lunes, 5 de enero de 2026

Olvidó su nombre

        Hace ahora un año y medio la editorial Quid Agis se puso en contacto conmigo para que les escribiese un relato. Hacía tiempo que nadie me encargaba un trabajo escrito remunerado y era la primera vez que me pedían un cuento, algo de ficción, pero había condiciones. El relato tenía que estar ambientado en una sociedad que recordase a la edad del bronce. Tenía que tener un rito de iniciación y un desafío a un jefe de clan. Además, al final, tenía que hacerse referencia a un personaje en concreto. Importante en otra publicación de la misma colección. En definitiva me pedían algo parecido a una precuela.

    Hoy, por fin, han podido publicar el cuento en internet.

    He de dar las gracias a Juan Milano, responsable de la editorial, por permitirme publicar en mi blog el texto el mismo día que ellos lo han hecho en redes. No obstante lo publico en crudo por lo que si queréis leerlo corregido, maquetado e ilustrado, os recomiendo que pinchéis en el enlace que os pongo a continuación. Sobre todo aquellxs de mis lectorxs a quienes os gusta el rol y la fantasía porque ahí vais a poder ver un material muy interesante, con sabor clásico, y elaborado con mucho cariño. No me enrollo más. Además ¿No querréis quedaros sin saber que le pasa al tipo ese de la secuela de mi precuela? ¡Que lo disfrutéis! 

https://www.drivethrufiction.com/es/product/551406/olvido-su-nombre?src=newest_recent

       

 

                                                                         

        La hoguera encendida en el centro de la sala era toda la iluminación que había en la cabaña. Un corto y estrecho pasillo conducía al exterior, mientras que una vieja y raída jarapa de diversos colores separaba el hogar principal de la sala individual del fondo que la vieja Fioled usaba como dormitorio. 

         De rodillas frente a la hoguera, ataviada tan sólo con un pequeño taparrabos, y con el cuerpo perlado de sudor por la cercanía del fuego se encontraba la joven Unini que hacía menos de dos noches había adquirido su nuevo nombre, junto a su mayoría de edad, al lograr pasar el rito que le había sido impuesto.

         A su alrededor, entre las sombras móviles producidas por la danza de las llamas, ya fuese colgando del techo en distintos haces o apiladas en distintos y precarios estantes, se podían ver hojas, raíces y tubérculos que la vieja Fioled guardaba para cuando era requerida como partera. Tanto entre mujeres cómo con el ganado de la aldea. 

        La comadrona era una mujer enjuta pero muy vigorosa. El pelo blanco, recogido en una coleta, contrastaba con su piel curtida por casi cincuenta años bajo el sol y el viento. Solía vestir ropas de color pardo y magenta oscura salvo en los ritos y ocasiones especiales en que usaba una especie de casulla blanca con flores bordadas que le habían regalado al llegar a la edad adulta y que, ahora, empezaba a quedarle demasiado grande. Tenía una inusual cantidad de dientes para su avanzada edad, sólo superada por el viejo chaman del valle, aunque, a cambio, estaba casi totalmente sorda. 

         Su mirada era inteligente, su mente rápida y su lengua tremendamente afilada. Había sido así desde su juventud y, quizá por eso, por aquella combinación de fragilidad física con fortaleza mental, las diosas de la fertilidad la habían privado del don de dar la vida a cambio, eso si, de poseer sobradas sabiduría y entereza para acompañar a aquellas personas que sí engendraban y necesitaban alguien fuerte y sensato a su lado. 

         Había ayudado a nacer a todas las personas y bestias del pueblo y nadie, nunca, pudo decir una sola palabra mala sobre sus artes. Incluso cuando la muerte se cernía sobre la madre, o sobre las criaturas en camino, sabía verlo con tiempo suficiente para que ese volver a la tierra fuese con el mínimo dolor posible. 

        Una de las mujeres a la que Fioled hizo más sencillo el tránsito al otro mundo fue a Galar, la madre de Unini. Hacía casi dieciséis años, una tarde de finales de invierno, fue llamada a la casa de Galar. La criatura se había adelantado. 

         Nada más entrar al hogar intuyó la muerte. Examinó a la joven madre soltera, apenas un año mayor que la mujer que ahora se preparaba en su cabaña, y tras palpar su tripa y oler las aguas que salían de su cuerpo supo que no sobreviviría pero aún podría salvar a la niña. Pidió un cuenco con leche de cabra y mezclo su contenido con orégano, canela y amapola

        Mientras daba sorbos al brebaje, Galar, agarró de la manga a la comadrona y le dijo “No me arrepiento”. Dos horas después, la orgullosa madre, yacía sin vida en el suelo de tierra de su cabaña y su pequeña hija lloraba hambrienta envuelta entre pieles de oveja.

 

 

                                                                             II 

        Parecía cómo si la vida en esa zona del bosque se hubiese quedado suspendida por un instante. No se oían ni pájaros, ni el zumbido de los insectos, ni el más leve asomo del viento que la había acompañado hasta el robledal. O, quizás, fuesen lo nervios de la propia muchacha que, ante el desafío que tenía por delante, se encontraba con esa sensación de embotamiento que hace que el sonido parezca amortiguado y lejano. Que las imágenes vayan más despacio de lo normal. 

         Recorrió el lugar con la mirada, despacio, fijándose en cada detalle. Era increíble. Había estado cientos de veces allí durante los últimos años en sus escapadas al bosque para entrenar y alejarse de aquella aldea donde muchos la despreciaban y, sin embargo, hoy le parecía todo diferente. El pequeño estanque, el roble gemelo, y la cueva del tritón tuerto. Olfateo el ambiente en busca de olores conocidos y palpo el suelo en busca huellas sin ningún éxito. No había duda, había sido la primera en llegar. 

        Cogió pedernal y una de las tres antorchas que alguien había dejado junto a la puerta de la cueva y, pese a que estaba ligeramente húmeda, la encendió sin mucho esfuerzo. Después envolvió con su puño izquierdo la bolsita de cuero que colgaba de su cuello y, tras respirar profundamente durante un instante que le pareció eterno, se la arrancó y la arrojó a sus pies. Allí quedaban para siempre los conjuros y amuletos que habían protegido a la pequeña Weasel desde sus primeros gritos hasta su final el día de hoy. Para la mujer que saliese de aquella cueva, tras haber derrotado el desafío que había sido elegido para ella, ya no serían útiles. 

         Ascendió lentamente por la galería principal de la cueva hasta que el olor a leña quemada la guió por un pasillo lateral que no conocía. Resistió la tentación de detenerse a mirar una pinturas en las paredes que representaban a una suerte de hombres lagarto en distintas escenas de caza y que, según las leyendas que había escuchado desde niña, habían sido hechas por unos hombres tritón que las habían habitado cientos de años atrás, antes del gran invierno que había asolado la tierra. Pronto vio el fulgor de la hoguera donde les esperaba Urdigar, el viejo druida del valle, encargado de acompañar a todos quienes pedían atravesar el rito de Sandar, la diosa de los cazadores. 

 

        La cueva en la que se encontraban no era demasiado grande pero, a cambio, tenía un suelo llano y casi regular. Sobre la hoguera había una olla de cobre llena de un caldo oscuro y burbujeante que Urdigar movía con parsimonia mientras recitaba unas palabras que la joven aspirante no había oído jamás pero que, suponía, eran el idioma de los espíritus del bosque. Dejó la antorcha a un lado y esperó a que el taimado anciano fingiese haber reparado en ella. 

        El viejo ignoró deliberadamente su presencia y también la del segundo joven hasta que Cúntulo, el último de los tres aspirantes, se reunió en la sala con los demás, jadeante y algo nervioso. Entonces arqueó una ceja y, sin decir palabra, les señaló los puestos que debían ocupar. Todos ellos se encontraban frente a una protuberancia en la roca sobre la que se podían ver una calavera de oso, varias pieles de reno y dientes de jabalíes y de otras criaturas menores. Las ofrendas a la señora de los bosques. 

        Uno a uno se les acerco, empezando por Cúntulo y terminando con ella. Mirándoles a los ojos les pregunto: 

        -¿Estás listo para recorrer el sendero? 

         Tras cada respuesta afirmativa les daba a beber varios sorbos de la infusión que había preparado para la ocasión. Una de las muchas infusiones y pociones que había que preparar para las pruebas de madurez de los jóvenes aspirantes. Las pruebas variaban en función de quienes las hacían y de a que querían dedicar su vida adulta en la aldea, pero todos debían beber si querían ver más allá del mundo material y recibir la sabiduría de los dioses a través de sus espíritus.

                                                                                 III 

         La joven se tumbó de lado mirando la pared donde se encontraban las ofrendas a la espera de que los espíritus se pusiesen en contacto con ella. 

        Mientras eso ocurría, y con algo más de calor de lo que cabía esperar en esa húmeda cueva en esa época del año, se entretuvo observando la sala, hasta reparar en el altar. Le llamó la atención que entre los huesos, la calavera de oso y las grandes pieles le parecía distinguir la diminuta calavera de una comadreja común

        Le hizo gracia que entre tan importantes ofrendas a Sendar, señora de los cazadores y las recolectoras, hubiese lugar para algo tan pequeño y tan humilde, tan poco valorado y, a la vez, tan engañoso. Las comadrejas eran pequeñas, si, pero muy ágiles e inteligentes. Feroces si era necesario y, pese a su entrañable apariencia, unas cazadoras implacables. 

