martes, 23 de julio de 2019

El niño de Hollywood

Los hermanos, dos de los tres que son, Martínez D’Abuisson, Juan y Óscar para los amigos; Óscar y Juan para los que además están obsesionados por el orden de llegada, presentaron esta primavera su último trabajo.

Éste libro a cuatro manos, que en España ha sacado la editorial Debate, se llama El niño de Hollywood; Una historia personal de la Mara Salvatrucha.

Óscar y Juan se adentran
Portada de la edición en España
de nuevo en el mundo sórdido de las pandillas y las maras.

Digo de nuevo porque, para los que no les conozcáis, Óscar “el periodista” y Juan “el antropólogo” han trabajado bastante estos temas. El menor de los hermanos ya publicó en España, con Pepitas de Calabaza, el libro Ver, oír y callar. Un año con la Mara Salvatrucha.
En cuanto a Oscar lleva años investigando y publicando, tanto en el periódico Elfaro.net como en otros medios, trabajos periodísticos y crónicas sobre este fenómeno social.

A El niño, como pasa con cualquier otro libro, podemos acercarnos desde distintos lugares. Podemos llegar a él desde el interés antropológico; desde la afición a la buena crónica; por un snobismo barato manifestado en una obsesión por los grupos mafiosos y marginales de moda; también desde una suficiencia pedante de quien cree conocer algo de tan complejo asunto;  para tratar de entender mejor a algunos de nuestros nuevos vecinos que llegan allende los mares o desde el desconocimiento más absoluto habiendo sido víctimas de un librero perverso o seducidos por la cutre pero efectista portada. Entre otras muchas opciones.

En  El niño, a diferencia de lo que pasa con muchos otros libros a los que podemos llegar desde muy diferentes lugares, vamos a encontrar una de esas obras que contienen muchas obras.

Para quienes se queden solo con la primera capa de la cebolla estamos ante una especie de hagiografía inversa centrada en un delincuente sin escrúpulos. Pero El niño es en verdad mucho más que eso. De hecho y para ser sinceros el subtítulo se le queda muy corto.

Este libro, aparentemente escrito de manera ligera,  es un relato desgarrador y nada fácil de leer. Me explico. No es ni mucho menos  una obra para académicos cargada de esdrújulas y sobreesdrújulas y ornamentada con términos solo aptos para iniciados. Que va.

No es fácil de leer porque, escrito en lenguaje asequible, a ratos coloquial, los autores nos obligan a no bajar la guardia ni un minuto. No es fácil de leer porque, en forma de crónica periodística, los autores han trenzado un riguroso y serio trabajo de análisis crítico sobre el fenómeno de las pandillas. Óscar y Juan no se conforman con seguir la vida de un nadie dando aquí y allá pinceladas de ingenio para hacerla atractiva y comercial.

 Se zambullen, esbozan, retroceden y avanzan, con la excusa de su protagonista, en un proceso histórico que hunde sus raíces antiguas hace ya casi dos siglos y tiene sus detonantes en las cuatro últimas décadas.  La verdadera miga de éste libro está sin duda ahí. En los datos y los hechos que nos dan el contexto para que la mísera historia de un asesino de pueblo sea merecedora de un libro. En aquello que el lector rápido o despistado podría considerar el Atrezo.

Lo que nos cuentan Juan y Óscar con la excusa de su antihéroe y alrededor de este es, simple y llanamente, como se construyen el caos y un estado fallido. Como se hace para que, con tiempo y esfuerzo, toda una sociedad sea derrotada y destruida. Y, lo más meritorio, como conseguirlo y que parezca además que los responsables son sus segundas mayores víctimas. Los victimarios de a pie. Los esclavos que decididos a no ser los últimos en esta cloaca, a no dejarse avasallar, solo pudieron lograrlo exprimiendo y machacando a los suyos para, simplemente escalar un peldaño.

Este libro, que inevitablemente recuerda y complementa otro de Roberto Valencia que lleva por título Cartas desde Zacatraz, es básico para entender no solo la realidad en pequeñas e ignoradas regiones del mundo, sino también una realidad que ya nos está cayendo encima. Un aviso para navegantes que nos muestra dónde nos  llevan las medidas tomadas desde el miedo, la indolencia y la segregación.

Esta descripción que nos brindan los autores no solo es una estampa de lo que queda detrás, en el callejón paralelo a la avenida comercial, del escaparate liberal. Del sálvese quien pueda. Del individualismo capitalista.

Es una visita guiada al basurero de la historia. Sin el glamour de un capítulo de Black Mirror pero mucho más inquietante.

A fin de cuentas este cuento de terror es real. Sucede cada día y ya, “a los del norte”, nos viene pisando los talones.

lunes, 15 de julio de 2019

Loorgo



Despertó por culpa del dolor de cabeza. Una intensa punzada le hizo regresar al mundo de los vivos mientras una arcada le subía desde el estómago. Se giró sobre su lecho de juncos secos y se incorporó dejando a su espalda la pared de roca. 

Vestía exclusivamente un calzón de tela de saco. Es resto de su cuerpo permanecía desnudo. Lo prefería así. Hacía ya años que la ropa le resultaba incómoda para dormir.

Notó que algo se movía por su pelo. Palpó sus gruesas y largas rastas negras hasta que lo localizó. Lo cogió con tres dedos y lo observó detenidamente con la escasa luz que le proporcionaba la hoguera. 

Dada la vuelta, patas arriba, la garrapata de las cuevas no era gran cosa. Se asemejaba, más que sus primas de exterior, a una especie de escarabajo, con su exoesqueleto color pardo, como el de las rocas en las que se ocultaba. Esta en concreto pataleaba torpemente. Parecía no querer aceptar su destino. Y peleaba, en una posición de desventaja, por una vida que ya no le pertenecía. Se la puso a la altura de la cara, la miró un par de veces con un ojo cerrado y la giró desde distintos ángulos.  Esta pequeña diablilla poco más grande que una manzana no le chuparía más la sangre.

Sin pensarlo mucho se la metió en la boca. Notó su caparazón quebrándose entre sus muelas y el sabor de su propia sangre, aún sin digerir, impregnando su lengua y su paladar. Las garrapatas de las cuevas recién alimentadas eran un manjar.

