En el verano del dos mil
catorce, mientras casi todo mi entorno vivía de la ilusión generada
por unas elecciones europeas en las que Podemos había ganado cinco
escaños, y yo varias apuestas además de una oferta de trabajo que al final no fue, me encontraba
en el pueblo rumiando la catástrofe de lo que en el medio plazo se
nos venía encima.
Dado que en el pueblo, en aquellos tiempos, no me hablaba con nadie aprovechaba el tiempo para leer,
preparar partidas de rol y ver cine. Mucho cine. Algunas aún en
cintas VHS que el Diógenes de mi padrastro le impedía tirar y que
había acumulado gracias una promoción del libelo El Mundo.
Entre las películas de esa colección había algunas joyas que yo tenía aún por ver. Una noche, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar, puse la película “Network, un mundo implacable” dirigida por Sidney Lumet en 1976.
Me atrapó desde el principio.
La trama es sencilla y el desarrollo del argumento brutal, sobre todo por lo premonitorio de la historia.
Un periodista televisivo llamado Howard Beale que fue el más exitoso durante años lleva tiempo perdiendo audiencia y va a ser despedido. Ante semejante situación, decide suicidarse en directo y, al saberse su propósito, es la audiencia, no él, la que se acaba disparando.
Después de aquello no sólo no es cancelado sino que dinamita los techos de audiencia del país desde que empezó la televisión y se convierte en un gurú para toda la sociedad estadounidense.
La denuncia social más allá de lo evidente, el poder de los medios de comunicación y los ídolos que fabrican, incluye una secundaria, no menos importante, que es cómo la fama y el reconocimiento social pueden arruinar la vida de quienes la saborean al convertirlos en adictos a la misma.
El protagonista es un fulano de edad madura, con dinero cómo para vivir el resto de su vida o para tomarse el tiempo necesario en reinventarse en otra cosa, pero no puede. No sabe. No quiere.
Es un jodido adicto a su imagen
pública. Tiene un ego insaciable que le demanda de manera constante
ser el centro de atención y está dispuesto a cualquier cosa,
incluso a morir, antes que a aceptar que la vida son ciclos y que ni
el éxito ni la juventud son eternos.
En términos
psicológicos podría arriesgarme a decir que ese fulano tenía un
trastorno narcisista de la personalidad, sin conciencia de
enfermedad, que le llevaba al extremo de no importarle nada con tal
de seguir en la cumbre del reconocimiento social.
Era el año setenta y seis del siglo veinte y los medios de comunicación de masas funcionaban de forma unidireccional por lo que el estrato social que se podía ver afectado, potencialmente, por ese trastorno, ese mal o cómo queramos llamarlo era relativamente pequeño.
Cincuenta años después de aquella genialidad profética las cosas han cambiado para peor.
Parte de los medios de comunicación de masas han adoptado una falsa imagen de horizontalidad en la que aparentemente cualquiera puede alcanzar el éxito en las redes sociales si es genial y tiene un poco de suerte. Sin esfuerzo y desde el salón de casa, el vagón de metro o el patio del instituto.
La
carrera por la fama empieza en la adolescencia temprana con los
vídeos de Tik-Tok y la búsqueda incesante de seguidores en
Instagram.
Los reversos tenebrosos de ésta realidad son
múltiples y muy peligrosos y el ser adultx no exime de los mismos.
Ser supuestamente anarquista tampoco.
Uno
de los reversos tenebrosos que más me preocupa es que esa aspiración
a la fama y al reconocimiento constante por una parte cada vez mayor
de las personas que conformamos la sociedad además de un éxito del
individualismo capitalista es, sobre todo, el fin de cualquier
sociedad equilibrada.
A fin de cuentas los humanos somos
mamíferos. Somos dependientes. A diferencia de las tortugas que
desde que salen del huevo y van hasta el mar están solas, nosotrxs
desde que nacemos hasta que morimos necesitamos al grupo. Las
miradas, el contacto físico. Y el grupo nos necesita. Por eso uno de
los mayores castigos en los grupos humanos ha sido siempre, más que
la muerte, la expulsión del grupo, ya fuese a través del destierro
o la cárcel.
Una sociedad sana es aquella capaz de
equilibrar las necesidades del grupo con las del individuo. Cuanto
más se aleja una sociedad de este equilibrio ya sea anulando al
individuo en la masa o, como es nuestra sociedad, convenciendo al
individuo de que lo es todo y los demás no importan demasiado, más
cerca está del fracaso.
Y con las redes sociales es lo que
estamos haciendo. Los me gusta, los seguidores, son la validación
de ese modelo demenciado en que se nos hace creer a todxs que
somos especiales, mejores que el resto.
