miércoles, 22 de enero de 2020

Una champa en San Miguel (Capitulo 1)

Cualquiera diría que el zancudo me observa. Posado en la lona, ajada y sucia, con la que hemos tratado de evitar que el agua entre en la champa. Desdeñoso, con cierto aire de superioridad, y con la tranquilidad de quien sabe que no vivirá, con suerte, más de dos meses y de que no amará nunca. La seguridad de saberse en una vida cuyo único propósito es perpetuar su especie. Sin contemplar nunca las obras de El Bosco. Sin quedarse embobado, canuto en mano, escuchando una y otra vez Hijos del agobio. Sin llorar jamás con la ternura de Benedetti o reír con el estilo surrealista de la obra de Roque. Sin saborear una pupusa de las que tira doña Laura con su chicharrón y su delicioso curtido o una tortilla sin cuajar de las que prepara Carmen en su tasca gallega de la calle Espiritu Santo, hoy asediada por los yonkis.

Una vida dedicada, si nada lo trunca en esos escasos dos meses, si no es devorado por un sapo, aplastado por una vengativa mano humana o atrapado por la tela de una araña, a la tarea de reproducirse. Nada más y nada menos. Con la terquedad de un komsomol cuya única función en este mundo fuese la de conducir un camión, día y noche, sin descanso, por el Camino de la Vida, bajo la artillería y los Stukas, para que Leningrado no caiga en manos de los invasores nazis.

Aparto mi mirada del mosquito adormilado en esa precaria pared de tela por la que se forman pequeños ríos verticales de agua. Desde la esquina del gran chamizo en el que me encuentro miro a mi alrededor. Está acabando la madrugada y empiezan a asomar las primeras luces del alba más allá de los cerros que esconden el campamento.

Las sillas de madera están casi todas vacías y, tras la mesa del fondo, se puede ver todavía en la pizarra la lección del día anterior finalizada con unas torpes letras de aprendiz adulto, en mayúsculas, que repiten como siempre las manidas consignas. ¡Vivimos para luchar, luchamos para vencer! Esta frase si, sin faltas de ortografía.

Entre la mesa y el encerado, a los lados de esta, la escasa luz que comienza a entrar por las rendijas de las improvisadas paredes con hojas y telas permite intuir a las dos figuras que han montado guardia durante toda la noche.

Frente a mi, a la derecha de la mesa, está Obdulio. Lleva su inconfundible gorra de John Deere, una camisa verde oliva y unos pantalones militares del mismo color. Cruzado, frente a su abdomen, el M-16 negro mate apenas lanza algún destello reverberante por la mañana que se anuncia. Su rostro oscuro, de campesino migueleño, me impide atisbar sentimiento alguno. A su izquierda, Gladys. La cabeza descubierta y su pelo colocho recortado como un hombre, para que no moleste. Viste una camisa más clara y pantalones oscuros cubriendo las botas. Un pañuelo rojo protege su cuello. Sujeto por la mano derecha el cañón del FAL y junto a su pie la culata.

El calor y la humedad de la noche, pese a estar en invierno, hace que las ropas de ambos estén empapadas y puedo imaginar desde aquí las perlas de sudor en sus sienes y en la partes descubiertas de sus cuerpos. Pero no puedo dejar de pensar que ese sudor y el agua de la lluvia que cae fuera se quedarían en nada si dejaran gritar a sus ojos.

El sonido de la lluvia golpeando las tejas de barro, interrumpido de forma cada vez más esporádica por las ráfagas y los disparos de fusil en la distancia, hace más sofocante este ambiente de postal tétrica, onírica, de alucinación perversa.. Un espacio del que hasta los insectos, salvo este solitario zancudo, han huido parando de un solo el reloj con su gesto de abandono.

Armado con dos candelabros de bronce, solo Dios sabe sacados de donde, en pleno monte y en plena guerra, en este país de realismo mágico donde todo es posible, aparece silenciosamente la figura del padre Ian. Trae de la mano algo más que dos cirios. Con el regresa el tiempo.

      • Ya autorizó el compa Agustín que prendiéramos las candelas. Hay que preparar el velorio.
Es entonces, al entrar el cura, cuando reparo en que muy cerca de mi, en la esquina opuesta de este lienzo de pared, se encuentra erguida y silenciosa la figura de Jonás.

Su rostro, oculto por la falta de luz, es innecesario para reconocer a una de las personas más emblemáticas de la base. Con los brazos cruzados frente a el contemplo el inconfundible muñón al final de su ante brazo derecho. Viste unos pantalones vaqueros oscuros y del cinturón que los sujeta, a su izquierda, cuelga la cartuchera de su Colt 1911. En los correajes se distinguen dos objetos casi esféricos algo más grandes que un aguacate. Supongo que vestirá su clásica camiseta militar de algodón verde.
No me extraña no haberle oído entrar. Hasta que a un recluta al que instruía se le disparó torpemente un Garand que estaba limpiando, llevándose por delante la mano derecha de su tutor , Moisés era miembro de una de las unidades de élite de las FPL. Se negó a ser evacuado a Honduras, Nicaragua o Cuba y la comandante aceptó ubicarle como jefe de la seguridad del campamento.

Es, para mi, la figura más enigmática del lugar. A día de hoy, tras varios meses aquí, es el único habitual con el que no he logrado cruzar más de dos frases pero a veces le veo observándome silencioso en la distancia. Dudo si me odia, me desprecia, desconfía o, sencillamente, no le importo lo más mínimo. Me da miedo y cuando creo que sus ojos se giran levemente hacia mi un escalofrío recorre mi espalda y aparto los ojos esquivando su mirada.
Observo como el sacerdote, una vez colocados los candeleros, y sin reparar en mi presencia se queda parado, mirando la figura yaciente a la que tras un instante de observación besa en la frente de manera tierna. Se arrodilla y comienza a rezar. Imposible ahora recordarle orando, con ese acento gringo tan suyo, entre los niños, las campesinas y los combatientes que acuden al culto y las clases de alfabetización.

No puedo dejar de pensar en qué sentimientos atravesarán a este hombre, que cada día utiliza esta esta mesa como profesor, y cada domingo como altar, viendo ahora convertido este tablero en camilla mortuoria.
El movimiento y la luz atraen mi atención, por fin, al lugar que no he querido mirar desde que cayó el sol. Su letanía sin respuesta, emitida en apenas inaudibles susurros, hace que me invada una inmensa paz. O quizá es el cansancio, después de toda una noche de vigilia, sentado solo en esta silla de madera y mordiéndome los labios para contener el llanto, quien ha vencido mis últimas resistencias y he terminado por aceptar lo inevitable.

Llevo mi vista más allá del doliente clérigo para observar la razón por la que estamos todos aquí. El motivo por el que en muy poco tiempo esta champa campesina en un rincón olvidado del mundo, a mitad de camino entre San Andrés y San Luis de la reina, en un cantón sin nombre cerca del río Torola, se va a convertir en un hervidero de mujeres y hombres en silenciosa y respetuosa peregrinación.

