domingo, 16 de agosto de 2020

Lo que han oído es cierto

Un buen librero, uno que se precie de tal título y que ejerza esa profesión en peligro de extinción, es algo así como un híbrido de maitre, confesor y camello. Y a los que nos gusta leer necesitamos tener unos cuantos de estos extraños personajes en la agenda, para cuando se nos acaban las existencias o simplemente por si el consumismo fetichista arrecia.

El problema principal es que como, a pesar de todo, son humanos y necesitan vender libros, tanto para pagar las facturas del banco como para saciar el apetito de su auto estima profesional, saben estrujar esos fetichismos particulares de cada cliente lector y convertirle en víctima de si mismo de tal modo que acabe comprando más de lo que a veces puede, quiere, o necesite leer.

Fue en uno de esos gestos de vileza en los que, hace dos meses, en pleno pandemónium global recibí una llamada de la librería La Malatesta. Marcos me informaba, por mi propio interés  y adelantándose a sus rivales de la calle Duque de Alba, de que Capitán Swing había sacado un libro sobre uno de mis temas favoritos.

Evidentemente, cual yonki carente de voluntad, le pedí que me lo guardase y afirmé que iría en cuanto me fuese posible. Ni le dejé que se extendiese sobre los pormenores de la novedad. Hablaba de El Salvador y eso era suficiente para ganarse un sitio en mi pequeña colección de libros sobre ese país.

Así fue como “Lo que han oído es cierto” llegó a mi biblioteca. Los que tenemos temas recurrentes, y extensas colecciones de libros, sabemos que comprar un libro es una cosa y leerlo ya otra muy diferente. Muchas veces los libros tardan años desde que son compulsivamente adquiridos hasta que son cuidadosamente seleccionados para su degustación. Tratar de explicar los motivos es una perdida de tiempo. Un libro se lee cuando se tiene que leer.

En este caso su momento no tardo. Desde que en junio lo metí en la mochila junto a otro par de volúmenes hasta hoy que escribo sobre el nada más ha pasado un mes y medio y solo ha tenido que ver a otros tres o cuatro libros ser leídos antes que el.

Lo mejor de todo este proceso, y en este sentido de mi propia adicción a El Salvador , es que abordé el libro sin tan siquiera mirar las solapas. Cumplí con mis manías personales antes de empezarlo, busque el año de la primera edición original, miré cuantas páginas tenía, y me lancé a la aventura.

He de decir que no daba mucho por el en un principio. Principalmente porque mis dos lecturas anteriores,  el último libro que reseñé en este mismo blog (https://elskinheadqueleianovelasdeamor.blogspot.com/2020/07/en-memoria-de-abraham-guillen.html?zx=34392fdc881003d5) y Lectura Fácil, de Cristina Morales, ponían el listón muy alto.

Me equivoqué. Sin duda, a veces, acercarse a algo desde la falta de expectativas y/o el desconocimiento facilita la grata sorpresa.

El libro escrito por Carolyn Forché, una poetisa de nacionalidad estadounidense, es una aproximación a los orígenes de la guerra civil de El Salvador muy interesante. Tanto en fondo como en forma.

La autora, cosas que pasaban en aquellos tiempos, abandona su puesto de profesora universitaria y se planta en un lugar que desconoce por completo gracias a una surrealista invitación. Aterriza en un país pequeño, del que apenas habla el idioma, sumido en una lucha entre la violencia salvaje y la valentía sin medida; donde ante la miseria económica y sus creadores se alzan la dignidad y la terquedad de un pueblo dispuesto a todo con tal de lograr la justicia. Un territorio que se desliza inexorable hacia el abismo de la guerra abierta.

Forché construye su relato, y aquí está parte de lo que me ha encantado, no tomándose a sí misma como única protagonista de su memoria sino como un diálogo con su guía local. No es la historia,exclusivamente, de una  gringa que se va a vivir aventuras y su visión de los buenos salvajes. Su contra parte actúa como un mentor, sin duda muy masculino, que la acompaña escalón a escalón en su ascenso al darse cuenta de lo que de verdad está pasando en ese rincón del mundo en ese momento. Me parece un gesto, más allá de lo narrativo, honesto y necesario.

El hecho de que su estancia tuviese lugar antes del comienzo oficial de la guerra nos permite una visión distinta y muy necesaria a la de otros testigos extranjeros que o bien llegaron más tarde o bien prefirieron centrarse en los años y sucesos posteriores al asesinato de Monseñor Romero en 1980 y a la posterior ofensiva final (inicial reconocen con sorna sus protagonistas) de 1981.

Unos recuerdos, a retazos, en que se pueden intuir las lagunas de la memoria y de las circunstancias en que a pesar del tiempo la poeta a respetado los nombres clandestinos de aquellos quienes se lo pidieron o cayeron en la lucha.

La única pega seria que le pongo a la edición es que si bien marca muchos de los términos propios del habla salvadoreña no explica a pie de página el significado de los mismos. Dicho esto quedo muy agradecido a una editorial española que se ha animado a publicar un texto que a priori no tiene pinta de ser un éxito de ventas en nuestro país habida cuenta del tiempo pasado desde aquella epopeya de la historia.

Para terminar no diré que es un libro fácil o necesario pero si muy recomendable para quienes queremos a el Pulgarcito de América. No me cabe duda de que las estampas plasmadas negro sobre blanco en estas páginas son una invitación a la reflexión y a la crítica. Un buen recordatorio para entender los males del presente.

Para aquellos que se acerquen a esta lectura sin conocer el paisíto una sola advertencia. A veces las cosas que cuenta Carolyn pueden parecer exageradas o peliculeras. Faltas de realidad. Inventadas. No la culpen El Salvador muchas veces parece sacado de un relato de realismo mágico y muy probablemente lo que están leyendo si no es cierto sea porque se quede corto.

