Días cómo ese lunes de julio me resultaba imposible no acordarme de Julián Tolosa, uno de los compañeros con los que coincidí en mi primer destino. Cuando aún era una inspectora alumna en prácticas.
Julián afirmaba que los problemas tenían voluntad propia y mente estratégica y que por eso nos sorprendían llegando todos a la vez o, a lo sumo, en cuestión de poco tiempo. Para ser más efectivos y que no podamos ventilarlos de uno en uno.
La otra verdad axiomática de Julián era que con luna llena y en verano la violencia aumentaba. Defendía, desconozco cuanto se había documentado para hacer semejante afirmación, que de hecho, salvo la revolución rusa, todos los estallidos violentos de furia popular y las revoluciones habían sido en verano o en países cálidos y que eso se debía a la mala leche derivada de la falta de sueño.
En cuanto a lo de la luna estaba convencido de que si nuestro satélite era capaz de desplazar océanos con su atracción gravitatoria que no podría hacer con nuestros cerebros, pequeñas masas esponjosas acomodadas en un recipiente cerrado duro y con algo de líquido, cuando se encontraba en su fase plena.
Para confirmar las palabras de Julián el mes había comenzado mal. Mi madre se había caído en la casa del pueblo, cerca de Ponferrada, y se había roto la cadera. La habían operado y todo había salido bien pero tenía que irme los viernes a casa de mis padres para ayudar y volver al trabajo los lunes. Eso si no estaba, cómo el fin de semana pasado, nuestro grupo de guardia. En ese caso me ahorraba el viaje pero se doblaban los reproches.
Por que mi padre, desde que había aprobado las oposiciones y ya era evidente que no sería ni juez, ni fiscal, ni simple abogada en un bufete de abogados, había comenzado a machacarme con ataques sutiles pero constantes acerca de lo desagradecida que era, el poco caso que les hacía, y de lo lejos que vivía.
Desde la operación este soniquete estaba llegando al grado de tortura china, con su goteo constante, y a las quejas por mi condición de pésima descendiente se añadieron acusaciones de falta de cariño y comparaciones con mis dos hermanos menores.
Dos hermanos que vivían uno aún en la casa familiar y el otro a diez minutos andando de su casa y que yo sabía de muy buena tinta que aportaban a los cuidados de nuestros padres menos de lo que gastaban en guionistas los productores de películas de Spiderman pero, para evitar males mayores, prefería no entrar al trapo.
Me reprochaba mis decisiones a la hora de elegir carrera profesional. Cómo si el hecho de ser fiscal o jueza le hubiese garantizado que yo me fuese a quedar en un destino cerca de ellos y fuese a ir a pasar los fines de semana a su casa de Santo Tomás de las Ollas para que ellos pudiesen interpretar el papel de familia feliz y normal.
Cómo si por vivir yo también en León mi hermano Alfonso, el pequeño, fuese a dejar de jugar al ordenador catorce horas diarias de forma compulsiva y afrontar su miedo a la vida o el mediano, Antonio, fuese a dejar de fingir una heterosexualidad inexistente yendo de novia en novia, reconocer su homosexualidad y dejar de machacarse a si mismo poniéndose hasta las trancas todos los fines de semana.
Al problema familiar había que sumar la situación de mi unidad.
De los siete policías que tenía oficialmente en plantilla dos estaban de baja. Almudena, por maternidad, y José por una hernia que le acababan de operar. Otro estaba de vacaciones. Lo que me dejaba con cuatro subordinados.
Pero la cosa no quedaba ahí. Uno de mis hombres más eficientes había pedido el traslado a su ciudad natal y para sustituirlo me mandaban a un perro viejo, más cerca de la jubilación que de la vida y con un expediente que daba pena verlo.
Era un auténtico pata negra. Hijo del cuerpo, como yo, pero me daba la sensación de que para su padre, un policía curtido de la brigada político social, el que su hijo siguiese la tradición familiar no debía haber sido motivo de disgusto. Su hermano mayor era un subcomiario de reconocido prestigio en Valencia.
Se reincorporaba al servicio después de dos años de baja por depresión Y, aunque varios de sus jefes hablaban bien de él en los informes, no había aguantado más de dos años en ninguna unidad durante los últimos veintitrés, desde que había dejado la brigada de información de Madrid con una mención especial para ser ascendido y trasladado a Canarias, allá por el año mil novecientos ochenta y dos. De hecho no había conseguido ningún ascenso, ni ninguna mención, desde entonces.