Siento la necesidad de acercarme más. Después de tanto tiempo en una postura fija, noto un dolor al levantarme y mover mi cuerpo, como de piezas rozándose al tratar de encajar de nuevo. Avanzo despacio, fantasmal, en este cuadro mortecino y móvil del que formo parte. Mientras recorto la distancia con el centro de lo que podría ser una estupenda fotografía, las fosas nasales se me inundan del olor a cera de los cirios y los oídos comienzan a captar mejor los dolientes murmullos del padre.

Ahora si, de pié, frente a ella y casi a la altura donde podríamos situar la mitad de su cuerpo, puedo apreciar toda la imagen que se me negaba desde mi anterior perspectiva.

Sobre la incomoda madera, como dormida, con los músculos relajados, las piernas ligeramente flexionadas, los pies abiertos, los brazos protegiendo los costados y la cara mirando al techo, aún en penumbra, serena, como quién estuviera sumida en un pensamiento profundo o escrutando un mundo lejano, se haya la solitaria e inerme figura.

Debido a lo menguante de la oscuridad se aprecian ya, en sus botas negras y en los bajos del pantalón verde oscuro, las pellas de barro marrón. Las últimas salpicaduras de agua sucia y tierra, adquiridas doce horas atrás saltando entre los charcos y las tumbas del cementerio de San Gerardo. Estas manchas se entremezclan, un poco más arriba, con otras, más oscuras y sin relieve.

Antes de llegar a la hebilla de su cinturón militar, aún abrochado, en el que están sujetas la cantimplora y la bolsa de los mapas, ahora vacía, hay un desgarro. Un corte intencionado, a la altura del muslo izquierdo. Me doy cuenta de la dimensión de la catástrofe al ver que la mancha y la textura acartonada, omnipresentes en la rasgada pernera izquierda, invaden parcialmente la pernera derecha.

Pienso que incluso en la muerte la suerte juega con nosotros repartiendo su particular misericordia de una forma aparentemente aleatoria e incomprensible. Tanto para los que se van como para los que nos quedamos. No es lo mismo morir de un balazo limpio en la arteria femoral o en el pecho que sufrir el mismo balazo en el estomago; o que te atraviese un trozo de metralla las tripas y estar horas o incluso días ,agonizando, sin posibilidad de auxilio, en el último recodo de este infierno esperando a que nos hagan hueco en el siguiente. Tampoco es lo mismo para los que permanecemos aquí, qué duda cabe, tener que recoger los pedazos desmembrados del hermano que pisó una mina o comparecer ante una cara desfigurada como un melón reventado contra el suelo que el contemplar, como ahora, una vida sesgada con elegancia. De un disparo limpio.

La muerte es la misma. El recuerdo no. Y a fin de cuentas en la memoria, ese tiempo de descuento que nos queda de vida en los demás una vez que ha dejado de latirnos el corazón, todos queremos estar presentables para la historia por muy poco que nos dure.

Continúo mi reflexión acompañando mi mirada hacia arriba donde la camisa verde oliva, bajo la casaca entre abierta, permite intuir sus firmes pechos, ahora sin vida. Un busto tras el que latía uno de los corazones, me atrevo a aventurar, más arrechos de toda esta justa pero maldita guerra. Sobre ellos y sujeta por un cordel destaca humilde la cruz de madera en forma de te que siempre llevaba consigo.

Al llegar a su cuello noto de nuevo el vacío de su ausencia en mi estomago y una presión asfixiante en mi pecho. La certeza de que sus ojos negros ya nunca más me escrutaran interrogantes, inteligentes, y llenos de vida mientras evalúan que clase de hombre se esconde realmente tras el disfraz y las palabras.
De manera automática, como si mi inconsciente no quisiese que su último recuerdo propio fuese el de ese rostro en manos de la Parca , como si el visor de mi Nikon pudiese romper el embrujo de su muerte y traerla a la vida de nuevo cual beso de un príncipe de cuento, como si de verdad quisiese ejercer de periodista en este instante y mantener mi obsoleta coartada, sitúo ante mi la cámara, manipulo el obturador y enfoco.

Las lagrimas surcan silenciosas mi rostro mientras le hago la que será mi última instantánea a la primera mujer que ha dirigido un frente de guerra con las FPL. A la muchacha que a base de valor y astucia expulsó junto a sus tropas, supuestamente de segunda linea, a la tercera brigada de San Miguel. A la persona que hacía latir de amor y valentía los corazones nobles de todo este territorio, incluido el mío.

Hoy ha muerto la comandante Ruth.

miércoles, 8 de enero de 2020

A falta de tele transporte

Caminaba con paso firme. Con las manos dentro de los bolsillos de la bomber, no porque hiciese frio. Era una costumbre que había adquirido en tiempos no muy lejanos cuando los nazis aún estaban a machete contra ellos. En el izquierdo llevaba el gas y, cuando preveía bronca, colocaba el puño americano en el derecho.  Habían sido años muy duros. De enfrentamientos constantes, ataques, contra ataques y de varios asesinatos a manos de fascistas. Solo un enorme esfuerzo de movilización y de respuesta había mandado a los fascistas de vuelta a sus guaridas, temporalmente.

La chaqueta se la había regalado su madre que al verla en la “planta joven”  del Corte Ingles había pensado, inocente, que se trataría de una prenda inocua, pija y hasta presentable. Empezó a sospechar cuando el, lejos de refunfuñar o ignorar el regalo como hacía siempre con sus adquisiciones textiles en tiendas de moda, se lo agradeció efusivamente, le dio un beso y se la probó. Ahí mismo, en el restaurante chino en el que estaban comiendo. 

No era tonta así que cuando, comprobado que la talla era la suya, Manu se guardo la chupa vaquera llena de parches anti fascistas dentro de la mochila y dejó la  cazadora negra nueva en la silla para estrenarla  ese mismo día cuando se marchase con los amigos, supo que algo en su plan no había salido como ella esperaba. No dijo nada y apenas si se ofreció a guardar ella la chaqueta vieja para que su hijo no tuviera que cargarla toda la tarde y la noche.

De eso habían pasado ya más de dos años, recordó el, bajando los escalones del anden de la linea cuatro en dirección norte. Se había cortado el pelo y le había quitado los parches a la bomber, aunque para entonces su madre ya se había fijado en que muchos de sus amigos y amigas llevaban esas guerreras y apenas si se lo agradeció.

Volvía a casa ese jueves desde el Mesón Gallego. Al día siguiente empezaba un puente y a el le tocaba trabajarlo entero por lo que había decidido dejar de parranda a sus colegas más fiesteros y, aún era pronto, había optado por pillar el último metro. Quedarse aunque fuese solo diez minutos más, para un chico de arrabal como el, significaba asumir una de tres posibles opciones nada atractivas.