        Empezó a recordar que ella no sabía todo eso cuando, diez años atrás, la llamaron así por primera vez. Había sido en la cocina de la casa de la vieja partera. 

        Tras la muerte de sus abuelos el destino de Unini, como huérfana de madre soltera, era bastante oscuro. Lo normal, ya que el padre ni siquiera ahora había dado la cara, era que se hiciese cargo de ella una de las familias más pudientes del pueblo. Esto no era garantía de nada. Si la muchacha no servía como era esperado podrían venderla, o cambiarla, ya fuese a los mercaderes nómadas, ya fuese en cualquier otra aldea del valle. Y, aunque trabajase duro y satisfactoriamente, su vida sería poco mejor que la de una esclava. 

         Fue entonces cuando Fioled la reclamó para si cómo aprendiz. 

         Los dos primeros días la niña los paso en completo silencio. Moviéndose discreta de una sombra a otra de la casa sin dejarse ver y durmiendo debajo de una enorme banca de madera. Si comió o bebió consiguió hacerlo sin que la viese la partera ya que en su presencia se negaba a hacerlo. Se limitaba a observarlo todo con sus enormes ojos color obsidiana y a obedecer cuanta orden recibía. 

         La tercera mañana, después de un desayuno en el que había tomado salchichas, morcilla, tocino, miel, leche y tres huevos fritos con media hogaza de pan de centeno aún tuvo sitio para un enorme taco de panceta en salazón. A mordiscos y con hambre que bien podría estar acumulándose desde seis años atrás.

         La vieja, con ojos de asombro y ternura sólo acertó a decirle.

        - Madre santa, comadreja, si que tenías hambre. 

        Ella, que sentada al otro lado de la mesa sobre sus cuartos traseros, se estaba lamiendo sus pelirrojas patas delanteras, se lo tomó cómo un insulto y saltó al suelo. Después corrió esquivando los muebles y enseres tirados por el suelo hacía el dormitorio del fondo que se encontraba a oscuras. Una vez allí escapó al huerto trasero por un pequeño agujero que había entre dos ladrillos de adobe. De fondo escuchaba la voz de su mentora diciendo su nombre con cariño. 

         Culebreó entre algunas plantas, corriendo en zig zag, y después subió al murete de piedra que rodeaba la tierra de Fioled. Entonces, por fin, se dio cuenta de que ya no era una niña sino una pequeña comadreja pelirroja con las patas moteadas. Una voz en su interior le urgió a buscar su camino. 

        Olfateó la madrugada, descartó darse un banquete con uno de los gazapos que la miraban atemorizados desde un prado cercano y saltó a la calle de la aldea siguiendo su instinto. 

        Al doblar una esquina, camino del salón comunal, se encontró de frente con Gundar el perro pastor que era propiedad de Búntalos, el jefe de la aldea.

         Instintivamente comenzó a correr. Gundar la perseguía. Logró esquivar dos mal intencionadas dentelladas que por poco no acaban con ella y, tras un tiempo que no pudo determinar, estaba corriendo entre los túmulos del cementerio. Cuando pensaba que no podría correr más vio el tejo retorcido, ahora en flor, que daba sombra a la tumba de su madre. Trepo agilmente a una rama alta. Desde ahí observo al enorme perro que no paraba de ladrar, correr alrededor del tronco del tejo y de saltar intentando alcanzar su rama, cayendo una y otra vez sobre las flores del mismo. Esbozando una sonrisa pensó, este perro es más tonto que su dueño. 

        Una voz femenina a su lado le contestó:

         - Búntalos no es tonto, jovencita. Es impulsivo, fuerte y soberbio pero no es tonto. 

         - A mi, dijo la chiquilla mirando al cuervo que había hablado a su lado, nunca me ayudo. Ni a los más necesitados del pueblo. No me parece muy inteligente en un jefe. No merece gobernarnos si no piensa en protegernos. 

         - En realidad si lo hizo, a su manera. Por eso fue elegido jefe y casi nunca cuestionado. Aunque es cierto que fue hace años, en otra época, y que su tiempo cómo líder se acaba. Quizá deberías retarle y ocupar su puesto. 

         - Solo soy una comadreja, dijo, luchando por ser aceptada en el mundo de los adultos. No sé cómo podría vencer a un enorme perro pastor, experto en ahuyentar lobos y otras alimañas. 

         - No pequeña, no, grazno el cuervo. La comadreja murió en la puerta de la cueva del tritón tuerto, sólo existe en tu memoria. Ya es tiempo de regresar allí y decirle a Urdigar lo que has visto. Antes de que despunte el alba. 

        Y, tras decir esto, echó a volar. 

        Mientras veía volar al cuervo se dio cuenta de que el cementerio se encontraba ahora casi en silencio. Gundar había dejado de saltar, correr y ladrar y se limitaba a rascarse de manera compulsiva contra el suelo y con los bordes de las tumba sin hacer el menor caso a la lechuza moteada que le observaba desde lo alto. De la comadreja se había olvidado por completo.

 

 

                                                                             IV 

         El despertar del sueño no fue agradable. Vomitó bilis y parte de la infusión. Si no hubiese llevado dos días en ayunas estaba convencida de que hubiese echado fuera hasta la última tira de cecina. Tras un rato con tiritona y escalofríos por fin pudo sentarse sobre las rodillas. Sus dos compañeros aún continuaban en trance. 

        Tal y como le dijo la cuervo, y antes de que sus compañeros regresaran, le contó al viejo chaman toda su experiencia, sin dejarse ningún detalle. Este la escucho con calma y, casi de inmediato, cómo inspirado por una fuerza superior le dijo cual sería su nombre a partir de ahora. Unini. La fiel y sabia compañera de la señora cazadora. Una variante de lechuza muy difícil de ver en aquellos días. 

         Al día siguiente, al regresar del viejo bosque de robles, pasó directamente por el gran salón de la aldea. Esquivó a Gundar que dormía a la puerta del mismo y se presentó, junto a sus dos compañeros, a la asamblea para hacerles saber como deberían llamarles a partir de ahora. Hecho esto y, ante el estupor de todos los presentes, se planto frente a Búntalos y, sin decir palabra puso a sus pies una flecha del desafío. En silencio, cara a cara, sin bravuconadas ni provocaciones. 

         El jefe de la aldea, al que hacía más de diez años no retaba nadie, que nunca había visto a un recién aceptado presentar un desafío y que sólo había oído hablar de mujeres gobernantes en las viejas historias junto al fuego estalló en carcajadas. 

         - Una de dos, dijo soltando cierto aliento a cerveza mientras hablaba, o ese viejo de Urdigar está chocho por la edad y no ha sabido entender tu nombre o es que la gran cazadora ahora quiere ser también la protectora de los bufones y tu eres su primera enviada. 

         Al comprobar que Unini seguía impertérrita y que, además, gran parte de los presentes no habían esbozado ni una leve sonrisa por su blasfemo comentario el jefe irrumpió en cólera. A esto le siguió un soliloquio cargado de provocaciones y comentarios acerca de lo absurdo del reto, de la falta de posibilidades de la aspirante y de lo inaudito de la situación. Pero cuanto más hablaba más quedaba en evidencia ante su pueblo y más parecía que temía a una mujer joven que apenas había vivido quince festivales de primavera. 

        Finalmente, y de muy mala gana, aceptó el reto. 

        - Mañana, al medio día. Con lanzas romas. Ganará quien antes logre impactar tres veces al contrincante en el torso. La aspirante había ganado el primer asalto. 

                                                                        

        Frente a ella se encontraba el hombre que había regido los destinos de la aldea desde que ella tenía dos años. Debía medir casi metro noventa de estatura, y era ancho de espaldas. Unini difícilmente le llegaría a los hombros si se situara junto a el. 

        Tenía el pelo negro y rizado, aunque ya se veían las primeras canas. Hoy lo llevaba recogido con una cinta de cuero para evitar que los rizos de la melena le impidiesen la visión en el peor momento. 

        Unini pudo observar entonces que el cuervo tenía razón. Cuando Búntalos tenía tiempo para reflexionar tomaba buenas decisiones. Lejos de vestir, como en desafíos anteriores, el disco de bronce para el pecho y sus grebas y brazales de cuero el veterano líder había decidido aparecer ataviado sólo con un calzón de paño y el resto del cuerpo untado en aceite. Mucho más apto para luchar contra una rival liviana y esquiva, a la par que servía para que su pueblo viese que su cuerpo aún estaba en forma. Unini estaba convencida de haber ganado el segundo asalto. 

         Por lo demás, como la aspirante, combatiría con un pequeño escudo redondo de madera y una lanza a la que se había tapado la punta con una bolsa de cuero rellenada con arena. 

         Los primeros compases del combate fueron como todo el mundo esperaba. Ambos contrincantes midieron a su rival en una danza hermosa y esquiva de estocadas temerosas y saltos apresurados. Nadie quería recibir el primer golpe. 

         Después de aquello Unini pasó al ataque. Búntalos esquivó dos lanzadas firmes pero mal apuntadas. Era muy bueno en esto, mejor de lo que la joven cazadora había imaginado. 

