lunes, 21 de septiembre de 2020

Alcoholes y rencores (capítulo 4, parte 2)

Entraron en la parroquia más cercana. Allí, con unas cañas y una tapa de oreja a la plancha, la compañera le puso un poco al día de los últimos acontecimientos. Al parecer Esteban y Carolina, que se habían líado la misma noche que él conoció a Magdalena, se habían ido juntos con los paralelos, que era la forma despectiva que tenían en la CNT oficial de llamar a aquellos que se habían escindido de la organización. Manuel se dedicaba a las farmacias, pero no como ella, sino que estaba enganchado al caballo y andaba pagando palos; en cuanto a Esteban no sabía nada de él. Ni ella ni nadie. Era como si se lo hubiese tragado la tierra.

La puesta al día duró más o menos lo que duró esa ronda. El silencio se podía cortar entre el par de compañeros de sindicato. Los ojos de Teresa se posaron, amables, en los de él y mientras le agarraba la mano sobre la mesa beige del bar se acercó para besarle suavemente.

 Ella no vivía lejos de allí y fueron a su casa. Fernando se dejó llevar en todo momento por la iniciativa de la afiliada de químicas, sin estar muy seguro, pero necesitado en su soledad de contacto humano. De calor. De cariño.
        

Desde su duda forzó una pasión que en ese momento no sentía. Le quitó el jersey de cuello vuelto y, muy torpemente, fue derrotado por el sujetador negro de la compañera. Mientras ella  se desembarazaba de tan poderoso enemigo él se quitó los pantalones.
 

Se tumbaron y tras unos cortos besos y unas torpes caricias la mujer morena se tumbó sobre él y, poco a poco, ayudada de su mano derecha, empezó a introducirse la polla  en su cuerpo. Una vez que hubo terminado le empezó a montar suavemente.

Al principio Fernando disfrutó  de la incomparable sensación de piel y carne húmeda en contacto con su piel pero duró poco. La escasa luz que entraba de las farolas de la calle fue suficiente para iluminar el cuerpo de su ocasional amante. El tronco delgado y la piel excesivamente blanca destacaba por contraste con la larga melena azabache. En otros momentos de su vida, en los que había llegado a imaginar este encuentro de una manera muy diferente, se hubiera sentido feliz de estar con una mujer tan bella. Sin embargo, hoy no era ese cuerpo de piel clara con el que quería compartir. Cuando, subiendo sus brazos por los costados de ella, alzó la vista para descubrir un cuello desnudo del que no colgaba ninguna cruz de madera se sintió en la necesidad huir.

La tumbó con desgana boca arriba sobre la cama y empezó a llevar el ritmo, en una postura que en realidad no le gustaba nada. Abrazándola y con la cabeza pegada a la de ella aceleró sus embestidas, rítmicas e insensibles, con el fin de terminar cuanto antes. La respiración de ella había cambiado, intuía que no disfrutaba tanto como antes pero hoy le daba igual. Terminó en seguida y sin casi esperar se tumbó también mirando al techo, a su lado, pero sin llegar a rozarla.

Teresa se giró para mirarle. En silencio, apoyada sobre un codo, comenzó a acariciarle la barba rizada.  Pudo ver que en su mirada qué más qué reproche había ternura y preocupación. Le dijo algo que no escuchó porque estaba empezando a ser dominado por un sentimiento de suciedad y de rabia. Se mantuvieron juntos, desnudos, empapados de flujo y sudor frío, el uno al lado de la otra durante un tiempo que a Fernando le pareció eterno. El ambiente era gélido hasta tal punto que nadie que viese la escena desde fuera y sin conocerlos podría sospechar que hacía años que eran amigos y compañeros de lucha.

Incapaz de sostener más la situación, cuando Tere se acercó para besarle la comisura de los labios, se incorporó bruscamente esquivando el gesto de cariño.

Me marcho, dijo, en tono seco, mientras se ponía los pantalones.

Teresa se puso el jersey en silencio y le acompañó hasta la puerta.  Se marchó con las manos en los bolsillos de la cazadora y la mirada puesta en el suelo, escaleras abajo. Escucho, sin darse la vuelta, en tono a mitad de camino entre la afirmación y la pregunta que le llamaría al día siguiente. No se volvió ni se molestó en contestar. El sonido de la puerta le acompañó mientras doblaba el recodo del descansillo.

    
Deambulo por el barrio sin rumbo fijo, cargado de autocompasión y lamentándose por la mala suerte de haber perdido dos amores en poco más de un año. Convencido de que ya nadie le amaría. Se sentía el centro incomprendido del universo y objetivo de una venganza injusta y divina que bajo ninguna circunstancia se merecía.  Fue así, cargado de amargura, como llegó a un club anunciado con unas letras de neón azules y con una puerta iluminada por una bombilla. Abrió la puerta y bajó las escaleras. Pensó en lo poético que era estarse acercando, de manera física, a ese infierno en el que ya se sentía en lo personal.  
 
 
En el momento en que entró había más gente pero contrariamente a su costumbre no les hizo el menor caso. Se pidió un whisky y se dedicó a retozar en su particular ciénaga de sentimientos. Ignoró a las dos chicas ligeras de ropa que se le acercaron para que les invitase a una copa. No tuvo noción del tiempo hasta que la mujer de las uñas color pollito le devolvió a la realidad con su petición de cierre. Era evidente que había estado mucho más tiempo del que pensaba metido en su cloaca.



Meaba entre dos coches cuando oyó como la mujer y sus dos compañeras terminaban de cerrar el garito echando una chirriante valla metálica de cortina. Escuchó que hablaban de lo mal que había ido la noche y de los hijos de la más mayor, la que le había vendido el tabaco. Lo último que entendió, antes de que la distancia desdibujase las voces y el ruido de los tacones contra el suelo, era que la hija  preparaba el desayuno al pequeño y le llevaba al cole para que ella pudiese descansar hasta medio día.

Se cerró la bragueta. Miró alrededor. En el letrero apagado podía leerse “Club Inverness” y, a su lado, un dibujo representaba a una chica vestida solo con escote y medias largas sentada de manera imposible sobre una copa de champán ridículamente desproporcionada.  Los edificios le parecían vagamente familiares. Juraría que no estaba lejos de Puerta Bonita.