"No te dejes llevar por la retórica. Si los campesinos salvadoreños entran al combate, y creo que lo harán, tienen que ganar. De lo contrario, sufriran doscientos años más."

sábado, 8 de agosto de 2020

La vida de los otros

En el año 2006 se estrenó ésta película alemana que cuenta la historia de un meticuloso y eficiente oficial de la STASI, azote de disidentes, al que encargan vigilar a un reconocido literato del régimen en busca de impurezas ideológicas.

Trufada de escenas memorables yo destacaría, para esta entrada del blog, esa en la que acompañado de su superior decide sentarse en la primera mesa que encuentra en el comedor del cuartel y como, cuando su responsable jerárquico le hace notar que es una mesa para tropa y no para oficiales como ellos, el le contesta aquello de que por algún lado tiene que empezar el socialismo.

El capitán Gerd Wiesler, a lo largo de los 137 minutos de metraje, hace su particular viaje a Ítaca para acabar convirtiéndose en el escudo del dramaturgo espiado. Muere el burócrata y triunfa el humanista. Es un cuento acerca del socialismo que nunca fue. De la evolución que nos hubiera gustado vivir y que, como pasa también con Good Bye Lenin, jamás vieron nuestros ojos.


Durante este confinamiento la grandilocuentemente llamada izquierda española, sus dirigentes, sus militantes, sus bases y sus voceros con honrosas excepciones han seguido el camino inverso al del personaje interpretado por Ulrich Mühe.

Vaya por delante que a día de hoy sigo pensando que antes del diez de marzo el gobierno tenía las manos atadas. Y no se me escapa que después, debido a un gran número de factores tanto estructurales como coyunturales, patrios e internacionales, cebarse con la reacción y las medidas para esa segunda quincena es injusto y hasta ventajista.

Es más. Pese a mi punto de vista crítico desde el primer momento con el sensacionalismo irresponsable que desde los medios de comunicación se hizo de la situación y de mis serias dudas de la peligrosidad, en términos absolutos, de esta nueva variedad de virus entiendo y acepto que las medidas de cuarentena han sido y son de las precauciones más probadas que tiene la humanidad ante estas crisis no solo entre personas. Y parafraseando al Un, dos, tres de Mayra Gómez Kemp, hasta aquí puedo ceder.

Llevamos, en el Reino de España, seis meses de verbena vírica y la situación no llama al optimismo. Pero no hablo de lo económico, ni del calamitoso estado de nuestro sistema sanitario. De hecho cualquier profesional de la salud mental nos reconocerá sin mucho problema que todo el mundo ha salido tocado de esta experiencia de confinamiento.

Junto al virus del Covid 19 lo que más se ha extendido por nuestro país ha sido el miedo. Y si bien el refrán reza que el miedo es libre es evidente que no lo somos los que lo padecemos. En esta realidad de miedo constante, tensión sin final en el horizonte y  calma chicha a la espera del siguiente batacazo, aderezada por unos medios de comunicación borrachos de bipolaridad parece que los grupos sociales mayoritarios, en redes y medios, son principalmente dos.

De un lado están los que, como los amantes petrificados de Pompeya han decidido que ante el incierto pero aterrador futuro prefieren que les quiten lo bailado, en una irresponsable e irrefrenable carrera hedonista  entregada al consumismo y a la falta de cuidado. Hacia si mismos y, por tanto, hacia el resto de nosotros.
En otro de los extremos se agolpa la legión de penitentes de la santa mascarilla. Hombres y mujeres, muchos sanitarios y profesionales que han estado en contacto con el aspecto más terrible de la tragedia, y que han quedado obsesionados con la necesidad de una profilaxis absoluta.

A mitad de camino entre ambos, necesito creer, una mayoría silenciosa que entendemos los dos estados de animo y que tratamos de navegar este torrente de emociones, sin sucumbir a la falta de consideración auto destructiva y capitalista de los primeros ni acabar abrazándonos al sueño del totalitarismo hidrocólico de los otros como forma de sobre llevar las incertidumbres que nos  sacudieron a todos cuando se abrió la caja de Pandora el catorce de marzo pasado.

Me preocupan, aunque entienda, principalmente las actitudes del segundo grupo al que gran parte de la izquierda se ha unido de manera escandalosa. No porque la otra actitud me parezca bien ni mucho menos, es sencillamente que a los hedonistas del séptimo día les doy ya por perdidos.

Me preocupa sobre manera, como decía, este aferrarse a la profilaxis individual como forma de salvación de la humanidad y el anhelo autoritario que acompaña a estas actitudes. Percibo, provocadas por el miedo sin duda, una falta de empatía total (de la que ya hablé el 20 de marzo en un post de mi fb), una superioridad moral y una caza de brujas.

Muchas personas que no tienen problema en denunciar las mentiras de la derecha fascista cuando acusa a los braceros migrantes de ser focos de contagio se tragan el sapo de que los jóvenes son una panda de irresponsables, ignorantes y egoístas a los que no les importamos los demás una mierda y,  casi, casi, que se infectan a posta en discotecas, playas y piscinas para matarnos a los adultos. Aterrador.

Me da pavor pensar en que rápido hemos olvidado no ya lo que fue ser joven y biologicamente irresponsable (el cerebro de los adolescentes neurologicamente es diferente al de los adultos y percibe de forma menos clara muchas formas de peligro) sino el hecho de que fueron los niños y los adolescentes los grandes olvidados del confinamiento. Unos los últimos en salir y, los otros, casualmente olvidados en los partes oficiales y en el hecho reconocido a posteriori de que si podían salir a la calle para recados y compras como adultos. Aunque nadie lo dijo y, por tanto, no salieron.

