martes, 26 de mayo de 2026

Un mundo implacable

 


En el verano del dos mil catorce, mientras casi todo mi entorno vivía de la ilusión generada por unas elecciones europeas en las que Podemos había ganado cinco escaños, y yo varias apuestas además de una oferta de trabajo que al final no fue, me encontraba en el pueblo rumiando la catástrofe de lo que en el medio plazo se nos venía encima.

Dado que en el pueblo, en aquellos tiempos, no me hablaba con nadie aprovechaba el tiempo para leer, preparar partidas de rol y ver cine. Mucho cine. Algunas aún en cintas VHS que el Diógenes de mi padrastro le impedía tirar y que había acumulado gracias una promoción del libelo El Mundo.


Entre las películas de esa colección había algunas joyas que yo tenía aún por ver. Una noche, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar, puse la película “Network, un mundo implacable” dirigida por Sidney Lumet en 1976.

Me atrapó desde el principio.

La trama es sencilla y el desarrollo del argumento brutal, sobre todo por lo premonitorio de la historia.

Un periodista televisivo llamado Howard Beale que fue el más exitoso durante años lleva tiempo perdiendo audiencia y va a ser despedido. Ante semejante situación, decide suicidarse en directo y, al saberse su propósito, es la audiencia, no él, la que se acaba disparando.

Después de aquello no sólo no es cancelado sino que dinamita los techos de audiencia del país desde que empezó la televisión y se convierte en un gurú para toda la sociedad estadounidense.

La denuncia social más allá de lo evidente, el poder de los medios de comunicación y los ídolos que fabrican, incluye una secundaria, no menos importante, que es cómo la fama y el reconocimiento social pueden arruinar la vida de quienes la saborean al convertirlos en adictos a la misma.

El protagonista es un fulano de edad madura, con dinero cómo para vivir el resto de su vida o para tomarse el tiempo necesario en reinventarse en otra cosa, pero no puede. No sabe. No quiere.

Es un jodido adicto a su imagen pública. Tiene un ego insaciable que le demanda de manera constante ser el centro de atención y está dispuesto a cualquier cosa, incluso a morir, antes que a aceptar que la vida son ciclos y que ni el éxito ni la juventud son eternos.

En términos psicológicos podría arriesgarme a decir que ese fulano tenía un trastorno narcisista de la personalidad, sin conciencia de enfermedad, que le llevaba al extremo de no importarle nada con tal de seguir en la cumbre del reconocimiento social.

Era el año setenta y seis del siglo veinte y los medios de comunicación de masas funcionaban de forma unidireccional por lo que el estrato social que se podía ver afectado, potencialmente, por ese trastorno, ese mal o cómo queramos llamarlo era relativamente pequeño.

Cincuenta años después de aquella genialidad profética las cosas han cambiado para peor.

Parte de los medios de comunicación de masas han adoptado una falsa imagen de horizontalidad en la que aparentemente cualquiera puede alcanzar el éxito en las redes sociales si es genial y tiene un poco de suerte. Sin esfuerzo y desde el salón de casa, el vagón de metro o el patio del instituto.

La carrera por la fama empieza en la adolescencia temprana con los vídeos de Tik-Tok y la búsqueda incesante de seguidores en Instagram.

Los reversos tenebrosos de ésta realidad son múltiples y muy peligrosos y el ser adultx no exime de los mismos. Ser supuestamente anarquista tampoco.

Uno de los reversos tenebrosos que más me preocupa es que esa aspiración a la fama y al reconocimiento constante por una parte cada vez mayor de las personas que conformamos la sociedad además de un éxito del individualismo capitalista es, sobre todo, el fin de cualquier sociedad equilibrada.

A fin de cuentas los humanos somos mamíferos. Somos dependientes. A diferencia de las tortugas que desde que salen del huevo y van hasta el mar están solas, nosotrxs desde que nacemos hasta que morimos necesitamos al grupo. Las miradas, el contacto físico. Y el grupo nos necesita. Por eso uno de los mayores castigos en los grupos humanos ha sido siempre, más que la muerte, la expulsión del grupo, ya fuese a través del destierro o la cárcel.