La conclusión
lógica, cuando somos especiales, geniales, únicxs, es inevitable.
Alguien especial está por encima de los demás, vale más y sus
opiniones deben ser las que rijan la sociedad.
Habrá quien
me diga que este ha sido el principio de gobierno de todas las
sociedades jerárquicas desde el antiguo Ur hasta nuestros días y
es verdad. La diferencia es que en el último siglo se ha ido
introduciendo cada vez más el virus del egocentrismo en las bases de
la sociedad, en las clases oprimidas, en la mayoría.
Nunca
cómo hasta ahora lxs miembros de la clase baja habían podido no
sólo soñar si no creer que pueden llegar al cielo del éxito. Y
nunca antes habían estado tan lejos.
En esta distopía
hecha realidad cuanto más me gusta y más seguidores obtenemos más
lejos estamos de nuestrxs iguales y más aisladxs nos quedamos. Más
frágiles y derrotadxs. Más necesitadxs de ese reconocimiento
constante y de caer en un narcisismo patológico que nos predisponga
a sacrificar a lxs nuestrxs a cambio de otro instante de
satisfacción.
Si bien el riesgo de enganche
está ahí para cualquiera éste aislamiento es más grave y terrible
cuanto más vulnerables y débiles somos socialmente.
La
clase obrera sólo se tiene a si misma y a sus iguales para
sostenerse y quien abandona la calle, el grupo del trabajo, la
familia biológica o elegida, o los espacios donde haya encontrado
apoyo y paz mental por un espejismo digital estará pronto en la
mierda.
Por eso precisamente es más
sangrante esa actitud, esa contaminación mental y cotidiana, en
aquellas personas que decimos defender lo colectivo, lo común.
Y
no me refiero a los partidos políticos de esa izquierda derivada del
leninismo que da por hecho que los liderazgos y la verticalidad son
uno de los pilares de la revolución confundiendo obediencia y disciplina.
Hablo de un movimiento anarquista que lleva más
de cuarenta años en caída libre, convirtiendo las novedades de
análisis y los nuevos enfoques en modas que abrazar acriticamente o
que rechazar de plano con miedos vesiánicos.
Una parte del
anarquismo se ha diluido en grupúsculos aislados más obsesionados
por apuntalar las escasas diferencias que tenemos y convertirlas en
abismos insalvables que en trabajar desde nuestra diversidad contra
lo que viene dispuesto a devorarnos.
Un gueto que, aderezado
con esas nuevas herramientas de las que he hablado, se convierte en
el caldo de cultivo ideal para personajes y personajillos que
carcomidos por sus egos mantienen cazas de brujas personalistas
durante años, echando mierda allí dónde les dejan, o que usan a los
demás de la manera más vil y anti anarquista con
toda la parafernalia tecnológica y en redes que tienen a su
disposición. En éste frenesí destructivo llegan a superar al protagonista de la película de Lumet sin
importarles un ápice la gente de la que dicen ser compañerxs ni el dolor que les causan.
Esto no es un alegato ludita. No acabaré
diciendo que debemos volver al siglo VII antes de Cristo y que las
fotos nos roban el alma pero es evidente que con las redes sociales
pasa cómo con los medicamentos. Un uso equivocado y excesivo nos
acaba convirtiendo en yonkis sin defensas.
Así que si no
queremos acabar todxs siendo narcisxs negrxs tan intratables cómo
solitarixs, eternxs aspirantes al estrellato aún a costa de
nuestrxs iguales. Esclavxs impotentes de un mundo implacable, dejemos
las redes para las convocatorias y la publicidad y recuperemos los
parques, los cines lxs amigxs y hasta lxs viejxs enemigxs de lucha
que se llevaron el ascua a su sardina en nuestras narices más veces de las que nos hubiese gustado en asambleas pasadas. Perder el miedo al conflicto, aprender a gestionarlo de manera fecunda y ver dónde demonios nos lleva.
A fin de cuentas cómo decía cierta serie de televisión de mi adolescencia “La verdad está ahí fuera”.
Ah, y si os ha gustado no os olvidéis de darle a la campanita y seguirme en redes😆
1 comentario:
Chapeau, no podria estar mas de acuerdo. Fijate que la nueva red de pesca que mos han lanzado, la IA gratuita para todos, valida de forma descarada cualquier cosa que le pidas o preguntes o critiques.
Lo triste es ver hacia donde vamos sin remedio, porque por cada persona con conciencia de este problema (pocas), hay una gran mayoria que nos terminara arrastrando a todxs al pozo...
Pd: like, campanita y follow hechos 😬😂
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