La imagen del forcejeo inútil contra el destino que acababa de protagonizar le trajo de nuevo a la realidad. Hoy era el gran día y ese patán de Slish aún no había aparecido. Le llamó con un bramido y apoyó la rodilla en el suelo de piedra para levantarse. Ya no era el joven ágil de antaño y las cuatro capas de barriga, símbolo de su status, dificultaban la maniobra.

Su ayudante llegó justo cuando jadeante terminaba de ponerse de pie. Se sentía fatigado y resacoso y eso le lastraba. El escuálido chambelán traía un enorme barreño con agua fresca del pozo. Estuvo a punto de volcarlo en dos ocasiones. Apenas levantaba la mirada del suelo más por no mirar a su amo que por temor a un tropiezo. Le tenía miedo y eso, a Looorgo, le llenaba de placer.

Slish depositó, con un gran esfuerzo,  el barreño sobre la mesa. El sumo sacerdote le miró de arriba a abajo. Observó la piel azul celeste, clara y mortecina, cubierta por trapos grises de suciedad. La pequeña cabeza calva. Los ojos saltones de color verde. Esa nariz moqueante. Ese cuello huesudo y desagradable. La patética criatura se apartó para dejarle hueco pidiendo disculpas por su tardanza. Mientras se marchaba le pareció que ocultaba, con  los harapos, que ya no se le marcaban los huesos de las costillas.
  • ¿No estarás robando comida sabandija?
  • No mi amo - contestó, con las orejas gachas, el pequeño sirviente.

Le asestó un empujón que le estampó contra la pared.
  • Soy demasiado bueno contigo alimaña, ya hablaremos mañana cuando todo haya terminado.
Viendo marchar a su asistente recordó su infancia y como había sido admitido en las cuevas. Acababa de pasar el tiempo sagrado y los sacerdotes buscaban nuevos ayudantes. El era muy joven y pequeño entonces. Poco más que un renacuajo. El más menudo de los que quedaban de su nidada y un lastre para su familia. Le llevaron a la plaza y lo expusieron en la tarima de candidatos. 

El nunca antes había visto un sumo sacerdote, ni un sacerdote siquiera. Solo acólitos.
Quedó impresionado al ver llegar el séquito. Una docena de sacerdotes, incluidos los recién ordenados, llegaron con paso lento y cansado. Arrastraban los pies, apoyando su caminar en cayados, para avanzar esos cuerpos que a él le parecieron enormes aquél día.

La multitud agrupada en la plaza dejó un gran espacio para los recién llegados y empezó la selección. Tal y como mandaba la tradición los primeros en elegir eran los recién ordenados. Carecían de esclavos y, en su primer año, podrían llevarse hasta dos. Luego era el turno de los demás sacerdotes, en función de su rango, empezando por el gran maestre. Aquellos rechazados como ayudantes tenían el privilegio de ser llevados a las cocinas del templo, donde eran incluidos en el menú.

El fue escogido por los pelos, en penúltimo lugar. Su ama era una sacerdotisa llamada Morlon que le miró con bastante asco antes de decidirse. Era comprensible, era puro pellejo y hueso, y siempre tuvo la convicción de que solo le quería engordar un poco antes de comérselo. Nunca más vio a su familia.


Antes de lavarse la cara miró su rostro reflejado en el agua. Los mofletes generosos. El cabello enmarañado. Sus pequeños ojos negros perfectamente rodeados de carne y sus dos generosas papadas que pronto se verían adornadas por los collares ceremoniales, hechos de dientes y falanges, que le llegaban hasta el ombligo. Hoy era el gran día.

La ceremonia comenzaría al caer la noche. Empezaría con el banquete de los doce. Solo ellos. Comerían y beberían hasta que se agotaran las existencias y después cada uno se retiraría a su silla ceremonial.

Detrás de cada silla, impertérrita, estaba la calavera de los doce sacerdotes más grandes y poderosos de la historia de su pueblo. Y tras el trono de madera del sumo sacerdote se encontraba la calavera de Zuleima la gran sacerdotisa. La más famosa entre las famosas. La leyenda. Acudió al ritual durante veintisiete años y las leyendas cuentan que llegó a tener tres papadas y una barriga de cinco pliegues. Que nunca cayó. Ella le protegería.

El séquito de Morlon no era mucho más seguro que la despensa del templo. Una docena de esclavos como él luchaban entre sí por sobrevivir y solo una, llamada Charca, algo mayor le ayudó de forma sincera. Le enseñó los gustos de su señora, las costumbres del complejo subterráneo, los territorios y los lugares que no debía pisar hasta crecer un poco más. Conseguía comida extra que compartía y, lo más importante, le reveló la forma de reconocer cuando Morlon estaba enfadada y cómo ocultar con retales de tela su propio aumento de peso. Esas eran las claves para sobrevivir.

Pasado el primer año se revelaron los nombres. Charca y Looorgo. 

Fue un par de años después cuando dio el gran salto. Había observado como a Charca le empezaban a crecer el cuello y el abdomen. Casi tanto como a sí mismo, que había experimentado un aumento repentino y considerable de tamaño.

Una noche cercana al ritual se escurrió hasta la poltrona favorita  de su señora Morlon en el sancta sanctorum del templo . La saboteó de manera deliberadamente torpe y ocultó las herramientas en el jergón de otro de los esclavos  a punto de convertirse en acólito.

Todo se descubrió en la inspección de la mañana y, dado que apenas si había ocultado unos  cambios de los que se pavoneaba, el infeliz en cuestión fue el primero en ser registrado. Looorgo fingió pisar sin querer el sayo de Charca mientras el tercer infeliz en discordia era enviado a las cocinas.. Los ropajes de su amiga, meticulosamente engarzados, cayeron al suelo y sus carnes crecientes y piel oscurecida quedaron al descubierto. 