La primera era bajar, llegado el momento, hasta la plaza de Cibeles y esperar el autobús nocturno. Los fines de semana pasaban cada poco pero de domingo a jueves, a la que te descuidabas, te pasabas una hora sentado. Si bien tenía su punto de adrenalina bajar por Alcalá mirando si estaba, llegaba o te dejaba tirado con cara de imbécil, la experiencia de pasarte una hora sentado con el edificio de correros detrás, sobre todo cuando ibas solo y hacía frío, no era tan divertida desùés de varios años padeciendolo. Otra opción era dejarse talego y medio en un taxi, algo que solo se justificaba en situaciones extremas. Por último se podía regresar andando. En ocasiones lo había hecho, claro, pero las dos horas y media que separaban el centro de Madrid de su barrio en Hortaleza hacían que lo dejara para ocasiones especiales. Como las pocas veces que ciego como una cebolla necesitaba sintetizar el alcohol en el estomago para dormir un poco mejor o las ocasiones, algunas más, en las que padeciendo mal de amores y ansiedad esos paseos le ayudaban a dormir de puro cansancio. Esas caminatas nocturnas, además, le habían hecho descubrir los límites de su lealtad al anarquismo ya que había sido en esos largos pateos calzando botas militares con puntera de acero cuando se confesó a si mismo que estaría dispuesto a votar para presidente a cualquiera que inventase el tele transporte.

Andaba en esos pensamientos u otros igual de absurdos cuando enfiló el andén y descubrió que al final del mismo estaba Jorge sentado en un banco. Le acompañaban otros dos chavales. Dos pelados. Uno enorme, tan grande como el mismo Manu o puede que más, y el otro no muy alto. Iban totalmente maqueados.

Jorge, un compañero del barrio de Prosperidad, iba con su una sudadera gris y llevaba el “Molotov” debajo del brazo. Manu, ensimismado, empezó a pensar en la situación. Recordaba que Jorge se había marchado un rato antes que el del bar pero no recordaba que fuese acompañado. De todas formas, pensó, desde que se había enamorado perdidamente, sin ser correspondido, de una muchacha comunista a la que había conocido en la coordinadora anti fascista andaba muy despistado. Y si no se había vuelto andando a casa, como en otras ocasiones parecidas, no fue por haber metro, había sido por las cochinas botas militares compradas en el rastro que le iban acabar haciendo votar no ya a quien inventase el tele transporte sino a cualquiera que prometiese taxis gratis pasadas las tres de la mañana.

Según avanzaba recordó por fin que había oído, antes de irse del Mesón, hablar de un auto bus que había venido lleno de compañeros y compañeras de Manresa para un concierto y que se los habían repartido, en una de esas muestras tan madrileñas de hospitalidad, por casas de compas de distintos barrios. Jorge, que era un animal social, artista, viajero y algo golfo, sin duda había adoptado a dos sharperos catalanes.

Avanzando con las manos en los bolsillos por pura deformación profesional, y lamentando que no hubiese adoptado a dos feminas en lugar de a dos rapados tan feos como el,decidió gastarles una broma  haciéndose pasar por un macarra con ganas de bronca.

Llegó junto a ellos tres y, muy serio, con cara de mala leche, las manos en los bolsillos como si ocultaran algún arma, las piernas plantadas firmes en el suelo, luciendo su bomber negra, pantalones y botas militares negros y el pelo muy corto, le preguntó a Jorge en un tono seco y con mirada dura mientras les señalaba con ligero movimiento lateral de cabeza:

- Estos dos, qué, ¿vienen contigo?

-No
La forma de responder de su amigo, más que su monosílaba negación, dejaron fuera de juego a Manu. Sentado, con cierta palidez en la piel, y el lento mover de su cabeza a izquierda y derecha hicieron comprender al recién llegado que los acompañantes de su colega debían de vivir algo más cerca que los catalanes venidos para el puente. Se había colado del todo.

La situación estaba clara. Los cuatro hombres allí presentes, tres de ellos skinheads, estaban sorprendidos ante una serie de acontecimientos inesperados. Se paró el tiempo.

Aprovechando la inercia de su teatral entrada Manu se la jugó a doble o nada. Mirando con calma, de arriba a abajo, a ambos rivales, como midiéndoles y tratando de que no se le notasen ni el susto ni el miedo de lo que se les venía encima, sacó las manos de los bolsillos  cerrando el puño derecho y envolviendo lo con la mano izquierda frente a su pecho mientras con una mueca torcida, como de media sonrisa torva, dijo.

- Pues muy bien.

Los dos fachas, desconcertados por el giro de última hora, se alejaron de su presa y dando la espalda a su victima y al nuevo actor en escena empezaron a debatir que hacer.

El bajito, con más mala leche, se giraba mirando a su potencial rival y animaba a su colega. Este, en cambio, un mostrenco de casi metro noventa y bastante ancho miraba para atrás a su pareja para el baile, el que les había jodido la presa fácil y que con cara de psicópata interpretaba el mejor papel de su vida, y negaba con la cabeza al aprendiz de Joe Dalton que no se resignaba a aceptar una derrota.

Se oyó el metro llegar y Manu, consciente de la situación y venido arriba, empezó a burlarse de ellos y preguntarles hasta cuando iban a esperar para pasar a la acción.

Subieron entre carcajadas al vagón Jorge y Manu y nunca supieron si los apabullados defensores de la raza que se quedaron viendo partir el último metro regresaron a casa en búho, taxi o en el coche de San Fernando, reflexionando acerca de los beneficios del tele transporte, y de si votarían a Julio Anguita si este era capaz de ponerlo en práctica en una próxima legislatura.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

La emergencia de VOX


Hace menos de dos meses se publicó el último libro de Miguel Urbán que lleva por título, exactamente, el mismo que ésta entrada en el blog. Lo ha sacado Viento Sur, en la misma colección en la que años atrás publicó otro libro sobre el tema de los nuevos fascismos europeos, firmado por el mismo autor.

Es la primera vez que reseño un libro que no me he bebido del tirón, un libro que no me ha fascinado, que me ha costado un poco de esfuerzo. Y lo hago no tanto porque aprecie mucho a su autor, a quien considero uno de los pocos cargos electos de Podemos que merece cierto respeto, también quiero obligarme a hacer una reseña menos “grupi” de lo que acostumbro y, por último, porque me ha hecho reflexionar sin estar de acuerdo.

En el libro Miguel aborda el fenómeno de VOX partiendo de un análisis histórico de la derecha franquista desde la transición a nuestros días, tocando también algunos grupúsculos neo fascistas que surgieron a partir de finales de los años ochenta del siglo pasado y hasta nuestros días.  Una vez trazada a grandes rasgos la ruta de nuestra derecha más casposa pasa a diseccionar sus influencias, nacionales y extranjeras, su modus operandi y sus paralelismos y diferencias con las formaciones que a escala internacional ocupan el espacio político que VOX ocupa, de momento, en España.

Esta es la faceta más interesante del libro y sin duda la más recomendable. Sobre todo para aquellas personas que, por edad o circunstancias de la vida, se interesan por primera vez en la evolución de la extrema derecha de nuestro país. De manera didáctica y fácil de leer nos coloca, a grandes rasgos, a cada actor en sus sitio y en los trayectos recorridos antes de ser las caras visibles de la que ahora es la tercera fuerza política de éste país.

A partir de aquí comienzo a disentir con muchas de las cosas que plantea Miguel.