Caminando con las manos en los bolsillos de la trenca y pensando en la rubia del antro que acababa de cerrar se díó cuenta de que si no tenía cuidado se iba a convertir en un hombre repugnante. Cobarde, egoísta y autocomplaciente. Se avergonzó de ahogarse en problemas de niño bien y corazón roto. Precisamente el que, por oficio y militancia, sabía de verdad como sufre la gente por el mundo.

Sintió que había tocado fondo y decidió que nadie tenía porqué comerse su mierda. Ni sus amigos, ni sus compañeros, ni mujeres anónimas atadas como galeotes a una barra sucia y pringosa.

Si todavía estaba disponible aceptaría el trabajo que, la semana anterior, le había ofrecido su primo como corresponsal para uno de los periódicos más importantes del país. La situación en destino se tensaba por momentos y la incorporación era inmediata. Solo tenía que preparar los bártulos, vacunarse y encontrar valor para disculparse con Teresa por haberse comportado como un cerdo.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Espurgos de domingo II

 

Decía, bueno dicen que decía, Diógenes que el equipaje debería ser tal que no te arrastrase al fondo en caso de naufragio.
Como yo pienso que el naufragio es inevitable sigo aligerando el mío. Ahí os pongo el espurgo de la semana. Al final foto borrosa.

- La insoportable levedad del ser, una edición de kiosco. Este os interesa por si váis de culturetas. No sea que al vejestorio de Kundera le den un Nobel antes de espichar y os toque ir corriendo a Traficantes de Sueños a descubrir que, de repente, se han agotado los ejemplares del insigne autor checo.

- Noam Chomsky para principiantes. Yo siempre he pensado que esta colección es la mayor estafa de la historia ya que hasta Hegel resulta más fácil de leer de su puño y letra que después de ser destripado por estos supuestos divulgadores. Si nos metemos en un autor tan asequible como el bueno de Noam es ya una broma de mal gusto. Ideal para regalar en un cumpleñaos de esos que todo el mundo lleva mierdas que no necesita, en este caso con la esperanza de que le toque a alguien que nos caiga especialmente mal.

- El Bucle meláncolico, de Jon Juaristi. En fin, allá quien quiera dar credibilidad a un tipo que en 20 años pasó de estar en la linea dura de ETA Político Militar a la linea dura del PP. No tengo nada contra los bipolares si están medicados pero como historiadores no me inspiran confianza. Sin más. Ah, si. Perdón. Habla de la trayectória del nacionalismo vasco desde antes de Sabino Arana. Con sus cositas, claro.

- Lo que el trabajo esconde, de varios autores. Lo editó Traficantes de Sueños antes de volverse adictos a los tostones italianos (no, no hablo de recetas culinarias). Basicamente se trata de una compilación de trabajos de un montón de universitarios, que no han visto una obrera textil en su vida ni han hecho tampoco un turno en una franquicia de comida rápida, en el que le cuentan a otro montón de univeristarios de la misma calaña lo que es el trabajo.Mano de santo contra el insomnio.

- Instituciones y derecho de la unión europea, de Aracelí Mangas. Hubo un tiempo, en 2015, en que todo parecía posible. Incluso que yo trabajase para un eurodiputado. Lo adquirí para saber distinguir, al menos, el bufet de diputados de la Comisión de Derechos Humanos del congreso en Bruselas. Si quieres ligarte a un/a opositora a Técnico de la Administración Central darle éste libro es quizá la única forma que tendrás de verle/a en los próximos cuatro años. Yo no lo despreciaría tan facilmente.

- Entre el deber y el Motín, de Marcus Rediker. Editado por anti persona es una obra pelín extensa pero muy interesante que aborda lo que siempre quisiste saber sobre las relaciones laborales de los marineros anglosajones de los siglos XV,XVI Y XVII. Una locura. Te cuenta hasta lo que comían los miércoles de cuaresma los marineros calvinistas. El caso es que Radiker, junto a Peter Linebaugh, escribió uno de los mejores libros sobre el tema que he leído. "La hidra de la revolución" (estáis que os lo regalo) y su divorcio académico es una muestra más de que el trabajo en equipo siempre es mejor y de que los personalismos son destructivos no solo para las segundas temporaads de las series de la HBO.

- El asedio, de Arturo Pérez-Reverte. Si, ya se. Es un machista y un españolista insoportable. Pero también lo es el vicepresidente del gobierno y por el pérfil de mis amigos y lectores es muy posible,si estás leyendo esto, que hasta le votases en las últimas elecciones y le defiendas a regañadientes ante tus cuñados. Volviendo al libro no es la mejor novela del capullín pero me la quedaría si no fuese porque me lo regalaron por dos lados distintos. A las malas, si eres muy optimista ante nuestro futuro inmediato, tiene un tamaño ideal para usarlo en la construcción de barricadas y parapetos. Y aunque os joda escribe y viste mucho mejor que Pablo Iglesias Turrión

lunes, 7 de septiembre de 2020

Privilegios y primigenios

Como muchos sabéis soy un fanático jugador de rol. El sábado pasado teníamos nuestra irregular partida mensual pero debido al exceso de horas de trabajo de la mayoría y a que yo, milagrosamente, había dirigido una partida la tarde anterior nos tocó improvisar. Es decir, que acabé improvisando yo. Narrando una partida de una sola sesión a "La llamada de cthulhu". Un juego de terror ambientado en las obras de Lovecraft. Si, ese que ahora inspira una serie en la HBO.

        Como soy muy tradicional decidí que ambientaría la partida en los años 20 del siglo ídem, que para quienes no lo sepáis es la ambientación en la que se pensó y diseño el juego original. Dado que los amigos con los que jugué esa tarde son veteranos les dí libertad absoluta para diseñar sus personajes. Solo les comenté que la partida estaría ambientada en Nueva Inglaterra y que transcurriría cerca de los bajos fondos de la ciudad de Arkham.
       

        En seguida surgieron las ideas. Un ex boxeador de origen irlandés, un barbero de oscuro pasado descendiente de alemanes, un patrullero corrupto también hijo de nacidos en la isla esmeralda y un músico vagabundo afroamericano.

        Yo no quise interferir pero si teníamos que interpretar bien los personajes, y yo tengo que ambientar decentemente la partida, ese jugador estaba a punto de vivir un pequeño infierno. No tanto por la calidad de la interpretación de cada jugador, algo a fin de cuentas secundario, sino por las dificultades que se va a encontrar el personaje de marras en un ambiente como el de los años veinte en los EEUU, siendo negro, en una zona como la que se desarrollaba la trama. Me vino a la cabeza la película Ragtime  de Milos Forman, muy recomendable, y la use como fuente de inspiración ambiental. No pude quitarmela de la cabeza.
        