Nuestra señora no pudo ocultar  el odio y la gula en su mirada y Charca se unió al destino del primer eliminado mirando con horror y tristeza a su amigo. El, ocultando la mirada,  sonrió satisfecho. Como mucho se libera un acólito por sacerdote cada año y no podría ocultar su crecimiento por más tiempo. Ni siquiera de la miope de  su ama. Charca era pura bondad y falta de inteligencia. No era digna de sobrevivir. Se relamió pensando que esa noche probaría su carne.

Se colocó sus collares y la diadema. Se limpió bien los dientes y se sacó los restos de comida con la ayuda de un hueso de pollo. Pidió a sus esclavos que subiesen el trono al altar de su cueva, para poder revisarla por si mismo.  

Comprobó las maderas y los clavos. Los barnices y los refuerzos. Tentado estuvo de sentarse para probarla pero era un sacrilegio que de descubrirse se pagaba con la muerte y el no necesitaba hacer trampas para mantener el favor de sus dioses. 

Había sido un mes duro. Un mes cargado  de agasajos y ceremonias colectivas donde los presentes culinarios de sus subordinados no habían dejado de sucederse. Cuatro semanas de auto control, ayunos en sus aposentos y vómitos a escondidas para que sus enemigos se confiaran. Resistiendo la tentación de grandes manjares y bebidas espirituosas y refrescantes. Treinta días fingiendo beber y comer mucho más de lo que lo estaba haciendo, y enormemente menos de lo que le gustaría, para que las sabandijas que querían quitarle el puesto se confiaran y acabáran deglutiendo más que el. Aguantando al torpe de Slish al que había elegido como ordenanza pese a sus evidentes limitaciones por saberle hambriento. Por que sabía que le robaría comida. Hurtos que en caso de debilidad menguarían la cantidad que el mismo tragaría sin deber hacerlo.

Se puso la capa de cáñamo y pedrería y pasó revista a sus séquito. Eligió al esclavo que le pareció más adecuado, el más rollizo, como ofrenda para la cena. El indigno gusarapo comenzó a llorar y a pedir clemencia, acusando a otros de estar más gordos y sabrosos. Tratando de arrancarles las ropas para que viésemos sus panzas opacas. Era una escena que, en otro momento le hubiese hecho relamerse, pero no había tiempo que perder pues la ceremonia debía comenzar.

Ordenó a dos acólitos que vivían en su parte del complejo que solucionaran el problema y, uno de ellos, le rompió el espinazo al sentenciado semoviente con un golpe seco contra su rodilla. Como si fuese un palo para la hoguera. No era un buen augurio. 

Llegaron al salón principal del templo.  Ocuparon los bancos de piedra bajo la vigilancia silenciosa de los doce cráneos y las doce tronas vacías que habían recolocado en su lugar los esclavos de los sacerdotes.

Sonó un gong y comenzó el último banquete del año.

Los entrantes estaban compuestos de cangrejos de río en salsa de tamarindo, ostras vivas, sopa de oruga verde y, por supuesto, garrapatas de cueva. Su favorito. Los ayudantes de cocina se paseaban entre los invitados, con ellas chupándoles las sangre,  a la espera de que los sacerdotes las cogiesen vivas y aún calientes. 

La verdura, en ensalada, al horno y con salsas era un manjar perfecto para preparar los estómagos antes del plato fuerte. Mientras se sucedían los platos en las grandes rocas pulidas que hacían las veces de mesas para banquetes iban teniendo lugar los brindis y las loas a los dioses. Cada sacerdote tenía su turno, entre plato y plato, para su oración. Once intervenciones por once platos y once brindis, dejando el último para el gran maestre que sería el duodécimo. Once actos de hipocresía y adulación llevados a cabo por once rivales que solo aspiraban a vivir para quitarle el puesto.

El último plato, la ofrenda más sagrada, eran los esclavos elegidos los últimos días por sus propios amos para agasajar a los dioses. Las escrituras eran claras. Todo sacerdote debía sacrificar como mínimo un esclavo al rito, pero lo habitual era que el último mes los castigos por indisciplina y las luchas intestinas entre siervos proporcionasen más oblaciones. Se servían al horno, en su propio jugo, y acompañados de patatas y zanahorias.

Terminados los sermones sonó el gong y se hizo el silencio. Se convocó a todos los esclavos, los de cada prelado y los pertenecientes al templo, que acudieron a ocupar sus puestos alrededor del gran salón.  Vestidos con sus mandiles sucios de grasa, manchados de sangre, con huellas de haberse limpiado en ellos, y armados con trinchantes adquirían una dignidad de la que carecían el resto del año. Esperaban su momento. Para muchos su único momento. 

Looorgo, siguiendo la tradición, fue el primero en levantarse. Parsimoniosamente inspeccionó los sillones uno a uno. Los revisaba con ademán experto siempre después de haber hecho una referencia a cada una de las calaveras custodias. Cientos de ojos le observaban.

Una vez hubo considerado la mejor opción, tres puestos a la derecha de la silla frente a los restos de su respetada Zuleima, se quedó parado y lo reclamó para sí apoyando su rodilla en el suelo frente él. Ya quedaba menos para terminar un ritual que le llevaría a alcanzar en años de sacerdocio a la mismísima matriarca. La favorita de sus protectores.

Uno a uno, sus discípulos, fueron repitiendo la operación. Cada vez con menos opciones donde elegir pero no por ello tomando menos tiempo. Era una decisión crucial. Con sus pasos lentos, sus ojillos vidriosos,  y sus ornamentos sagrados se iban colocando en las posiciones elegidas por ellos o simplemente descartadas por el resto.

Una vez hubieron terminado se giraron todos y, tras elevar la que podría ser su última plegaria, procedieron a sentarse en sus puestos a la espera del veredicto de los señores celestiales. Había llegado el gran momento.

Un mar de ocelos les escrutaba con la respiración contenida, en silencio, desde la penumbra. Procedieron a sentarse. Roce de sillas y crujir de tablas. Looorgo notó como la madera se combaba para adaptarse a su forma y sostener su peso. Sus cuatro barrigas y  sus casi tres papadas se acomodaron entre los incómodos leños. Todo el clero se miraba en silencio, contenido, atemorizado.