Una sociedad sana es aquella capaz de equilibrar las necesidades del grupo con las del individuo. Cuanto más se aleja una sociedad de este equilibrio ya sea anulando al individuo en la masa o, como es nuestra sociedad, convenciendo al individuo de que lo es todo y los demás no importan demasiado, más cerca está del fracaso.

Y con las redes sociales es lo que estamos haciendo. Los me gusta, los seguidores, son la validación de ese modelo demenciado en que se nos hace creer a todxs que somos especiales, mejores que el resto.

La conclusión lógica, cuando somos especiales, geniales, únicxs, es inevitable. Alguien especial está por encima de los demás, vale más y sus opiniones deben ser las que rijan la sociedad.

Habrá quien me diga que este ha sido el principio de gobierno de todas las sociedades jerárquicas desde el antiguo Ur hasta nuestros días y es verdad. La diferencia es que en el último siglo se ha ido introduciendo cada vez más el virus del egocentrismo en las bases de la sociedad, en las clases oprimidas, en la mayoría.

Nunca cómo hasta ahora lxs miembros de la clase baja habían podido no sólo soñar si no creer que pueden llegar al cielo del éxito. Y nunca antes habían estado tan lejos.

En esta distopía hecha realidad cuanto más me gusta y más seguidores obtenemos más lejos estamos de nuestrxs iguales y más aisladxs nos quedamos. Más frágiles y derrotadxs. Más necesitadxs de ese reconocimiento constante y de caer en un narcisismo patológico que nos predisponga a sacrificar a lxs nuestrxs a cambio de otro instante de satisfacción. 

Si bien el riesgo de enganche está ahí para cualquiera éste aislamiento es más grave y terrible cuanto más vulnerables y débiles somos socialmente.

La clase obrera sólo se tiene a si misma y a sus iguales para sostenerse y quien abandona la calle, el grupo del trabajo, la familia biológica o elegida, o los espacios donde haya encontrado apoyo y paz mental por un espejismo digital estará pronto en la mierda.

Por eso precisamente es más sangrante esa actitud, esa contaminación mental y cotidiana, en aquellas personas que decimos defender lo colectivo, lo común.

Y no me refiero a los partidos políticos de esa izquierda derivada del leninismo que da por hecho que los liderazgos y la verticalidad son uno de los pilares de la revolución confundiendo obediencia y disciplina.

Hablo de un movimiento anarquista que lleva más de cuarenta años en caída libre, convirtiendo las novedades de análisis y los nuevos enfoques en modas que abrazar acriticamente o que rechazar de plano con miedos vesiánicos.

Una parte del anarquismo se ha diluido en grupúsculos aislados más obsesionados por apuntalar las escasas diferencias que tenemos y convertirlas en abismos insalvables que en trabajar desde nuestra diversidad contra lo que viene dispuesto a devorarnos.

Un gueto que, aderezado con esas nuevas herramientas de las que he hablado, se convierte en el caldo de cultivo ideal para personajes y personajillos que carcomidos por sus egos mantienen cazas de brujas personalistas durante años, echando mierda allí dónde les dejan, o que usan a los demás de la manera más vil y anti anarquista 
con toda la parafernalia tecnológica y en redes que tienen a su disposición. En éste frenesí destructivo llegan a superar al protagonista de la película de Lumet sin importarles un ápice la gente de la que dicen ser compañerxs ni el dolor que les causan. 

Esto no es un alegato ludita. No acabaré diciendo que debemos volver al siglo VII antes de Cristo y que las fotos nos roban el alma pero es evidente que con las redes sociales pasa cómo con los medicamentos. Un uso equivocado y excesivo nos acaba convirtiendo en yonkis sin defensas.

Así que si no queremos acabar todxs siendo narcisxs negrxs tan intratables cómo solitarixs, eternxs aspirantes al estrellato aún a costa de nuestrxs iguales. Esclavxs impotentes de un mundo implacable, dejemos las redes para las convocatorias y la publicidad y recuperemos los parques, los cines lxs amigxs y hasta lxs viejxs enemigxs de lucha que se llevaron el ascua a su sardina en nuestras narices más veces de las que nos hubiese gustado en  asambleas pasadas. Perder el miedo al conflicto, aprender a gestionarlo de manera fecunda y ver dónde demonios nos lleva.