        La partida fue bastante caótica y surrealista, algo no muy improbable en Cthulhu. Y terminó, dentro del juego, con un cadáver robado y profanado, una viuda asesinada por unos duendes grises de alcantarilla, un barbero inocente condenado a muerte y tres prófugos de la justicia. Lo más sorprendente, sin duda, fue el hecho de que sacaron todas las tiradas de cordura menos una y nadie enloqueció por los espectáculos bizarros en los que se vieron envueltos, que no fueron pocos. Aclaro, para los profanos, que en éste juego se tiene en cuenta que los espectaculos raros, violentos y desagradables afectan a la salud mental y es recurrente hacer tiraads para ver si la estabilidad emocional de los personajes aguanta o sucumbe.

         Fuera la cosa se saldó con un amigo que lo pasó bastante mal y cuyas intervenciones estuvieron muy limitadas. Su personaje no podía entrar en la mitad de los sitios a los que iban a investigar,le ignoraban o le insultaban y le faltaban al respeto de manera continua. Y eso que si intervine para que cambiase el nombre que había elegido, tirando de ese invento del diablo llamado Internet, fundiendo el nombre de tres conocidos músicos de la época y que había resultado ser ni más ni menos que el de Robert Edward Lee.


        Para los desconocedores de este personaje real, se trata del más reconocido general de las tropas confederadas durante la Guerra Civil de los Estados Unidos. Entre otras cosas se opuso al derecho al voto de los esclavos libertos tras la guerra y, a día de hoy, un héroe para gran parte de los supremacistas blancos en ese país.

         Me pilla veinte años antes, no le aviso, y le arruino la tarde hasta el punto de que me deja de hablar durante un mes.

        Después, cuando terminamos y nos fuimos a cenar, se dio una situación de reflexión en todos nosotros. Si en el salón de casa de un amigo, interpretando un papel en un juego por espacio de cuatro horas (fue corta la partida), sabiendo que cuando quieras lo dejas, meterse en la piel de un afroamericano, de una persona racializada, es una experiencia desagradable en la que te quedas fuera casi todo el tiempo ¿como es cuando no es un juego que puedes parar en cualquier momento y volver a tu piel blanca? ¿qué clase de vida llevas cuando en todo momento eres un ciudadano negro, o mujer, o trans, o sin papeles o varias de estas juntas y te sabes prescindible y machacable?
        
        No se como acabó el debate. Ellos fueron a un bar a cenar y yo me fui a sacar a Jack para no caer en la tentación de alimentos poco recomendables. Ahora bien, una vez más me quedó claro que incluso los que vamos por la vida de militantes y "aliados" tenemos la enorme suerte, cuando estamos cansados, de poder darle al botón de off para olvidar las miserias de la vida. Y los que podemos hacer eso nunca deberíamos olvidar que eso, sin duda, es un gran privilegio.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Alcoholes y rencores ( Capítulo 4,Parte 1)


 En enero y marzo publique, en tres entregas, un relato que ando construyendo. No es de lo que más éxito ha cosechado el skinhead pero aún así me apetece seguir con esta historia. Para las que la estáis siguiendo aquí va un capitulo suelto. Si he tardado tanto es porque entre el anterior y este debería ir otro, pero no consigo escribirlo y este que sería el cuarto o el quinto ya lo tengo "terminado". Como hice con la parte titulada "San Isidro labrador" os lo doy en dos entregas. El título es provisional y se aceptan propuestas de cambio, que a mi no me gusta nada.

Espero, por privado y en persona si es posible, vuestras críticas.





El eructo mudo de Fernando vino acompañado de una ligera arcada con sabor a whisky barato y bilis. El tímido vomito reprimido había venido a cortar sus reflexiones sobre la felicidad.

Un soliloquio de ebrio en el que para sí despreciaba a aquellos que se consideraban dichosos cuando simplemente se conformaban con una vida rutinaria y gris. Esa horda de epsilones que con su complacencia y sumisión apuntalaban el mundo de mierda que les tocaba vivir. Esclavos satisfechos en una existencia que transcurría entre anuncios y horas extra con breves descansos para gastar y endeudarse.

Pero no se lo reprochaba. Ni les culpaba tampoco. A fin de cuentas eran como los animales nacidos en los circos y los zoológicos, que nunca habían tenido la posibilidad de experimentar su fuerza y su libertad. Como esos canarios caseros que, cuando les habrían la puerta de su jaula, regresaban temerosos al poco de explorar el salón si es que se atrevían a salir de su prisión. No.

Su rencor eterno. Su odio casi vesiánico era para sus antiguos amigos. Para aquellos que después de haber sentido la adrenalina de la libertad, por breve que hubiese sido, habían vuelto corriendo a esconderse bajo las faldas de la tradición.  Los que habían sentido el viento en la cara, la hierba húmeda bajo sus piés desnudos y un horizonte abierto, sin vallas ni muros, en el que construir un nuevo futuro y lo habían cambiado por treinta denarios de plata. Fuesen estos en forma de despacho con moqueta, de éxito de ventas y taquilla, o de matrimonio estable. Aquellos con los que había compartido el vértigo del desafío en aquella luminosa primavera de rebeldía y ahora le habían dejado, solo y desnudo, expuesto a la intemperie en una noche de invierno que se prometía larga y terrible.


 A punto estaba ya de llegar el momento en que volverían,obsesivos, sus pensamientos sobre Magdalena y los motivos de su abandono cuando un nuevo intento de huida por parte de su flujo gástrico le obligó a centrarse en asuntos más perentorios.        

Tras llevarse el puño cerrado a la boca para apoyar el gesto de reprimir sus náuseas dejó el vaso en la barra pegajosa de madera. Estiró la mano  hacia su paquete de tabaco para hurgar sin éxito con los dedos en busca de un cigarro. Escrutó con sus ojos vidriosos por el hueco arrancado en la parte superior de la cajetilla  y estrujó resignado al guerrero azul que la adornaba, dejándolo caer sobre la barra. Por un instante se sintió como el antaño aguerrido combatiente celta que le miraba arrugado desde donde había caído.

-¿vendéis tabaco?
-Te lo vendo si te marchas guapo, que hace una hora que tendría que haber cerrado.
      
        Alzó la vista con la intención de hacer, desde su egoísmo primitivo y masculino, un comentario sarcástico sobre la contradicción entre el tipo de garito y las horas de cierre pero no pudo.
      