Tras un tiempo indeterminado y tenso un chasquido rasgó el silencio. A la izquierda de su posición, exactamente el sillón pegado al suyo, se quebró bajo el peso de su ocupante que cayó al suelo patas arriba. Una mirada de terror incontenible, que solo Looorgo podía ver desde su privilegiada posición, dominaba un rostro que miraba a izquierda y derecha buscando una salida imposible. Cientos de voces gritaron al unísono y sus alaridos, amplificados por el eco de la cueva, sonaron como el rugido de un dragón. Looorgo se relamió excitado.

Antes de que los ingratos renacuajos se cobraran su presa dos estruendos más, amortiguados por los aullidos de la jauría,  llevaron a sus ocupantes al suelo del santuario. 

Patas arriba, casi inmóvil, y preso de sus cuatro pliegues de barriga y sus hermosas casi tres papadas Lorgo apenas alcanzó a asimilar lo que acababa de ocurrir. Lo último que vio  fue al ingrato de Slish saltandole encima con una mirada voraz y un tenedor tan grande como su brazo.

 Ya nunca alcanzaría la fama de Zuleima ni sería el Gran Looorgo.


martes, 9 de julio de 2019

Memorias de un revolucionario









Con este título tan sugerente, y que a muchos nos hubiera encantado poder utilizar tan honestamente como este autor algún día, el escritor ruso belga Víctor Serge pone nombre a su autobiografía.

Acaba de ser reeditado, revisado y corregido frente a ediciones anteriores de otras empresas, en la Colección Historia de Traficantes de Sueños. Algo que agradecemos enormemente por ser un libro que debería estar siempre disponible.

Narra gran parte de su vida. Empieza con una somera explicación de su infancia. Continúa más profusamente con su juventud como militante anarquista en la Europa Occidental previa a la Revolución Rusa, en la que llega a conocer y militar con personas de la talla de Salvador Seguí en Barcelona, para llegar a su regreso a Rusia durante la revolución. Su incorporación a los bolcheviques y su activa participación en el proceso revolucionario.Tanto desde el soviet de Petrogrado como desde su papel en la Komintern.

Serge no solo estuvo presente como protagonista  en uno de los episodios más emocionantes y trascendentales del siglo XX. Además lo hizo desde una posición excepcional y nos lo transmitió con la habilidad de una gran pluma y los análisis de una gran cabeza. Organizador y testigo en un segundo plano de popularidad, pero en primera línea de acción. En los espacios y con las personas que llenaron después, a veces de manera intermitente, los libros de historia. Aprovechó para dejarnos, desde la integridad, uno de los documentos más interesantes hasta la fecha de la revolución soviética y  de su posterior marchitamiento. 

Victor jamás dejó de tener un pensamiento independiente y crítico. Siempre mantuvo un ligero toque libertario en su manera de ver lo que estaba sucediendo. Esto hizo que estuviese siempre solo dentro de un partido infectado del mal de las facciones y las tendencias y que fuese considerado injustamente de trotskista sin serlo. Líder al que respetaba pero con el que se había enfrentado en diversas ocasiones por diferencias de criterio. 

Una prueba de su reconocida decencia es el hecho de que fue el único miembro de la dirigencia bolchevique al que se le permitió ir en el cortejo funerario de Kropotkin, rodeado de antiguos compañeros, excarcelados para la ocasión, muchos de los cuales ya nunca volverían a pisar las calles. 

Impresiona el relato que hace de ese entierro, en primera persona. Desde el interior de  una manifestación acosada por la Checa,a la sazón dirigida por su camarada Dzerzhinsky. Y cómo lo enlaza con otro entierro, muy parecido, al que acudirá siete años después desde el mismo sitio en las exequias, pero ya sin la protección de su amigo polaco. 

Como esta,  páginas y páginas de mirada reflexiva puesta sobre el lento proceso que convirtió un crisol de tendencias y sensibilidades socialistas en un mausoleo de sometimiento y horror, en el que hasta la creatividad artística fue perseguida cuando no encajaba en los moldes de las necesidades del líder.

Un proceso de esclerotización que no casualmente se repitió después, en mayor o menor medida, en todas las revoluciones posteriores. Y, también, en todas las revoluciones que no llegaron a ser. 

Este libro nos permite reconocer, en sucesos con un siglo de antigüedad, las mismas dinámicas y las mismas formas de hacer política que tenemos hoy en día, por desgracia, en casi todas las familias que dicen luchar por una sociedad sin clases. Sin opresores ni oprimidos. 

Una forma de hacer política que confunde la lealtad con la obediencia. El discurso con la consigna. Lo importante con lo urgente. Y que a base de aceptar el mal menor y de hacer de la necesidad virtud ha perdido el alma y se consuela a sí misma con el mantra de que los otros son peores.  Una forma de hacer política que ha renunciado a eso, llamado ética, que no es más que la adecuación coherente entre los medios y los fines. Que ha hecho suya la máxima de que el fín justifica los medios.

Todo esto nos lo describe Serge en escenarios que van desde el miedo helado en la San Petersburgo asediada por los blancos, hasta las hambrunas bajo el insoportable sol kazajo.

Un libro, para terminar, que va de menos a más. Sencillo y cercano que, en el peor de los casos, dotará de humanidad ante nosotros a decenas de nombres aupados a la leyenda. Seguro que hará que entendamos más profundamente dónde y cómo nacieron nuestros lastres de hoy. Y en el mejor de los casos nos ayudará a no repetir errores y probar nuevos caminos en el presente.

Eso último solo está en nuestras manos.


sábado, 6 de julio de 2019

Una noche cualquiera


Este  cuento corto lo escribí para el  primer concurso de relatos que organizaba la sección de Metro del sindicato Solidaridad Obrera. Nunca lo presenté a concurso, por combinación de miedo y vergüenza, y aunque sospecho que dentro de ese certamen ha debido ser un tema muy manido he querido rescatarlo para mi blog.

Aclaro que, en su momento y hablo de memoria, las dos condiciones principales eran que no debía extenderse más allá de las trescientas palabras y debía de estar relacionado con, o tener lugar en las instalaciones de metro. Las que fuesen. Ahí os lo dejo.