        El guerrero siguió esquivando y protegiendo el pecho con el escudo hasta que, en un decidido ataque de la aspirante, finto hacia un lado y con un hábil giro de muñeca logró meter su lanza entre el escudo y la lanza de ella para impactar en el pecho de la muchacha. El golpe de Unini, en cambio, quedo desviado al recibir el impacto y solo logro golpear en el muslo izquierdo del jefe. 

        A partir de este punto el combate dio un giro de ciento ochenta grados. El hombre pasó a un ataque total, intentando golpe tras golpe mientras la mujer parecía sólo interesada en esquivar y no recibir más golpes. Había dejado de atacar. 

         Búntalos, jaleado por sus seguidores, empezó a hacer comentarios insultantes y a humillar a su rival entre ataque y ataque. No paraba de llamarle cobarde, fraude y hasta comadreja, el mote que recibió en la infancia despectivamente, con clara intención de hacerla perder los nervios. Pero Unini parecía estar tan sorda como la partera y tener ojos y oídos solo para esquivar los golpes que le caían cada vez más cerca. 

        Esta situación se prolongo durante unos minutos que a la aspirante se le hicieron lustros. El público por su parte, salvo Fioled y Urdigar, pensaba que ésto terminaría cuando el jefe, que se estaba luciendo, se aburriese y zanjara el combate. Pero entonces empezó a ocurrir algo que llamó la atención de los más observadores. Cada vez que hablaba, Búntalos, se rascaba la pierna izquierda. 

        En una de estas ocasiones en que se demoró un poco mas en esa maniobra Unini lanzó una rápida estocada a su rival. El Guerrero, ágil y experimentado, desvió el golpe con su escudo sin tener tiempo de atacar el mismo. La punta de lanza de la cazadora, desviada, dio en el límite entre el hombro derecho y el pectoral pero el juez del desafío no lo dio por valido. Esto levanto alguna queja y murmullo entre el público pero ella no protestó y se limitó a esquivar la nueva ráfaga de ataques que hubo en respuesta al suyo. Se repetía el escenario anterior. 

         Un par de minutos más tarde Búntalos sentía picores cada vez más intensos por la pierna y, ahora también, por el brazo y el hombro. Decidió quitarse el escudo para poderse rascar mejor. En este movimiento, al abrir la guardia, recibió el primer golpe en el pecho. Después, Unini, también se quitó el escudo. 

         Este gesto fue recibido con risas y gestos de asombro entre el público, lo que sacó aún más de sus casillas a su líder que, fuera de sí, lanzó un ataque frontal y salvaje a Unini. Fue el último. La antigua comadreja esquivo grácilmente, hincó la rodilla a un lado de su rival y, desde ahí, le golpeó una segunda vez en el pecho. Desde abajo y en diagonal le dio de lleno. 

        A los pocos segundos toda la piel de Búntalos lucía un color rojo y empezaban a salirle granos por todo el cuerpo. Él, tumbado en el suelo, frotaba su espalda con el suelo mientras con las manos trataba de rascarse sin éxito todo el cuerpo a la vez. En un último esfuerzo logró ponerse en pie y, entre las carcajadas de sus vecinos, correr hasta saltar al pilón de la plaza. 

         Unini había ganado el tercer y definitivo asalto. 

        Esa misma noche, la antigua comadreja que se había convertido en lechuza, celebró su primer banquete para todos los miembros de su clan como jefa de la aldea, inaugurando lo que fue un gobierno largo y sabio pese a todos los infortunios que tuvieron lugar en aquellos tiempos. 

        Sólo un hombre no estuvo presente. El guerrero Beles, segundo hijo de Búntalos, no pudo soportar la humillación y abandonó la aldea. Desde ese día olvido su antiguo nombre y dijo a todos a quienes encontró en su camino que se llamaba Donan.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Sección Especial

    Anoche, empujado por los tiempos de la plataforma que le gorroneo a mi amigo Ibai, me lancé a ver la película de Costa-Gavras que lleva por título el mismo que he elegido para esta entrada del blog. Así que quienes tengáis Filmin tenéis hasta el 25 de este mes para verla y deberiais de hacerlo. 

    La película, sexta del realizador y rodada en mil novecientos setenta y cinco, está inspirada en sucesos reales, cómo casi todas las de la primera etapa de este director, y aborda la creación de los tribunales especiales por el régimen de Vichy durante la segunda guerra mundial. De los tejemanejes judiciales de los fascistas galos que colaboraron de bastante buena gana con los ocupantes nazis de Francia. 

    El caso es que en determinados aspectos la película es de una actualidad aplastante, no sólo en nuestro país, si no en cualquiera de este esférico y achatado mundo. El primer aspecto de absoluta actualidad, sin lugar a dudas, es el de las interferencias de la política estatal en las decisiones judiciales. Y es que, se ponga cómo se ponga el espíritu de Montesquieu, los poderes por muy divididos que estén formalmente tienden a revolcarse entre ellos en una orgía incestuosa. Algo que no dejó de pasar con la caída del Antiguo Régimen y el advenimiento de las democracias burguesas. Simplemente se maquilló el asunto para dejar a la mona más elegante pero igual de mona. Y si no que se lo pregunten a Nicola Sacco, Bartolomeu Vanzetti, Assata Shakur o, menos terrible su castigo, las Seis de La Suiza por citar algunos de los casos más sonados de ayer y de hoy. 

    El segundo aspecto sobre el que nos hace reflexionar esta película, por desgracia demasiado poco ponderado entre la militancia actual, es cómo las cuestiones personales, los egos y las ansias de ascensos y reconocimiento público, esas pequeñas corruptelas cotidianas, son la argamasa para que las grandes corrupciones y las grandes tropelias lleguen a buen puerto. 

     A fin de cuentas las profesiones de fiscal y de juez, salvo honrosas excepciones de gente cegada por un idealismo que deposita en el estado de derecho unos valores que sólo existen sobre el papel, son desempeñadas por hombres y mujeres de ideología conservadora, satisfechas con la cuota de poder que el sistema deposita en ellas y con ninguna gana de escuchar cualquier argumento en contra de lo que realmente son, siervos de los que mandan a los que rara vez se atreven a incomodar pero implacables con aquellos a quien se ha designado para su sacrificio. Generalmente lxs hijxs de la clase obrera organizada y los deshechos sociales del lumpen. Jueces y fiscales son, en definitiva, gentes agradecidas con quien les da de comer y deseosos de caricias en el lomo en forma de ascensos y tribunales superiores. 

    Por último, y no por ello menos importante, esta película nos sirve como reflexión a la par que cómo munición ante uno de esos debates que la derecha cavernícola se empeña en desenterrar cada cierto tiempo cómo es el de las “Chekas” y la justicia en periodos revolucionarios. En su discurso contraponen una justicia burguesa, estatal y aséptica frente a las formas de actuación del pueblo a las que se acusa de vengativas, carentes de base procesal y excesivamente sangrientas. Un debate maniqueo y amañado desde ese poder que necesita legitimar su monopolio de la violencia y que se salta sus propias normas siempre que lo considere oportuno, como nos muestra Costa-Gavras de manera magistral. 

     La película, para ir cerrando el tema y no destriparla innecesariamente, nos plantea todo esto sin ningún tipo de morbo ni escenas desagradables. Casi exclusivamente desde la perspectiva del mundillo de la judicatura y sin el regusto excesivamente amargo que el cine social y político suele dejarnos. 

      Dadle una oportunidad. A las malas nos sirve como excusa para unas mirindas y una buena discusión.

     Ahí os dejo un enlace con la ficha técnica de la pelicula. https://www.filmaffinity.com/es/film880027.html

miércoles, 22 de octubre de 2025

El fortín

 Las vistas desde el Cerro Garabitas siempre me habían fascinado. Desde que, siendo niño, me escapaba hasta allí montando en bici con mis amigos para observar la capital de España escuchando a los pájaros y el sonido del bosque de fondo. Al llegar a lo alto, exhaustos de pedalear entre tierra y hierba, dejábamos las bicis tiradas hasta recobrar el aliento, y caminábamos entre las trincheras con la esperanza de encontrar algún resto de la guerra de la que casi nunca lográbamos sacarle nada a nuestros abuelos. 

    La tarde más feliz que recuerdo de las relacionadas con aquellas escapadas, fue una vez que el bombero de servicio en la torre de vigilancia forestal nos permitió subir a la torre para que echásemos un vistazo. Trepamos por la escalera de metal y nos agolpamos en la pequeña plataforma en la que había poco más que una silla, una mesa, una radio y unos prismáticos. No debimos de estar allí más de diez minutos pero nos sirvió para fanfarronear en el colegio durante toda una semana.

     Más tarde, en la adolescencia, cuando el resto de mis amigos empezó a interesarse por otras cosas yo seguí fascinado por aquella guerra y seguí viniendo por aquí. Especialmente los días de lluvia en los que la tierra, a veces generosa, escupía algún vestigio del pasado. Así fue como en la Ciudad Universitaria encontré un par de balas y algo de metralla que, está feo reconocerlo, aún guardo en casa de recuerdo. 

