al huerto trasero por un pequeño agujero que había entre dos ladrillos de adobe. De fondo escuchaba la voz de su mentora diciendo su nombre con cariño. 

         Culebreó entre algunas plantas, corriendo en zig zag, y después subió al murete de piedra que rodeaba la tierra de Fioled. Entonces, por fin, se dio cuenta de que ya no era una niña sino una pequeña comadreja pelirroja con las patas moteadas. Una voz en su interior le urgió a buscar su camino. 

        Olfateó la madrugada, descartó darse un banquete con uno de los gazapos que la miraban atemorizados desde un prado cercano y saltó a la calle de la aldea siguiendo su instinto. 

        Al doblar una esquina, camino del salón comunal, se encontró de frente con Gundar el perro pastor que era propiedad de Búntalos, el jefe de la aldea.

         Instintivamente comenzó a correr. Gundar la perseguía. Logró esquivar dos mal intencionadas dentelladas que por poco no acaban con ella y, tras un tiempo que no pudo determinar, estaba corriendo entre los túmulos del cementerio. Cuando pensaba que no podría correr más vio el tejo retorcido, ahora en flor, que daba sombra a la tumba de su madre. Trepo agilmente a una rama alta. Desde ahí observo al enorme perro que no paraba de ladrar, correr alrededor del tronco del tejo y de saltar intentando alcanzar su rama, cayendo una y otra vez sobre las flores del mismo. Esbozando una sonrisa pensó, este perro es más tonto que su dueño. 

        Una voz femenina a su lado le contestó:

         - Búntalos no es tonto, jovencita. Es impulsivo, fuerte y soberbio pero no es tonto. 

         - A mi, dijo la chiquilla mirando al cuervo que había hablado a su lado, nunca me ayudo. Ni a los más necesitados del pueblo. No me parece muy inteligente en un jefe. No merece gobernarnos si no piensa en protegernos. 

         - En realidad si lo hizo, a su manera. Por eso fue elegido jefe y casi nunca cuestionado. Aunque es cierto que fue hace años, en otra época, y que su tiempo cómo líder se acaba. Quizá deberías retarle y ocupar su puesto. 

         - Solo soy una comadreja, dijo, luchando por ser aceptada en el mundo de los adultos. No sé cómo podría vencer a un enorme perro pastor, experto en ahuyentar lobos y otras alimañas. 

         - No pequeña, no, grazno el cuervo. La comadreja murió en la puerta de la cueva del tritón tuerto, sólo existe en tu memoria. Ya es tiempo de regresar allí y decirle a Urdigar lo que has visto. Antes de que despunte el alba. 

        Y, tras decir esto, echó a volar. 

        Mientras veía volar al cuervo se dio cuenta de que el cementerio se encontraba ahora casi en silencio. Gundar había dejado de saltar, correr y ladrar y se limitaba a rascarse de manera compulsiva contra el suelo y con los bordes de las tumba sin hacer el menor caso a la lechuza moteada que le observaba desde lo alto. De la comadreja se había olvidado por completo.

 

 

                                                                             IV 

         El despertar del sueño no fue agradable. Vomitó bilis y parte de la infusión. Si no hubiese llevado dos días en ayunas estaba convencida de que hubiese echado fuera hasta la última tira de cecina. Tras un rato con tiritona y escalofríos por fin pudo sentarse sobre las rodillas. Sus dos compañeros aún continuaban en trance. 

        Tal y como le dijo la cuervo, y antes de que sus compañeros regresaran, le contó al viejo chaman toda su experiencia, sin dejarse ningún detalle. Este la escucho con calma y, casi de inmediato, cómo inspirado por una fuerza superior le dijo cual sería su nombre a partir de ahora. Unini. La fiel y sabia compañera de la señora cazadora. Una variante de lechuza muy difícil de ver en aquellos días. 