        La mujer que había tras la barra, la que podía ver ahora con las luces encendidas, era una persona de carne y hueso. El maquillaje barato cuarteado apenas podía disimular las ojeras y nada podía para ocultar la mirada cansada tras horas de trabajo.  Una bisutería de tres al cuarto adornaba un cuello en el que la piel empezaba a destensarse como el vestido que lucía. Un vestido por el que asomaban dos senos tan sometidos ya a la gravedad como  lo estaba Comisiones Obreras a la patronal desde los Pactos de la Moncloa. Los dedos de la mano, que ahora le tendían la cajetilla de Rex, estaban pintados de un amarillo chillón que quizá pretendiesen ir a juego con el tinte del pelo pero que sin la penumbra anterior resultaba demasiado histriónico.

        Reconoció el gesto al instante.Había visto antes esas caras de cansancio y de derrota. Las había visto y las había fotografiado. En la Standard Eléctrica. En Roca. En los mercados y en la hostelería. La historia de la izquierda hablaría solo de las grande huelgas y de los piquetes. De los héroes como Camacho y de los mártires caídos en la refriega.

        Pero él recordaba otras estampas. Más allá de las fotos para la prensa. De las sonrisas tras la asamblea y antes de la batalla. Imágenes en blanco y negro. En la parada del autobús o en los vestuarios. En los andenes del metro, en las cafeterías de empresa. En las puertas de atrás de las naves industriales y los almacenes. Durante los descansos para el bocadillo o para echar un pitillo.

        Los rostros de la extenuación. Y los rostros del miedo. Miedo a llevar siempre ese agotamiento a cuestas. A no tener un minuto. A la nevera vacia. A la soledad, con los hijos, tras un turno de ocho horas, y  quizá dos horas más de transporte público, para llegar a una casa por hacer. A empezar la segunda jornada laboral. A fregar. A comprar. A planchar. A echar números. A cocinar para cinco. A hacer posible, desde su anonimato y sacrificio, que se llevasen a cabo las batallas que se decidían en los despachos y los comités. A que todo siguiese igual mientras las fuerzas para soportarlo van menguando con los años.

        Sin poderlo contar si quiera por que sus madres lo pasaron peor; Por que no saben lo que es pasar una guerra; por la sensación de que se quejan de vicio. Sin poder protestar ante un marido, sindicalista  y con carnet del partido, que siempre está reunido. Construyendo un mundo nuevo sin pasar por casa más que por ropa limpia y comida. Generando más trabajo y sin dar nunca las gracias. Sin emitir una palabra amable ni tener un solo gesto de ternura. Ternura sepultada por años de rutina conyugal, por desaires, por silencios. Ternura reservada, llegado el caso, para algunas apariciones en público y los momentos en que quería algo más.

        Observó el rostro de esa mujer agotada y se preguntó, por un instante, qué pensaría de él. Y de todos los que eran como el. De esos hombres de bien. Padres de familia , o solteros, incansables luchadores que en momentos de debilidad, de aburrimiento o de asueto, se acercan por este local o algunos parecidos a pagar por compañía. A creerse graciosos y seductores a cambio de un vaso de garrafón disfrazado de marca.  A meterle mano a “las chicas” como si fueran objetos de su propiedad o bienes comunales para el uso y disfrute de los machos ibéricos. A que se les proporcione el descanso del guerrero.

        Sintió pena y asco de sí mismo. Sacó su último billete, azul, del bolsillo derecho y  dejó las quinientas pesetas sobre la barra. Con un precario equilibrio barruntó una suerte de disculpa y salió a la calle.
      
      
        El frío de la madrugada, seco, madrileño, le quitó parte del pedo y le hizo recobrar algo la verticalidad. Se sintió confuso. No tenía ni puta idea de donde estaba ni de cómo había llegado allí.

        Se levantó las solapas de su trenca forrada de borrego, comenzó a caminar buscando una avenida o calle reconocible.Trato de recordar, desde el principio. Como esos guías turísticos que se saben las cosas de carrerilla y, si les cortas, tienen que empezar de cero.

        Había salido, más bien huído, de casa a eso de las siete de la tarde. Desde la calle Tesoro, bajando por Marqués de Santa Ana, y subiendo por Pez había parado en el Palentino donde se  desayunó un sandwich vegetal y un segoviano. Después de media hora escuchando a dos veteranos del Informaciones discutiendo sobre las posibilidades de que se reflotase el periódico o pactar una jubilación aceptable salió sin destino fijo.

        Cuando se quiso dar cuenta, y tras un par de paradas técnicas en sendas tascas para combatir el frío, se vió en La Latina. No lo pensó demasiado y bajó por la calle Toledo. Dejó a su derecha el parque de bomberos sin dejar de sorprenderse, como siempre, de dos apagafuegos orondos,a los que tenía fichados hace tiempo, que se pasaban las guardias en la puerta. Sin importar la temperatura, siempre en camiseta, pese a sus más que aparentes cincuenta años. Encendiendo un cigarro tras otro y viendo la vida pasar.

        Con cierta envidia por la aparente felicidad ajena continuó su caminar. Cruzó el puente sobre la M-30 y enfiló, por inercia y sin querer, por pura costumbre, por unas calles paralelas a General Ricardos, con destino al Pasaje español. Para no ofender a las almas más puras del lugar apareciendo con una litrona de Mahou se ventiló un par de cañas rápidas en la parroquia más cercana y ya, por fin, se adentró en el callejón donde estaba situado el Ateneo. Un pequeño edificio que alojaba a uno de los núcleos libertarios más estables de la zona sur de Madrid y donde quizá podría encontrar algún amigo.


        Antes de llegar se topó con Teresa. Hacía algún tiempo que no se veían. Ella le comentó cómo estaba el panorama y, ante la opción de tener que acabar otra vez escuchando la discusión monotemática del último año y medio, aceptó tomarse algo con ella.

lunes, 24 de agosto de 2020

Seré un negacionista


La unión soviética de Stalin inauguró, entre otras muchas formas de represión, el uso por parte del “socialismo real” de la psiquiatría como herramienta de represión. Una practica que continuó tras la muerte del georgiano y muy probablemente hasta el fin de los días del paraíso proletario.