    Hoy volvía a mirar el paisaje desde lo alto del cerro. Pero no era la ciudad mi horizonte. Hoy los ojos los tenía puestos en la parte más opuesta a Madrid, en dirección a la sierra. Unos metros más abajo de dónde me encontraba unas telas verdes cubrían un área de unos veinte metros cuadrados delimitados por estacas. En el centro del mismo se podía ver una estructura de hormigón semi enterrada y cubierta de musgo. 

    Se trata de un fortín semicilíndrico doble que el bando sublevado había construido para reforzar las defensas del cerro y que estaba orientado en dirección al lago de la Casa de Campo. Al fortín, en su día, se accedía por una de las trincheras pero ese acceso estaba colmatado casi por completo. Ahora ni un niño, ni alguien muy delgado y escurridizo, podrían entrar en la fortificación abandonada.

    Lo cierto es que estaba teniendo que hacer un esfuerzo ímprobo por que no se me notasen los nervios. Era un momento muy especial para mi. Estábamos excavando e íbamos a restaurar el fortín que me había visto crecer y que, hasta un año antes, jamás hubiera soñado con ver rehabilitado.

    La idea, al principio parecía una locura. Surgió durante unas jornadas sobre la guerra civil en Madrid que había organizado el GEFREMA y a las que había acudido como representante del departamento de Arqueología Contemporánea de la Universidad. En las típicas cañas posteriores al evento, charlando sobre temas relacionados con la guerra, había salido el fortín de marras y todo el mundo coincidía en que era una pena que esos restos de nuestra historia reciente se echasen a perder.

    Una semana después tenía en mi correo electrónico una propuesta de trabajo para la recuperación del espacio con un proyecto completo. Lo firmaba Alicia Lozano, profesora de historia en un instituto público y miembro de la dirección del grupo de estudios. La colaboración entre ambos había funcionado a la perfección y desde el principio me pareció una magnífica profesional.

   Se trataría de una colaboración entre la universidad y la asociación cultural. Me dejé seducir y empecé a mover mi parte la propuesta. 

    Llegar hasta aquí no había sido nada fácil. La Comunidad de Madrid y el ayuntamiento se habían puesto de perfil en cuanto habían leído en el mismo pliego las palabras “Excavación” y “Guerra Civil”. No quisieron saber nada del tema y lo zanjaron con el silencio por respuesta. Lo único que logramos, todo un éxito dadas las circunstancias, fueron los permisos municipales para realizar nuestro trabajo.

    El gobierno central, pese a la Ley de Memoria Histórica, aprobada a bombo y platillo un año antes, no había puesto ni un duro. Una cosa es legislar y dar titulares para la afición y otra muy distinta liberar fondos para que esas leyes puedan aplicarse. 

    Lo único en lo que las tres administraciones estuvieron de acuerdo fue en solicitar que sus logos respectivos apareciesen en la documentación, los informes y el material que saliese de la excavación.

    En cuanto al departamento de la facultad la reacción había sido la esperada. Sonrisas, palmaditas en la espalda y comentarios de aprobación que ocultaban un deseo profundo de que fuese un fracaso.


    No sólo porque había osado colaborar con profanos de fuera de la Academia, intrusos en un jardín al que nunca deberían haber accedido con sus zarpas sucias y sin titulación, si no porque si al final la propuesta salía bien sería un punto más en mi curricúlum y destacar en un medio dónde tantos competíamos por tan pocas plazas siempre era motivo de preocupación ajena.

      La situación cambió ligeramente cuando el viejo Arizmendi, catedrático emérito, experto en la contienda y una auténtica vaca sagrada dentro del mundillo y reconocido a nivel internacional, señaló en la cena de navidad que era de las mejores ideas que había visto en mucho tiempo. Una iniciativa para romper la barrera entre institución y calle, fueron sus palabras, una forma magnifica de acercar la historia a la gente joven.

    Desde aquél día el decano de la facultad, un tipo orondo, calvo, y que se libraba de parecer la reencarnación de Indalecio Prieto gracias a su cara de ratón y sus gafas redondas con montura de metal, empezó a agasajarme con preguntas, propuestas que nunca desarrollaba y fingido interés.

    Que alguien así se fijase en uno era tan agradable como que lo hiciese el mismísimo Joseph Goebbles. Pertenecía a esa generación de progres que había medrado a costa de ser obedientes y pragmáticos  cuando gobernaba el PSOE y jugaban a ser radicales veteranos de la transición cuando gobernaba el Partido Popular. Momentos estos en los que  compadreaban con los alumnos más revoltosos de la facultad y sacaban a la luz sus carreras delante de los grises y su paso por la terrible Dirección General de Seguridad, obviando que sus papás les sacaban de allí después de algún bofetón más pedagógico que represivo. Un privilegio exclusivo para los hijos del régimen y del que no disfrutaban los obreros ni sus familias. 

    Tenía fama de tener las manos largas y la vergüenza corta. No le hacía ascos a ningún cuerpo mientras fuese joven y nadie que llevase dos días en la facultad acudía sólo a su despacho. A su alrededor siempre revoloteaba un coro de adláteres que le reía las gracias, le acompañaba a todas sus charlas y que acudían en grupo a su casa a unas cenas conocidas y de las que, se decía, era imprescindible participar si se quería optar a plaza definitiva en la facultad.

    Tampoco aportó ni un céntimo. Ni se pasó por una sola reunión. Se limitó a mandarme dos o tres de sus satélites para que formasen parte del grupo de la universidad que organizaba la excavación. Así, sin jugarse nada en la partida, podría salir en la foto si esta merecía finalmente la pena. Algo que sabría con tiempo suficiente gracias a sus epígonos.

    Estas son todas las cosas que evité decir a los dos tipos del GEFREMA que, cámara en mano, me estaban entrevistando cuando pidieron que explicase cómo había sido el proceso para montar el sarao que teníamos entre manos.

    Habíamos estado viendo el fortín y, después de que grabasen recursos de gente cargando capazos de arena y trabajando en los tamices, nos habíamos marchado a una zona más tranquila, junto a la mesa destinada a catalogar el material que fuésemos sacando, para poder grabar. 

    Me acababa de sentar cuando un enorme revuelo se formó juntó al fortín. Escuché entonces una voz llamándome a gritos para que bajara. Alicia quería verme dentro del fortín.

    No esperábamos encontrar nada de excesivo valor en aquel bunker pero las excavaciones arqueológicas, como todas las investigaciones científicas, podían dar las más inesperadas sorpresas. Y esa llamada urgente apuntaba a algo inesperado y suculento con lo que dar en las narices al decano y su cohorte de trepas.

    Bajé trotando los escasos metros que me separaban de la entrada del fortín. Me arrastré por el túnel de acceso recién despejado y entré en el espacio, un poco más amplio y con un pilón en medio, dónde antaño debía encontrarse una ametralladora. Allí me esperaban Alicia y Ceferino, uno de los pupilos del decano, embozados con mascarillas quirúrgicas.

    Entre ambos, sentado con la espalda apoyada en la pared del bunker, justo debajo de la tronera, había un cadáver humano. Vestía unas zapatillas Adidas, unos vaqueros y lo que parecía una camiseta promocional del mundial del ochenta y dos. Todo ello podrido por años de frio y humedad. En su frente se veía un orificio que bien podría ser de bala.

    Tras un instante en el que la duda y el estupor competían por hacerse con la situación la voz de Alicia rompió el silencio para retomar la iniciativa.

    - Vamos a salir con el máximo cuidado, sin tocar nada, e impedir que nadie entre. Luis, por favor, cuando estés fuera llama a la policía.

    Un rato después, sentado debajo de una torre de vigilancia nueva, más alta y ostentosa que la que había en mi niñez, mientras esperaba a que me tomasen declaración y veía al orondo decano hablando sudoroso y feliz con los periodistas que habían acudido a nuestra excavación, pensaba en que lo único que no esperaba encontrar allí, en un bunker de la guerra civil, era un fulano muerto con una camiseta de Naranjito.

martes, 5 de agosto de 2025

Cuando la mayoria de los judíos no querían ser colonos. Historia del Bund.

     La primera vez que escuché hablar del Bund fue hace más de diez años. Bueno, en realidad lo leí. Era mencionado con cierta asiduidad en un libro sobre la resistencia armada de los judíos en la Varsovia ocupada por los nazis, y quedé fascinado. 

     La segunda vez que vi una referencia, poco clara eso si, fue en la película “El pianista” del director Roman Polansky que, por cierto, también se mojaba contando algo que en el cine comercial no había sido muy habitual. La estrecha colaboración de los judíos de derechas con las fuerzas nazis a la hora de exterminar a su propio pueblo. La mayoría de ellos miembros o simpatizantes del Bund. 

     Cuando supe a través de Julián Vadillo, prologuista de la edición española, que acababa de salir este libro en castellano corrí a la librería Mar Negro de mi barrio para encargarlo. Este libro, en estos tiempos oscuros en que el sionismo está televisando el genocidio del pueblo palestino, sin que los países poderosos estén haciendo nada por evitarlo, es tan necesario como valiente. Mucho. 

     Necesario porque en la lucha por la libertad es clave no sólo conocer el pasado, si no tener claro que la visión binaria y simplista del mundo es el camino directo a los totalitarismos. En ese sentido este libro da a conocer una parte de la historia sepultada por el poder capitalista actual, por el derrotado bolchevismo en su día, y por el sionismo. La de millones de judíos que no querían abandonar sus países para irse a vivir a Palestina. La de decenas de miles o más, agrupados en torno al partido socialdemócrata ruso judío, que además luchaban por construir el socialismo en Rusia y Polonia con la misma determinación con la que rechazaban el sionismo, adelantándo ya en su visión crítica la tragedia que hoy vivimos. Que, a pesar de todo lo anterior, y su laicismo no renunciaban a su judaísmo. 