         Al día siguiente, al regresar del viejo bosque de robles, pasó directamente por el gran salón de la aldea. Esquivó a Gundar que dormía a la puerta del mismo y se presentó, junto a sus dos compañeros, a la asamblea para hacerles saber como deberían llamarles a partir de ahora. Hecho esto y, ante el estupor de todos los presentes, se planto frente a Búntalos y, sin decir palabra puso a sus pies una flecha del desafío. En silencio, cara a cara, sin bravuconadas ni provocaciones. 

         El jefe de la aldea, al que hacía más de diez años no retaba nadie, que nunca había visto a un recién aceptado presentar un desafío y que sólo había oído hablar de mujeres gobernantes en las viejas historias junto al fuego estalló en carcajadas. 

         - Una de dos, dijo soltando cierto aliento a cerveza mientras hablaba, o ese viejo de Urdigar está chocho por la edad y no ha sabido entender tu nombre o es que la gran cazadora ahora quiere ser también la protectora de los bufones y tu eres su primera enviada. 

         Al comprobar que Unini seguía impertérrita y que, además, gran parte de los presentes no habían esbozado ni una leve sonrisa por su blasfemo comentario el jefe irrumpió en cólera. A esto le siguió un soliloquio cargado de provocaciones y comentarios acerca de lo absurdo del reto, de la falta de posibilidades de la aspirante y de lo inaudito de la situación. Pero cuanto más hablaba más quedaba en evidencia ante su pueblo y más parecía que temía a una mujer joven que apenas había vivido quince festivales de primavera. 

        Finalmente, y de muy mala gana, aceptó el reto. 

        - Mañana, al medio día. Con lanzas romas. Ganará quien antes logre impactar tres veces al contrincante en el torso. La aspirante había ganado el primer asalto. 

                                                                        

        Frente a ella se encontraba el hombre que había regido los destinos de la aldea desde que ella tenía dos años. Debía medir casi metro noventa de estatura, y era ancho de espaldas. Unini difícilmente le llegaría a los hombros si se situara junto a el. 

        Tenía el pelo negro y rizado, aunque ya se veían las primeras canas. Hoy lo llevaba recogido con una cinta de cuero para evitar que los rizos de la melena le impidiesen la visión en el peor momento. 

        Unini pudo observar entonces que el cuervo tenía razón. Cuando Búntalos tenía tiempo para reflexionar tomaba buenas decisiones. Lejos de vestir, como en desafíos anteriores, el disco de bronce para el pecho y sus grebas y brazales de cuero el veterano líder había decidido aparecer ataviado sólo con un calzón de paño y el resto del cuerpo untado en aceite. Mucho más apto para luchar contra una rival liviana y esquiva, a la par que servía para que su pueblo viese que su cuerpo aún estaba en forma. Unini estaba convencida de haber ganado el segundo asalto. 

         Por lo demás, como la aspirante, combatiría con un pequeño escudo redondo de madera y una lanza a la que se había tapado la punta con una bolsa de cuero rellenada con arena. 

         Los primeros compases del combate fueron como todo el mundo esperaba. Ambos contrincantes midieron a su rival en una danza hermosa y esquiva de estocadas temerosas y saltos apresurados. Nadie quería recibir el primer golpe. 

         Después de aquello Unini pasó al ataque. Búntalos esquivó dos lanzadas firmes pero mal apuntadas. Era muy bueno en esto, mejor de lo que la joven cazadora había imaginado. 

        El guerrero siguió esquivando y protegiendo el pecho con el escudo hasta que, en un decidido ataque de la aspirante, finto hacia un lado y con un hábil giro de muñeca logró meter su lanza entre el escudo y la lanza de ella para impactar en el pecho de la muchacha. El golpe de Unini, en cambio, quedo desviado al recibir el impacto y solo logro golpear en el muslo izquierdo del jefe. 

        A partir de este punto el combate dio un giro de ciento ochenta grados. El hombre pasó a un ataque total, intentando golpe tras golpe mientras la mujer parecía sólo interesada en esquivar y no recibir más golpes. Había dejado de atacar. 

         Búntalos, jaleado por sus seguidores, empezó a hacer comentarios insultantes y a humillar a su rival entre ataque y ataque. No paraba de llamarle cobarde, fraude y hasta comadreja, el mote que recibió en la infancia despectivamente, con clara intención de hacerla perder los nervios. Pero Unini parecía estar tan sorda como la partera y tener ojos y oídos solo para esquivar los golpes que le caían cada vez más cerca. 