A fin de cuentas cómo decía cierta serie de televisión de mi adolescencia “La verdad está ahí fuera”.



Ah, y si os ha gustado no os olvidéis de darle a la campanita y seguirme en redes😆

domingo, 3 de mayo de 2026

Planes de futuro tras ir a ver Kill Bill al cine

 

            No es un secreto para nadie que me conozca, aunque sea sólo a través de éste humilde y ortograficamente doloroso para la vista blog, que amo el cine. 

            El séptimo arte es, junto a los juegos de rol y tocarle las narices al personal, una de mis mayores aficiones. Las más de ocho mil ochocientas películas y series votadas en Filmaffinity dan prueba de ello. También de mi mentalidad obsesiva compulsiva pero ese no es el tema de hoy. 

            Puedo ver hasta tres o cuatro películas en un día cuando estoy en el pueblo y aunque mis géneros favoritos son el cine negro, el bélico y “el del oeste” no le hago ascos a nada que caiga en mis manos y le doy oportunidades hasta a las obras del enfermo de Lars Von Trier si entran en mi casa ya sea vía plataforma, pincho o DVD. 

            Tuve la suerte, a estas alturas puede que desgracia, de que mi niñez tuviese lugar antes del éxito de los vídeos domésticos y aunque en mi casa hubo uno desde el mismo instante en que estuvieron a la venta en España la pantalla grande fue algo a lo que mi padre no renunció nunca. 

         Aún hoy cuando escucho la sintonía de algunos de los antiguos estudios me da un pequeño escalofrío y, si es el de la 20 Century Fox, cual perro de Pavlov, espero ver unas letras amarillas anunciando el comienzo de una historia que ocurrió hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana. 

            Es tal mi pasión que he ido al cine en casi todos los países que he estado. Hasta en una escala de 12 horas que hice en Copenhague saqué hueco para una película después de haber sobrevivido a la violencia ciclofascista del danés medio. La palma se la llevó Cuba. 

            En La Habana, dado que no estaba interesado en tostarme al sol, bailar salsa en sitios para guiris, ni en acostarme con mujeres que no podía saber si les interesaba yo o un pasaporte europeo con el que poder intentar salir de una utopía que para ellas se había convertido en pesadilla, dediqué mi tiempo a visitar librerías de viejo, charlar con la fauna local, jugar al dominó con los ancianos de mi cuadra en El Vedado e ir al cine. 

             Fui al menos tres veces. Dos al cine Yara, frente al Copelia, a ver Pan y Rosas de Ken Loach y otra película que ahora no recuerdo. La tercera al cine Chaplin. Exactamente a la par de donde me había dado el gusto fetichista de asistir un mitin de Fidel Castro. 

            Había quedado con Agustín, un psiquiatra paraguayo con el que hice migas y al que me pegué durante ese mes extraño que pasé en la ya decadente perla del caribe, lugar dónde viví, desde el mismo instante en que pisé tierra, unas cuantas historias de realismo mágico que sólo han sido superadas por mis vivencias en Centroamérica. 

            Una de ellas fue con motivo de la tercera visita al cine. 

            Soy un hombre puntual. Incluso para los parámetros de un artillero prusiano. Si he quedado a una hora estoy allí cinco minutos antes. Incluso ahora, devorados por el posmodernismo digital, es raro que llegue tarde. 

             Había quedado con mi cicerone en la Cinemateca de Cuba para ver Europa, del tarado danés antes mencionado, a las 16 horas. Y llegué a las 16:01. Un minuto tarde. Puede que dos. Pero juro que no más. 

            No podía yo imaginar que en el país dónde los autobuses y los camellos (ese era el nombre que recibían otros vehículos de transporte urbano más grandes, más baratos y menos seguros aún que las guaguas) no llegaban nunca, las colas para el pan eran eternas y en los desfiles militares había visto a soldados besándose y oficiales comiendo helados de fresa, eso fuese a ser un problema pero me equivocaba. 