Me entristece, me enfada, pero sobre todo me asusta mucho que  la misma sociedad, las mismas generaciones que no fuimos capaces, durante veinte años, de defender un sistema educativo y sanitario en condiciones, una generación cuya inacción fue en parte responsable del shock que hemos vivido hace apenas dos meses esté ahora clamando y culpando de los descalabros futuros, puede que inmediatos, a aquellos que por su edad y estatus social casi nada tienen que ver con lo que ocurra.

Los mismos que hemos aceptado el tele trabajo con calzador y sin límite horario. Los que nos hemos ido de vacaciones antes que convocar una huelga general tras la cuarentena para exigir una sanidad y una educación digna tanto para los que la usan como para las que la hacen. Los mismos que hemos tomado las terrazas de los bares con los niños antes que clamar por la apertura de los parques y que nos hemos hacinado en el metro, los autobuses y cercanías sin prenderle fuego a la ciudad para defender nuestra propia salud ahora decimos que el próximo brote es culpa, no de los empresarios del turismo y sus exigencias ni de los políticos a su servicio, sino de los hijos del vecino (el nuestro ya sabemos que nunca ha roto un plato).

Sinceramente amigos creo que ha llegado el momento de superar nuestros miedos, trabajarnos nuestras contradicciones, librar nuestras batallas tanto individuales como colectivas de una maldita vez, y dejar de culpar a los adolescentes. Darles ejemplo en lugar de sermones. Ser más como el capitán Wiesler y dejar de preocuparnos por controlar la vida de los otros.

La alternativa al capitalismo salvaje y su inhumana cotidianidad no puede ser, nunca, un totalitarismo de izquierdas. Aunque lleve mascarilla.

domingo, 26 de julio de 2020

En memoria de Abraham Guillén

La memoria es bastante puñetera. Por eso, a estas alturas, no puedo asegurarlo al cien por cien pero aún así me atrevo a afirmarlo. Creo que la primera vez que alguien me hablo de Abraham Guillén  fue cuando estudiaba en Alicante. Entre el otoño de 1995 y el verano de 1998. Fue una simple pincelada.

Estabamos en una reunión bien de una plataforma unitaria a la que yo acudía como delegado del CAU (Centro autónomo autogestionado) o quizá en una del fallido intento que hubo de montar una radio popular. Mientras esperábamos a que llegaran los rezagados para poder empezar a pelearnos no siempre de manera respetuosa un militante del PCE algo mayor que yo me enseño el libro de “Economía Autogestionaria” mientras me decía que lo estaba leyendo porque aunque era anarquista era un autentico cerebro.

Yo, que debía tener veinte años en aquél momento no le hice mucho caso. No me interesaba la economía, aún no me había sacudido la soberbia juvenil que te impide abrir las orejas cuando el prejuicio es demasiado fuerte (qué me iba a explicar a mi un pecero del anarquismo hispano) y estaba en esa fase que muchos hemos pasado en ciertos ambientes de tener solo ojos para la mal llamada “Revolución española”. Devoraba los Durrutis, los Garcías y los Meras sin espacio para ninguna otra cosa y sin entender aún que una dieta verdaderamente sana, sobre todo para el cerebro, debe ser variada y rica. No solo abundante.

Los siguientes encontronazos con el personaje en cuestión fueron ya a mi regreso a Madrid. Comentarios de compañeros anarquistas. Portadas muy feas de libros en mercadillos, distribuidoras o librerías y el volumen de “Economía Libertaria” danzando por mi casa. Mi padre, economista y libre pensador, lo había mordisqueado un poco. Su juicio sobre ese título sin ser demoledor no fue demasiado positivo. Como no podía ser de otro modo mi primer escarceo con Abraham fue “El error militar de las izquierdas”, una de sus obras de análisis sobre las causas de la derrota del bando republicano durante la contienda civil española.

Fue un gran descubrimiento.

Hace un par de semanas, por fin, ha visto la luz un libro de José Luis Carretero Miramar  cuyo objeto de estudio es  ese señor del que os vengo hablando.

“Abraham Guillén. Guerrilla y Autogestión” es el título de esta obra en la que Carretero nos lleva de la mano de este singular personaje. Desde su infancia en un remoto lugar de Guadalajara hasta el final de sus días en el popular y hoy gentrificado barrio de Lavapies.

Perfectamente ambientada en su momento histórico y con una acertada combinación de fuentes escritas y entrevistas a protagonistas del momento, esta obra, es capaz de trasladarnos a ese instante crucial en que pareció que toda América latina podía sacudirse el yugo del imperialismo yankee con las armas en la mano.

De manera sencilla pero completa y asequible, el autor de esta biografía, nos va desgranando, etapa a etapa, no solo las vivencias del economista y periodista caracense si no también perlas escogidas del pensamiento de éste.

Es un trabajo didáctico que logra la nada sencilla tarea de hacer divulgativa  la trayectoria de su protagonista y la obra de este que, para ser sincero, muchas veces era algo caótica y enrevesada. Un hombre poco preocupado por el estilo y apremiado por la necesidad de transmitir.


Las escasas carencias de este libro son, para mi gusto, la poca información de la infancia de Abraham, por otro lado difícil de obtener; de quienes le abrieron las puertas al mundo de la cultura y el ansia de saber. Quizá también le cambiaría alguna leve cuestión de estilo más patente en el capitulo final. Por lo demás estamos ante una obra que rompe un candado y paga una deuda.


El candado es, a mi parecer, la densidad y profundidad propias de la forma en que Abraham tenía de escribir, sobre todo de economía. Accesible para pocos.  La selección hecha por Carretero de los fragmentos más amables y su contextualización  son una invitación a leer más. Una suerte de menú degustación para que nos animemos a probar en un futuro próximo cada uno de los platos que nos tiene reservado el legado de “el viejo”.