        Esta situación se prolongo durante unos minutos que a la aspirante se le hicieron lustros. El público por su parte, salvo Fioled y Urdigar, pensaba que ésto terminaría cuando el jefe, que se estaba luciendo, se aburriese y zanjara el combate. Pero entonces empezó a ocurrir algo que llamó la atención de los más observadores. Cada vez que hablaba, Búntalos, se rascaba la pierna izquierda. 

        En una de estas ocasiones en que se demoró un poco mas en esa maniobra Unini lanzó una rápida estocada a su rival. El Guerrero, ágil y experimentado, desvió el golpe con su escudo sin tener tiempo de atacar el mismo. La punta de lanza de la cazadora, desviada, dio en el límite entre el hombro derecho y el pectoral pero el juez del desafío no lo dio por valido. Esto levanto alguna queja y murmullo entre el público pero ella no protestó y se limitó a esquivar la nueva ráfaga de ataques que hubo en respuesta al suyo. Se repetía el escenario anterior. 

         Un par de minutos más tarde Búntalos sentía picores cada vez más intensos por la pierna y, ahora también, por el brazo y el hombro. Decidió quitarse el escudo para poderse rascar mejor. En este movimiento, al abrir la guardia, recibió el primer golpe en el pecho. Después, Unini, también se quitó el escudo. 

         Este gesto fue recibido con risas y gestos de asombro entre el público, lo que sacó aún más de sus casillas a su líder que, fuera de sí, lanzó un ataque frontal y salvaje a Unini. Fue el último. La antigua comadreja esquivo grácilmente, hincó la rodilla a un lado de su rival y, desde ahí, le golpeó una segunda vez en el pecho. Desde abajo y en diagonal le dio de lleno. 

        A los pocos segundos toda la piel de Búntalos lucía un color rojo y empezaban a salirle granos por todo el cuerpo. Él, tumbado en el suelo, frotaba su espalda con el suelo mientras con las manos trataba de rascarse sin éxito todo el cuerpo a la vez. En un último esfuerzo logró ponerse en pie y, entre las carcajadas de sus vecinos, correr hasta saltar al pilón de la plaza. 

         Unini había ganado el tercer y definitivo asalto. 

        Esa misma noche, la antigua comadreja que se había convertido en lechuza, celebró su primer banquete para todos los miembros de su clan como jefa de la aldea, inaugurando lo que fue un gobierno largo y sabio pese a todos los infortunios que tuvieron lugar en aquellos tiempos. 

        Sólo un hombre no estuvo presente. El guerrero Beles, segundo hijo de Búntalos, no pudo soportar la humillación y abandonó la aldea. Desde ese día olvido su antiguo nombre y dijo a todos a quienes encontró en su camino que se llamaba Donan.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Privilegios y primigenios

Como muchos sabéis soy un fanático jugador de rol. El sábado pasado teníamos nuestra irregular partida mensual pero debido al exceso de horas de trabajo de la mayoría y a que yo, milagrosamente, había dirigido una partida la tarde anterior nos tocó improvisar. Es decir, que acabé improvisando yo. Narrando una partida de una sola sesión a "La llamada de cthulhu". Un juego de terror ambientado en las obras de Lovecraft. Si, ese que ahora inspira una serie en la HBO.

        Como soy muy tradicional decidí que ambientaría la partida en los años 20 del siglo ídem, que para quienes no lo sepáis es la ambientación en la que se pensó y diseño el juego original. Dado que los amigos con los que jugué esa tarde son veteranos les dí libertad absoluta para diseñar sus personajes. Solo les comenté que la partida estaría ambientada en Nueva Inglaterra y que transcurriría cerca de los bajos fondos de la ciudad de Arkham.
       

        En seguida surgieron las ideas. Un ex boxeador de origen irlandés, un barbero de oscuro pasado descendiente de alemanes, un patrullero corrupto también hijo de nacidos en la isla esmeralda y un músico vagabundo afroamericano.