     Es valiente porque en esta izquierda del siglo XXI, en que la mayoría de la militancia se comporta como las ovejas de Rebelión en la Granja, algo que les saque de la tranquilidad de la consigna fácil no siempre cae bien. 

    Lo único que le falta a este libro, bastante bien editado, y con un aporte gráfico interesante, son documentos adjuntos que hubiesen permitido profundizar más en los argumentos y las broncas de los bundistas con los sionistas de su época. No obstante entiendo que eso hubiese hecho que el libro superase de largo las quinientas páginas, demasiada apuesta para una pequeña editorial.

    
 Os recomiendo que le deis una oportunidad a pesar de que, en estos tiempos, las tripas nos lleven a no querer leer sobre el sufrimiento pasado de un pueblo al que ahora apelan los genocidas para justificar su barbarie. 

 Leedlo, de verdad. Aunque al principio sólo sea para tener más argumentos os garantizo que os va a sorprender.

martes, 8 de julio de 2025

Adiós y, sobre todo, gracias

 

Llega el verano y, con el verano, llegan las canciones horteras, las noches sin dormir, los amores tórridos entre la gente joven y los duelos. Si, los duelos. Porque, en nuestro país al menos, la llegada del verano viene acompañada de finales de ciclo vital. Finales de curso y finales de temporada, que suponen muchas veces la ruptura con una etapa y con mucha gente a la que, en esta sociedad urbana, la mayoría de las veces, dejaremos de ver para siempre o casi. Es cómo un rito de paso.


En mi caso, además, los duelos más difíciles ya sea por ruptura amorosa, fallecimientos de seres queridos y cambios de etapa se han producido, por caprichos del destino, casi siempre en verano o a sus puertas. Este año se ha vuelto a repetir.


El doce de junio, después de once o doce años, no lo se muy bien, he cerrado mi andadura en Alacrán. Quienes me conocéis bien sabéis de sobra lo importante que era para mi ese proyecto que, de hecho, ha sido en el que más tiempo he estado y al que más energía he dedicado en toda mi vida militante.

No voy a entrar demasiado en los motivos porque no nos aportaría demasiado. La historia la resumiría fenomenal cierta canción de Mercedes Sosa.


Una parte importante de la gente que gestiona el proyecto ha decidido un camino para Alacrán que yo no comparto y, dado que son mayoría, y no quiero militar en un espacio en cuyo día a día no estoy de acuerdo, por mi salud mental y por la del resto, he decidido que me voy. No voy a quedarme para generar frustración, dolor y enfado mutuo que acabe en rupturas insanas y que puedan dañar a un proyecto al que he dado tanto y que, al dejarlo, he llorado tanto también.


Sólo el tiempo dirá que camino era el mejor para Alacrán pero, desde luego, mi decisión es la correcta.

He pasado toda mi vida adulta intentando, con más o menos habilidad, construir un mundo mejor. Peleando junto a cuatro gatos contra molinos que resultaron ser gigantes, en batallas dónde la razón y la justicia casi siempre estaban de nuestro lado y la fuerza para ganarlas no.


Mi primer acto militante fue a los catorce y, de manera constante, empecé estar organizado un año después, a los quince. Menos en partidos políticos, grupos ecologistas, organizaciones armadas y, por motivos obvios, colectivos feministas creo que he tocado todos los palos posibles. Siempre con una visión anarquista de la vida y de la lucha que, una vez más, como cantaba la cantautora argentina, nunca ha sido la misma.


Son ya más de treinta años peleando a la contra en los que hemos vivido muchas derrotas, algunas, pocas, maravillosas victorias y en las que gran parte de la que la gente con la que empecé, puede que la mayoría, decidieron que su vida valía más que una lucha romántica con más penas que glorias y evolucionaron hacía una vida, si no más feliz, al menos espero que más tranquila.


Con este bagaje, carente del glamour de quienes asaltaron el palacio de invierno en 1917, colectivizaron el campo aragonés durante la mal llamada revolución española o entraron en Managua en el verano del 79, puedo decir que lo mejor que he hecho en mi vida ha sido mi trabajo con la chavalada de Alacrán. Un trabajo que yo sólo no hubiese podido hacer. Esta colaboración merece un reconocimiento a todas esas personas que hicimos este camino juntxs.


La primera persona a quien debo dar las gracias es a Rubén. Ahora ya no hay amistad y, sospecho, que quizá nunca se recupere pero me niego a permitir que un mal final eclipse todo lo bueno que hubo antes, durante treinta años en común. El hizo que me incorporase a Alacrán. Primero en apoyo escolar, luego como socio y entrenador y, finalmente, con una insistencia terrible, a la junta directiva. Sin todos esos anzuelos que yo piqué con gusto jamás estaríamos aquí ni habría conocido a una gente joven tan perdida como maravillosa. Así que, sin dudarlo, gracias.


Después de Rubén, como no, está Cambro. Me pregunto, cómo cantaba Silvio, “Si alguien roba comida y después da la vida¿qué hacer?”. Y me respondo, una vez más, que una cosa es la dureza merecida de la pena dictada y otra, inaceptable, negar todo lo bueno que hizo hasta entonces. Sin el y sin Silvia quizá nunca hubiesemos tenido una categoría femenina más allá del senior. Esa puerta que abrieron nunca sabremos a ciencia cierta cuantas adolescencias ha ayudado a mejorar. Además, pese a todo, fuiste un gran coordinador de entrenadores en el aspecto humano y se te echa en falta.


A Silvia debo darle las gracias por recoger el guante. Por volver cuando lo propuse y por el casi año en la junta. Un año bastante difícil, la verdad. No comparto el camino elegido pero sigo pensando que tiene un gran corazón. Que menos que desear suerte a quien tiene en sus manos el fruto de tanto trabajo colectivo.

Cómo no a Charly, amigo de la adolescencia, compañero de mesa de juego e ideales de vida, pareja de baile en los banquillos masculinos durante un tiempo sin cuya mirada, a ratos, hubiera creído estar volviéndome loco en los últimos tiempos. Gracias por las conversaciones, las devoluciones y tus puntos de vista.

La última “adulta” alacranera a quien quiero agradecer aquí y ahora es a Begoña, la cara de la entidad en la cabalgata. Siempre he sospechado que mi primer año de apoyo tuvo que desplegar tanta paciencia, o más, conmigo que con lxs crixs y, tiempo después, siempre fue un báculo cuando la necesitamos en los tiempos duros que nos tocó bandear en la junta.


Una vez cerrado el capítulo de lxs adultxs, y estando seguro de que me dejo gente digna de ser mencionada, pasaré a dar las gracias a quienes dan sentido a todo esto, la chavaleria.


No olvidaré nunca a Roberto, mi primer segundo, el único que no llegó nunca tarde a ningún partido o entrenamiento, salvo el día que nos dieron el titulo de sub campeonas de liga. Eres un grande.


Ni a Juan Peta que más que un equipo de fútbol sala parecía, por lo que sea, que entrenaba opositoras a policía. Gracias, como no, por la mudanza del año pasado. Y por el cariño que me has devuelto, exactamente igual que Clavijo, Raúl, Joni, Eva, Aimen, Isa, Óscar Molina, Óscar llorón, Vero, y Maxi, allá por dónde andes.


Gracias a ti también Lore que, desde el desconocimiento mutuo y las dudas iniciales, confiaste en mi y montamos uno de los mejores equipos técnicos que ha visto Alacrán. Sólo se nos escapó Gloria, que nos dejó, para irse a trabajar, sin su risa y su perreo en los corners, justo antes de que ganasemos la liga invictas.


A mi pitbull, que en seis años hemos pasado de no querer estudiar ni hablar las cosas porque NO VALE PARA NADA, a tener la EVAU hecha y ser una cotorrilla cabreada que hasta me llama por teléfono para cotillear por los parques de Hortaleza.


Qué decirte Irina que no sepas tu ya y todo Alacrán. Seis años de broncas, gruñidos, confrontaciones, lagrimas y gritos para acabar entrenando juntos a las gremlins del infantil llevando tu la batuta, con Hugo cómo escudero. Verte de entrenadora, cuidando a las niñas, gestionando tu competitividad de manera magistral, escuchando sus necesidades, controlando las frustraciones propias y ajenas y, sobre todo, aplicando tu todas las cosas que como jugadora me decías que no valían para nada ha sido la leche.


Y a Aida. Nunca te he entrenado y, sin embargo, con dos gestos me dejaste claro que he hecho algunas cosas bien con la adolescencia de este club. Gracias por confiar en mi, por escucharme, por los kebabs y por mantenerme al tanto de los por menores de tu tracto intestinal, eso une mucho.


Por último, claro está, gracias infinitas a las jugadoras que han entrenado en el Conde de Orgáz esta temporada 24/25.