La deuda es la de un movimiento olvidadizo con todo aquello que no encaje en la leyenda que se ha forjado tanto sobre la composición de sus filas como en lo referente figuras magnificadas, marginales o no, como Maroto, Pellicer, Baliús, Durruti o Federica, por corrientes empeñadas en confundir lo que fue con lo que a ellos les hubiese gustado que fuera. Un mundillo que prefiere la comodidad de las certezas aunque sean inventadas, la paz del sillón y la verdad revelada, a las inseguridades que generan los personajes  imperfectos, con aristas, reales. Personajes como Abraham.

Como no me gustan los spoilers solo os diré una cosa. Tenéis que leerlo.

viernes, 15 de mayo de 2020

Cine, chavalas y subvenciones

Despertar el interés de una parte de la chavalería adolescente por cuestiones que estén fuera de lo que está de moda en el momento es francamente difícil. Si además es por algo relacionado con los estudios es casi imposible. Si hablamos ya del sector de la adolescencia como el que temenos mayoritariamente en Alacrán la tarea empieza a estar al nivel de una epopeya clásica.

Una de nuestras actividades son clases de apoyo, tanto dentro como fuera de colegios e institutos públicos de nuestro distrito. Durante cinco años forme parte de los grupos de la asociación que impartía estas clases.

El tema de las clases de apoyo, la verdad, daría para horas de charla y decenas de entradas en blogs, así que voy a tratar de no dispersarme demasiado, que ya me ha dicho gente que sabe de esto más que yo que hago entradas muy largas.

        El primer gran desafío que yo me encontré, una vez asumido que las clases de apoyo que dábamos como asociación a chavales de mi barrio no me iban a permitir emular  a Robín Williams en El club de los poetas muertos, fue el de llamar la atención y lograr despertar interés en grupos de chavales y chavalas que no solo están haciendo horas extras no remuneradas, sino que la mayoría de ell@s sienten con mayor o menor grado de  realismo que su futuro es bastante oscuro y van a esas clases con la misma ilusión con la que cualquiera va a pagar una multa de tráfico.

Con esta coyuntura, hace ya cuatro cursos, se me dio una oportunidad fruto de la casualidad. Una de las chicas de mi grupo asignado, muy maja, de buen corazón pero muy perdida y desatendida en casa, resulto apellidarse como un histórico poco conocido del anarquismo español. En la clase de al lado, una de sus mejores amigas en aquél momento, que se pasaba el día escaqueándose para acoplarse a mi grupo y poder estar juntas se apellidaba como otro sujeto del mismo movimiento y del mismo periodo. Ambos también unos piezas de cuidado. Descartado el parentesco directo se me ocurrió un juego.

Un día que no estaban haciendo ni el huevo más allá de hablar de chicos, programas basura de TV y actividades poco recomendables para mujeres de su edad, es decir un día como cualquier otro en nuestra vida de absurdos prolongadores de jornada, les lancé un desafío.

Era miércoles. Si para la siguiente clase, el lunes, eran capaces de averiguar y explicarnos en el aula, que dos personajes de la historia de España poco conocidos pero a mi juicio importantes, se apellidaban como ellas dos las invitaba al cine y a merendar. Se podían sumar al reto quienes quisieran en clase. No era fácil y reconozco que no daba un duro por que lo buscaran.


El lunes llegaron excitadísimas. Eran cuatro en total las que se habían puesto a la faena. Era evidente que alguien las había ayudado y lo llevaban todo mal apuntado en un papel. Atropelladamente explicaron  de manera correcta quien era el albañil madrileño que llegó a coronel durante la guerra civil. Ese era el fácil. Del segundo apellido solo supieron darme el título de un libro que hablaba sobre el sujeto en cuestión. Me pareció suficiente.
El no abuelo de una de ellas

Un par de semanas después cumplí la promesa y nos fuimos las cinco a un centro comercial del barrio. Eligieron Alicia a través del espejo y no me aceptaron la merienda. He de decir que nunca más he logrado que ninguno de los chavales ni chavales me ganen en un reto de estos, y lo he intentado varias veces.

De aquella sesión de cine salí con varias lecciones aprendidas. No conseguí que apagasen los móviles, solo que los silenciaran. A una de ellas hubo que dejarle al entrada en la taquilla a su nombre porque llegó tarde quince minutos. No pararon de hablar en casi ningún momento y a ratos miraban el aparato de Satanás porque les entraban mensajes y mierdas.  El siguiente día en clase me contaban que ven las series en el móvil y, con suerte, en una tablet. Dos no recordaban haber ido nunca al cine. Carecían por completo de cultura cinematográfica.

Reflexioné mucho en su momento y estas ultimas semanas me he acordado de esta vivencia. Sobre todo a raíz de las peticiones de ayuda legítimas de colectivos de trabajadores del espectáculo.

El problema de la “cultura” en éste país es un problema de raíces profundas, muchas de las cuales desconozco, aunque le veo paralelismos con otros ámbitos de la vida y la política cotidiana. 
El problema enorme que tenemos en España con la caída libre de las artes, de todas, no se va a solucionar con un plan de subvenciones para el cine y la música que para colmo, como bien señalan algunos interesados, se quedará corto y solo llegará a los grandes nombres dejando a la mayoría en el paro por tiempo indefinido.

El problema en nuestra sociedad no es que los museos, los cines y los conciertos sean caros, que lo son.

El verdadero problema con mayúsculas en este país es que la cultura no interesa a las élites que la perciben, en el mejor de los casos, desde un snobismo interesado y patrimonialista o, en el peor, como una perdida de tiempo de rojos y bohemios. Y lo que no interesa cuidar a las élites, en una sociedad alienada, apenas le interesa a nadie más.