        Yo no quise interferir pero si teníamos que interpretar bien los personajes, y yo tengo que ambientar decentemente la partida, ese jugador estaba a punto de vivir un pequeño infierno. No tanto por la calidad de la interpretación de cada jugador, algo a fin de cuentas secundario, sino por las dificultades que se va a encontrar el personaje de marras en un ambiente como el de los años veinte en los EEUU, siendo negro, en una zona como la que se desarrollaba la trama. Me vino a la cabeza la película Ragtime  de Milos Forman, muy recomendable, y la use como fuente de inspiración ambiental. No pude quitarmela de la cabeza.
        
        La partida fue bastante caótica y surrealista, algo no muy improbable en Cthulhu. Y terminó, dentro del juego, con un cadáver robado y profanado, una viuda asesinada por unos duendes grises de alcantarilla, un barbero inocente condenado a muerte y tres prófugos de la justicia. Lo más sorprendente, sin duda, fue el hecho de que sacaron todas las tiradas de cordura menos una y nadie enloqueció por los espectáculos bizarros en los que se vieron envueltos, que no fueron pocos. Aclaro, para los profanos, que en éste juego se tiene en cuenta que los espectaculos raros, violentos y desagradables afectan a la salud mental y es recurrente hacer tiraads para ver si la estabilidad emocional de los personajes aguanta o sucumbe.

         Fuera la cosa se saldó con un amigo que lo pasó bastante mal y cuyas intervenciones estuvieron muy limitadas. Su personaje no podía entrar en la mitad de los sitios a los que iban a investigar,le ignoraban o le insultaban y le faltaban al respeto de manera continua. Y eso que si intervine para que cambiase el nombre que había elegido, tirando de ese invento del diablo llamado Internet, fundiendo el nombre de tres conocidos músicos de la época y que había resultado ser ni más ni menos que el de Robert Edward Lee.


        Para los desconocedores de este personaje real, se trata del más reconocido general de las tropas confederadas durante la Guerra Civil de los Estados Unidos. Entre otras cosas se opuso al derecho al voto de los esclavos libertos tras la guerra y, a día de hoy, un héroe para gran parte de los supremacistas blancos en ese país.

         Me pilla veinte años antes, no le aviso, y le arruino la tarde hasta el punto de que me deja de hablar durante un mes.

        Después, cuando terminamos y nos fuimos a cenar, se dio una situación de reflexión en todos nosotros. Si en el salón de casa de un amigo, interpretando un papel en un juego por espacio de cuatro horas (fue corta la partida), sabiendo que cuando quieras lo dejas, meterse en la piel de un afroamericano, de una persona racializada, es una experiencia desagradable en la que te quedas fuera casi todo el tiempo ¿como es cuando no es un juego que puedes parar en cualquier momento y volver a tu piel blanca? ¿qué clase de vida llevas cuando en todo momento eres un ciudadano negro, o mujer, o trans, o sin papeles o varias de estas juntas y te sabes prescindible y machacable?
        
        No se como acabó el debate. Ellos fueron a un bar a cenar y yo me fui a sacar a Jack para no caer en la tentación de alimentos poco recomendables. Ahora bien, una vez más me quedó claro que incluso los que vamos por la vida de militantes y "aliados" tenemos la enorme suerte, cuando estamos cansados, de poder darle al botón de off para olvidar las miserias de la vida. Y los que podemos hacer eso nunca deberíamos olvidar que eso, sin duda, es un gran privilegio.

martes, 24 de septiembre de 2019

This machine kills fascists

El otro día, en su muro de facebook mi querido compañero José Luis Carretero escribió una entrada haciendo un análisis a vuela pluma del tema de la repetición de las elecciones y los posibles eslóganes de campaña ahora que se había desperdiciado la baza "antifascista", asesinada de manera inmisericorde por sus propios promotores, así como del riesgo real de amenaza totalitaria. Terminaba su intervención haciendo mención a lo fútil del voto a la hora de parar de facto el avance del fascismo y comparando lo con otras actividades que, a su juicio, tampoco eran útiles en esta heroica tarea. Entre ellas mencionaba pasear al perro y jugar al rol a las que equiparaba con rezar a la Virgen de los Desamparados y llamar por teléfono a echadoras de cartas.