La primera vez que me chirriaron los dientes fue cuando de manera breve pero intensa pone un especial empeño en que quede claro que no considera a VOX una organización fascista, ni tampoco post fascista, si no más bien de extrema derecha. Algo que repite ya terminando el texto.

Según el, los verdecillos, no encajan en los estándares del fascismo tal y como los hemos conocido.

Diré que me sorprendió que plantease este asunto por dos cuestiones. Una de fondo y otra de forma.

La de forma es muy básica. En un libro de coyuntura, en mi opinión, de esos muy necesarios para formar y dotar de herramientas a nuestra gente, libros desagradecidamente condenados a quedarse obsoletos (como le pasa ya en el propio libro al capitulo dedicado a Ciudadanos), meterse a una especie de disquisición académica carece de sentido. No se si lo hace por miedo a que se le acuse de simplista y poco riguroso desde los sectores más leídos y redichos del izquierdismo o por estar contagiado de esa enfermedad consistente en renombrar una y otra vez las cosas. Lo que pasa es que si ya es bastante difícil hacer entender a la gente lo que es el fascismo, como para entrar en matices de diferenciación en post fascismo, fascismo, neo fascismo y extrema derecha. Es como si yo ahora plantease la necesidad de diferenciar entre socialismo libertario y comunismo libertario. Insisto, no hago apología la ignorancia, en un libro para el combate.

La cuestión de fondo es más preocupante. Éste empeño por hacer encajar los nuevos giros totalitarios en los esquemas de los totalitarismos de hace cien años nos lleva camino del desastre. Y sorprende aún más cuando viene de una persona que ha identificado perfectamente como los enemigos del pasado han sido renovados por dos nuevos enemigos. El judío por el musulmán y el comunismo por los feminismos.

El fascismo actual no va a sacar a decenas de miles de escuadristas a la calle a apalear obreros por la sencilla razón de que el movimiento obrero no existe. Nadie pone en solfa el modelo de producción capitalista hasta el punto de hacerlo peligrar por lo que el fascismo, cuya función el siglo pasado fue la de último bastión del capital, puede permitirse de momento un rostro más amable y hipster mientras se arma de cara a la que se nos viene encima, que pinta que va a ser gorda. Entretanto algunos de nosotros, estamos como el alto mando del ejercito francés en 1940, esperando una forma de hacer la guerra que tiene pinta no volverá.

En éste sentido es una pena que si bien lo menciona no ahonde más, aunque no sea el tema central del libro, en la judialización de la política española donde una magistratura y una fiscalía mayoritariamente ultra conservadoras, jamás purgadas tras la dictadura, se han dedicado en los últimos años a tratar de matar de asfixia a todo aquello que oliese a rojo.  Una estrategia priorizada por el PP y que hace tiempo parece que incluso a ellos se les ha ido de las manos.

Otra decepción que da libro, pese a que le dedica veinte páginas al asunto, es el de propuestas de como combatir en nuestra sociedad esta tendencia política que se nos ha plantado enfrente con millones de votos y actitud desafiante.  Leedlas, que no quiero hacer spoilers, y comentamos. Por mi parte me quedo con la sensación de que es el capitulo más flojo del libro y que no aporta casi nada. Lo cual es grave porque si los tribunos de la plebe están así de flojos de ideas y aportan poco más que unas palmadas en la espalda a lo que sabemos que venimos haciendo bien  desde hace diez años, ellos que se supone que tienen acceso a más información y más perspectiva,como que me dan ganas de irme a casa a llorar y de dejar de morderme la lengua.


Por último lo peor del libro es lo que no dice. Aquello a lo que Urbán no le ha dedicado más que uno o dos párrafos mezclados en un par de capítulos finales.

Este trabajo carece de auto crítica. Ni una sola reflexión seria y medianamente profunda a los últimos ocho años de trayectoria pre y electoralista. Ni una página dedicada en serio a analizar como se ha pasado en un lustro del  "No nos representan" en las plazas, pasando por el “Si se puede” en pleno reflujo, al “ A por ellos” crecido de quienes se creen herederos del tercio de Zamora en Empel. Una puya al nacionalismo español populista de izquierdas, una recomendación de lo negativo de que toda la izquierda entre en un eventual gobierno y poco más.

No es nuevo. La izquierda para estatal tiende a olvidar o edulcorar las consecuencias de sus cagadas en los resortes del estado. Y al hacerlo, por desgracia, nos condena a la tragedia del no aprendizaje. Hay una conexión directa entre la falta de respuesta a la extrema derecha, nuestra debilidad organizativa y nuestro abandono de la calle. Nuestra debilidad está estrechamentte relacionada con lo que perversamente se llamó “asalto institucional”. Un asalto que ha cristalizado en una decepción colectiva, tanto entre cuadros militantes como en los simpatizantes y potenciales bases y cuyas consecuencias están aún por calibrar. No sigo porque no es el objeto de ésta reseña. Pero duele ver que se desperdicia una buena oportunidad a la par que se deja un libro cojo, inconcluso. Como si el avance de la extrema derecha y del fascismo fuese cosa solo de ellos.

Dicho esto queda agradecer a Miguel Urbán que, una vez más, haya sacado tiempo para arremangarse y escribir un libro asequible y sin aspiraciones de trascendencia. Con la idea de que pueda servir de ayuda a quienes desconocen los entresijos pasados y presentes de estos fascistas a la española. A fin de cuentas no se puede derrotar a un enemigo tan poderoso sin conocerle en profundidad. Este libro nos abre la puerta de ese conocimiento y, espero, que aunque humilde e incompleto contribuya a nuestra victoria.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Y nos respetó la lluvia

Ayer fue un buen día.

Cuando desperté había una niebla cerrada, preciosa. Pasee a Jack entre la bruma, con la autopista invisible casi en silencio y reflexionando sobre lo que tenía por delante. En circunstancias normales la aparición de este fenómeno atmosférico, tan inusual en nuestra ciudad, me llena de alegría y la disfruto como si volviese a ser un chiquillo ensoñando monstruos y aventuras más allá de donde alcanza la vista.

Pero ayer era diferente. Había convocada una concentración de repulsa por el ataque fascista contra uno de los centros para menores de mi barrio y yo no las tenía todas conmigo. El barrio lleva años calentito con el tema de la delincuencia supuestamente provocada por estos chavales. Se había convocado un domingo de puente, siendo hoy lunes festivo, después de haber cancelado una más precipitada el jueves y había posibilidades de lluvia.

Mientras caminaba  en una soledad casi absoluta sentía esa neblina como una broma macabra. Pareciese como si hasta el clima quisiese ocultar la condición de seres humanos, adolescentes, mitad niños mitad hombres, de los chavales atacados menos de una semana antes. Hacerles invisibles a los ojos de sus vecinos involuntarios. Tanto de los que les temen, les respetan, les odian o les apoyan. Como si no tuviesen derecho siquiera a manifestarse por su vida.

Regresé a casa, traté de escribir un rato y cuando faltaban quince minutos para el comienzo oficial de la concentración, bastante inquieto y sin expectativas positivas, partí hacia la puerta del parque Isabel Clara Eugenia.