Pienso que no se puede cuidar lo que no se ama. Y no se puede amar lo que no se conoce. No se conocen el teatro, la pintura, el cine, la música, la escultura, la arquitectura, la poesía, la gastronomía, la literatura, el deporte, la costura, ni nada en la vida con visitas formales y rutinarias, anuales, a estos espacios.

Son excepciones los muchachos y muchachas,como decía una amiga con la que compartí esta reflexión, que se puedan de verdad interesar en la opera porque una vez en su vida el instituto les lleve al Teatro Real a ver Turandot o Carmen.  Servirá, no lo dudo, para llenar las sesiones, pagar nominas y justificar algunos proyectos, pero no deja de ser pan para hoy hambre para mañana.


Cuando yo estudié imagen (sin sonido) nos hicieron pasar por todas las ramas de la profesión. Cámara (en grúa, hombro, fija...), realización, dirección, guión, luz, montaje en mesa y montaje digital. Así descubrí lo fascinante, para mi, de ésta última disciplina. A ningún médico se le pide que elija especialización sin haber rotado antes por todas.  Con la cultura pasa lo mismo.


Si queremos salvar, quienes apostamos por un mundo mejor, por una sociedad socialista de base, las artes y a quienes las hacen posible tenemos que salvar la educación.  Quitar horas lectivas de inglés, matemáticas y otras asignaturas “útiles”. Dejar de concebir los centros educativos públicos como fabricas que forman trabajadores sumisos para el futuro y pelear que la salud y el arte formen parte permanente de la curricula.

Solo cuando escriban, pinten, esculpan, realicen, compongan, graben.... sentirán y valoraran todo eso como suyo. Hace tiempo que llegó el momento de dejar a mirar a los de arriba, instalados y satisfechos pidiendo migajas y ayudas para volver a mirar a los lados y hacía atrás para transmitir enseñanzas.

Entiendo y respeto las demandas de los colectivos afectados en el mundo de la cultura en su lucha por la supervivencia inmediata, solo planteo que o ampliamos la profundidad de nuestras exigencias, de nuestras luchas, y las engarzamos con las demás luchas y los objetivos de una nueva sociedad o estamos perdidos.

Puede que no hoy, ni mañana, pero si un día próximo y para siempre.


lunes, 20 de abril de 2020

20 de Abril

Hace unos años escribí esta chorradita en un muro de fb. Ahora la rescato para quienes o no la leisteis entonces, no sois amigos de mi alter ego en  el invento de satanás de Zuckerberg o simplemente lo habéis olvidado.

Espero arrancaros una sonrisa al menos:


Hoy, aún a riesgo de que nadie me crea como le pasó a Ángel Berriatúa y/o aparecer mañana flotando boca abajo, muerto, en la piscina del jardín como Joe Gillis, me he decidido (probablemente debido a un brote de locura causado por mi aislamiento montañes al más puro estilo Jack Torrance) a revelaros una verdad que llevo callando demasiado tiempo. Se trata del mensaje oculto y fascista que esconde la letra de una canción. Una canción escrita e interpretada por unos supuestos "rojillos" pucelanos que se trata, en realidad, de un homenaje secreto a Adolf H.
Si amigos, uno de los temas más conocidos de la banda "Celtas Cortos", 20 de Abril, escrita,¡JA!, dicen, un año después, en 1992.
El 20 de Abril del 90 fue el 101 aniversario del nacimiento del Fuhrer y, en esta canción, no solo se le homenajea veladamente si no que además se nos revela que no murió en 1945 ya que se trata de una carta que éste, no se sabe desde donde ni cuando, le envió a Eva Braun.
Pero analicemos la canción:
1º- En la primera estrofa se dice: 20 de abril del 90 ..... ¿te sorprende que te escriba?- Evidente, en su condición de líder clandestino, Adolf, no podía arriesgarse a escribir a sus seres queridos y delatar su paradero. Pero, el día de su cumpleaños, solo y melancólico, tras lústros en el altiplano paraguayo con una repugnante y nada aria llama como mascota, rompe el silencio y se decide a escribir. Es humano.
2º El estribillo- Esta parte es fundamental, por que es donde se explican el porqué verdadero de la carta. La añoranza y el sentimiento contrariado ante la traición.
"¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo, ...?
Hoy no queda casi nadie de los de antes,
y los que hay
han cambiado...
No puede haber duda alguna, se refiere al Berghof en el Berchtesgaden, su castillo en las montañas de Bavaria, y a todos aquellos jerarcas que, pasados los años, acabaron en la CDU, la patronal o la banca olvidando el ideal nacional socialista.
3º- Interés disimulado del cornudo-
"Pero bueno, ¿tú qué tal? Di.
Lo mismo hasta tienes crios.
¿Qué tal te va con el tío ese?"
Por fuerza tiene que tratarse de Otto Gunsche, guarda espaldas de Hitler con el que Eva se marchó tras la caída de Berlin. Derrotado,vegetariano, y sin imperio, el bajito y estridente cabo austriaco no podía competir con un pedazo de ario de 1´99 de altura, atlético (no colchonero) y puro musculo.
El desdén hacía él, fingiendo no conocer al tipo que le paseo el perro desde 1943 lloviese, nevase o callesen obuses de punta, es típico de un romántico que soñó un imperio y se quedó sin novia. Puede que se lo esperase del livinidoso Goebbles, pero jamás del bueno de Otto.
El bulo de la boda final en el bunker, creado para dar credibilidad mediática y dramática a la farsa, no deja de expresar el secreto anhelo de un Adolf más chapado a la antigua de lo que le gustaba reconocer y que, probablemente, se las dio de liberal con Eva para ligarsela. Típico de cualquier pagafantas.
La última parte de la canción, la despedida y tal, o bien es paja que metió el fuhrer para despistar a los fisgones, trucos de vieja escuela clandestina, o lo metieron los pucelanos para despistar. Ésto no haría más que demostrar hasta que punto esos mequetrefes seguidores de Duguin llevarían años riéndose de su público en los conciertos. Tocando mientras piensan "mira estos guarros como bailan, si supieran de verdad lo que dice la canción".
Esta es la cruda realidad amigas y está ahí fuera. Ahora haced lo que debáis...
Os enlazo la canción para que veáis que, por muy loco que yo esté, no miento. Escuchad, escuchad...