                                         Una noche cualquiera


     Ramiro dejó escapar aquel tren, aún era la una y cuarto, por lo que 
podía permitirse esperar al siguiente, no tenía prisa ninguna. Alguna 
ventaja tenía que tener el paro, pensó con ironía.
     Caminó lentamente hasta un banco al final del anden, se hurgó en la 
chaqueta, sacó su paquete de Ducados y se encendió uno.
     Estiró las piernas, apoyó la cabeza en la pared y con la mirada 
perdida dejó volar su mente disfrutando de la que, a su juicio, era la 
mejor hora para viajar en metro.
     Evocó el suburbano de su infancia. El que no pasaba de Portazgo ni 
Esperanza. Aquel metro que le facilitó su primer contacto con la lucha 
de clases cuando se pasó tres meses yendo a pié al colegio por una 
huelga. Aquel en que te asabas en verano y te mojabas en invierno por 
que llovía en los pasillos. Aquel metro en que la gente era menos 
agresiva y hasta se podía ligar de vez en cuando.
     Entonces recordó aquella noche, sería sábado, que se sentó justo 
delante de una joven de su edad. Se miraron a los ojos mutuamente y así 
se quedaron. Mirándose. Estación tras estación hasta que justo una antes 
de la suya ella se levantó sin dejar de mirarle a los ojos y salió del 
vagón, recordó como el giró la cabeza mientras sonaba el silbato y 
siguieron mirándose hasta que le engulló la oscuridad del túnel...
     Disculpe pero está prohibido fumar en toda la red de metro, le 
espetó una fría voz, sacándole de sus recuerdos
     Miró hacía arriba y vio dos uniformes color pistacho que le 
flanqueaban. Tras ver sus ojos rojos estuvo a punto de preguntar si en 
la red de metro no estaba prohibido el consumo de farlopa para llegar 
despierto al fin de turno, pero rechazó la idea porque dadas las 
circunstancias era una batalla perdida.
     Se levantó, apago el cigarro y paso el resto de la espera contando 
las baldosas del suelo del anden.
        Cuando llegó su tren subió y, libre de los cancerberos,  regreso 
a ese metro donde no solo era posible trasladarse, sino ligar, soñar y, 
quien lo diría ahora, hasta luchar."

viernes, 21 de junio de 2019

Mis tribulaciones con Cifra


Mis tribulaciones con Cifra




Esta mañana, en la ducha, me ha venido a la cabeza una escena de la película de Matrix.

No se ha tratado de ninguna escena de combates espectaculares, ni la de las pastillas roja y azul, ni las favoritas entre los rojos en las que compara a los humanos con pilas; tampoco cuando interrogan a Morfeo y se habla de las diferentes formas de control social y la relación entre saber, conciencia y libertad. No.

La escena, corta, que he visualizado mientras me remojaba antes de empezar el día ha sido aquella en la que Cifra, bien vestido y comiéndose toscamente un gran pedazo de carne, en un elegante y elevado restaurante, pacta con el Sr Smith los términos de su traición a la causa humana y accede a volver a ser una batería más con una memoria reseteada. Tan solo a cambio de no recodar nada y ser una persona rica y famosa tras el formateo.

Luego, dando vueltas al asunto, creo saber por que me viene a la cabeza esta escena y no otras de esta, en mi opinión, obra maestra de las hermanas Wachowski. No se si ellas se lo plantearon así, como tantos otros dobles sentidos de la película, pero para mi esta escena de un Cifra convertido en un pos moderno Karel Curda pone sobre la mesa dos aspectos fundamentales en la vida humana y que a mi, a mi manera, me vienen rondando y con las que tengo fritas de manera redundante a las personas más cercanas a mi. Se trata de la Ética y de la Fe.

Cifra es un hombre que después de haber descubierto la verdad escondida tras el cartón piedra y haber luchado por una causa durante años pierde la Fe y decide entregar a su admirado y querido jefe a cambio de la salvación individual. Como pago solo pide el poder olvidar ya que, a fin de cuentas, él mismo sabe que la segunda parte del trato, la de renacer como estrella del cine, no está en su mano.

La historia de la humanidad está llena de personajes como Cifra. Algunos, pocos, los mejores de su género, han colaborado en felonías épicas como el asesinato de Viriato y menos aún, por no decir solo uno, han alcanzado la fama. Es el caso de Judas Iscariote quien, a fin de cuentas, podemos pensar que operaba por mandato divino.

El castigo para los traidores de leyenda es el mismo que el reservado para los pérfidos cotidianos y grises. El olvido. Supongo que es la forma en que la historia, herramienta suprema casi siempre al servicio del poder, tiene de garantizar cierta paz de espíritu en la eternidad a semejantes criminales (los peores según Dante) ya que, en vida, no hay forma cien por cien fiable de acallar los recuerdos y las conciencias de los traidores, a los que solo se les pueden dar chucherías materiales y, si lo desean, cierto anonimato. Al menos de momento.

Pero permitidme volver a centrar parcialmente el asunto. Cifra es un hombre sin Fe y por eso me viene a la mente.

Hace mucho tiempo que envidio a la gente con fe. No necesariamente con una fe religiosa, que va. A fin de cuentas el componente místico de los discursos socialistas europeos, generosamente esparcidos por el mundo, de los siglos XIX y XX es innegable y los sacrificios realizados por millones de hombres y mujeres en pos de una sociedad comunista, del tipo que sea, son inimaginables sin ese sustento irracional que da el saberse parte de un proyecto superior. La confianza ciega de quien conoce el misterio del final del camino. Ya sea este la salvación del alma o el fin de la sociedad de clases.

Quien tiene fe, autentica y verdadera, no una fe estética de procesión o mitin, acepta el sufrimiento como parte de un proceso, un peaje inevitable en el camino de la historia. Y no teme a la muerte porque tras la vida, plena de sentido, algo de si permanecerá en este mundo, en el siguiente, o en ambos.

Sin llegar a extremos tan definitivos quien de verdad cree en algo, terrenal o espiritual, lleva mejor el día a día.