Este parque, quizá el más bonito del barrio en un distrito con muchas zonas verdes, ha estado, desde que tengo memoria, casi siempre maldito. De hecho aún recuerdo cuando en mi adolescencia Fernando, un compañero de clase en primero de BUP y bastante macarrilla, me contaba que habían tenido que dejar de ir porque algunos de sus amigos, enganchados a la última tanda de víctimas de la heroína, les desvalijaban para poderse meter lo robado por la vena o fumárselo en  una plata.

La primera buena señal fue adelantar a varias vecinas conocidas, armadas de carros de bebé, que iban en esa dirección mientras comprobaba que el horizonte se había abierto y no quedaba ni un ápice de bruma.

La segunda, la que disipó mis reparos, fue comprobar desde lo alto de la calle Felipe Herranz, después de doblar la esquina de la antigua Renault, que a cinco minutos de la hora de comienzo oficial del acto de protesta ya había más de cien personas concentradas.

Sin duda la tercera, y definitiva, señal que hizo que me cambiase el ánimo fue el comprobar a lo largo de la casi hora y media que estuvimos allí que tres cuartas partes de las mujeres y los hombres allí reunidas eramos vecinos del barrio. Claro que me alegró ver a mis hermanos mostoleños, a compañeros anarquistas y de anticapis venidos de Vallecas, Tetuan y otros barrios y hasta a cargos electos que, sinceramente, esperaba que estuvieran de puente. Pero que un domingo de puente después de ver el barrio vació todo el fin de semana, con frio, amenaza de lluvia y toneladas de veneno mediático sobre esos chiquillos hubiésemos casi cuatrocientos hortelanos y hortelanas acompañando a un puñado de chavales con sus pancartas de cartón me pareció una tremenda victoria.

En un barrio con sesenta y dos mil votos,  bastante más del cincuenta por ciento de los emitidos, al trío facha y que llevamos no menos de cinco años con este problema de convivencia convocar a medio millar de personas no es moco de pavo.

No por la convocatoria en si, sino por lo que pone de manifiesto. En Hortaleza, de momento, el movimiento vecinal está consiguiendo de manera más o menos estructurada que el monstruo del odio no se coma la ni conciencia ni la convivencia.

Y lo está haciendo, quien lo hace, desde la humildad y la actitud de escucha.

Quizá la clave esté en que nunca, pese a lo tenso que se ha llegado a poner todo, se le ha negado lo mal que lo están pasandoa los vecinos y vecinas, sobre todo hombres y mujeres mayores.No se les cuestionan sus miedos y sus disgustos mientras se les hace ver que los niños, a fin de cuentas, los muy pocos que delinquen, lo hacen por una pésima gestión de la situación por parte de las instituciones del estado. Y por la vida de mierda que han llevado. Que son tan víctimas como victimarios.

Ayer me fui orgulloso del trabajo de mis vecinas, satisfecho de ver algunos de mis chavales apoyándose entre ellos, confortado por el compromiso de la gente más joven  y contento porque hasta nos respeto la lluvia.



Hoy me he tomado la licencia de desayunar en el bar de al lado para recordar que dura poco la alegría en casa del pobre y las porras que no debería haber pedido han hecho las veces de pastilla roja de Morfeo. Una señora a la que conozco, a mis espaldas, pontificaba que es una vergüenza que se politice lo de los chavales y, remataba, que si tanto les queremos que nos los llevemos vivir con nosotros. Por una vez he contado hasta diez y me he marchado sin abrir la boca.  Luego, en casa, leo que han vuelto a pintar el local de la UVA con amenazas.

 Bueno, si, es verdad. Me han jodido las porras pero no pueden quitarme lo bailado.

martes, 3 de diciembre de 2019

Cuando pienso en Cachada pienso en futuro


El Salvador es un país quebrado. Chiquito. Minúsculo. Superpoblado. Socialmente desgarrado. Desquiciado. A día de hoy es una sociedad rota. Un estado, dirían los profesores universitarios y los sociólogos, fallido.

De hecho, cuando la gente habla sobre El Salvador, son dos las imágenes recurrentes que se mencionan. Violencia y pandillas. Pandillas y violencia son señalados, siempre, como el principal problema del país. Pareciera algo natural, genético, inevitable. Un fenómeno de la naturaleza a la par de los temblores de tierra o los volcanes. Como si una de las siete puertas del infierno estuviese situada en el y por ella saliesen, sin fin ni remedio, demonios de cara tintada.

Pero la desdicha de El Salvador no es fruto del azar, de la mala suerte o un castigo divino. El presente del pulgarcito de América es fruto de una lenta pero concienzuda labor de sus clases dirigentes. Unas clases dirigentes que de manera esforzada y constante se repartieron el territorio como los gobiernos europeos se repartieron África y que consideraron siempre su país como una finca lechera y a sus habitantes las vacas para ordeñar. A fin de cuentas en un país enano y sin grandes riquezas naturales era lo único que tenían para explotar.

Robando de manera legal los ejidos y las tierras comunales indígenas primero, exterminando a los expropiados después y con un estado títere al servicio de unas pocas familias oligarcas (catorce, dicen) durante más de un siglo, la violencia terminó por ser, prácticamente, la única forma de relación social.

A finales de los años sesenta y principios de los años setenta las clases populares urbanas y campesinas empezaron a organizarse para reclamar una vida digna. Pero el viento no soplaba en su dirección. Sino del norte. Y les llevaba a una guerra en la que el pueblo sería solo carne de cañón para una brutalidad que no conoció límites y que, por desgracia, llegó a contaminar incluso a los que se alzaban contra ella.

En mil novecientos noventa y dos terminó la guerra pero no el conflicto. La guerrilla se convirtió en partido político. Y aquellos que habían sido capaces de forzar al ejercito a una negociación no pudieron, no supieron o no quisieron arrancarle a los oligarcas unas mejoras sustanciales en las condiciones de vida del sufrido pueblo al que habían dirigido durante la guerra.

Se erradicó el síntoma. Cesaron las matanzas a manos de uniformados, los combates en los cerros, los bombardeos y los sabotajes, si, pero quedó la causa. Continuaron el hambre, las casas que se inundan en invierno y las muertes por dengue. La pobreza. Cuando quitamos la fiebre sin sanar la enfermedad, la fiebre termina por regresar y el mal lo hace con más fuerza.

Y eso es lo que pasó. La paciencia, la comprensión hacia los gobernantes durante la reconstrucción, la esperanza nacida de los acuerdos de paz y, posteriormente, de la llegada del Frente al gobierno se fueron marchitando con el enquistamiento de los problemas, la sordera de los políticos y el aumento de la desesperación. Volviendo a darle a la violencia y la brutalidad, que nunca se habían ido realmente,  el protagonismo en las relaciones humanas.

Una violencia ya no fruto de la lucha de clases sino consecuencia de la falta de conciencia. Una violencia entre pobres acorralados sin salida y sin herramientas de convivencia.  Una sociedad educada en que el fuerte es impune y el resto se la come. En la que todo el mundo busca, sin darse cuenta a veces, en quien desahogar la tristeza, los golpes y la frustración que le provocan la vida y quienes tiene por encima. La policía se desquita en las pandillas. Los muchachos en los civiles. Estos en sus mujeres y, ellas, en sus bichos. Bichos que aprenden y reproducirán la espiral infinita.