En lineas generales estaba bastante de acuerdo con el texto, como otras muchas ocasiones, salvo en lo referente a lo de pasear al perro y jugar al rol. No solo no me gustó, además me lo tome como algo personal. A fin de cuentas Jose Luis, que cuando se despita lee cosas de las que escribo, sabe que me gusta pasear al perro y me apasiona jugar al rol.

Superado el arranque de egocentrismo le contesté educadamente en su muro pero me quedé dando vueltas al tema, hasta el punto de escribir estas lineas para mi afamado, a la par que discreto, blog.

Soy de la opinión, aún a riesgo de ser llamado una vez más alarmista, de que ya estamos andando los primeros pasos de un fascismo de nuevo cuño. No digo que vayamos a entrar en él o que sea un riesgo inminente. Afirmo que esta mierda está en marcha y a escala global.

Tengo amigos muy sesudos y sensatos que, cuando les decía esto ya hace años, me lo negaban rotundamente con datos jurídicos y políticos y sin duda, una gran mayoría de la población incluida la militante, estarán de acuerdo con ellos.

El problema es que cuando pensamos en totalitarismo, la mayoría, pensamos en escuadras sin fin de hombres de uniforme marchando armados por las calles, en parlamentos clausurados y en movimientos homogéneos bajo el mando de un único líder indiscutido.

Eso fue el fascismo del siglo XX. O, mejor dicho, esa fue la estética del fascismo del siglo pasado. Y aunque puede que llegue el día que esa estética vuelva a imponerse a día de hoy se trata de parafernalia para nostálgicos.

El nuevo orden que ya ha empezado camufla su uniformidad a través del consumo. Basta un paseo por cualquier centro comercial grande para comprobar que la ropa de todas las franquicias es tremendamente parecida, por colorida que sea. Tallajes, cortes y combinación de colores vienen dados desde arriba, así como los modelos de belleza sospechosamente parecidos a los estándares inmortalizados por Leni Riefenstahl en Olympia, y ay de aquél que trate de buscar algo diferente. Solo le queda rezar de cara a la próxima temporada.

Este sistema emergente no tiene la necesidad de recurrir, salvo en cuestiones marginales, a hordas de paramilitares de calle que se dediquen a imponer el terror a base de cuchillo y palo por la sencilla razón de que no hay, ni se espera, un movimiento revolucionario que deba ser dispersado. El horror tecnológico en que vivimos suple de manera eficaz y más resolutiva las tareas desmovilizadoras que cualquier freikorps, manteniéndonos tranquilos, deprimidos y solitos en nuestras casas. Conformándonos con reírnos de memes y retuiteando a algún anónimo y, casi siempre, desconocido chistoso. La nota se la lleva al hacerlo con la apariencia de comunicación y libertad de expresión en el periodo de la historia con mayor soledad y depresión.


Otra de las características del totalitarismo es la ausencia de derechos y la falta de garantías judiciales, al menos para una mayoría, y es uno de los argumentos que suelen esgrimirse para asegurar que aún no estamos bajo un régimen de este corte.  Bueno, puede que los blancos de clase media depauperada aún podamos pagarnos un abogado y sobrevivir a los plazos judiciales de éste norte Profiden pero los migrantes, los hombres y mujeres que logran sortear la yincana letal que les separa de Europa, Estados Unidos o Australia lo hacen para descubrir que su premio es una existencia a mitad de camino entre el siervo y el esclavo y, dependiendo del país,  puede que de por vida. Sin derechos y bajo la amenaza permanente de ser cazados, literalmente, en una redada aleatoria o por una denuncia siendo enviados a su país o cualquier otro si tienen mala suerte. Aunque hayan formado una familia. Aunque allí ya no esté su vida. Son millones.