             Cuando llegué a la taquilla el amable funcionario me informó de que ya no se podía pasar. Yo, perplejo, contesté que sólo pasaba un minuto de la hora y que no era para tanto. Nos enzarzamos entonces durante un instante en una discusión sobre las normas, la puntualidad y otras cuestiones de gran importancia para la revolución y el disfrute del cine que terminó cuando él, intuyendo en mi erróneamente una terquedad propia de maoista adolescente, me dijo que vale, que pasase. Pero se negó a cobrarme con el argumento de que él sólo podía cobrar ANTES del comienzo de la película, nunca después. Supongo que en su estricto código moral eso sería validar mi disoluta conducta. 

            Subí corriendo las escaleras que llevaban a la sala pequeña de la planta de arriba y, tal cómo yo sospechaba, en ese país de socialismo pachorro, aún no había empezado el filme. No negaré que, cómo casi siempre que intento ver una obra del enfermo mental ese nacido en Lundtofte, me arrepentí y llegué a valorar que el buen cubano había tratado de salvar mi psique pero aguanté la película hasta el final. 

             Por suerte, después de ese muermo, y avisado por el mismo funcionario pude colarme en la sala principal del cine donde estaba empezando Río Bravo. Con John Wayne y Dean Martín dando una lección de amistad, integridad y valentía bajo la batuta de Howard Hawks. Eso me hizo remontar la tarde. 

             Desde entonces ese Stajanov cinematográfico caribeño me ha venido muchas veces a la mente en estos veinticinco años de decadencia posmoderna en la que las gentes de bien hemos tenido que ver como la turba en el cine empezaba a hablar por teléfono, comer hamburguesas, y hasta jugar o grabar la película con el móvil. 

            La última vez que he recordado esta anécdota fue el jueves pasado. 

             Era treinta de abril, noche de las brujas y del sabotaje. Yo acudí al cine Paz a ver el nuevo montaje de Kill Bill y, desde poco después de empezar, no pude menos que acordarme con cariño y admiración de aquél taquillero socialista y caribeño que sabía que la revolución empieza por el respeto sagrado al silencio y las formas cuando se apagan las luces en las salas de proyección. 

           Pero ni estamos en los albores del siglo XXI ni quedan burócratas abnegados al servicio de la cultura y la cosa se torció desde el principio. 

              La sala estaba casi llena y me tocó butaca de pasillo. Una butaca de pasillo que parecía un asiento de Iberia en clase turista. Mis cartucheras estaban oprimidas a ambos lados por unos reposa brazos diseñados para extremidades propias de un niño o un hobbitt, y mis rodillas chocaban con la butaca que había delante de mi. 

             A partir de ahí tuve que sufrir un muestrario de comportamientos incivicos merecedores de una paliza con exposición en cepo y plaza pública posterior, pero para no hacer esta entrada eterna me centraré en lo más grave. 

             Pese a que yo había ocupado mi asiento tres minutos exactos antes de empezar la sesión toda la fila a mi izquierda estaba vacía. TODA. Menos las dos butacas de pasillo al otro extremo. Así que supe, exactamente igual que supe que después del éxito electoral de Podemos y Ahora Madrid vendrían la decepción y el fascismo, que las doce o catorce personas que faltaban llegarían con la película empezada. 

            Cómo buen anarquista con formación de historiador y pinceladas de determinismo histórico vi cumplirse mis pronósticos una vez más y el goteo de infames empezó en el mismo instante en que se apagaron las luces, momento en el cual me vi haciendo una parodia del tai chi de silla que me propone últimamente el youtube para recuperara una ex mujer que no tengo. 

             Los últimos llegaron a los quince minutos de haber empezado la película. Quince jodidos minutos. Cuatro jóvenes altos cómo castillos armados con toneladas de palomitas, bolsas de chuches pagadas a precio de caviar Beluga y con las linternas de sus móviles encendidas apuntando no al lugar dónde estaba el número de la fila si no a las caras de los que estábamos sentados, recordándome el comienzo de Arde Mississipi cuando los tres pobre infelices que van a ser asesinados son interceptados por policías y miembros del Ku Kux Klan. 

          También pensé por un instante en cual de los abogados penalistas que conozco sería más fácil de localizar a esas horas... 

           Cuando llegaron a mi lado no me moví. Actué con ellos exactamente igual que como ellos habían actuado con la hora de comienzo de la sesión. Hice cómo que no existían. Ni les miré. 