A las infantiles que venían con cartel de complicadas y sólo necesitabais un poco de energía positiva, a las cadetes a las que no entrenaba yo pero que siempre me lo pusisteis fácil, menos en los partidos oficiales contra vosotras. Os voy a echar de menos, sobre todo a Lydia, Daniela (os pongo juntas, si) Dijana y Pybon (Paula e Ybonne, ellas saben el porqué). Y, evidentemente, al juvenil y las tres mayores acopladas.


No era fácil. Muchas jugadoras nuevas, muchas expectativas por el año anterior y muchas mochilas llenas de problemas. Os lo dije en persona el día que nos eliminaron de copa y lo diré siempre. Era un equipo llamado a no existir en enero pero seguisteis. Lo disteis todo en el campo pero, sobre todo, y eso es lo importante, fuera, en el día a día y entre vosotrxs.


Así que Bombera (Alba), Patatitas (Dulce), Daniela, Patas Cortas (Eli), Esperanza (gracias por esas pedazo de cartas), Minera (Ilune), Purpurino (Hugo), La hetero (Luisa), Ainara, Idaira, Carolyne, Lucía, Iris, Zaira, Noa e Irina, sencillamente, gracias por todos estos años y por las preciosas palabras que me dedicasteis.


Palabras que ahora, con vuestro permiso ya confirmado, voy a reproducir aquí para todas aquellas personas que me quieren, me leen y no pudieron estar cuando lloré escuchándoos.


Lo que escribisteis de fiesta, a la seis de la mañana, en las fiestas de Hortaleza, lo copio aquí, con mi nombre cambiado. La otra despedida, más descansadas y un poquito menos eufóricas, que os vinisteis muy arriba,la que me leísteis en el local la pongo en la foto que acompaña la entrada.


Vamos al lio:


El juvenil femenino, campeonxs de liga
Skinhead chocolatero, qué vamos a decir que ya no sepas. Grupalmente agradecemos toda la ayuda que nos has dado. En los momentos buenos pero, sobretodo, en los momentos malos ya que no todo el mundo se queda en esos momentos difíciles. Por alegrarnos el día, con una simple broma tuya, con motes como Purpurino, Patatitas o el mítico Seventwice.

Tu eres realmente la viva imagen de Alacrán. Debido a tu empatía has generado que todo el mundo te quiera. por tu disponibilidad hacia nosotras incluso un sábado a las tres de la madrugada (nada turbio) y también por la forma en que transmites lo que piensas sin gritarnos ni condicionar nuestra opinión.

Al final de esta temporada nos has transmitido lo orgulloso que estás de nosotras por seguir unidas a pesar de todos los problemas que tuvimos pero la verdadera razón por la que seguimos adelante es porque tenemos el mejor puto entrenador que puede haber, el verdadero pilar de este equipo y esta asociación.

Contigo hemos empezado y cerrado la etapa de adolescencia, siendo tanto nuestro entrenador como psicólogo, ayudándonos a madurar y expresar nuestros sentimientos de una forma sana. Te queremos skineto, nunca se nos olvidaran estos años.

Y skineto, aunque eres un poco tontito, te queremos con nuestro corazoncito.”


Para terminar decir que se que me dejo a mucha gente sin mencionar. A mucha chavalada que quizá se siente reflejada y a otra chavalada a la que no supe llegar, o la cagué y les hice daño. Porque a fin de cuentas somos mortales y metemos la pata, aunque sea con la mejor intención. Pero no puedo, ni quiero, citar a todo el mundo.


A quienes fallé, pediros disculpas por no haber sabido hacerlo mejor.


Y a quienes si llegué, aunque fuese un poco, daros las gracias también. Habéis sido más de doscientxs chicxs en este periodo entre aulas y campos. Compartiendo derrotas deportivas, males de amores, problemas en casa, resultados académicos (muchas veces catastróficos), dudas y miedo al futuro en tiempos de mierda, con una pandemia, campas urbanos, peleas, llantos y risas. También muchas risas. Os debo un montón.


Gracias por todo. Por aguantar mis liosos entrenamientos, mis despistes en los partidos, mis cagadas en los cambios, mis chapas en los entrenamientos y después de los partidos, mis enfados y mi humor sarcástico, políticamente incorrecto. Gracias por aceptarme como soy y abrirme vuestro corazón. Gracias por demostrar de nuevo, sin saberlo ni habéroslo propuesto, que lxs anarquistas tenemos razón y que la educación y el ejemplo son el único camino.


No hay mayor alegría, ni mayor honor, para un adulto con dos dedos de frente que el que un grupo de adolescentes crucen la calle para saludarle, darle un abrazo y ponerle al día de sus cosas. Aunque nunca los haya entrenado. Me lo habéis concedido durante los últimos doce años. Incluso gente que nunca estuvo en la entidad y me conocieron por vosotrxs.


Termina mi etapa en Alacrán. Mi primer fin de ciclo vital en años dónde me voy con la conciencia satisfecha y la certeza, os la debo, de que he hecho razonablemente bien las cosas. Pero no termina mi compromiso con vosotrxs. Sabéis donde encontrarme.


Nos veremos por las calles y por los campos.


Un abrazo.

Segunda carta de despedida




sábado, 14 de junio de 2025

La chica de Ometepe

 El calor era insoportable. El sol le llevaba castigando inmisericorde desde las siete de la mañana y ahora, que debían ser casi las doce del medio día, estaba convencido de que no bajaría de los treinta grados.  Pero el problema para Pedro no eran ese sol y esos treinta grados. A fin de cuentas su familia  era oriunda de Córdoba, las altas temperaturas eran algo a lo que creía estar acostumbrado.

    No, no era eso. Lo que mataba a este informático de más de ciento veinte kilos era esta humedad que, desde que se bajo del avión, siempre había estado por encima del ochenta por ciento.

    En el pueblo de sus abuelos hacía un calor que podía cocer a una iguana pero era un calor seco, llevadero, civilizado. Un calor del que uno podía escapar en una habitación oscura con una buena corriente o gracias una ducha de agua helada.  Pero aquí no. En esta mierda de país daba igual lo que hicieras. El calor era más que húmedo, era empalagoso, posesivo y asfixiante. Se pegaba al cuerpo como un caramelo chupado a medias y no había forma de librarse de el. Ni de día, ni de noche. El agua helada era una fantasía tan imposible de encontrar como un unicornio o una cama decente. Y, después de la ducha, antes de terminar de secarse las piernas ya le estaban sudando de nuevo las axilas.

    Debido a aquella combinación de humedad y calor, que le habían hecho pensar que ya podía saber como se sentían las langostas en sus últimos veinte minutos de vida, le habían salido unas rozaduras en la entre pierna que, a estas alturas, y pese a las toneladas de pomada que se aplicaba en los momentos de descanso, eran sendas autovías de carne enrojecida que le hacían ver las estrellas a cada nuevo paso que daba.

    Y, con cada paso y con cada firmamento, su odio aumentaba. Odiaba el calor y la humedad, claro, pero no sólo. Odiaba los mosquitos y las moscas que se turnaban día y noche para impedirle dormir lo poco que se podía dormir en esa sauna total que decía ser un país.
    Odiaba a la farmacéutica que le había vendido los repelentes en spray y en pulsera. Unos repelentes cuya inutilidad había quedado manifiesta ya la primera noche en la capital, la única que al menos disfruto de aire acondicionado y una cama digna de tal nombre. Eso había sido seis días atrás y, a día de hoy, creía firmemente que era un repelente de broma, una estafa.

    Odiaba la comida, cargada de cilantro, y la cagalera constante que tenía desde el segundo día pese a haber bebido sólo agua embotellada y cerveza. 

    Odiaba a sus compañeros de viaje pero, sobre todo, se odiaba a si mismo.

    Se odiaba a si mismo porque era perfectamente consciente de que eran su pacatería y su pusilanimidad la que le habían llevado hasta allí.

    Todo había comenzado unos meses antes. Clío, compañera suya de trabajo, hija de hippies y hippie del siglo XXI ella misma, después de una de sus rupturas de pareja le había propuesto irse juntos de vacaciones. El, que estaba enamorado de ella en secreto, aceptó de inmediato.

    Tenían ya tres posibles destinos, meticulosamente desarrollados por si mismo. Uno por Escocia, otro por centro Europa en tren, y el último era Islandia dónde no se veía muy ducho para algunas actividades pero le consolaba saber que al menos estaría fresquito. 

    Sólo quedaba comprar los billetes. Pedro pensaba hacerlo por Internet que, con tiempo, solía permitir encontrar buenas ofertas pero, entonces, la loca de Clío tuvo otra de sus grandes ideas. Al parecer una conocida agencia de viajes lanzaba una oferta especial para menores de treinta años con miles de vuelos a todo el mundo tirados de precio.

    La ocurrencia incluía pasar la noche en la puerta de la oficina para entrar de los primeros, antes de que volaran los mejores billetes. Evidentemente, pese a parecer le absurdo pasar una noche entera en la puerta de una agencia de viajes del centro de Madrid a primeros de febrero, dijo que si.

    No fueron los únicos que habían tenido esa idea y cuando llegaron, a eso de las once de la noche, ya había dos docenas de jóvenes despanzurrados en una suerte de cola. Todo fue bien, por decir algo, hasta que Clío regreso de una de sus excursiones para orinar acompañada de un fulano. 