Ese estancamiento profesional en un país dónde a los inútiles y a los corruptos la gente se los quita de encima por el método del patadón hacia arriba unido a este regreso a Madrid sin motivo aparente ni merito que lo justificase habían hecho que mi curiosidad fuese tan grande como mi inquietud.
Me recordaba a esos animales que van a morir al lugar al que nacieron y, el departamento, actuaba como el resto de la manada acompañándole en el camino.
La guinda del pastel, la que haría las delicias de mi viejo compañero y mentor, era que el sábado por la mañana en una excavación arqueológica en la Casa de Campo de Madrid, mientras trabajaban en un bunker de la guerra civil, un grupo de profesores de la complutense y miembros de una asociación de memoria, se habían encontrado un cadáver dentro. Evidentemente, para terminar de confirmar las palabras del bueno de Julián, el tipo ni por asomo había muerto durante la guerra y estábamos de guardia los del grupo IV con lo que nos tocó comernos el marrón.
Es cierto que digan lo que digan las noticias y los programas de tertulianos alarmistas y asusta viejos de las mañanas en televisión España en general y Madrid en particular son lugares con muy pocos asesinatos. La mayoría de ellos fáciles de resolver porque se trata de casos de violencia machista que se resuelven en menos de una semana, de mendigos que se matan entre si o de aprendices de psicópatas que a base de ver películas de policías cometen una cantidad ingente de errores que nos lo ponen en bandeja.
Pero hay otros muchos casos que resolver que no son asesinatos y que no se ven en las noticias y un caso de novela de quiosco cómo este, quieras que no, es un quebradero de cabeza para cualquier unidad. Más aún para una en cuadro y con algunos efectivos de dudosa calidad.
Eso y la sospecha de que las sabias palabras de Tolosa podían ser aún más acertadas de lo que ya habían sido es lo que hizo que a primera hora de la mañana me pasase por el despacho del comisario para pedirle que me hiciese el favor de asignar el caso a otro grupo.
La respuesta de mi superior, elegantemente vestido con un traje de verano de color azul marino oscuro, y cómodamente sentado en su sillón de cuero fue un no absoluto. Parecía divertirse con la situación y casi que le faltó darme el peine que guardaba en el primer cajón de su escritorio a modo de escenificación definitiva.
Sus últimas palabras, antes de despedirme con una paternal palmadita en la espalda mientras me acompañaba a la puerta fueron:
Ande, ande, Millán, no se preocupe. Por lo que usted cuenta ese cadáver lleva ahí más veinte años así que sin duda el delito habrá prescrito. Ya verá cómo en una semana habrá podido archivar el caso y nos reiremos de esto tomando unas cañas en “El Caballito”.
Ahora, sentada al ordenador terminando de revisar los informes de un par de casos anteriores redactados por mis chicos, para asegurarme de que no tenían ninguna falta de ortografía y mirando a ratos por encima del monitor al sub inspector Molina sentado en un sofá junto a la puerta de mi despacho, sólo me venían dos cosas a la mente.
La primera era la posibilidad, casi la corazonada, de que ese caso no se cerraría en una semana. Era un verano caluroso, el fin de semana habíamos tenido luna llena, la unidad estaba en cuadro, tenía un miembro nuevo que parecía sacado de un saldo de Internet y por cuestiones familiares necesitaba cogerme unos días libres. Todo apuntaba a un giro trágico de los acontecimientos. A una broma del destino.
La segunda era una duda que cada vez me atenazaba más cuando veía a mis compañeros de cuerpo vestidos de etiqueta. ¿Porque demonios, independientemente del corte, la calidad y la tela elegida, sólo compraban trajes azules?
Tratando
de centrarme de nuevo en lo que tenía por delante salí del despacho
y me presenté al hombre que sudoroso y distraído parecía pelearse
con una botella de agua vacía:
-- ¿Subinspector Molina? - dije, utilizando ese tono que había aprendido con los años que tranquilizaba a los hombres con los que, antes o después, me veía obligada a ejercer de madre – Pase a mi despacho por favor, quiero comentar con usted algunas cosas. Después le presentaré al resto de sus compañeros.
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