Estamos en el mundo más capitalista de todos los tiempos, en el que hay gente que alquila amigos por horas tal y como hacía Juan Luis Galiardo con una familia, por su cumpleaños, en aquella fantástica película de Fernando León. El capitalismo más salvaje y enloquecido que, como un animal infectado de rabia, está dispuesto a a destruirlo todo antes de su más que inevitable y próxima desaparición. El fascismo más sutil y más brutal capaz de instalarse en silencio y con nuestra complicidad pasiva. Quien sabe si, incluso, está por ver, apoyándose en el discurso de la sostenibilidad y la defensa del medio ambiente. Del excedente de población. Del que no hay recursos para todos. No por interés sincero sino por justificar su barbarie.

En este contexto de aislamiento social y de deriva de desarme colectivo pienso que cualquier actividad que nos una corporalmente, sin dispositivos de por medio, para charlar mirándonos a los ojos y gastando poco o nada es una trinchera que hay que mantener. Ya sea paseando al perro , fomentando el deporte de base, aprendiendo bailes de salón, tejiendo ganchillo para colocarlo por las calles o en el club colombófilo del barrio, si es con otras, es un acto de disidencia.

En cuanto a lo que los juegos de rol se refiere, en un mundo donde cada día desaparecen lenguas y culturas, formas diferentes de entender el mundo y se avanza hacía una existencia gris como la de los hombres de Momo o las planicies de Gorgoroth en Mordor, una herramienta que nos lleva a imaginar nuevos mundos permanentemente; a  recorrer universos desde el interior de la piel de otras razas, otros géneros y  otras culturas sin dejar de ser un poco nosotras mismas y que además puede usarse desde la infancia con fines pedagógicos y terapéuticos no puede por menos que ser considerada revolucionaria.

Es más, termino estas lineas de contestación indignada  con el convencimiento de que, si no fuera por su reducido tamaño, debería emular a Woody Gothrie y grabar en todos mis dados la frase “This machine kills fascists”.

miércoles, 5 de junio de 2019

Perros, paseos y juegos de rol

El otro día se cumplieron tres años de la adopción de mi perro Jack y me salió esta tontuna....



          Perros, paseos y juegos de rol






Mientras escribo estas lineas hace tres años y un día que adopté a Jack. Es un chucho macho, de veintisiete kilos, con sangre de un sinfín de razas aunque todo el mundo coincide en que hubiese sido un fantástico cazador.

Si bien en mi familia, desde que tengo cuatro años, siempre hemos tenido perros puedo decir sin temor a equivocarme que este es el primero que es genuinamente “mio”.

Tener a Jack en mi vida me la ha cambiado bastante. Me ha dado salud mental y física y es innegable que, como me dijo una colega del barrio cuando le vio por primera vez, nunca sabré hasta que punto es el quién me ha adoptado y salvado a mi.

Aprendiendo a cuidarle he aprendido, también, ha cuidarme a mi. Saliendo a que conozca a otros canes he conocido mejor a mis vecinos y mi barrio y gestionando el miedo y la rabia que me generan sus pifias he dado un paso más en eso de gestionar de una forma calmada y respetuosa la frustración y los temores por los seres queridos.

Además, gracias a mi compinche perruno, he re descubierto uno de los placeres de mi infancia y juventud que había ido dejando perdido en el baúl de los trastos olvidados de esta sociedad telemática e informatizada en la que muchos nos hemos enredado.

Desde que Jack, nombre que no me gusta, pero que no quise cambiar para no enloquecer a un perro que llevaba a cuestas dos años de vida de soledad y abandonos, entró en mi vida y pasado el periodo inicial pude por fin soltarle he recuperado el placer de los paseos.

Cuando era niño, por la ubicación privilegiada de la casa de mi abuela, daba grandes paseos por la Casa de Campo de Madrid acompañado de mis tías, mis amigos de allí y los perros familiares. Eran paseos largos, de horas, subiendo una y otra vez el Garabitas desde distintos ángulos, saltando por las colmatadas trincheras de quienes asediaron la que fue capital de la gloria durante tres años y refrescándonos el gaznate en la fuente de Casa de Vacas.