Leyendo lo que escribo es normal que pensemos que no hay futuro ni solución posible para el país de la flor del izote. Pero El Salvador es mucho más.

Ese rincón del mundo ha sido, y es, un lugar casi de realismo mágico. Que ha generado estas estampas del horror que os acabo de mencionar y, al mismo tiempo, algunos de los gestos y de los giros más humanos, tiernos y potentes de finales del siglo veinte.

Estas dos últimas semanas, desde que conocí a La Cachada, pero sobre todo desde que el día veintitrés hecho un manojo de nervios pude por fin verlas, con dos años de retraso, esa es la verdad que me han recordado.

No me voy a extender en los orígenes del proyecto. Los podéis (y debéis) leer en la prensa, verlos en los videos de youtube, o disfrutar del documental sobre ellas  que llegará a España en Marzo. No. Yo hablaré de lo que pienso y siento que hay en ese universo más allá y alrededor de las obras y los escenarios. Porque a La Cachada la vemos, poco más de una hora, sobre las tablas pero su trabajo es 24/7 al mes.

Evelyn, Magaly, Magdalena, Mariam, Ruth, Wendy y su directora Egly, han hecho algo mucho más grande y profundo que convertir un taller puntual en una obra de teatro de denuncia social.

Hoy, ocho años después de su fundación, Wendy define la compañía como “Una familia. Con sus altos y bajos. Y aunque hay veces que nos saca el mercado que llevamos dentro, seguimos unidas”.

La Cachada se ha convertido en una sociedad especializada en encontrar soluciones en el país de los callejones sin salida. Han roto el circulo de la incomunicación, del miedo entre ellas, y lo han sustituido por la palabra. Han hallado una ternura que les había sido negada y la han compartido con los suyos, con sus hijos y hermanos, cambiando por completo su manera de amar y de educar. Han sustituido el palo que tanto habían sufrido por los argumentos y por la voz.

La Cachada ha logrado, con enorme esfuerzo, reunir a siete mujeres aisladas en una jungla individualista, sin apenas espacio para la compasión, y convertirlas en una comunidad. En sinónimo de futuro y esperanza. Un lugar que se desplaza con ellas y en la que cada una tiene su espacio y su función.  No idealizo. Tienen sus conflictos. Con sus broncas y sus discusiones, si, pero han conseguido que las cosas se hablen, y ya no se rompe la baraja ni lo paga la más débil. El grupo es fuerte.

Y van a más. Esa es su grandeza. No olvidan quienes son ni lo que han sufrido. De donde vienen y donde están. Ahora forman a mujeres como ellas. De sus mismos barrios, de sus mismos oficios, con sus mismos dolores y sus mismos horrores a cuestas. Les muestran una senda que rompe con la peor de las violencias, la originaria, en la familia y con los que están creciendo. Reproduciendo en positivo lo colectivo, lo constructivo, todo aquello que tuvieron antes como sociedad y que se había perdido en la última guerra y durante la mal tratada paz. Son, en definitiva, como esa primera planta osada que, pionera, nace en un terreno arrasado por el fuego o  en las grietas del suelo sepultado por el cemento. Son vida.

El suyo es un camino difícil, oscuro, y lleno de socavones. Pero no van a ser el estado y sus policías, ni las cárceles, ni los millones invertidos en represión quienes arreglen la situación. Tampoco los blancos y los europeos, con nuestras ONG´s y nuestros proyectos llegados en paracaídas, que mueren cuando se quedan si financiación, porque los gobiernos y las fundaciones miran a otro lado más de moda.



Durante estos días he recordado que hace  como un año, de casualidad, pillé en televisión un programa sobre El Salvador. En él el periodista de El faro Oscar Martínez, analizando como están las cosas por allí, decía que a diferencia de los años setenta del siglo pasado en que la figura del obispo Romero aglutinaba las esperanzas del pueblo ahora no hay nadie así. Que falta una figura con la legitimidad social suficiente para guiar al pueblo en una nueva ola de lucha por la dignidad y la justicia.

He estado pensando en esa y otras aportaciones suyas con respecto a la situación de su país y una de las conclusiones a las que he llegado es que probablemente sea el momento de que dejemos de mirar hacia arriba, en clave individual y masculina buscando un nuevo guía que nos dirija, para fijarnos en las raíces del pueblo, empezar a pensar como comunidad y en femenino.

En ese sentido pienso que estas mujeres son unas de las muchas que, sin dejar de caminar como dijo Ruth, desde la humildad y la consciencia; el trabajo duro y la sensibilidad; la creatividad y la empatía y sin abandonar sus orígenes ni a su gente, mantienen la esperanza y nos muestran el camino.

 No solo en su país. Basta una mirada a los rostros y un tanteo de los estados de animo del público cuando salen de verlas para comprobar que no soy el único que intuye lo que hay detrás de estas mujeres que se apuntaron a un  supuesto taller de auto estima a través del teatro y acabaron montando una herramienta con la que reconstruir el porvenir.

Por eso, y otras muchas cosas que dejo para que descubráis por vuestra cuenta, cuando pienso en Cachada, pienso en futuro.

viernes, 15 de noviembre de 2019

De universidades y masacres

    Antes de comenzar quiero dar las gracias a Caro, Luis y Fernando por sus comentarios previos a la publicación del texto.





        Hace treinta años, mientras el  mundo entero  observaba atónito la caída del muro de Berlín, la desaparición del bloque soviético y el aparente triunfo del “bien” y del capitalismo, en un pequeño rincón de Centroamérica conocido como El Salvador, tenía lugar otro episodio, una secuela marginal, de lo que había sido esa lucha no ya solo entre bloques imperialistas sino entre dos conceptos distintos de vida.

        El 11 de noviembre la guerrilla del FMLN había lanzado una ofensiva que pasó a la historia con el nombre de “Hasta el tope”.

A día de hoy, con los giros que han dado sus protagonistas, es difícil saber cual era el objetivo real de la mentada ofensiva. Algunos, en ambos bandos, afirman que el objetivo final y real de la misma era el de tumbar el gobierno del país encabezado por Alfredo Cristiani del partido anticomunista, y vinculado a los escuadrones de la muerte, ARENA. Otros protagonistas aseguran en cambio que la ofensiva solo pretendía forzar al gobierno a que se sentase de manera seria y definitiva en unas negociaciones de paz que pusiesen fin a una década de conflicto armado y a veinte años de abierto y tremendamente violento conflicto social.

Los primeros días de la ofensiva fueron un éxito  total que puso contra las cuerdas al gobierno y su ejército hasta el punto de que el estado mayor de la fuerza armada salvadoreña se vio dividido entre los que querían claudicar y negociar y los partidarios de la guerra total.