           Descubrí entonces que, probablemente, además de no tener cultura cinematográfica tampoco tenían sus capacidades comunicativas muy desarrolladas. 

         Me miraban desconcertados, sin entender. Pero no hablaban. Si hubiesen tenido ruedas dentadas dentro de su cabeza las hubiese escuchado chirriar el cine entero, pero sus cráneos estaban huecos. Eran como los lemins cuando se encontraban un obstáculo. 

           Finalmente uno dijo algo ininteligible mientras señalaba su asiento. Ahora si giré la cara hacia él. 

             - ¿Qué quieres?, le dije en tono seco.

             - Pasar. 

             - Pues pasa, contesté. Pero no me levanté. 

            Tuvieron que pasar por encima de mis rodillas y tropezando con mi mochila. Ganas me daban de irles dando collejas en sus impuntuales cogotes pero me contuve. Mi ira, no es broma, estaba muy a tono con la de la protagonista de la película que en esos momentos se empeñaba en descuartizar a una ex compañera de trabajo. 

            Y ¿qué pensáis que pasó entonces? A los diez minutos de llegar. Diez minutos nada más, cuando los dedos de Uma Thurman aún no se movían del todo, el imbécil que había sido incapaz de pedir por favor que me levantase para dejarles pasar se levantó de nuevo. Esta vez para salir. El angelito se fue a por una botellita de agua. Era de suponer por tanto que su retraso no se debía a una tardía pero necesaria hidratación y si, muy probablemente, a que se habían quedado en la puerta haciéndose fotos con el móvil y subiéndolas a sus anodinas y clonicas redes sociales . 

            No se que cara me vería después, cuando regresaba con su botín de la tienda, porque se quedó parado un instante y tras observarme un rato se sentó en una butaca al otro lado del pasillo. Sólo. 

            Cómo no hay dos sin tres, después del descanso de diez minutos para ir al baño que se hizo a mitad de la proyección, y confirmando mis sospechas, los cuatro fulanos que habían llegado quince minutos tarde al principio de la película, el de la botellita y los tres lumbreras que le acompañaban llegaron, otra vez, diez minutos tarde. Una vez más mi cara iluminada por la luz de la pantalla debía ser un poema porque al llegar a la fila nueve, la nuestra, se miraron y dispersaron por otras filas. 

            No os exagero si afirmo que si no fuese porque soy padre soltero de un can anciano, y se que sería un marrón logístico para varios amigos hacerse cargo de él durante un par de días, esta entrada del blog se hubiese empezado a rumiar en la oscuridad de una celda y no durante la del fundido a negro del entierro de Paula Schultz. 

             Es una jodida vergüenza que con lo que cuesta el cine haya salas así de mal cuidadas. Que dejen entrar a la peña con las películas empezadas y que después la gente se comporte cómo si estuviese en su casa sola y no en un espacio compartido. 

            Que tengamos que renunciar a ver obras maestras, a mi Kill Bill me lo sigue pareciendo, en los espacios para las que fueron pensadas porque el analfabetismo funcional de la mayoría convierte esa experiencia potencialmente maravillosa en una suerte de preparación colectiva a la colonoscopia en la que todo el mundo se siente con el derecho de hacer la primera mierda que se le pasa por la cabeza es frustrante. 

            Es algo que cada vez más me saca de mis casillas. 

          Al principio era educado y pedía silencio por las buenas. Más adelante tiré de sarcasmo, como aquella vez que en un estreno para el que fue casi imposible encontrar entradas, tuve que aguantar una hora de charla de dos tipas detrás de mi sobre lo que habían hecho durante la semana. Me dí la vuelta y le dije a aquellas dos chicas, literalmente, “No os cortéis, que si queréis también podéis tocar la pandereta”, provocando la risa de la gente de alrededor y el silencio de las susodichas las tres horas restantes. 

            Pero se me está agotando la paciencia. 

            Llamadme señoro, hater y viejuno si queréis pero como esto siga así me veo comprando una porra extensible no para defenderme de los fascistas sino para reeducar a los ignorantes que profanan las salas de cine y hacerlo con una performance al más puro estilo de El club de la lucha. 

             Que tengáis buen domingo.