Casi siempre en compañía vivimos encuentros extraños como cuando nos cruzamos con un preso fugado de la cárcel de Carbanchel que saltó ante nosotros desde lo alto de un árbol para seguir corriendo o el día que nos vimos en medio de un fiestón, a medio día, que tenía como protagonista al entonces flamante campeón de Europa de peso ligero Poli Diaz.
De la Casa de Campo salieron también Dalda, la primera perra que hubo en casa de mi abuela, y que fue encontrada sola en las cercanías de lo que hoy descubro, gracias a Google Maps, que se llama el Estanque del Repartidor. El mismo lugar donde un par de años antes encontramos, una de mis tías y yo, a una gallina rampante que solo estuvo en la familia un par de horas.

Los paseos con Jack no son por espacios tan bucólicos como los de mi infancia y, generalmente, nos tenemos que conformar con un tramo de descampado arbolado con forma de media luna que transcurre aprisionado entre el carril bici y la M-11 de Madrid y compartir semejante vergel con decenas de perros más, transeúntes despistados, cicloestresados y el dulce trinar de los motores al ralentí en los atascos matutinos. Pero no importa.

Los días que logro dejar de lado mi vagancia y abstraerme de la manía de bulímico ex callejero de Jack de comerse casi cualquier cosa mi cerebro comienza a volar.
Mientras mis pies avanzan repecho arriba, repecho abajo, cual preso en el patio de la cárcel, o pateo por el secarral circular de Valdebebas los días que nos acercamos hasta allí, los pensamientos se suceden de manera constante. Proyecto los menús de la semana, recuerdo momentos especiales de mi vida o repaso la actualidad política en mi cabeza manteniendo imaginarios debates o dando grandilocuentes discursos silenciosos a la par que trato de diseñar estrategias y propuestas para que las ideas y las prácticas libertarias vuelvan a ganar terreno en un mundo en crisis.

Jack, oteando las liebres más allá de la M-11

Verle suelto, si la temperatura y el humor le acompañan, es un espectáculo. Salta, corre, juega con los aspersores como un adolescente, olisquea y cuando los de Parques y Jardines se han olvidado de nosotros el tiempo suficiente y los cardos y matojos me llegan por la rodilla disfruta como si estuviera en el verdadero campo persiguiendo liebres. A sus cinco años y medio alcanza el paroxismo y se le pone cara de cachorro si encuentra o roba una pelota, momento en el cual comienza a correr en circulo pegando unos saltos muy extraños con una expresión de felicidad solo comparable a la mía.
En los momentos en que se dan las circunstancias arriba descritas de paz y felicidad mutua mi cabeza, lejos de enzarzarse en soliloquios de suma cero, salta a otro lugar. Viendo al Jack más despreocupado me sumerjo en mi yo más adolescente y mi atención pasa a los mundos de fantasía que he vivido y viviré gracias a ese balón de oxigeno que han sido para mi los juegos de rol.

Fue Jonathan quien, a los catorce años, en las escaleras del patio del colegio Ramón y Cajal nos dirigió a otro comapañero y a mi nuestra primera partida de rol a la primera edición, con unas manoseadas fotocopias de la mítica caja roja , del Dungeons & Dragons. Ha llovido un poco desde entonces.

Veintiocho años después, y pese a mis gustos conservadores en la materia, he jugado en muchas ambientaciones y con muchas personas diferentes. He recorrido las extensiones de Cardolán perseguido por hordas de orcos luchando por llegar vivo a Rivendel, he perdido la cordura tratando de desbaratar los planes de los sectarios al servicio de Azazoth, me he ganado el respeto de mi clan cantando las gestas de mi manada en el boun de un túmulo y me he enganchado al insano coleccionismo de objetos mágicos y puntos de experiencia de las distintas ediciones de Dragones y Mazmorras.

Pero de todos los juegos y todas las ambientaciones, sin lugar a dudas, la que más me ha gustado y de la que más he disfrutado es la de Rune Quest. También es, sin duda, la que más me viene a la cabeza cuando paseo con Jack.