    El tipo, bastante espigado, con pendientes en la nariz, las orejas y las cejas llevaba el pelo recogido en una especie de moño raro hecho con sus propias rastas. Si bien ella se lo presentó como Juan Carlos, alumno del postgrado de antropología que impartía su padre en Somosaguas, el dijo que prefería que le llamasen Charlie que, además de ser neutro, en germánico antiguo significaba “hombre libre”.  

    Antes de la apertura de la sucursal, Charlie, había convencido a Clío de que viajar por Europa, “ese viejo y podrido continente sin alma” dijo literalmente, era una perdida de tiempo. La verdad, la aventura y el crecimiento personal estaban más allá del mar, hacía el sur y hacia el oeste. Después de aquello se despidió y se fue con sus amigos. Unas horas después Pedro salía de la agencia con dos billetes destino Managua para el próximo mes de agosto.

    Previsor como era se preparó el viaje lo mejor que pudo. Lo más interesante, pensó, sería visitar Granada, los pueblos blancos cerca de Masaya y, sin dudarlo, pues todo el mundo hablaba maravillas del lugar en blogs y webs, la isla de Ometepe. Un paraíso natural que encantaría a su compañera.

    Al día siguiente de su llegada, por la tarde, al llegar al hotel que tenían reservado en Granada se torció todo. De repente llamaron a la puerta de la habitación y apareció Clío dando saltos de alegría de la mano del tal Charlie. Este, que al parecer estaba estudiando a no se sabe qué pueblo originario de Guatemala, se había tomado unos días libres para darles una sorpresa y hacerles de guía. Ahí comenzó el infierno.

    El nada inocente antropólogo tuvo a bien dar por bueno el itinerario que habían diseñado sus victimas pero nada más. 

    En cada pueblo deshechó sistemáticamente los lugares elegidos por Pedro para comer y dormir sustituyéndolos por lugares “auténticos” donde mezclarse con la población y conocer mejor sus costumbres y su forma de vida.

    El imbécil, Pedro no podía verlo de otra forma, trataba de regatear por todo y, cuando se le decía que esas cantidades por las que litigaba no eran nada para ellos pero si suponían una buena ayuda para los nicas contestaba, con tono y mirada condescendientes, que pagar sin más era una falta de respeto hacia los pueblos visitados y que, además, ese punto de vista era elitista y estaba cargado de asistencialismo barato. La única forma de no ofender era comportarse como uno de ellos.

    Esto lo decía sin despeinarse, mientras se atusaba las rastas, vestía unos pantalones de tela morados a rayas y calzaba unas sandalias que nadie en su sano juicio llevaría en un país con no menos de una docena de animales e insectos cuya picadura era mortal de necesidad.

    Todo esto rumiaba Pedro mientras bajaba la ladera del volcán Maderas, tan sólo acompañado por su bilis y por las estrellas de dolor que sentía a cada paso debido a las rozaduras.

    La noche anterior, en un tugurio miserable a las afueras Moyogalpa cuidadosamente seleccionado por ese piojoso aprendiz de De La Cuadra Salcedo Pedro había llegado a su límite.

    La habitación para tres que les habían dado constaba de una cama grande y una especie de catre de playa. Charlie y Clío decidieron que Pedro dormiría mejor sólo, más cómodo, y se apropiaron de la cama. Cuando, incomodo, sin mosquitera, escocido, y medio asfixiado por la humedad de la isla pensaba que la cosa no podía ir a peor escuchó como sus compañeros de habitación empezaban a follar pensando que ya se había quedado dormido. 

    A la mañana siguiente, sin dormir, mientras su amiga y el parásito mortal que se las había unido en Granada roncaban a pata suelta, Pedro les dejó una nota y se marchó.

    De eso hacía ya cinco horas. Había subido al volcán en Taxi y ahora bajaba a trompicones y desorientado. Quería ir a un sitio llamado Punta Zopilote, pero le resultó evidente que se había perdido.

    Tras un par de horas más dando tumbos y con ganas de llorar llegó a lo que parecía una pequeña aldea de pescadores. Pese a lo turístico de la isla aquí apenas había comercios y, los que había, eran de calle cómo los que había visto ya mil veces por todo el país. Entró por la carretera de tierra desde el norte del pueblo y comenzó a buscar un sitio dónde sentarse a tomar un delicioso y cálido refresco.

    En esas estaba cuando vio algo que le revolvió las tripas. Dos hombres, oscuros de piel, uno de ellos gordo y sudoroso y otro seco como un palo, vestidos con el uniforme negro y azul de la policía, se reían de una niña que recogía mercancía desparramada por el suelo.

    - Esto es lo que le pasa a las chigüinas que no pagan los impuestos municipales, dijo el más seco, mientras el gordo se reía y se enjuagaba la cara con un pañuelo blanco.

    La niña lloraba y balbuceaba unas palabras cuyo significado Pedro no entendía. No obstante, nunca supo si fruto de la insolación, la deshidratación o el cúmulo de odio atesorado durante años de apocamiento, decidió agacharse a ayudar a la pequeña para recoger sus cosas justo en el momento en que el gordo pateaba una pequeña escultura de madera. Muy cerca de su cara.

    Antes de que los policías pudieran decir nada y ante ese gesto Pedro explotó con una furia que no había mostrado en toda su vida. Se levantó de un salto y, ante la mirada atónita de los vecinos que empezaban a salir a la calle con la bajada del calor, les acusó de sátrapas, cobardes y corruptos. Les preguntó dónde quedaba toda esa propaganda revolucionaria que había visto en las grandes ciudades hablando del bienestar de los niños y la importancia de la solidaridad. Les regaló algunos epítetos que nunca supo si habían llegado a entender amenazando con contar eso a todos sus amigos en España para vergüenza de la tierra de Sandino y Rubén Darío.

    Cuando se calmo pudo ver las muecas de espanto en todos los viandantes y al gordo que se le acercaba dispuesto a romperle el lomo. Este fue sujetado por el delgado que le dijo algo al oído.  Con ira contenida en su rostro se dio la vuelta y enfiló hacia una pick up aparcada en una esquina cercana. Antes de marcharse se giró y dijo:

    - Andese con ojo gringo, esta tierra puede ser peligrosa cuando se camina sólo.
    
    La niña le dio las gracias y le regaló una cruz de madera decorada con semillas de pimienta antes de salir corriendo. 

    Siguió andando por el camino principal, casi el único, pero la gente se apartaba a su paso o miraban al suelo dejando claro que no tenían ninguna intención de intimar con quien había desafiado a la autoridad. 
    
    Empezaba a dimensionar su error y a sentir un ligero temblor en las manos cuando vio un pequeño quiosco de bebidas en la salida sur del villorrio.

    Poco más que una barraca, estaba decorada con unos viejos carteles de refrescos más viejos que el propio Pedro. Subió unos escalones y eligió una de las cuatro desvencijadas mesas vacías que había en el local. No había más clientes. Un vetusto retrato de César Augusto Sandino completaba la decoración.

      En la barra había una mujer joven de piel cobriza, ojos negros, oscuros como pozos, y una larga melena ondulada del mismo color. Vestía una camisa gris, remangada, y medio abierta por la que podía verse el sudor fruto del calor asfixiante, una falda blanca por las rodillas y una alpargatas del mismo color.

    Antes de que el pidiese nada la mujer le sirvió una Pepsi helada en una botella que parecía sacada de un capítulo de verano azul. 

     Ha sido usted muy valiente-dijo- con una voz profunda y cálida.

    - Bueno, si he de serle sincero, nunca antes había reaccionado así. Pero es que me enervó esa tremenda injusticia.

    Así fue como Chuca y Pedro comenzaron a hablar.

    No supo cuanto tiempo estuvo allí pero se sintió reconfortado desde el principio, hasta le dolían menos las ingles. Esa muchacha, más joven que el, le inspiraba una gran tranquilidad y, al mismo tiempo, le excitaba enormemente. Aquellos ojos parecían pedirle que la besara a cada instante.

    Al cabo de un rato ella le dijo:

    -No creo que vengan hoy clientes, menos aún con usted aquí. ¿Quiere que le enseñe un bonito rincón junto al lago para nadar a la luz de las estrellas?

    Mientras caminaban en silencio en dirección a lugar y Chuca esquivaba dulcemente un torpe intento suyo por cogerla de la mano Pedro pudo observar que se había levantado algo de viento fresco y unas nubes se acercaban al sitio al que se dirigían.

    Llegaron a una pequeña cala de arena blanca oculta del resto de la costa por una densa maleza y se quedaron mirando fijamente a los ojos con  los cabellos de ella mecidos por un viento en aumento. Se disponía a besarla cuando una voz conocida detrás de el dijo.

    - Vaya, el rubio se ha perdido en una zona peligrosa pese a que fue debidamente advertido por la autoridad competente. Y culpable de estupro nada menos.

    Pedro se giró asustado. Frente a el, armados con sendas porras, y con  las camisas pegadas a su cuerpo por el fuerte viento y el sudor, estaban los oficiales de policía que un rato antes y con público se habían contenido.  Ahora no parecían tan comedidos.

    Mientras ellos superaban un tronco caído a mitad de camino entre ellos notó que Chuca se movía tras el.

    Los policías se quedaron congelados. Sus ojos clavaron la mirada en la mujer que había tras el español y se llenaron de terror mientras un grito que parecía salido de  lo más profundo del infierno rasgaba el aire. Pedro quedó inconsciente.