Estos últimos tomaron la decisión de bombardear los barrios y cantones populares que habían sido ocupados por la guerrilla pese al temor de sus rivales castrenses de que esto pudiese provocar que el pueblo, enardecido, se uniese en masa a los insurgentes. La respuesta de la guerrilla ante este acto de terrorismo de estado fue la de replegarse de esas posiciones hacia los barrios de clase media y clase alta de la capital salvadoreña. Tanto para golpear al enemigo simbólicamente en sus propio terreno como para evitar un sufrimiento innecesario a los más humildes. A  sus hermanos y hermanas.

Fue en estos momentos de confusión y máxima confrontación cuando tuvo lugar uno de los hechos más sonados de todo el conflicto.

El día dieciséis, el quinto de combates, en el municipio de Antiguo Cuscatlan, del área metropolitana de el gran San Salvador, soldados pertenecientes al batallón Atlácatl, la mejor unidad de élite del ejercito gubernamental, entraban en la Universidad Centro Americana, una institución creada por la Compañía de Jesús, y asesinaban a ocho personas.

La masacre, cuantitativamente indigna de ese nombre si tenemos en cuenta las matazones que habían realizado este batallón y otras unidades del ejercito a lo largo de la contienda, se llevó por delante la vida de seis sacerdotes jesuitas y dos trabajadoras domésticas que debido a la situación consideraron que sería más seguro para ellas dormir en las instalaciones académicas.

El impacto de la misma no derivó de la condición de religiosos de la mayoría de las víctimas. A fin de cuentas sacerdotes, seglares y religiosas tanto oriundos de El Salvador como extranjeros llevaban años siendo asesinados por las fuerzas militares y paramilitares del país con absoluta impunidad.

Lo que hizo que un asesinato de ocho personas, casi un simulacro para escolares en un país donde las matanzas de civiles enmarcadas en la política de tierra quemada se contaban en centenas, fuese tan importante e influyente a nivel nacional e internacional vino dado por dos factores. El primero, la cuestión de fondo, de quienes eran algunos de los asesinados. El segundo, de carácter estético y mediático, de como afrontaron el gobierno y el ejercito la situación que ellos mismo habían provocado.

A parte de Elba y Celina Ramos, una mujer trabajadora y su hija adolescente al servicio de la UCA, que  pagaron con su vida el estar en el lugar y en el momento equivocado, los demás finados fueron los padres jesuitas Joaquín López y López, Amando López, Juan Ramón Moreno, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró e Ignacio Ellacuría.

La universidad de la UCA era un referente internacional por su denuncia constante de las violaciones de los derechos humanos y su capacidad para generar pensamiento crítico. Algo que en un régimen con ínfulas totalitarias les convertía en objetivo de primer orden

De hecho las facciones más salvajes dentro del bando gubernamental, en sus medios, no se cansaban de denunciar el centro universitario, sus publicaciones y sus miembros, como agentes comunistas internacionales que envenenaban al país disfrazados con sotanas y desde los perversos postulados de la teología de la liberación. Poco les importaba que la postura de estos sacerdotes fuese la de favorecer una negociación y que en sus artículos e intervenciones también criticasen los desmanes de la guerrilla y alertasen de los riesgos que entrañaba el enquistamiento de la guerra para los derechos del pueblo no combatiente y el futuro del país.

Pero si bien la universidad en su conjunto estaba bajo el punto de mira de los asesinos tres eran las voces que provocaban la bilis más enconada. Segundo Montes, entre otras cosas director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA; Ignacio Martín-Baró uno de los cerebros que revolucionó la psicología social y política del momento y, sobre todo, Ignacio Ellacuría. Rector de la universidad, filósofo, uno de los máximos exponentes de la teología de la liberación y gran comunicador con un prestigio a escala mundial y nacional que hacía que su palabra tuviese un peso especial entre afines, enemigos y rivales.

Este último regresó a El Salvador el día trece de noviembre, dos días después del inicio de la ofensiva insurreccional, con la idea quizá un poco ingenua de poder ayudar en unas hipotéticas negociaciones de paz.

La madrugada del dieciséis de noviembre hombres uniformados y armados hasta los dientes allanaron el centro docente y la residencia de los profesores. Les hicieron salir al jardín y, a sangre fría, les ejecutaron.

La primera versión oficial, la más zafia, la que dejó a la altura del betún la ya mermada credibilidad del gobierno y de sus fuerzas armadas, fue que el crimen lo habían cometido los guerrilleros.

Esta simple insinuación era un insulto a la inteligencia. Una burla macabra. Nadie fuera del país y solo los incondicionales dentro de el podían dar crédito a una afirmación descabellada por demás. Existían, sin duda, diferencias de criterio y de estrategia, debates abiertos incluso, entre la forma de alcanzar la paz por la que abogaba el Frente y por la que abogaban la sociedad civil y los jesuitas asesinados, pero no como para convertir a estos en objetivos militares.

En cambio los escuadrones de la muerte, facciones del partido en el gobierno y algunos de sus medios de comunicación, como ya hemos dicho, no se mordían la lengua al acusarles de ser los “ideólogos de los marxistas”. Ya con la ofensiva en curso las amenazas de muerte a los clérigos docentes fueron difundidas por varias radios cercanas a los postulados oficiales. Por si fuese poco se habían registrado las instalaciones educativas dos días antes con la excusa de buscar depósitos de armas ocultos. Armas guerrilleras, claro.

Ante la cascada de protestas internacionales y el  nuevo tanto que, por pura torpeza oficial, se habían podido apuntar los guerrilleros en el frente diplomático, el gabinete de  Cristiani comenzó a remoldear la versión oficial. Ante Inocencio Arias, enviado diplomático de España (país de origen de cinco de los sacerdotes asesinados), el presidente de la república afirmó el temor de que la acción hubiese sido perpetrada por elementos incontrolados dentro del propio ejercito.

Pero la realidad es tozuda. Las características de la operación, perfectamente organizada, diseñada con un operativo de primer orden y tropas de élite que en ese momento hubiesen sido más útiles en otros frentes de batalla, rodeando el lugar en diferentes cordones que impedían tanto posibles incursiones hacia el interior como ojos indiscretos, echaban por tierra ambas explicaciones.

Los jesuitas. Esos jesuitas. Probablemente uno o dos en concreto, eran un objetivo estratégico principal para un ejercito y un gobierno que decidieron de manera consciente eliminar a aquellos que le habían derrotado al no haberse dejado vencer por el miedo. Al no aceptar el silencio. Al denunciar siempre lo que los oligarcas no querían que se supiera y buscar nuevos caminos para un mundo diferente al que construían los jinetes del apocalípsis. Eran el estado salvadoreño y su oligarquía los que estaban, hacía tiempo, totalmente descontrolados.

Algo más de dos años después de aquellos hechos se firmaron en el castillo de Chapultepec, México, los acuerdos que ponían fin a la guerra civil de El Salvador.


A día de hoy los “Mártires de la UCA” siguen siendo un modelo de ética y una inspiración para muchas personas que tanto dentro como fuera de las fronteras de El Salvador, y conociendo sus figuras, luchan por un mundo más justo.