Yo carezco de fe. Perdí la fe espiritual muy pronto, si es que alguna vez llegué a tenerla, y la fe colectiva, en la revolución socialista, en mi caso libertaria, hace mucho tiempo. Esta última no se esfumo de golpe, se erosiono tras años de decepciones.

Cuando digo que carezco de fe lo digo en profundidad. No tengo creencias religiosas pero no niego que podría estar equivocado. En lo espiritual no me creo las grandes religiones occidentales pero desconozco las otras sensibilidades místicas que pueblan la tierra, con lo que no me atrevo a negarlas. En lo social desconfío de las posibilidades de la humanidad para revertir los problemas actuales, pero acepto que mi carácter personal puede estarme llevando por unos derroteros demasiado derrotistas. Soy agnóstico. A fin de cuentas ser ateo, como me enseño mi amigo Luis López-Lago, también es cuestión de fe.

Desde este agnosticismo me preocupa bastante que puedan estar en lo cierto aquellas creencias que apuestan por la reencarnación. Y ya, metidos en harina, me preocupa mucho como a Cifra en que podría reencarnarme.

Le he dado muchas vueltas y hace años que se que no quiero reencarnarme ni en estrella de cine, ni escritor de éxito ni el multimillonario con glamour. Tampoco en revolucionario. Los de éxito acaban en camisetas. Los perdedores acaba de pagafantas sociales, alcoholizados, escribiendo en blogs sin lectores, viendo como le dan la razón los espejos, todas las anteriores o incluso cosas peores.

Estoy harto de vivir en la derrota y soy demasiado vago, viejo y cobarde para cambiarme de bando ahora e intentar hacerme un hueco. Hay demasiada competencia y no creo que mi conciencia sea barata de acallar. Acepto para los restos, sea que mañana me caiga un rayo, o llegue a los noventa años con buena salud, esta existencia de perdedor consciente. Pero ya. Otra vida así no la quiero. Principalmente, como dije antes, porque carezco de fe. Y sin fe, un anarquista, solo puede ser un triste y un cínico.

Quiero, y lo digo de todo corazón, reencarnarme en cabrón. Entiendaseme bien, no en un mamífero rumiante ovino, macho, de cuerpo esbelto, pelo fuerte y áspero. No es eso. Quiero reencarnarme en un mal nacido. Pero no un psicopatilla de medio pelo metido a carcelero o de encargado en unos grandes almacenes. No. Ni si quiera un narco con cientos de sicarios.

En mi próxima vida quiero ser un autentico hijo de Satanás. Uno de esos tíos que cuando entra en una habitación todo el mundo se caga de miedo. Que cuando llama a alguien por su nombre en una reunión, el interpelado, aunque sea ministro de defensa, trage saliva y le tiemble un poco la pierna. Sin ningún tipo de sentimiento ni de principio más allá del poder personal y absoluto. Y que encima, parte de la humanidad me admire y me quiera por ello. No lo negaré, quiero reencarnarme en un Palpatine o en un Stalin.

En cuanto a la segunda acepción de la palabra cabrón en el diccionario. Mi mujer y sus amantes que hagan lo que quieran. Les voy a fusilar de todas formas.


Tres esbirros ante mi, en mi próxima vida, preguntandose si será su último día de trabajo

miércoles, 19 de junio de 2019

Las alacranas campeonas

Hace unas semanas publiqué este texto sobre el quipo cadete femenino de la Asociación Alacrán 1997 en facebook. Como algunos de mis amigos no estáis en esa red social pero si leeis este blog, os lo cuelgo aquí para que, si os apetece, le echéis un vistazo.

Hace poco menos de un mes Miguel Ezquiaga publicaba un articulo en El País sobre el equipo femenino de Alacrán, concretamente sobre el de la categoría cadete.
Este equipo, con tan solo dos años de andadura, ha pasado una temporada bastante dura.
Debido al poco interés que suscita el deporte femenino, como cualquier otra cosa relativa a quienes no ostentan el privilegio de género, estas muchachas han pasado una temporada entera mezcladas con equipos, muchos, de mujeres dos y tres años mayores que ellas. Se han encontrado polideportivos cerrados, horarios absurdos y hasta en tres ocasiones los arbitros (siempre hombres, muchos de ellos instalados en la más absoluta indolencia) no se han molestado en aparecer. Además, desde el minuto uno, ante las quejas del equipo técnico, compuestos por dos mujeres y un hombre, la respuesta del gestor municipal fue "que había que ver, que este equipo daba más trabajo que todos los equipos de chicos juntos".
No es nuevo. Las mujeres futbolistas estan habituadas a los horarios más tardíos en invierno y, paradojicamente, los horarios de mediodía en verano. A que los arbitros paseen por el campo y les piten como si fuesen domingueros mirando a las ovejas en el campo o que les apaguen los focos a mitad de partido pensando que ya no queda nadie en el polideportivo, entre otras lindezas.
No quiero ni imaginar que pasaría si un gestor deportivo municipal permitiese semejante desdén en polideportivos y arbitros en las ligas masculinas. Rectifico, ni siquiera soy capaz de imaginar a un gestor municipal que no se tome en serio las ligas masculinas.
Ayer este equipo de adolescentes luchadoras, tras un partido de infarto, en los penaltis, y tras desperdiciar una ventaja de dos a cero, eliminó a las campeonas de la liga y se clasificó para la final del torneo primavera.
Hoy, a las ocho y media de la mañana, después del esfuerzo de ayer, de haber pasado toda la tarde del sábado en otro torneo y de haber renunciado (o no) a ir a las fiestas del barrio me las he encontrado calentando en la puerta de un polideportivo, cerrado, para la final que empezaba a las nueve.
Ha sido un partido muy intenso. Muy disputado. Subjetivamente siento que nuestras chicas han jugado bastante mejor contra las segundas de la liga.
Me ha fascinado ver, en un partido, lo que han mejorado en estos dos años de esfuerzo duro y trabajo constante no solo para aprender un deporte, sino para derrotar todas las dificultades institucionales, formales e informales, que les niega el derecho no solo a jugar, sino también a ser respetadas por ello y en ello. No soy su entrenador pero las sigo de cerca y voy a sus entrenamientos a menudo. Se como se lo curran y los problemas, de grupo e individuales, que han superado estos dos años. Asistidas tan solo por unas entrenadoras, que como ellas, aprenden sobre la marcha no solo de futbol, también de psicología practica.
Lo han dado todo. Como siempre.
El momento más emocionante, para mi, ha sido cuando a una de nuestras capitanas la han derribado, por segunda vez, en pleno contra ataque, sola ante la portera, y ha caído de morros al parquet haciendose bastante daño.
La grada, nutrida de familias, ha rugido entre quienes veían falta y no veían nada. Por un momento parecía que el bochorno de progenitores que le roban el protagonismo a la cancha iba a repetirse. Ignorando la decisión arbitral, y consciente que de la magullada capitana estaba bien atendida por entranadoras y compañeras, una de las alacranas ha cruzado todo el polideportivo, desde su banquillo, y se ha plantado delante de uno de los chillones, su padre. Le ha llamado al orden. Cuando éste ha intentado protestar le ha cortado en seco y le ha ordenado de manera cariñosa pero contundente que se callara. Se ha dado la vuelta y se ha ido al banquillo.
No es casualidad. En Alacrán, en su consejo de adolescencia, en la organización de los campamentos y de actividades de formación y ocio esta joven y otras muchas de los equipos cadete y senior hace tiempo que llevan la iniciativa y que nos enseñan, día a día, otra forma de trabajar y construir comunidad.
Mientras las veo jugar y organizarse se me olvidan mi pesimismo vital y político, el teatro de mala calidad que ofrece la casta política (de nuevo o viejo cuño) de este país y hasta el resultado del partido. Y pienso que quizá no estaban tan equivocados aquellos que afirmaban, en otro contexto, eso de que nuestro día llegará.
En el peor de los casos encaro el día con alegría y el futuro con un poco más de optimismo, pese a mis renuncias de ayer.
Os enlazo, una vez más, el mentado articulo.
Un abrazo a todas y buen domingo a tod@s.