    
    Cuando despertó había perdido la noción del tiempo. Tumbado en el suelo de la playa pudo ver que era de día. Se palpó el cuerpo. Todo parecía en orden. 

    Al intentar moverse una voz dijo:
    
    - El gringo está vivo!

    Dos hombres le ayudaron a levantarse mientras una anciana inspeccionaba el lugar ayudada de un bastón. Al mirar a su alrededor vio a los cuerpos de los policías inertes justo dónde los había visto antes de perder el conocimiento. Se acercó y quedó helado, por primera vez desde que había llegado a ese país, al ver que tenían el cabello completamente blanco y el cuerpo como si les hubiesen sorbido la sangre, pálido. Sus ojos mostraban un terror más allá de lo humano.

    
    De regreso al pueblo, al pasar por el camino sur, observó que el quiosco de Chuca estaba totalmente destartalado, como si hubiese sido abandonado hace tiempo, se paró y preguntó.

    -¿Y Chuca? Tras lo que describió a la mujer.

    La vieja le miro fijamente a los ojos y le contestó:

    - Su nombre no era Chuca, si no María Verónica. Fue asesinada y violada por miembros de la Guardia Nacional, allá por 1978, acusada de pertenecer al Frente Sandinista. Nadie nos atrevimos a ayudarla. La niña a quien usted ayudó es su nieta.
    
    - Pero yo...

    - Usted no la vio a ella, si no a la Siguanaba. Y sólo gracias a eso – dijo señalando el regalo de la niña del día anterior-  es que sigue usted vivo.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Un loro antifascita

    Corría el año 1995 y yo había terminado con un éxito moderado, pero aparentemente suficiente, mi curso de COU y las pruebas de selectividad que daban acceso a la universidad. Por delante tenía el que debía ser el mejor verano de mi vida lleno de aventuras y amoríos, plagado de expectativas adolescentes.

    Lo que inicialmente iba a ser un viaje de interrail por  Reino Unido, Francia y solo Dios sabe que más lugares “exóticos” con mi amigo Cándido, mi mejor compinche de aquél periodo, que, cómo yo, era medio punki y vivía a ratos en mi barrio. Por falta de planificación y, sobre todo, por falta de fondos, acabo siendo un viaje en tren hasta Posada de Llanes, un pueblo de Asturias dónde el veraneaba y creía que podíamos conseguir un alojamiento asequible.

    Para llegar a aquél resort de ensueño punk, que acabó resultando en una estancia de quince días en la planta alta de una antigua casa cuartel semi abandonada, sin baño, una cocina infecta y con una rata ladrona de queso de Cabrales, hicimos noche en Oviedo.

    No es que hiciese falta, porque viajamos a Asturias en un tren nocturno, y perfectamente podríamos haber ido del tirón a ese paraíso en la tierra pero, por petición de mi compañero, decidimos pasar un día en la capital asturiana.

    Durante su viaje de fin de curso, apenas dos meses antes, su ruta por Italia había coincidido en itinerario con el de un colegio de monjas de Oviedo y de etapa en etapa, de hotel en hotel, se había rozado brevemente con una moza. Habían quedado en volver a verse.

    Así pues nos bajamos del tren mi amigo, su guitarra, su mochila, mi  loro, mis dos mochilas y yo.

    Para lxs mxs jóvenes de mis lectorxs aclararé que mi loro no era un ave tropical verde y parlanchina que me acompañaba a todas partes. Loro era una de las formas que teníamos de llamar a los radiocasetes, cuanto más grandes mejor, con los que en aquella época nos llevábamos la música a todas partes. Ya estaba un poco mayor, consumía muchas pilas enormes, y cómo se había roto el botón para abrir la pletina, tenía que hacerlo con un bardeo, pero eran los 90 y aún practicábamos el ensañamiento sanitario con todo tipo de chismes. Sólo se tiraban las cosas si de verdad, de verdad, de verdad, no había arreglo posible.

    Cómo era de esperar el mío iba decorado con un montón de pegatinas anarquistas, comunistas modificadas para que no se vieran sus siglas y una más, gigante, que era una esvástica tachada, dentro de una señal de prohibido, con el ingenioso lema “Nazis No”.

     Tras un breve paseo estábamos ante el portal de la casa de la moza, cerca de la plaza de toros. Eran las ocho de la mañana.

    La muchacha, cuyo nombre no recuerdo, nos llevó a un parque cercano y nos trajo de vuelta al mundo real. Le gustaba mucho Cándido pero, al parecer, había ciertos detalles que o bien mi colega desconocía o no había ponderado en su justa medida.

    La chica, a la que a partir de ahora llamaremos Gáudi, estaba de novia con un chavalote de por allí. Pero de novia, muy novia. La madre le conocía, todas las amigas le conocían, las monjas le conocían...

    Para colmo de males el mozu, al que a partir de ahora llamaremos Pelayo, porque tampoco recuerdo su nombre, también tenía sus preocupaciones por cuestiones sociales, era bastante celoso, y le gustaba un pelín el fútbol. O, al menos, ir al estadio del Oviedo dónde se juntaba con el resto de la hinchada nazi de la que formaba parte. Debía de ser de nuestra edad porque al parecer andaba liado a esas horas sacándose el carné de conducir. Y, por lo que nos contaba Gaudi, era el cabecilla de su panda de jóvenes demócratas.

    La situación mejoraba por momentos.

    No se muy bien porque pero decidimos que manteníamos el plan inicial. La decisión, sabia como pocas, debió tomarla la entre pierna de mi amigo. Yo, romántico cómo siempre, debí decidir ponerme del lado del amor. Aunque, una vez más, fuese el de otrxs.

    Gáudi, que debía vivir en un mundo paralelo en el que los fascistas y los anarquistas se comportan como en una opereta victoriana, se fue a comentárselo a la madre.

    La buena señora se negó a darnos cobijo pero consiguió que nos dieran habitación en una pensión situada en la calle Fuertes Acevedo, un poco más arriba de la plaza de toros. Una pensión que vivía de alquilar cuartos a los juveniles del Oviedo y que fuera de temporada tenía las habitaciones muertas de risa.

    No se que hicimos durante el día pero se que por la noche nos fuimos de farra con Gáudi y sus amigas que estaban todas bastante preocupadas. Al parecer los colegas de Pelayo nos seguían de cerca para ver que hacíamos los de Madrid con su novia.

    Cándido y yo nos comportamos como perfectos paga fantas punkis y, salvo alguna gamberrada menor (parece ser que aquella noche alguien se llevó la placa de la Avenida del Coronel Aranda de recuerdo) y alguna pegatina para que supiesen que los del KAHL habíamos estado por allí, no pasó gran cosa.

    Al llegar a la pensión nos despedimos de las amigas de la Mata Hari ovetense y mi amigo, ella y yo nos subimos al cuarto. Yo me dormí al instante y no sé que pasó entre ellxs.  Sólo se que, al despertar, ella no estaba. Mi colega me dijo que estaba abajo, esperando a para acompañarnos a la estación del FEVE, el ferrocarril de vía estrecha que necesitábamos para llegar a nuestro destino.

    Al salir del portal Gaudi nos esperaba con una cara a mitad de camino entre la sorpresa y el terror. Junto a ella estaba el mismísimo Pelayo, con una bomber verde oscuro, el pelo negro rapado, unos vaqueros recortados, y unas Doc Marteens negras impolutas atadas con unos cordones blancos. Creo, la memoria me falla, que llevaba una hebilla de bulldog con la bandera de España. Un hermoso caudillo visigodo.

     En un segundo plano, expectantes, como tantas otras veces habíamos visto, una jauría de asesinos en potencia saboreando el momento.

    No vi otra salida y actué con rapidez.

    Cogiendo mi loro fuertemente por el asa me acerqué directo a el y le dije:

-Ostias tronco, que detallazo, te has saltado la auto escuela para venir a echarnos un cable con el equipaje!

    Acto seguido le di la mano derecha y, con la izquierda, le di mi loro lleno de pegatinas. Antes de que pudiese decir nada le encasquete, también, una de mis mochilas y la guitarra de Cándido.

    Desconcertado balbuceó un si, claro, y emparejandome con el le pedí que me guiara hasta la estación dejando que mi amigo y su novia hiciesen todo el trayecto juntxs. Yo le dí conversación todo el camino, siempre en tono sarcástico y sin dejar que mirase atrás o interactuase con los artífices de sus celos.

    La estupefacta piara de aprendices de nazis nos seguía en la distancia, supongo, que sin saber muy bien que hacer ni que demonios estaba pasando. Ese no era su guion. ¿Porque no había hostias? ¿Porque Pelayo cargaba con mis cosas y asentía a mi monólogo incesante?

    En la estación del FEVE le di la puntilla. Cogí mis cosas, le dí las gracias, y, delante de ese grupo del que había sido líder hasta ese momento, le di un enorme abrazo y, con una sonrisa de oreja a oreja, le dije que si bajaba a Madrid mis amigxs y yo le trataríamos de maravilla.

    Nunca más supe de el. Me subí al tren entre divertido y aliviado y me fui de allí sabiendo que no nos habíamos salvado por las pelos si no más bien por las plumas. Las de mi loro anti fascista.