https://www.youtube.com/watch?v=Z9mH0rPunmg

martes, 14 de abril de 2020

San Isidro labrador (Capitulo 2, parte 2)

Deambule un poco entre el gentío antes de regresar a la barraca. Desde fuera parecía verse mucho más grande y el contraste de la luz interior con la oscuridad del parque en que se encontraba, la caseta del partiducho estaba en la periferia de la zona delimitada para las fiestas, hacía que todos los que estaban dentro pareciesen actores de una enorme, difusa y a pesar de ello coordinada obra coral.  Dedique unos instantes, después de localizar a mis amigos, a observar detenidamente el cuadro.

La barra estaba insuficientemente atendida por dos mujeres y un adolescente, poco duchos en bandearse con tanta clientela y, por la razón que fuese, no tenían tickets por lo que sería un milagro que al final de las fiestas no palmasen pasta. Mientras, en la plancha, un barbudo  sudoroso y con mandil se afanaba por atender interminables pedidos de bocadillos de panceta y de morcilla. De ninguna otra cosa. Todo parecía un poco chapucero y casi me daban lástima. ¿Cómo iban a organizar un ejército de obreros y campesinos si ni siquiera sabían organizar un chiringuito para borrachos durante una semana?.

Continué mi escrutinio por la zona. La clientela era muy variada y, saltaba a la vista, que la mayoría habían acabado aquí más por casualidad y sed que por un afán sincero de aportar su granito de arena a la construcción de la república popular española .

Había, alrededor de una de las mesas, dos matrimonios. Ellos discutían acalorados acerca de algo que no podía escuchar por el ruido y la distancia. Unas calvas comenzaban a asomar desvergonzadas en sus coronillas, vestían pantalones vaqueros y sendas camisas de cuadros claros sobre fondo blanco, eran lo más parecido a unos genuinos miembros de la clase obrera que se veía en el lugar.Uno iba rasurado. El otro lucía bigote. Sus mujeres perfectamente podrían ser hermanas. Llevaban vaqueros azules de campana, jerseys de cuello vuelto, una color crema y la otra blanco. Una tenía una niña dormida en brazos y la que estaba frente a ella, que tenía las cejas depiladas y pintadas, entretenía a un par de niños de unos seis años con chapas y palillos rotos sobre la mesa de madera  mientras intentaba infructuosamente hablar con su acompañante femenina.

Lo demás eran pasotas, hippies trasnochados, grupos de jóvenes del barrio y alguna pareja haciéndose arrumacos como si el mundo no existiese a su alrededor.

Por más que me esforcé en uno de mis juegos favoritos fuí incapaz de ver a nadie que pareciese un secreta. Así de peligrosos eran estos pringados a ojos de la paranoica Dirección General de Seguridad.

Fue entonces, cuando mi mirada llegaba al otro extremo del chiringuito donde estaban mis amigos, cuando algo llamó mi atención.

Había una panda de jóvenes quinquis en corro. Vestidos todos de manera casi igual, hasta tal punto, que uno no sabe si los han hecho en molde o les hacen descuento en SEPU por comprar la ropa al por mayor. Era evidente que se habían flipado con las películas de José Antonio de la Loma e iban vestidos así por si se lo cruzaban por la calle y les contrataba para su próxima entrega de Perros Callejeros. Olían a macarras de pastel con sus vaqueros ajustados, sus deportivas blancas, sus camisetas de colores marcando cuerpo y sus chupas. Estas eran la única concesión a la ruptura de la uniformidad. Mientras que unos lucían chaquetas del mismo estilo que sus pantalones, otros fardaban de sus cazadoras de cuero.

Dentro del cerco masculino había dos mujeres. Algo oscuras de piel y con pelo negro. Una, la más bajita, tenía el pelo encrespado y recogido, en algo que parecía un moño pero en realiad era una coleta. La otra, más alta, lo llevaba cortado rozando los hombros y ligeramente ondulado. Ambas vestían vaqueros y zapatillas deportivas, como los chicos, pero de un estilo diferente. La bajita llevaba una camiseta azul celeste ajustada que resaltaba su figura. La más alta, en cambio, llevaba una camisa totalmente blanca con el último botón desabrochado, a través del cual se alcanzaba a ver lo que parecía una letra t mayúscula o una cruz de Tau hecha de madera. Compartían cara de agobio mientras todos los miembros de la jauría de aspirantes a Torete de tercera competían por ver quién hablaba más, como si atontandolas a base de verborrea pudieran hacerlas caer en sus brazos o entre sus piernas.

La belleza de la más alta me cautivó al instante. En otras ocasiones  me hubiese conformado en deleitarme con su encanto desde la distancia pero la escena, lejos de ser cómica o sugerente, rezumaba malestar y agobio. Como cuando en los documentales de Rodríguez de la Fuente los depredadores acosan a sus víctimas hasta que logran separar a una del grupo para darle caza y devorarla. Decidí intervenir.