El Rune Quest es un juego, de los que se conocían como simulación realista, de los más veteranos del mercado. Mucho menos famoso en España que el archiconocido D&D es casi tan antiguo como éste.

Mientras que el mundo de Arneson y Gygax rezumaba glamour y recordaba, siempre a su manera, a la fantasía maniquea de nuestra infancia, con buenos muy buenos, malos muy malos y un halo de cuento heroico, trufado de un consumismo mórbido y adictivo en forma de tesoros y subidas de nivel, el escenario propuesto por Greg Strafford era bastante diferente.

Gloranta, así se llama el universo diseñado por este señor, es un mundo más sufrido y oscuro que la mayoría de los universos del D&D. La progresión de los personajes es más lenta y menos perceptible, la magia menos espectacular y las posibilidades de supervivencia menos optimistas.

Existen, como es de imaginar, muchas diferencias en como son, y como se perciben, las diferencias entre razas y su trato entre ellas, que casi nada o nada tienen que ver con otros juegos de la época como el ya citado D&D, o el Señor de los Anillos y Role Master.

Portada, diseñada por Das Pastoras, para el monográfico sobre trolls editado por Joc internacional. En ellas se puede ver a un troll persiguiendo a un elfo verde.
La más destacable, sin duda, es la de los trolls. Mientras en las mayoría de las ambientaciones estas depredadoras, en esta ambientación no son necesariamente así. Si bien una parte de la nación troll, debido a distintos motivos, está contaminada por el Caos (que suele asociarse al mal en las ambientaciones de este tipo), la mayoría de su sociedad, de facto un matriarcado, lucha denodadamente contra éste. Además aunque voraces y enormes disfrutan de una inteligencia que va desde la de un humano medio, hasta una mucho mayor, en función de a que raza pertenezcan dentro de su especie.
criaturas son estúpidas, malvadas y
Los enanos son una raza obsesionada por la tecnología y con restaurar el orden en el universo, al que consideran una enorme maquina y, al parecer, no nacen sino que son ellos mismos creados por otros enanos. Viven bajo tierra y odian a los elfos y a los trolls, que intentan incluirles en su menú siempre que pueden. Se dividen por castas vinculadas a los gremios en los que trabajan y solo unos pocos, considerados traidores y heréjes, dejan sus comunidades para explorar el mundo exterior.

Los humanos, como en tantos otros juegos representan la versatilidad, la diversidad y el crecimiento y las culturas que nos presentas están muy inspiradas en una visión de la historia, sobre todo europea, desde el bronce hasta la alta edad media. Con un vario pinto repertorio de religiones enfrentadas entre si.

Existen, claro, decenas de especies inteligentes, o no, con las que aderezar las partidas, pero solo una más contaría entre las principales y minimamente jugables. Se trata de los elfos.

Enemistados con trolls y enanos, así como con algunos humanos, estos seres habitan los bosques y los hay de distintas variedades en función del tipo de bosque en el que viven. Algunos hibernan en invierno y otros viven en cuevas rodeados de hongos, adorando a una miriada de deidades relacionadas con los bosques, las plantas, la luz y la curación.

Cuando un elfo abraza el culto de la señora de los elfos debe plantar la semilla de un árbol. Durante dos años debe cuidar de éste árbol de manera constante y eficiente y una vez alcanzada esta edad, con el debido ritual, se desgaja del mismo la madera con la que fabricar el arco que el elfo usará a partir de entonces.

Este arco tiene su propia personalidad, se marchita si lo usa un no elfo, y acompaña como espíritu aliado al elfo que lo planto, reforzando su personalidad, y su pericia a cambio de su cuidado, hasta que, si todo va bien, ambos vuelven juntos a la naturaleza unos cientos de años después.

En este momento suelo mirar a Jack, joven y fuerte, y lamentar que a los humanos con nuestros perros no nos pase como a los elfos y sus arcos. Y que por mucho que los cuidemos y pese a los grandes momentos de felicidad y cuidado mutuo estemos condenados a enterrarlos, siempre, demasiado pronto en lugar de envejecer juntos.