En su película “El intercambio” el cineasta Clint Eastwood nos cuenta la historia real de una mujer cuyo hijo ha desaparecido y a la que la policía entrega un niño distinto en su lugar como si fuera el suyo. Cuando trata de denunciar la negligencia y la corrupción del departamento de policía de Los Ángeles es encerrada en un manicomio para mujeres donde descubre que la mayoría de ellas están ahí por ser molestas a la sociedad, bueno, más concretamente por ser molestas para hombres con poder en la sociedad. Se las trata como locas pero es ahí, en su encierro, donde de verdad han perdido la salud mental.

A finales de los años noventa, en el área metropolitana de Barcelona, fue detenido un individuo acusado de quemar varias empresas de trabajo temporal. Actuaba solo. El caso fue juzgado en primera instancia y el propio fiscal del caso, en su petición final, desestimaba la prisión por considerar que ese individuo era como Alonso Quijano que a base de leer demasiado había perdido la razón. A fin de cuentas eso de la lucha de clases ya había sido superado y por ello recomendaba tratamiento psiquiátrico en lugar de prisión.

Tratar a los disidentes como locos, como enfermos mentales,es una idea de una perversidad tan grande como su genialidad. Mientras que el disidente político es un enemigo a batir que, llegado el caso, puede tener parte de razón y cuya persecución puede despertar simpatías, el loco es un ser carente de credibilidad y potencialmente peligroso. Se le aísla por su bien, pero también por el nuestro. Son irracionales, pasionales, violentos. Y, por supuesto, nada de lo que digan debe ser tenido en cuenta. Lastima es lo más que se nos permite sentir por ellos.

El loco no es disidente ni opositor. El loco no es torturado en una celda, sino tratado por su bien. El loco no sabe lo que dice ni lo que vive. El loco, a diferencia del represaliado, sencillamente no es.

El lunes pasado empecé a pensar en estas cosas. El domingo anterior, dieciséis de agosto, había convocada una manifestación en la Plaza de Colón de Madrid, no se se muy bien por quien, para exigir verdad y denunciar una serie de mentiras que a su juicio estaban teniendo lugar. Al menos eso rezaban los carteles fotocopiados que había pegados por los edificios de mi barrio.

Los programas matinales de la televisión, los periódicos, los informativos, las redes sociales y supongo que la radio, así como todos los ciudadanos de bien que me iba encontrando mientras sacaba a Jack o trabajaba en el estanco, jaleados por tan filantrópicas instituciones, clamaban iracundos contra la estupidez de los cientos o par de miles, que más da, que se reunieron en la capital del reino.

En un principio, claro, ver a tanta gente apretujada; muchos, que no todos, sin mascarilla, aparentemente poco organizados y con una mezcla de consignas poco definidas y muy variadas me generó el rechazo esperado. Mi leve hipocondría, mi condición cívica propia de todo buen anarquista, y mi exposición a la realidad de los últimos cinco meses hizo que me cayeran mal.

Sin lugar a dudas gente que dice que el virus no existe, que afirma que lo que quieren es meternos un chip en el cerebro para controlarnos, que ha sido un plan orquestado para acabar con nuestros abuelos y otras teorías por el estilo solo pueden ser una panda de locos. Ya está.

Pero el día y la semana siguieron. Por un lado con el ataque a los enajenados negacionistas -también a los insolidarios que se van de fiesta o no se ponen  mascarilla- y por otro con la ofensiva contra los Okupas que atemorizan a España.

Y empece a recordar. No digo pensar porque, por desgracia, rara vez dejo de pensar. Soy como ese personaje de Los Invisibles a los que su pareja acusa de estar pensando hasta cuando folla. Y me recordé a mi mismo la primera quincena de marzo.

Por aquel entonces, en el primer episodio de esta serie cutre y repetitiva en que han convertido nuestras vidas, discutí mucho. Con mucha gente.

Defendía entonces que estaba seguro, sin tener datos más allá de los públicos, que ésta pandemia no iba a ser tan mortal como parecía y que nos encontrábamos ante un experimento de control social a escala mundial. 

Más adelante, durante el confinamiento, y a veces en discusiones difíciles con amigos queridos por teléfono, seguí planteando que había partes del discurso oficial que no me encajaban con las cifras de contagios y de muertos.

En estos meses de soledad y miedo, mucho miedo, y mientras conversaba con amigos y familiares médicos y enfermeros, me venían machaconamente a la cabeza algunas películas y libros. En lo que a cine se refiere hubo dos títulos que se me aparecían una y otra vez. El primero, por motivos menos obvios de los que podáis llegar a pensar, era “Estado de sitio”, de Costa Gavras. El otro, “Cortina de humo”, de Barry Levinson. En cuanto a las lecturas destacaría también dos. “Principios elementales de propaganda de guerra” de Anne Morelli y “La doctrina del shock”, el mayor éxito de Naomi Klein. Quizá esto debería haberlo escrito antes del verano para daros tiempo a revisar las referencias que os apunto, pero igualmente os invito a que las echéis un vistazo.

A la salida del confinamiento, con mi gente más cercana aunque estuviesen lejos, el tema de conversación siguió, como nos pasa a la mayoría, girando en torno a la pandemia y sus consecuencias. Al menos al principio.

Hoy, meses después de aquellas acaloradas conversaciones en el parque con los perrunos, en vísperas del que quizá haya sido el acontecimiento social más traumático para los europeos blancos de las últimas décadas sigo pensando parecido.

Tened en cuenta el hecho de que soy un firme defensor de la teoría de la navaja de Ockham. Aplicado a nuestro problema es que asumo que el virus mutó, como estudié en B.U.P que mutan tantos virus, primero porque convivimos en exceso con especies animales cuyo hábitat hemos invadido de manera masiva y, segundo, porque podía hacerlo.

Asumo sin dudas que nadie lo fabricó en un laboratorio y descarto que nadie quiera meternos, de momento, un chip en el cerebro para controlarnos. Volviendo a la anterior teoría ¿para qué van a gastarse ese dineral en semejante invento cuando ya les funcionan fenomenal Internet y la tele y encima les pagamos por usarlas?

En mi entorno cercano, como para cerrar cualquier grieta por la que filtrar dudas, han fallecido cuatro personas; han enfermado unas dos docenas, algunas de ellas de bastante gravedad y cuatro de mis personas más queridas son sanitarias que han estado trabajando al pié del cañón. Atendiendo pacientes, firmando certificados de defunción y viendo morir pacientes en las UVIs.