Como ellos, por muy niñatos disfrazados de makokis que fueran, eran cinco y yo estaba solo, no quise arriesgarme a una entrada que provocase una pelea. Opté por una estratégia frontal y decidida a la par que imaginativa y elegante.  Caminando con paso firme aparté a los chuletillas que se interponían entre la  muchacha de la cruz al cuello y mi persona. Lo hice estirando los brazos, con una sonrisa de oreja a oreja, como si nos conociésemos de toda la vida y me estuviese esperando. Si los macarruzos no se hubiesen despistado de su presa con mi teatral intervención hubiesen podido ver en los rostros de sus objetivos la misma cara de sorpresa que ellos lucían mientras yo decía en un tono forzadamente alto:

     -    ¿Pero dónde os habíais metido? LLevo dos horas buscandos.

    Acto seguido mientras abrazaba a la del pelo suelto como si la conociese de toda la vida le dije al oído.

      -      Si quieres os saco de aquí ya.

      -       Sabe que no conocemos Madrid -contestó con una sonrisa que le cruzaba el rostro de lado a lado cuando me separé de ella esperando su veredicto.


   
    Le agarré la mano  izquierda con mi mano derecha y ella hizo lo mismo con su amiga. Así salimos de ese círculo de miradas a mitad de camino entre la incredulidad y la ira propias del cazador burlado. Hoy las gacelas habían escapado de las hienas y no había nada que lamentar por ello.

                   


      - Muchas gracias por su ayuda. -me dijo, una vez alejados del grupo de carroñeros de feria- A mi amiga le dicen Katya. Y yo me llamo Magdalena

miércoles, 8 de abril de 2020

San Isidro labrador (capitulo 2, parte 1)

La discusión entre Juan Carlos y Esteban parecía no tener fin. Mi paciencia, en cambio, se había agotado hacía rato. Me habían sacado de casa, en teoría, para que olvidase mis penas amorosas y me lo pasara bien. Se suponía que iba a ser diferente. Y en cambio, ahí estábamos de nuevo. Discutiendo sobre elecciones sindicales, deserciones masivas, escisiones, pactos de gobierno y expectativas de voto.

 Para colmo, pese a mis súplicas en sentido contrario, y en un alarde de innovación propio de un tecnócrata de la UCD, habíamos acabado esta noche del catorce de mayo enfilando en dirección a la pradera de San Isidro.

Mis máximas preocupaciones, por tanto, distaban de ser tan nobles como las de mis  barbudos acompañantes y se resumian en dos. La primera, conseguir un buen chocolate. La segunda, que no nos encontrásemos con Irene. O ni metiendome una tortilla de anfetas superaría el golpe.

Mire a mi alrededor. En algún lugar entre los puestos de variantes, tómbolas, casetas de partidos políticos, el humo de las fritangas y el olor a gallinejas y entresijos debían de estar los macarrillas de la zona a los que solía comprar el material cuando venía a éste barrio por cosas del ateneo. No me parecía un derroche de optimismo pensar que no todos podían haber muerto de sobredosis en los últimos seis meses.

Ya fuese por exceso de demanda, ya fuese por que mi suerte seguía siendo desfavorable, no encontré a nadie conocido que me pasara costo. Decidí no tentar más al destino pillando a un vendedor desconocido que me vendiese jena o que acabada la transacción me marcase para que sus colegas pudieran darme el palo después.

Comenzamos la romería. Recorrimos varias casetas de asociaciones de vecinos, la del Ateneo Libertario del Puente de Toledo y la de la asociación colombófila de Urgel. Fulminé con la mirada a Esteban cuando insinuó que nos pasasemos por la caseta del Partido Comunista y el no insistió más. A cambio tuve que aceptar ir a la caseta de no sé qué grupillo  maoísta de medio pelo.

Todos sabíamos que mi negativa no tenía nada que ver ni con los marinos de Kronstadt, ni con la disolución de las colectividades aragonesas. En otras circunstancias no  me hubiera importado visitarlos. Y eso pese a su cerril manía de sentirse obligados a colaborar con la policía en las manifestaciones desde que su empelucado líder había decidido convertir al PC en un partido de orden y ellos, obedientes como estalinistas, habían asumido esas directrices.

No. Mi motivo para no visitar la caseta de los discípulos de Carrillo era menos dogmática y mucho más personal. Temía encontrarme a la innombrable. Hacía casi un año que lo habíamos dejado y yo seguía hecho mierda.

La había conocido en la facultad de periodismo. Durante el curso 73-74. Ambos estudiabamos allí. Ella, originaria de Santander, vivía en un colegio mayor y militaba en la Juventud Obrera Cristiana. Yo, por mi parte, ya estaba en un grupo de afinidad anarquista. De los pocos que había en Madrid. No es que nos lo contábamos el primer día, claro. Era cierto que la dictadura agonizaba, pero lo hacía a golpe de garrote y torturas y había que mantener ciertas medidas de seguridad. Pero en un par de conversaciones era fácil intuir de qué pie cojeabamos cada uno.

Estuvimos tonteando un par de años sin atrevernos a dar el paso. Su militancia católica, pese a su sincero interés por el bienestar del proletariado, dificultaba en mucho posiciones revolucionarias más hedonistas. Hubo que esperar un par de años y varias docenas de duchas de agua fría para que, ya muerto el caudillo, ella se decidiese a que le pasase lo mismo a nuestro celibato.

Los siguientes tres años fueron fantásticos. Al principio todo parecía posible y vivíamos embriagados de adrenalina. Aún en los peores momentos me sentía con la seguridad de quien tiene el más firme de los baluartes para protegerlo. Soy un romántico, sin duda, pero ¿acaso se puede apostar de verdad por la justicia social sin estar, aunque se niegue, preso del más despiadado y primitivo romanticismo? Yo pienso que no.