El crimen, en lo judicial, sigue impune.




lunes, 11 de noviembre de 2019

Lunes frente al espejo

Este es otro de esos escritos con fecha de caducidad. Habrá miles estos días y, muy probablemente, ninguno pasará a la historia. No es, en caso alguno, un análisis electoral. Es más bien una visión particular y optimista de como están las cosas éste once de noviembre del 2019 en España.

Ayer con una abstención del treinta por ciento, que tampoco es para tanto, la derecha sin complejos se ganó un muy meritorio tercer puesto en cuanto a representación parlamentaria se refiere en el congreso de los diputados.

Ya era hora, la verdad. Este comentario que acabo de hacer no significa ni mucho menos que me alegre ni que les felicite, no os engañéis.

Lo que me pasa, después de veintisiete años de militancia libertaria y anti fascista con un pie y medio en el mundo mayoritario y el otro medio en nuestro mundillo, es que me parece que ya era hora de que la derecha post franquista y totalitaria que nunca se fue y que solo andaba disimulando, siendo políticamente correcta, se quite el disfraz.

La sociedad española fue hasta abril un engendro hipócrita que se engañaba a sí misma y solo a sí misma. Como esos enfermos crónicos que, creyéndose astutos, se ponen las pilas un mes antes de los análisis clínicos para que queden tolerables y viven el resto del año como si estuviesen sanos mientras el organismo se deteriora y sufre de manera acelerada.

Las elecciones eran nuestros exámenes médicos y los discursos moderados de los partidos nuestras trampillas a la ciencia y la realidad. Mientras en el tablero electoral los tribunos, durante décadas y con algunas excepciones, se han esmerado por ser presentables en sociedad teniendo como baremo el criterio de los abuelos de nuestra pareja en la primera cena de Nochebuena juntas,  la sociedad y las instituciones de importancia, públicas o no, se iban pudriendo.

En abril el cuerpo nos dio el susto pero imbuidos de dinámicas demasiado arraigadas y, también, del poco tiempo disponible la analítica de ayer nos dio el segundo arrechucho.  Y claro, tenemos miedo.

Lo que pasa es que ese monstruo. Ese fascismo hispano, aparentemente repentino y demoledor, siempre había estado ahí. Nunca se fue.

No se fue porque después de cuarenta años de dictadura y represión, en los pactos de la transición, no fue purgado. Ni siquiera parcialmente. La izquierda, apostando a chica, acepto resinificar la expresión “café para todos” y se conformó con que les diesen su cuota con la esperanza de, desde ahí, poder cambiar las cosas.

Y no se limpió nada. Los militares franquistas siguieron formando militares. Los policías franquistas siguieron formando policías. Los jueces del Tribunal de Orden Público se cambiaron el nombre y siguieron formando jueces. Los catedráticos siguieron en sus aulas magnas y hasta los taxistas, los de las dos mil licencias de Arias Navarro incluidos, siguieron en sus puestos. Sin pedir disculpas, sin sentir vergüenza, sin un tirón de orejas, de tal modo que siguieron haciendo lo de siempre, cobrando su sueldo de siempre, y perpetuando su forma de ser.

En frente, nosotros, con un aparente viento a favor nos dividimos en dos, como en aquella película de Cristal Oscuro, entre los que nos convertimos en adalides de la ética de la estética y los que, mayoritarios, nos dejamos llevar por los cantos de sirena y la escenografía de cartón piedra que nos habían dejado colocar en el escenario.

Una historia de hadas, que nos repetíamos como mantra, en la que se decía que nuestra transición fue ideal y que no se podía hacer más. En la que el buenismo progre se creyó su propia propaganda mientras como sociedad nos acercábamos cada vez más al barranco.

Durante cuarenta años hemos destruido, de manera sistemática todas nuestras posibles herramientas de resistencia, lucha y generación de conciencia. Tanto las que lucharon contra la dictadura como las que han surgido después convirtiéndolas en chiringuitos y trampolines o las hemos bloqueado usándolas como islas de resistencia cerradas e impermeables al exterior.

Hoy ya hemos votado y lo que hay está a la vista. Los resultados son los segundos peores de los que se podían dar y una nube depresiva asfixia a casi toda la gente que se considera de izquierdas. Y en cambio la situación es mejor, mucho mejor, de lo que parece.

Las urnas nos han dado el diagnostico real. Puro, duro e ineludible de como están las cosas. Hay tres millones largos de fascistas, Otros casi siete millones de personas dispuestos a aceptarles con sus “defectillos”. Y muchos de los votos al PSOE y de la derecha nacionalista, en el fondo, no están tan lejos de ellos como los medios y las banderas de plástico pueden insinuar.

El medio ambiente agoniza, el machismo contra ataca y el racismo arrecia. El fascismo es así. Sin careta, sin sonrisas, sin cuartel.

Además no tenemos sindicatos, ni asociaciones vecinales fuertes ni estructuras de base coordinadas y con músculo. Lo se. Y hay miedo, mucho miedo. Yo también lo siento.

Desde hoy toca construir la resistencia o irse a casa. Una resistencia revolucionaria y pausada. Discreta y constante. Una resistencia que nos exigirá muchos esfuerzos no solo ante la más que esperable brutalidad represiva en el medio plazo.

Los adictos a lo establecido, a las comodidades y prebendas. A los salarios del estado por vía indirecta, a no ser nunca criticados ni sustituidos, y los que les obedecían rechinando dientes sin alzar nunca la voz en público tendrán que cambiar su actitud. Dar un giro de ciento ochenta grados y caminar hacia el pueblo y formar parte de el. Pero no solo.

Los insulares. Las fortalezas aisladas ( los baluartes dan seguridad, y tienen su utilidad, pero ninguna posición sitiada puede resistir indefinidamente sin apoyo exterior). Las comunidades específicas que han hecho de su seña de identidad su modus vivendi y a los que nos escuece hasta la más leve arruga en nuestro vestido también tendremos que salir de nuestra capsula caliente y estable para encontranos con los anteriores y con el pueblo. Con las clase trabajadora que puede, solo ella, organizada y consciente, derrotar el fascismo y construir un mundo nuevo.

Y no va a ser fácil. No solo por los medios de comunicación y sus voceros. O por su educación predadora y consumista. No.

Nuestro principal enemigo seremos nosotras mismas. Tendremos que escuchar para ser escuchados. Tendremos que aprender a ser más empáticos, menos estrictas, más comprensivos. Primero intra muros. Entre facciones y, una vez ensayado, en el yermo social.

Crear un movimiento en el que puedan sentirse cómodos todos aquellos que no son ni profesionales de la lucha ni seres de luz tocados por la perfección divina. Aceptar que no destruiremos seis mil años, o los que sean, de patriarcado, estado y explotación en dos generaciones.

No se trata de si moriremos machistas, racistas y estratificados. Eso es inevitable. Se trata de si lo haremos con la mayoría del pueblo, caminando entre ellos en la misma dirección y aguantando sus miasmas o si, por el contrario, le gritaremos consignas desde cinco casillas más adelante,con la verdad en el bolsillo, mientras nos encierran en un campo de concentración.

La elección es nuestra, las consecuencias también.

La pelota está en nuestro tejado.