Ahora bien, que el virus exista, que sea todo lo natural que pueda ser un virus mutado por nuestra depredadora expansión territorial y capitalista y que se haya llevado por delante a miles de personas que de no ser por esta irrupción hubiesen muerto de otra cosa en otro momento no significa que no haya motivos para pensar en las mal llamadas conspiraciones. Vamos allá.

En lo global el año 2019 fue un continuo de señales de alarma económica. Todos los indicadores hablaban de un nuevo ciclo de recesión y crisis. Por los mismos motivos de la de hace doce años pero con la gente más enfadada y mucho menos de donde rebañar.

Un ciclo de recortes y penurias que, estando tan reciente la crisis anterior, era presumible podría provocar más protestas, más virulentas y más organizadas que las de hace una década. Sobre todo ante el hecho de que lejos de reformar para mejor el capitalismo (cosa que por otro lado a mi me parece imposible), los poderosos, se han dedicado a acelerar su modelo criminal, a aumentar la explotación y su tasa de ganancia. Y los distintos gobiernos, todos, a gestionarles los tramites legales para ello.

El capitalismo global, haciendo como siempre de la necesidad virtud, ha logrado algo inaudito. Aprovechando un nuevo virus, peligroso, si, pero que a día de hoy en España tiene una mortalidad que ya no llega al uno por ciento, ha logrado, decía, algo nunca visto. No solo ha hecho parar de manera controlada la economía donde y como han querido, además han alcanzado un objetivo aún más importante. Sacudirse la responsabilidad de la situación de miles de millones de personas sumidas en la pobreza por su avaricia desmedida para endosársela a un bichito invisible al ojo humano. Así, la situación que se veía venir desde hace un año, ya no es una crisis fruto de su acción sino consecuencia de un accidente de la naturaleza.

En segundo lugar a escala global, con su proyección en cada país, esto les ha servido como un ensayo general. Como un estudio. Un experimento de ver cuanto tiempo, y que medios, son necesarios para aleccionar a la población y meterla en su casa; porcentajes de desafección y de afección extremas ante las medidas tomadas; las reacciones en redes y comunicaciones de millones de personas. Así como, a medio plazo, observar los efectos secundarios de todas estas medidas (depresiones, suicidios, medicalización, criminalidad, conflictividad social y laboral...). Esta gente si trabaja a largo plazo.

En lo concreto, esta pandemia, en muchos países ha servido para aplicar medidas más duras, en ocasiones dictatoriales, contra poblaciones en rebeldía mientras los focos miran para otro lado. En Chile, por ejemplo, el pueblo estaba por tumbar a su segundo gobierno consecutivo y peleaba por forzar la redacción de una nueva constitución. Ahora le represión continua contra los trabajadores, a los que se les saca literalmente de casa  para llevarles a trabajar y se les encierra de nuevo al terminar la jornada, y contra los Mapuches, a los que se les sigue asesinando impunemente para quitarles sus tierras mientras que las medidas ya no son oficialmente represivas sino sanitarias. Pero están también  Hong Kong, Ecuador, Palestina, Argentina...

En el reino de España hemos tenido el privilegio de ser el país que ha tomado las medidas más restrictivas de Europa occidental. No se puede esperar menos de un país que goza de un aparato estatal postfranquista y donde para los partidos políticos la democracia y la participación empiezan cuando se abren las urnas y termina cuando,ese mismo día, estas se cierran.

Una vez más no dejo de ver una manos oscura detrás de éstas medidas. Si bien acepto que en marzo, no queda otra, una coincidencia entre la gripe estacional con el nuevo virus haría colapsar los servicios sanitarios no dejo de pensar en la necesidad que tienen  quienes gobiernan, todos, ya sea el gobierno central y los autonómicos de magnificar la enfermedad, hablar de guerra y militarizar la sociedad, se da por una serie de motivos de los que comentaré un par.

El primero es que cuanto más grande es el reto más aceptables son los resultados, por magros que sean. Cuanto más enorme es el monstruo menos podría haber hecho el estado para prevenirlo. Como ocurre con la cuestión económica la “catástrofe natural” es un intento de apartar el punto de mira del hecho de que TODAS las comunidades autónomas están gobernadas, ya sea con mayoría o en coalición, por los partidos que aprobaron la infame ley que ha permitido descuartizar la sanidad pública durante los últimos veinte años, la 15/97.

Por otro lado el lenguaje bélico, el manejar una situación de pandemia y tratar un virus como a un enemigo permite a los poderes establecidos que una sociedad cierre filas como un ejercito y que los posicionamientos mayoritarios sean uniformes, en bloque. Es una forma sucia pero efectiva de laminar las críticas, sobre todo entre los propios colectivos sanitarios, al menos en un principio. A fin de cuentas, en tiempos de guerra, quien desde la base duda y cuestiona es un traidor y debe ser tratado como tal.

El ataque desde los medios a las posturas negacionistas, la ridiculizacón de sus posturas, el tratarles como tarados es en realidad un aviso para navegantes y una estrategia a medio plazo.

No se les discute, se les insulta. No se les debate, se les humilla. No se les da espacio, se les caricaturiza.

Al final el día solo nos queda estar con los sanos, los responsables, los obedientes o pasarnos a las filas de los desquiciados, los egoístas y los ignorantes. Sin medias tintas. Sin espacio para preguntarnos como puede ser que una enfermedad que una vez conocida y con medios adecuados mata menos que la gripe haya colapsado nuestro sistema sanitario -y parece que puede volver a hacerlo- o porqué los belgas no superaron el cuarenta por ciento de ocupación en UCIs al tiempo que el gobierno animaba a salir de casa, hacer ejercicio y vida sana desde la responsabilidad y el respeto a las distancias.

El problema que esto nos genera es que cuando la crítica social y el ejercicio de la libertad de expresión, por absurdos que nos parezcan sus planteamientos, son tratados como delirios sin sentido o síntomas de vesianismo lo que nos estamos jugando es el mismo concepto de democracia. Y esto no es casualidad. En política la casualidad casi nunca existe.

Como dije no dudo que las explicaciones más aceptadas sobre el virus son ciertas. Que lo están usando para atemorizarnos, vapulearnos, dividirnos, desposeernos y aleccionarnos tampoco. Aunque claro, supongo que eso es porque soy un negacionista.

domingo, 16 de agosto de 2020

Lo que han oído es cierto

Un buen librero, uno que se precie de tal título y que ejerza esa profesión en peligro de extinción, es algo así como un híbrido de maitre, confesor y camello. Y a los que nos gusta leer necesitamos tener unos cuantos de estos extraños personajes en la agenda, para cuando se nos acaban las existencias o simplemente por si el consumismo fetichista arrecia.