Ah, no se me olvidaba, han ganado el torneo



miércoles, 5 de junio de 2019

Perros, paseos y juegos de rol

El otro día se cumplieron tres años de la adopción de mi perro Jack y me salió esta tontuna....



          Perros, paseos y juegos de rol






Mientras escribo estas lineas hace tres años y un día que adopté a Jack. Es un chucho macho, de veintisiete kilos, con sangre de un sinfín de razas aunque todo el mundo coincide en que hubiese sido un fantástico cazador.

Si bien en mi familia, desde que tengo cuatro años, siempre hemos tenido perros puedo decir sin temor a equivocarme que este es el primero que es genuinamente “mio”.

Tener a Jack en mi vida me la ha cambiado bastante. Me ha dado salud mental y física y es innegable que, como me dijo una colega del barrio cuando le vio por primera vez, nunca sabré hasta que punto es el quién me ha adoptado y salvado a mi.

Aprendiendo a cuidarle he aprendido, también, ha cuidarme a mi. Saliendo a que conozca a otros canes he conocido mejor a mis vecinos y mi barrio y gestionando el miedo y la rabia que me generan sus pifias he dado un paso más en eso de gestionar de una forma calmada y respetuosa la frustración y los temores por los seres queridos.

Además, gracias a mi compinche perruno, he re descubierto uno de los placeres de mi infancia y juventud que había ido dejando perdido en el baúl de los trastos olvidados de esta sociedad telemática e informatizada en la que muchos nos hemos enredado.

Desde que Jack, nombre que no me gusta, pero que no quise cambiar para no enloquecer a un perro que llevaba a cuestas dos años de vida de soledad y abandonos, entró en mi vida y pasado el periodo inicial pude por fin soltarle he recuperado el placer de los paseos.

Cuando era niño, por la ubicación privilegiada de la casa de mi abuela, daba grandes paseos por la Casa de Campo de Madrid acompañado de mis tías, mis amigos de allí y los perros familiares. Eran paseos largos, de horas, subiendo una y otra vez el Garabitas desde distintos ángulos, saltando por las colmatadas trincheras de quienes asediaron la que fue capital de la gloria durante tres años y refrescándonos el gaznate en la fuente de Casa de Vacas.

Casi siempre en compañía vivimos encuentros extraños como cuando nos cruzamos con un preso fugado de la cárcel de Carbanchel que saltó ante nosotros desde lo alto de un árbol para seguir corriendo o el día que nos vimos en medio de un fiestón, a medio día, que tenía como protagonista al entonces flamante campeón de Europa de peso ligero Poli Diaz.
De la Casa de Campo salieron también Dalda, la primera perra que hubo en casa de mi abuela, y que fue encontrada sola en las cercanías de lo que hoy descubro, gracias a Google Maps, que se llama el Estanque del Repartidor. El mismo lugar donde un par de años antes encontramos, una de mis tías y yo, a una gallina rampante que solo estuvo en la familia un par de horas.

Los paseos con Jack no son por espacios tan bucólicos como los de mi infancia y, generalmente, nos tenemos que conformar con un tramo de descampado arbolado con forma de media luna que transcurre aprisionado entre el carril bici y la M-11 de Madrid y compartir semejante vergel con decenas de perros más, transeúntes despistados, cicloestresados y el dulce trinar de los motores al ralentí en los atascos matutinos. Pero no importa.

Los días que logro dejar de lado mi vagancia y abstraerme de la manía de bulímico ex callejero de Jack de comerse casi cualquier cosa mi cerebro comienza a volar.
Mientras mis pies avanzan repecho arriba, repecho abajo, cual preso en el patio de la cárcel, o pateo por el secarral circular de Valdebebas los días que nos acercamos hasta allí, los pensamientos se suceden de manera constante. Proyecto los menús de la semana, recuerdo momentos especiales de mi vida o repaso la actualidad política en mi cabeza manteniendo imaginarios debates o dando grandilocuentes discursos silenciosos a la par que trato de diseñar estrategias y propuestas para que las ideas y las prácticas libertarias vuelvan a ganar terreno en un mundo en crisis.