No eran solo esta ciudad y esta país los que parecían querer recuperar de golpe todo el tiempo perdido en cuarenta años de oscurantismo en blanco y negro con olor a inciensario. Nosotros también. No parabamos  de reir, de bailar, de beber y de follar. Hasta nos salíamos de las asambleas para entregarnos a la pasión más furibunda. No se como no sucumbimos de puro agotamiento.

En abril del año 79, de repente y sin previo aviso, justo después de las elecciones municipales, el mismo día que me dijo que la habían contratado para el gabinete de prensa del nuevo ayuntamiento de Madrid me dijo que me dejaba. Dejó el sindicato y no volvió a pasar por el ateneo. Poco después supe que estaba liada con un concejal del PCE.

Desde entonces casi todo habían sido alegrías.

El nueve de noviembre, había muerto mi padre de manera repentina e inesperada. Un derrame cerebral, en la oficina. Nuestra relación, aunque ya no pasaba su peor momento, distaba de ser buena. Seguía viviendo con amargura una militancia, la mía, totalmente contraría a sus ideas. Ya no me consideraba un traidor y un injusto castigo de Dios, pero no era el hijo que quería. 

El movimiento libertario había escenificado el pasado mes de diciembre, en la Casa de Campo de Madrid, en el VI congreso de la CNT el que parecía ser el tiro de gracia de un suicidio anunciado. Antiguos compañeros se insultaban y hasta agredían en distintos lugares de España en un espectáculo bochornoso que nos dejaba a la mayoría de la militancia con sabor a orín en la boca y sin ganas de continuar.

En febrero, para colmo también el día nueve, había tenido lugar un atentado en la librería Albores. Situada a dos calles de mi casa, en el barrio de Malasaña. Una bomba oculta entre cartones  estalló junto a la puerta el día que se presentaba un libro sobre los maquis. Hubo una veintena de víctimas, dos de ellas mortales. Entre los heridos estaba un compañero del periódico que me había sustituido ese día. No podía dejar de pensar que si yo no me hubiese quedado en casa llorando mi corazón roto Guillermo no habría sufrido daño alguno.



Todo mi mundo se hundía. Y lo que menos necesitaba era encontrarme a la mujer a la que tanto había amado, a la que recordaba lanzando cócteles Molotov y de salto en salto por Chueca la noche del asesinato de Agustín Rueda, del brazo de un aprendiz de Zinoviev en versión alcarreña y convertida ella  misma en una burócrata alpinista entregada al eurocomunismo. No ahora que estaba empezando a salir del pozo.

Camino del chiringuito de los chinos nos encontramos con tres compañeros del sindicato. Manuel, Carolina y Teresa. Lo que yo aproveché para quedarme en segundo plano. Lo mismo soy un poco autista o lo mismo, tres años de clandestinidad aderezados con mi deformación profesional como periodista han pasado factura. El caso es que en los espacios bulliciosos me encanta salirme del epicentro de la fiesta y quedarme a media distancia. Observar, con un pie dentro y otro fuera, que se mueve, quien entra y quién sale. Quien puede ser el madero de paisano, quien el camello y quienes están echando la instancia para no irse solos a casa o al descampado. Estar listo por si aparece un grupo de fachas tener tiempo, al menos, de no llevarme la peor parte. Más allá de las precauciones puedo afirmar que soy una especie de mirón de la vida y de la alegría ajena.

Aquella noche no fue una excepción. Temía sinceramente ver aparecer, entre el bullicio, la larga melena castaña clara, casi rubia, de mi antigua compañera y quería poder huir discretamente si esa contingencia llegaba a darse. Sin tener que saludarla, sin tener que despedirme y con licencia para volver a hundirme en el cieno sin preocupar a nadie. La única parte débil del plan era que tendría que comerme la amargura a palo seco por una paradójica escasez de polen en las fiestas primaverales por antonomasia.

Mi oído, en modo piloto automático, seguía vagamente la conversación que mantenía el grupo al que yo supuestamente pertenecía, ahora enfrascado en un análisis de tres al cuarto sobre la potencialidad  que tenían, para reactivar la lucha de clases a medio plazo, las recientes huelgas de metro mientras, al otro lado del grupo, Teresa casi tan callada como yo no me quitaba el ojo de encima.

Vestía unas botas camperas, unos pantalones vaqueros, y una especie de camisa verde estilo hippie, con flores rojas y azules bordadas. Llevaba un bolso de cuero sobre el que reposaba un jersey de lana del mismo color que la camisa. Su cabello negro, largo y lacio, caía por debajo de sus hombros y ocultaba la montura de sus enormes gafas que la hacían parecer vagamente una azafata del Un, dos,tres.

Afiliada al sindicato de químicas, trabajaba en una gran empresa farmacéutica, nos habíamos conocido tiempo atrás en los locales de la CNT de la calle Barquillo. Durante la preparación de unas jornadas libertarias.

Siempre nos habíamos llevado bastante bien aunque a Irene le caía como una patada en los ovarios y mis conversaciones con ella solían ser motivo de discusión. Aseguraba que era una buscona que solo quería echarme un polvo y que no respetaba nada. A lo que yo solía contestarle, básicamente porque ciegamente enamorado no veía ese riesgo por ninguna parte, con bromas sobre su moral católica y su necesidad de profundizar en el amor libre y los textos de Emile Armand. Al final me había hecho jurarle que no me liaría nunca con ella, algo que cumplí con férrea disciplina militante.

La mirada de Teresa me había hecho recordar. Me sentí bastante incómodo y, por estúpido que parezca, desleal hacia mi ex compañera y mi palabra. Aunque ya no estuviésemos juntos.  Forcé mis  necesidades urinarias y me despegué del grupo justo en el instante que parecía que la química se disponía a romper la distancia que había entre nosotros.