El problema principal es que como, a pesar de todo, son humanos y necesitan vender libros, tanto para pagar las facturas del banco como para saciar el apetito de su auto estima profesional, saben estrujar esos fetichismos particulares de cada cliente lector y convertirle en víctima de si mismo de tal modo que acabe comprando más de lo que a veces puede, quiere, o necesite leer.

Fue en uno de esos gestos de vileza en los que, hace dos meses, en pleno pandemónium global recibí una llamada de la librería La Malatesta. Marcos me informaba, por mi propio interés  y adelantándose a sus rivales de la calle Duque de Alba, de que Capitán Swing había sacado un libro sobre uno de mis temas favoritos.

Evidentemente, cual yonki carente de voluntad, le pedí que me lo guardase y afirmé que iría en cuanto me fuese posible. Ni le dejé que se extendiese sobre los pormenores de la novedad. Hablaba de El Salvador y eso era suficiente para ganarse un sitio en mi pequeña colección de libros sobre ese país.

Así fue como “Lo que han oído es cierto” llegó a mi biblioteca. Los que tenemos temas recurrentes, y extensas colecciones de libros, sabemos que comprar un libro es una cosa y leerlo ya otra muy diferente. Muchas veces los libros tardan años desde que son compulsivamente adquiridos hasta que son cuidadosamente seleccionados para su degustación. Tratar de explicar los motivos es una perdida de tiempo. Un libro se lee cuando se tiene que leer.

En este caso su momento no tardo. Desde que en junio lo metí en la mochila junto a otro par de volúmenes hasta hoy que escribo sobre el nada más ha pasado un mes y medio y solo ha tenido que ver a otros tres o cuatro libros ser leídos antes que el.

Lo mejor de todo este proceso, y en este sentido de mi propia adicción a El Salvador , es que abordé el libro sin tan siquiera mirar las solapas. Cumplí con mis manías personales antes de empezarlo, busque el año de la primera edición original, miré cuantas páginas tenía, y me lancé a la aventura.

He de decir que no daba mucho por el en un principio. Principalmente porque mis dos lecturas anteriores,  el último libro que reseñé en este mismo blog (https://elskinheadqueleianovelasdeamor.blogspot.com/2020/07/en-memoria-de-abraham-guillen.html?zx=34392fdc881003d5) y Lectura Fácil, de Cristina Morales, ponían el listón muy alto.

Me equivoqué. Sin duda, a veces, acercarse a algo desde la falta de expectativas y/o el desconocimiento facilita la grata sorpresa.

El libro escrito por Carolyn Forché, una poetisa de nacionalidad estadounidense, es una aproximación a los orígenes de la guerra civil de El Salvador muy interesante. Tanto en fondo como en forma.

La autora, cosas que pasaban en aquellos tiempos, abandona su puesto de profesora universitaria y se planta en un lugar que desconoce por completo gracias a una surrealista invitación. Aterriza en un país pequeño, del que apenas habla el idioma, sumido en una lucha entre la violencia salvaje y la valentía sin medida; donde ante la miseria económica y sus creadores se alzan la dignidad y la terquedad de un pueblo dispuesto a todo con tal de lograr la justicia. Un territorio que se desliza inexorable hacia el abismo de la guerra abierta.

Forché construye su relato, y aquí está parte de lo que me ha encantado, no tomándose a sí misma como única protagonista de su memoria sino como un diálogo con su guía local. No es la historia,exclusivamente, de una  gringa que se va a vivir aventuras y su visión de los buenos salvajes. Su contra parte actúa como un mentor, sin duda muy masculino, que la acompaña escalón a escalón en su ascenso al darse cuenta de lo que de verdad está pasando en ese rincón del mundo en ese momento. Me parece un gesto, más allá de lo narrativo, honesto y necesario.

El hecho de que su estancia tuviese lugar antes del comienzo oficial de la guerra nos permite una visión distinta y muy necesaria a la de otros testigos extranjeros que o bien llegaron más tarde o bien prefirieron centrarse en los años y sucesos posteriores al asesinato de Monseñor Romero en 1980 y a la posterior ofensiva final (inicial reconocen con sorna sus protagonistas) de 1981.

Unos recuerdos, a retazos, en que se pueden intuir las lagunas de la memoria y de las circunstancias en que a pesar del tiempo la poeta a respetado los nombres clandestinos de aquellos quienes se lo pidieron o cayeron en la lucha.

La única pega seria que le pongo a la edición es que si bien marca muchos de los términos propios del habla salvadoreña no explica a pie de página el significado de los mismos. Dicho esto quedo muy agradecido a una editorial española que se ha animado a publicar un texto que a priori no tiene pinta de ser un éxito de ventas en nuestro país habida cuenta del tiempo pasado desde aquella epopeya de la historia.

Para terminar no diré que es un libro fácil o necesario pero si muy recomendable para quienes queremos a el Pulgarcito de América. No me cabe duda de que las estampas plasmadas negro sobre blanco en estas páginas son una invitación a la reflexión y a la crítica. Un buen recordatorio para entender los males del presente.

Para aquellos que se acerquen a esta lectura sin conocer el paisíto una sola advertencia. A veces las cosas que cuenta Carolyn pueden parecer exageradas o peliculeras. Faltas de realidad. Inventadas. No la culpen El Salvador muchas veces parece sacado de un relato de realismo mágico y muy probablemente lo que están leyendo si no es cierto sea porque se quede corto.

"No te dejes llevar por la retórica. Si los campesinos salvadoreños entran al combate, y creo que lo harán, tienen que ganar. De lo contrario, sufriran doscientos años más."

sábado, 8 de agosto de 2020

La vida de los otros

En el año 2006 se estrenó ésta película alemana que cuenta la historia de un meticuloso y eficiente oficial de la STASI, azote de disidentes, al que encargan vigilar a un reconocido literato del régimen en busca de impurezas ideológicas.

Trufada de escenas memorables yo destacaría, para esta entrada del blog, esa en la que acompañado de su superior decide sentarse en la primera mesa que encuentra en el comedor del cuartel y como, cuando su responsable jerárquico le hace notar que es una mesa para tropa y no para oficiales como ellos, el le contesta aquello de que por algún lado tiene que empezar el socialismo.