Jack, oteando las liebres más allá de la M-11

Verle suelto, si la temperatura y el humor le acompañan, es un espectáculo. Salta, corre, juega con los aspersores como un adolescente, olisquea y cuando los de Parques y Jardines se han olvidado de nosotros el tiempo suficiente y los cardos y matojos me llegan por la rodilla disfruta como si estuviera en el verdadero campo persiguiendo liebres. A sus cinco años y medio alcanza el paroxismo y se le pone cara de cachorro si encuentra o roba una pelota, momento en el cual comienza a correr en circulo pegando unos saltos muy extraños con una expresión de felicidad solo comparable a la mía.
En los momentos en que se dan las circunstancias arriba descritas de paz y felicidad mutua mi cabeza, lejos de enzarzarse en soliloquios de suma cero, salta a otro lugar. Viendo al Jack más despreocupado me sumerjo en mi yo más adolescente y mi atención pasa a los mundos de fantasía que he vivido y viviré gracias a ese balón de oxigeno que han sido para mi los juegos de rol.

Fue Jonathan quien, a los catorce años, en las escaleras del patio del colegio Ramón y Cajal nos dirigió a otro comapañero y a mi nuestra primera partida de rol a la primera edición, con unas manoseadas fotocopias de la mítica caja roja , del Dungeons & Dragons. Ha llovido un poco desde entonces.

Veintiocho años después, y pese a mis gustos conservadores en la materia, he jugado en muchas ambientaciones y con muchas personas diferentes. He recorrido las extensiones de Cardolán perseguido por hordas de orcos luchando por llegar vivo a Rivendel, he perdido la cordura tratando de desbaratar los planes de los sectarios al servicio de Azazoth, me he ganado el respeto de mi clan cantando las gestas de mi manada en el boun de un túmulo y me he enganchado al insano coleccionismo de objetos mágicos y puntos de experiencia de las distintas ediciones de Dragones y Mazmorras.

Pero de todos los juegos y todas las ambientaciones, sin lugar a dudas, la que más me ha gustado y de la que más he disfrutado es la de Rune Quest. También es, sin duda, la que más me viene a la cabeza cuando paseo con Jack.

El Rune Quest es un juego, de los que se conocían como simulación realista, de los más veteranos del mercado. Mucho menos famoso en España que el archiconocido D&D es casi tan antiguo como éste.

Mientras que el mundo de Arneson y Gygax rezumaba glamour y recordaba, siempre a su manera, a la fantasía maniquea de nuestra infancia, con buenos muy buenos, malos muy malos y un halo de cuento heroico, trufado de un consumismo mórbido y adictivo en forma de tesoros y subidas de nivel, el escenario propuesto por Greg Strafford era bastante diferente.

Gloranta, así se llama el universo diseñado por este señor, es un mundo más sufrido y oscuro que la mayoría de los universos del D&D. La progresión de los personajes es más lenta y menos perceptible, la magia menos espectacular y las posibilidades de supervivencia menos optimistas.

Existen, como es de imaginar, muchas diferencias en como son, y como se perciben, las diferencias entre razas y su trato entre ellas, que casi nada o nada tienen que ver con otros juegos de la época como el ya citado D&D, o el Señor de los Anillos y Role Master.

Portada, diseñada por Das Pastoras, para el monográfico sobre trolls editado por Joc internacional. En ellas se puede ver a un troll persiguiendo a un elfo verde.
La más destacable, sin duda, es la de los trolls. Mientras en las mayoría de las ambientaciones estas depredadoras, en esta ambientación no son necesariamente así. Si bien una parte de la nación troll, debido a distintos motivos, está contaminada por el Caos (que suele asociarse al mal en las ambientaciones de este tipo), la mayoría de su sociedad, de facto un matriarcado, lucha denodadamente contra éste. Además aunque voraces y enormes disfrutan de una inteligencia que va desde la de un humano medio, hasta una mucho mayor, en función de a que raza pertenezcan dentro de su especie.
criaturas son estúpidas, malvadas y
Los enanos son una raza obsesionada por la tecnología y con restaurar el orden en el universo, al que consideran una enorme maquina y, al parecer, no nacen sino que son ellos mismos creados por otros enanos. Viven bajo tierra y odian a los elfos y a los trolls, que intentan incluirles en su menú siempre que pueden. Se dividen por castas vinculadas a los gremios en los que trabajan y solo unos pocos, considerados traidores y heréjes, dejan sus comunidades para explorar el mundo exterior.

Los humanos, como en tantos otros juegos representan la versatilidad, la diversidad y el crecimiento y las culturas que nos presentas están muy inspiradas en una visión de la historia, sobre todo europea, desde el bronce hasta la alta edad media. Con un vario pinto repertorio de religiones enfrentadas entre si.

Existen, claro, decenas de especies inteligentes, o no, con las que aderezar las partidas, pero solo una más contaría entre las principales y minimamente jugables. Se trata de los elfos.

Enemistados con trolls y enanos, así como con algunos humanos, estos seres habitan los bosques y los hay de distintas variedades en función del tipo de bosque en el que viven. Algunos hibernan en invierno y otros viven en cuevas rodeados de hongos, adorando a una miriada de deidades relacionadas con los bosques, las plantas, la luz y la curación.

Cuando un elfo abraza el culto de la señora de los elfos debe plantar la semilla de un árbol. Durante dos años debe cuidar de éste árbol de manera constante y eficiente y una vez alcanzada esta edad, con el debido ritual, se desgaja del mismo la madera con la que fabricar el arco que el elfo usará a partir de entonces.

Este arco tiene su propia personalidad, se marchita si lo usa un no elfo, y acompaña como espíritu aliado al elfo que lo planto, reforzando su personalidad, y su pericia a cambio de su cuidado, hasta que, si todo va bien, ambos vuelven juntos a la naturaleza unos cientos de años después.

En este momento suelo mirar a Jack, joven y fuerte, y lamentar que a los humanos con nuestros perros no nos pase como a los elfos y sus arcos. Y que por mucho que los cuidemos y pese a los grandes momentos de felicidad y cuidado mutuo estemos condenados a enterrarlos, siempre, demasiado pronto en lugar de envejecer juntos.