El capitán Gerd Wiesler, a lo largo de los 137 minutos de metraje, hace su particular viaje a Ítaca para acabar convirtiéndose en el escudo del dramaturgo espiado. Muere el burócrata y triunfa el humanista. Es un cuento acerca del socialismo que nunca fue. De la evolución que nos hubiera gustado vivir y que, como pasa también con Good Bye Lenin, jamás vieron nuestros ojos.


Durante este confinamiento la grandilocuentemente llamada izquierda española, sus dirigentes, sus militantes, sus bases y sus voceros con honrosas excepciones han seguido el camino inverso al del personaje interpretado por Ulrich Mühe.

Vaya por delante que a día de hoy sigo pensando que antes del diez de marzo el gobierno tenía las manos atadas. Y no se me escapa que después, debido a un gran número de factores tanto estructurales como coyunturales, patrios e internacionales, cebarse con la reacción y las medidas para esa segunda quincena es injusto y hasta ventajista.

Es más. Pese a mi punto de vista crítico desde el primer momento con el sensacionalismo irresponsable que desde los medios de comunicación se hizo de la situación y de mis serias dudas de la peligrosidad, en términos absolutos, de esta nueva variedad de virus entiendo y acepto que las medidas de cuarentena han sido y son de las precauciones más probadas que tiene la humanidad ante estas crisis no solo entre personas. Y parafraseando al Un, dos, tres de Mayra Gómez Kemp, hasta aquí puedo ceder.

Llevamos, en el Reino de España, seis meses de verbena vírica y la situación no llama al optimismo. Pero no hablo de lo económico, ni del calamitoso estado de nuestro sistema sanitario. De hecho cualquier profesional de la salud mental nos reconocerá sin mucho problema que todo el mundo ha salido tocado de esta experiencia de confinamiento.

Junto al virus del Covid 19 lo que más se ha extendido por nuestro país ha sido el miedo. Y si bien el refrán reza que el miedo es libre es evidente que no lo somos los que lo padecemos. En esta realidad de miedo constante, tensión sin final en el horizonte y  calma chicha a la espera del siguiente batacazo, aderezada por unos medios de comunicación borrachos de bipolaridad parece que los grupos sociales mayoritarios, en redes y medios, son principalmente dos.

De un lado están los que, como los amantes petrificados de Pompeya han decidido que ante el incierto pero aterrador futuro prefieren que les quiten lo bailado, en una irresponsable e irrefrenable carrera hedonista  entregada al consumismo y a la falta de cuidado. Hacia si mismos y, por tanto, hacia el resto de nosotros.
En otro de los extremos se agolpa la legión de penitentes de la santa mascarilla. Hombres y mujeres, muchos sanitarios y profesionales que han estado en contacto con el aspecto más terrible de la tragedia, y que han quedado obsesionados con la necesidad de una profilaxis absoluta.

A mitad de camino entre ambos, necesito creer, una mayoría silenciosa que entendemos los dos estados de animo y que tratamos de navegar este torrente de emociones, sin sucumbir a la falta de consideración auto destructiva y capitalista de los primeros ni acabar abrazándonos al sueño del totalitarismo hidrocólico de los otros como forma de sobre llevar las incertidumbres que nos  sacudieron a todos cuando se abrió la caja de Pandora el catorce de marzo pasado.

Me preocupan, aunque entienda, principalmente las actitudes del segundo grupo al que gran parte de la izquierda se ha unido de manera escandalosa. No porque la otra actitud me parezca bien ni mucho menos, es sencillamente que a los hedonistas del séptimo día les doy ya por perdidos.

Me preocupa sobre manera, como decía, este aferrarse a la profilaxis individual como forma de salvación de la humanidad y el anhelo autoritario que acompaña a estas actitudes. Percibo, provocadas por el miedo sin duda, una falta de empatía total (de la que ya hablé el 20 de marzo en un post de mi fb), una superioridad moral y una caza de brujas.

Muchas personas que no tienen problema en denunciar las mentiras de la derecha fascista cuando acusa a los braceros migrantes de ser focos de contagio se tragan el sapo de que los jóvenes son una panda de irresponsables, ignorantes y egoístas a los que no les importamos los demás una mierda y,  casi, casi, que se infectan a posta en discotecas, playas y piscinas para matarnos a los adultos. Aterrador.

Me da pavor pensar en que rápido hemos olvidado no ya lo que fue ser joven y biologicamente irresponsable (el cerebro de los adolescentes neurologicamente es diferente al de los adultos y percibe de forma menos clara muchas formas de peligro) sino el hecho de que fueron los niños y los adolescentes los grandes olvidados del confinamiento. Unos los últimos en salir y, los otros, casualmente olvidados en los partes oficiales y en el hecho reconocido a posteriori de que si podían salir a la calle para recados y compras como adultos. Aunque nadie lo dijo y, por tanto, no salieron.

Me entristece, me enfada, pero sobre todo me asusta mucho que  la misma sociedad, las mismas generaciones que no fuimos capaces, durante veinte años, de defender un sistema educativo y sanitario en condiciones, una generación cuya inacción fue en parte responsable del shock que hemos vivido hace apenas dos meses esté ahora clamando y culpando de los descalabros futuros, puede que inmediatos, a aquellos que por su edad y estatus social casi nada tienen que ver con lo que ocurra.

Los mismos que hemos aceptado el tele trabajo con calzador y sin límite horario. Los que nos hemos ido de vacaciones antes que convocar una huelga general tras la cuarentena para exigir una sanidad y una educación digna tanto para los que la usan como para las que la hacen. Los mismos que hemos tomado las terrazas de los bares con los niños antes que clamar por la apertura de los parques y que nos hemos hacinado en el metro, los autobuses y cercanías sin prenderle fuego a la ciudad para defender nuestra propia salud ahora decimos que el próximo brote es culpa, no de los empresarios del turismo y sus exigencias ni de los políticos a su servicio, sino de los hijos del vecino (el nuestro ya sabemos que nunca ha roto un plato).

Sinceramente amigos creo que ha llegado el momento de superar nuestros miedos, trabajarnos nuestras contradicciones, librar nuestras batallas tanto individuales como colectivas de una maldita vez, y dejar de culpar a los adolescentes. Darles ejemplo en lugar de sermones. Ser más como el capitán Wiesler y dejar de preocuparnos por controlar la vida de los otros.

La alternativa al capitalismo salvaje y su inhumana cotidianidad no puede ser, nunca, un totalitarismo de izquierdas. Aunque lleve mascarilla.